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Rwanda’s Contemporary Development Partners 73

A partir de ese momento, el escándalo y la luz se repartirán de modo distinto; es la propia condena la que se supone que marca al delincuente con el signo negativo y unívoco; publicidad, por lo tanto, de los debates y de la sentencia; pero la ejecución misma es como una vergüenza suplementaria que a la justicia le avergüenza imponer al

condenado; mantiénese, pues, a distancia, tendiendo siempre a confiarla a otros, y bajo secreto. Es feo ser digno de castigo, pero poco glorioso castigar”.

(Michel Foucault)

No es la intención de esa investigación escribir la historia de la tortura, examinando exhaustivamente sus fuentes ni catalogar sus métodos. Los relatos que utilizamos nos sirve exclusivamente para nuestro propósito final: entender el desarrollo y permanencia de la tortura, como instrumento del poder, utilizada a fines y hacer una interpretación de ella. Así, constatamos que desde muy antiguo se conocen actos de este tipo (como vimos) y su permanencia, ocultada, hasta donde se pueda, entre nosotros, como veremos más adelante. No obstante, es fundamental poner luz en un hecho novedoso e imprescindible: la tortura, que fuera política oficial, aceptada, reivindicada y exigida, que figuró como elemento corriente en muchas leyes, códigos, bulas, reinados e imperios, hasta la entrada del XIX, no se enmascaró jamás, no se escondió ni necesitó 200 OTERO y LÓPEZ, p. 49.

201 Ídem, p. 50.

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recurrir a eufemismos, e incluso gozó de cierta popularidad. Probablemente influenciado por las ideas iluministas, por el desarrollo de una consciencia humanista, por los ideales de las revoluciones burguesas y por la “revolución positivista”, significó, teóricamente202, una revaloración del individuo y de la dignidad humana, e hizo que las cosas cambiasen profundamente203: particularmente en el siglo pasado, la tortura pasó a ser un fenómeno que se sustrae a la mirada, que esconde su rostro, su presencia y sus secretos. En realidad, se evita decir su nombre, hacerle referencia o reivindicarla oficial y públicamente, aunque nunca dejó de ofrecer su incómoda asistencia. Sea como fuere, concomitante a la profusión de bellos discursos en favor del hombre, encontramos el perfeccionamiento de la técnica de la tortura hasta extremos sorprendentes. “En adelante será más difícil ver la cara de la tortura, ésta cubrirá su rostro deliberadamente. Hará su vida oculta, pero no tanto como para no saber de ella204”.

Entre los siglos XVIII y XIX la “sombría fiesta punitiva” desaparece de los códigos de los principales países del Occidente europeo, incluso del ruso. Algunas décadas después, comienzos del siglo XX, ya estaba prohibida en las legislaciones de casi todos los países occidentales. Hubo un importante cambio de actitud y de juicio de valor hacia ella205, lo que se traducía en un creciente número de personas y leyes en su contra, algo diametralmente opuesto en relación a la antigüedad, como afirmamos anteriormente. “Actualmente está prohibida expresamente en múltiples disposiciones legales tanto de validez local como universal. Estas prohibiciones se encuentran insertas en el marco amplio de una legislación destinada a establecer y proteger los Derechos Humanos en general. La preocupación que esta materia ha despertado está expresada en el gran número de acuerdos al respecto, la mayoría de los cuales han sido redactados dentro de las últimas décadas y en muchos casos 202 “La guerra, la masacre, el genocidio, los campos de detención, el terrorismo, la tortura son hechos

demasiados familiares de la vida política contemporánea y su presencia basta para relegar al humanismo a la condición de una demanda hasta aquí improductiva e impotente”. Ídem, p. 55.

203 “Nuestro siglo presenta un claro cambio de actitud frente a la tortura; el hecho es que la guerra, por

ejemplo, ya no tiene entre nosotros el valor hasta moral que el pasado le asignó”. Ídem, p. 56.

204 Ídem, p. 53.

