Phantom Things
Chapter 4: Who’s Afraid of Seriality? – Misery
Antes de entrar en la cuestión de cómo mantenía el Imperio de la Triple Alian- za a los altepetl sometidos bajo su manto político consideramos necesario referir- nos brevemente a la diversidad de estrategias mediante las cuales el imperio in- corporó a esos altepetl bajo su dominio.
El problema en el que se centra el modelo de dominación hegemónica que ve- nimos examinando es el de la relación entre el altepetl dominante y los altepetl subordinados, o lo que es lo mismo, entre el huey tlatoani y los tlatoque locales. Nos hemos referido también a la comunidad de intereses que globalmente unía a dicho grupo social de pipiltin, que explica su colaboración en el mantenimiento de ese entramado político que llamamos imperio. En cuanto a la política postconquis- ta, no cabe duda de que un elemento crucial en su determinación será el destino sufrido por el señor local sometido al imperio.
Por lo que respecta a las estrategias de conquista, la posición del señor local también es decisiva. Si pretendemos diferenciar los procedimientos por los cuales un altepetl era incorporado por una unidad política mayor, en principio distingui- remos entre guerra y sumisión diplomática. En el segundo supuesto nos hemos de referir a las estrategias derivadas de alianzas matrimoniales como las que hemos examinado anteriormente (vid. supra cap. II), o a los casos en que se estableció una relación amistosa, en la cual el imperio se conformaba con recibir del tlatoani inferior regalos y colaboración en las campañas bélicas imperiales.
En ocasiones, la Triple Alianza declaraba las hostilidades contra un altepetl -o confederación de altepetl- y la guerra era abierta y directa, como la larga campaña en que se sometió finalmente Chalco, o las infructuosas contra Tlaxcalla o Mi- choacan.
Pero en otras circunstancias que precedieron a la conquista por parte del impe- rio, también ocupa un lugar importante el señor local, y no sólo por su posición dentro del mecanismo de embajadas de guerra que nos mostrara Alva Ixtlilxóchitl, sino porque el imperio sometió algunos lugares interviniendo, a petición de una de las partes, en conflictos regionales. Para el imperio, tal estrategia significaba no
CAPÍTULO V: LA POLÍTICA POSTCONQUISTA AZTECA 141
sólo dividir políticamente para vencer, sino también asegurarse uno de los ele- mentos requeridos por el modelo de dominación hegemónica: un poder local co- laboracionista.
Desde el punto de vista del señor local, su alianza subordinante con el impe- rio se veía como una oportunidad de librarse del enemigo cercano: al no tener una posición tan privilegiada que perder, el precio de la sumisión al imperio podía compensarse con el liderazgo regional alcanzado en detrimento de sus vecinos.14
La confluencia de intereses de los pipiltin del imperio y de los del altepetl local conduce a la formación de una alianza desigual que significará además -y este es un factor a tener muy en cuenta- la dependencia política y militar del señor local colaboracionista, que, si ha obtenido el liderazgo regional es gracias al apoyo del imperio. En consecuencia, cualquier rebelión contra el imperio empezará por to- mar como objetivo dicho altepetl y dicho tlatoani colaboracionistas.
Otra variante de este problema es que el conflicto no sea entre dos altepetl que pugnan por la hegemonía regional, sino local: entre dos facciones que se enfrentan por el poder en un mismo tlatocayotl. La influencia del poder político hegemónico será decisiva en cualquiera de los casos, obteniendo una oportunidad para instau- rar su dominación o para, en su caso, imponer su candidato al tlatocayotl.
Frederic Hicks (1994b) ha ilustrado este problema estudiando los casos de tres
altepetl y el proceso político por el cual resultaron sometidos a la Triple Alianza.
Tollan solicitó al parecer la intervención de Itzcoatl de Tenochtitlan en un conflic- to interno, obteniendo el tlatoani tenochca tierras y la colaboración militar del
altepetl sometido en lo sucesivo. Cuauhtitlan solicitó el apoyo del mismo Itzcoatl
para hacer frente a las facciones locales protepanecas, cuyas tierras, una vez de- rrotados sus poseedores, beneficiaron a los señores tenochcas (vid. infra cap. XIII.3). El caso de Tepeyacac, en la región poblana, es similar a los anteriores, pues los mexicas terciaron en el enfrentamiento de este altepetl con sus vecinos, en perjuicio de Cuauhtinchan, resultando beneficiados tanto los de Tepeyacac, que quedaron como principal centro de la región, como los propios señores de la Tri- ple Alianza que, como tras cada conquista, impusieron sus tributos.
En definitiva, estos casos muestran cómo la articulación del poder imperial se llevó a cabo a nivel regional interviniendo su estructura política, apoyando unos centros en contra de otros, y a nivel local, sustentando a cierta facción en el poder en perjuicio de otras. El panorama político resultante beneficiaba a la élite impe-
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Un episodio de la conquista española ejemplifica también este tipo de estrategias. Según comenta Noemí Quezada (1996: 73), el propio Hernán Cortés relata que los habitantes de Cuauhnahuac vinieron a pedirle que les amparase contra los de Malinalco y Cuixco, brindándole así la oportunidad de conquistar el Valle de Toluca. Poco después fueron los propios de Toluca los que se quejaron ante el conquistador de las agresiones de los matlatzincas. El caso de la conquista mexica de Cuitlahuac es similar (vid. infra nota 32).
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rial, así como a los señores locales sostenidos por tan poderoso garante. Si al im- perio le era necesario contar con señores locales que se avinieran a colaborar en la expansión de su dominio, tanto o más necesaria era la protección imperial para señores locales que debían su posición precisamente al imperio. Como ha obser- vado Hicks, la alianza establecida unía al huey tlatoani imperial con el tlatoani local de forma bilateral, pero si el primero tenía muchos señores aliados, el se- gundo sólo tenía uno (Hicks 1994b: 115). Y sobre ese equilibrio, siempre sujeto al riesgo de los faccionalismos, pero sin embargo efectivo hasta que llegaron los españoles, se fundamentó la expansión imperial.
Una cuestión que nos surge en estos casos reside en la dificultad de determinar de quién parte la iniciativa, si del altepetl local o del huey altepetl dominante, si estamos ante un conflicto regional que da pie a la intervención imperial, o si es el propio imperio quien se allana el camino de la conquista buscando centros secun- darios descontentos o candidatos relegados, y provocando las disputas regionales. Probablemente en ocasiones las fuentes que reflejan el punto de vista de la Triple Alianza tratan de justificar las conquistas aludiendo a una petición de parte.15 Por otro lado, puede que en la mayoría de las ocasiones convenga considerarlo, sim- plemente, como un conflicto visto desde diferentes puntos de vista, donde conflu- yen los intereses de dos de las partes.