205 Foucault la excesiva énfasis a la “humanización” del “espectáculo” de la pena; sin embargo, reconoce

que “el castigo ha dejado de ser teatro”, para convertirse en la parte más oculta del proceso penal”. Cf. Vigilar y castigar.

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originados en los últimos años. Dentro de este contexto la prohibición de la tortura es absoluta, tanto en cuanto que es universal, como por el hecho de que no queda suspendida por ninguna circunstancia de excepción206”.

Con todo, estos hechos, bastante significativos en sí mismos, no fueron capaces de eliminar la tortura207, especialmente en lugares donde los derechos del hombre constituían una declaración puramente formal, como los países coloniales y semicoloniales, que no contaban con el sólido apoyo de instituciones democráticas, en los cuáles la utilización de la violencia institucionalizada subsistió más o menos clandestinamente, en los sótanos y cuartelillos de las fuerzas de represión. Con eso, las contradicciones de las formas capitalistas de colonización, como la explotación masiva de los recursos para abastecer las industrias capitalistas de las metrópolis, forjaron el surgimiento de núcleos obreros, su progresiva organización y la consiguiente

206 Ídem, p. 56. Y además, los autores citan el libro “La seguridad del Estado y los derechos humanos”,

del abogado Hernán Montealegre: “La prohibición de la tortura y otros tratos crueles e inhumanos es absoluta tanto objetiva como subjetivamente, esto es, la ley no contempla circunstancia alguna de tiempo o de lugar ni motivos excepcionales que pudieran justificarlos. Las normas que prohíben la tortura son tanto nacionales como internacionales”.

En 1.948, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos que consta, en su artículo 5° que “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Posteriormente, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos agregaba también que “nadie será sometido sin su libre consentimiento a experimentos médicos o científicos” en su artículo 7° y que “Toda persona privada de libertad será tratada humanamente y con el respeto debido a la dignidad inherente al ser humano”, en su artículo 10. Con todo, la Declaración sobre la Protección de Todas las Personas contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, aprobada por la Asamblea General el 9 de diciembre de 1975, que posteriormente fue ratificada por la Convención contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, del año 1.987 son definitivas en la definición y prohibición de la tortura, especialmente, y eso queremos subrayar, en lo que tañe a la responsabilidad de los funcionarios públicos. En realidad, muchas leyes internacionales, así como convenciones, convenios, conjunto de principios, incorporan la problemática de la tortura, denunciándola como crimen. (Ver anexo “Normas internacionales que prohíben la tortura (extractos) de la Amnistía Internacional.

Sea como fuere, el problema de la tortura no es un problema legal o mejor dicho, no es un problema de ausencia de leyes, sino de su efectividad y principalmente de la impunidad que prevalece en los casos de tortura, puesto que ella, en nuestros días es básicamente un instrumento de clase. (Véase el capítulo III).

207 “La tortura está prohibida en textos legales de ámbito internacional, como la declaración de los

derechos humanos, art. 5 que establece que nadie será sometido a la tortura, ni a tratamientos degradantes. El vigor de estas normas no deja de ser en muchos casos tan inútil como la lluvia en el mar, pero su reconocimiento en sesiones solemnes y en proclamaciones altisonantes revela, cuando menos, que ya han pasado los tiempos en que regulaban las formas, las dosis, las clases de tormento y las minucias del caso a que podían ser sometidos los hombres. Ya nadie se atreve a defender tales prácticas, que se consideran incompatibles con las sociedades civilizadas.” CHAMORRO, J. “Tortura. Aspectos Legales”.

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aparición de una consciencia revolucionaria208. Jean Paul Sartre, en un prefacio al libro de Frantz Fanon, “Los condenados de la tierra”, sobre la guerra de Argelia, ratifica la tesis de Terrón: “En el fuego del combate, todas las barreras interiores deben desaparecer, la impotencia burguesa de los negociantes y los compradores, el proletariado urbano, siempre privilegiado, el lumpen-proletariat de los barrios miserables, todos deben alinearse en la misma posición de las masas rurales, verdadera fuente del ejército nacional y revolucionario; en esas regiones cuyo desarrollo ha sido detenido deliberadamente por el colonialismo, el campesinado, cuando se rebela, aparece de inmediato como la clase radical: conoce la opresión al desnudo, la ha sufrido mucho más que los trabajadores de la ciudades y, para que no muera de hambre, se necesita nada menos que un desplome de todas las estructuras209”.

Como respuesta obvia, no tardó el surgimiento de la represión organizada que, bajo el discurso “civilizatorio” de la metrópoli210, no vaciló en emplear entre los colonizados la práctica de tortura, como instrumento para obtener información y, principalmente, aterrorizar a la población incomparablemente más numerosa que los colonizadores. Terrón afirma que en las condiciones de represión colonial fue donde la tortura llegó a alcanzar su más triste y pleno florecimiento211.

Más que eso, sostiene que la explotación colonial sirvió para generar la verdadera escuela de la tortura como medio para obtener información (pues, imposible por otros medios) y aterrorizar a la población para inhibir – o paralizar – su acción, ya que era en las colonias donde se presentaban las condiciones óptimas para el empleo de la tortura. Entre esas condiciones, el autor destaca, en primer lugar, el hecho de tener una población numerosa dominada y explotada laboralmente por una minoría. Después, la existencia de alguna diferencia para con los conquistadores (como una lengua distinta) acrecienta la

208 TERRÓN, E. “Una interpretación sociológica de la tortura”, p.243. 209 SARTRE, J.P. “Los condenados de la Tierra”, p.10 – 11.

210 “Ustedes, tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el amor por la cultura, parecen

olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre”. Ídem, p. 13.

211 Ídem, p. 244.

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necesidad del empleo de la tortura; en ese caso, el uso de una lengua diferente dificulta a los colonizadores la tarea de saber qué piensa y a qué se propone la población dominada. Terrón acrecienta, todavía que la solidaridad de la población, solidaridad de clase, reforzada por la solidaridad nacional (o racial, religiosa, etc.), hace muy difíciles las delaciones y, sobre todo, las infiltraciones, técnica bastante utilizada cuando se efectúa las represiones “internas”. Por fin, dos condiciones no menos importantes: el hecho que los conquistadores tengan la clara conciencia que dominan con la fuerza de las armas, pero que no han tenido ni pueden tener partidarios sinceros entre la población colonizada, asumiendo que las exigencias de la explotación impiden atraérsela y que la necesidad de una “represión económica”, es decir, que los gastos de la represión no igualen ni superen a los beneficios derivados de la existencia de una mano de obra abundante y barata, cuyo consumo pueda reducirse incluso por debajo de lo necesario212.

Interesante destacar que, cuando la tortura pasa a ser una institución clandestina, tras su prohibición legal, cuando ella ocurre y eso se hace de conocimiento público, todavía no padece de un total desamparo teórico que la justifique. Una vez más, destacamos que la tortura debe ser localizada en un marco más amplio, a saber, como un recurso utilizado a fines. Otero y López han identificado tal hecho: “Esta nueva metafísica, recurriendo a antiguas ideas, sepultará las culpas y enseñará su validez en cualquier circunstancia, sin atención a ninguna ley y más allá de toda ética y de algunas buenas convicciones213”. Obviamente, desde la Declaración Universal de los Derechos

212 Particularmente, me parece importante destacar que, al fin y al cabo, las razones son puramente

económicas. Si todavía está claro y no restan dudas de las finalidades de todo proyecto colonial, paréceme imprescindible demostrar que la tortura y la represión eran los instrumentos privilegiados para concretizar tal empresa.

213 OTERO y LÓPEZ, p. 56. Ellos también nos entregan una bibliografía sobre el tema: “Justificaciones de

la tortura, veladas o explícitas, hay muchas. Antecedentes se encuentran en el Pensamiento tradicionalista, en autores como Joseph De Maistre y Juan Donoso Cortés, y aún en otros anteriores. Véase el excelente libro de Javier Herreros. Los Orígenes del Pensamiento Reaccionario Español, en donde se expone el pensamiento de los primeros enemigos de la Ilustración en España y sus razones para la tortura. Igualmente remitimos al texto de Ricardo López P., Tradicionalismo y Violencia (Estudios Sociales N° 20, Santiago, 1.979) destinado a exponer la teoría de la dictadura de Donoso Cortéz; contiene también orientación sobre la obra de De Maistre. Otra información más reciente se expone en Hendrix van Texel, Guerra Sicológica y tortura en la Guerra de Argelia (Tierra Nueva N° 20, Bogotá, 1.977), sobre la justificación que dio el integrismo católico a la tortura en Argelia. Un autor que asume la

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Humanos, en 1.948 por las Naciones Unidas, no se justifica abiertamente la tortura, aún en las dictaduras; en general, suelen ser atribuidas a “excesos individuales” de policías y agentes del Estado214.

De los muchos ejemplos, de intentos justificadores, nos parece importante destacar por lo menos uno de los casos: el de la guerra en Argelia. Importante, primero, pelo valor simbólico contenido en la metrópoli, puesto que Francia reivindicaba la tradición de la libertad universal, del proyecto civilizatorio en el mundo, como fuente de las ideas-fuerza de los derechos del hombre. En segundo lugar, Francia aún se recuperaba de la segunda guerra mundial, especialmente de la dramática ocupación del ejército nazi en su territorio. Con todo, en este último punto, nunca es demasiado recordar lo que los propios franceses hicieron luego después del fin de la guerra con sus ciudadanos acusados de colaboracionismo: ejecuciones y palizas públicas, persecuciones, acusaciones mutuas, etcétera.215

defensa de la tortura es Plinio Correa de Oliveira en su trabajo Sí los pecadores han de ser amados con caridad (Rev. Fiducia n° 12, Santiago, 1.964).

214 El atentado de las Torres Gemelas parece ser un marco histórico también en ese sentido – entre

otros. Después del 11 de septiembre, en Estados Unidos, se produjo una discusión sobre la utilización de la tortura y su legitimidad en casos extremos, un debate que llegó hasta la Corte Suprema y que fue defendido, justificado y legitimado abiertamente por el ex presidente George Bush y por algunos generales

215 “Por otro lado, a los soldados americanos y británicos les horrorizó el lado más desagradable de la

Liberación. Las sospechas que abrigaban los americanos de que la colaboración había estado más difundida en Francia de lo que en realidad estuvo fueron alimentadas por las frenéticas denuncias presentadas contra vecinos y rivales cuando los alemanes empezaron a retirarse. Y el feo carnaval protagonizado por mujeres acusadas de ‘colaboración horizontal’ (tener relaciones sentimentales o sexuales con alemanes) desfilando con la cabeza rapada asqueó a casi todos los soldados aliados. Tras la humillación que suponía que les afeitaran la cabeza en público, las tondues – ‘rapadas’ o ‘pelonas’ – solían ser obligadas a desfilar por las calles, a veces al son de un tambor, como si Francia reviviera la revolución de 1.789.

(…) En cuanto una ciudad, una población de tamaño medio, o incluso una aldea pequeña era liberada, los esquiladores se ponían manos a la obra. (…) Sólo en el departamento de la Manche 621 mujeres fueron arrestadas acusadas de colaboración sentimental.

(…) Las mujeres fueron casi siempre el primer blanco de la depuración como chivo expiatorio más fácil y vulnerable, en particular para hombres deseosos de ocultar su falta de credenciales en la Resistencia. Algunas víctimas eran prostitutas que habían ejercido su oficio con alemanes y franceses. Otras eran chicas un poco tontas que se relacionaron con soldados alemanes por simples bravata o aburrimiento. Muchas más eran madres jóvenes y con sus maridos en campos de prisioneros alemanes. Carentes a menudo de medios de subsistencia, su única esperanza de conseguir comida en plena hambruna fue la relación con un soldado alemán. (…) A veces, la venganza de la que fueron objeto las mujeres fue más violenta que el simple afeitado de cabeza. Muchas jóvenes recibieron tantos golpes y patadas que tuvieron que ser llevadas al hospital.”

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Por eso, en el caso argelino, la metrópoli vivía una profunda contradicción: mantener su colonia – fundamental, del punto de vista de económico y geopolítico – bajo la fuerza y la opresión, y, al mismo tiempo, justificar el proyecto colonial con bellas letras. Ese parece ser el caso de José Vialatoux, profesor de Filosofía Moral y Social en una Universidad Católica, que se auto califica por un “intelectual sentimental216”. El citado profesor, en su libro “La represión y la tortura”, al utilizar toda una verborrea infructífera, busca comprender los hechos realizados por el ejército francés en Argelia, nos entregando, al final, una simple “ilusión metafísica”. En realidad, el profesor parece no tener el coraje necesario para justificar, al fin y al cabo, de modo asertivo, su tesis de la “legitimidad defensiva de la política francesa217. Con todo, Vialatoux no abandona en ningún momento su labor “justificativo”. Desde la introducción, cree poder convencer el lector de las buenas intenciones francesas en la colonia y que, si existen excesos, no pueden ser acreditados a la política oficial. “Nadie niega la existencia en Argelia de atrocidades terroristas

perpetradas por los rebeldes, como tampoco los casos más o menos

numerosos de torturas y otros malos tratos ilegales practicados en diversos lugares por algunas de nuestras fuerzas armadas a pesar de la disciplina de sus ordenanzas.” Ora, el profesor debía desconocer lo que todo el mundo, en ese momento, ya conocía, no como sospechas infundadas, sino como realidad de un genocidio que se quería llevar a cabo. Vialatoux insiste: “¿Quién va a pensar en exagerar y generalizar, por prejuicio, estos últimos hechos, con el fin de desacreditar o desmoralizar al ejército francés o no apreciar las auténticas virtudes? Creen muchos que el honor del ejército, lejos de exigir un inútil disimulo, requiere por el contrario, y para un mejor servicio de la patria y de la sociedad, la condenación de tales prácticas, la voluntad de oponer un esfuerzo leal a su generalización, la repudiación de los pocos extraviados que las preconizan o tratan de justificarlas”.

Revista Clio Año 9 – Número 100. “El día D – La verdadera batalla de Normandía”, Antony Beevor, p. 40 – 41.

216 VIALATOUX, J. “La represión y la tortura”, p. 10. 217 Ídem, p. 37.

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Cuatro años antes, en el prefacio del libro de Fanon, Jean Paul Sartre explicaba el papel de las fuerzas de “ocupación” en Argelia: “El siglo pasado, la burguesía consideraba a los obreros como envidiosos, desquiciados por groseros apetitos, pero se preocupaba por incluir a esos seres brutales en nuestra especia: de no ser hombres y libres ¿cómo podrían vender libremente su fuerza de trabajo? En Francia, en Inglaterra, el humanismo presume de universal.

Con el trabajo forzado sucede todo lo contrario. No hay contrato. Además, hay que intimidar: la opresión resulta evidente. Nuestros soldados, en ultramar, rechazan el universalismo metropolitano, aplican al género humano el numerus clausus: como nadie puede despojar a su semejante sin cometer un crimen, sin someterlo o matarlo, plantean como principio que el colonizado no es semejante del hombre. Nuestra fuerza de choque ha recibido la misión de convertir en realidad esa abstracta certidumbre: se ordena reducir a los habitantes del territorio anexado al nivel de monos superiores, para justificar que el colono los trate como bestias. La violencia colonial no se propone sólo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, trata de deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar sus tradiciones, para sustituir sus lenguas por las nuestras, para destruir su cultura sin darles la nuestra; se les embrutecerá de cansancio. Desnutridos, enfermos, si resisten