Como se dijo, el modelo de la novela histórica para América Latina es “oportuno”, más que impuesto groseramente. Esto sugiere, de entrada, que pueden existir diferencias de dirección en los productos del género, europeos y latinoamericanos. Se supone que ello implica diferencias de sentido. En lo particular, tales diferencias han sido seguramente estudiadas, lo que me exime de ser exhaustivo sobre el punto. Me referiré, tan sólo, a un par de cuestiones que me parecen decisivas.
En primer lugar, hay que decir que con la irrupción del romanticismo surgen en Europa preguntas sobre la identidad, tanto en el ámbito individual y psicoló- gico, del que se ocupan sobre todo la poesía y el drama, como en el social, asumido también parcial- mente por el teatro pero fundamentalmente por la novela histórica. Se trata, en el primer caso, de “angustia” por el ser o por el destino, sobre telón de fondo de ruptura de límites y posibilidad real e imaginaria de acceder a una plenitud, a una verifica- ción de sí mismo; en el segundo, de un sentimiento análogo referido a estructuras de clase, concreta- mente al cambio de civilización que implica la bur- guesía en el poder o a punto de modificar el modo de la dominación.
En la literatura, como lo muestra admirablemente Erich Auerbach en Mimesis (“El músico Miller”) a propó- sito de Schiller, confluyen las dos perspectivas en la idea del “derecho al amor”, lo que supone una vibración clasista en la construcción del conflicto. El imaginario, en suma, se ha reorganizado en tomo a un ser eminen- temente social y los textos que requiere o produce intentan responder a la pregunta central sobre el ser, que lo informa y lo caracteriza.
En América Latina, en cambio, y quizá a causa del vacío político y cultural que se abre bruscamente, las
preguntas también se formulan en relación con la identidad pero se especifican en el aspecto nacional. Dicho de otro modo, la novela histórica latinoamericana no se pregunta por el ser ni por el destino de los individuos ni por su procedencia mítica sino por lo que es una comunidad frente a la identidad bien establecida y operante de otras comunidades. Por supuesto, histó- ricamente esta idea se entiende bien: no sólo se, deja de ser español para ser “criollo” con todas sus variantes sino que muy pronto hay venezolanos, colombianos, mexicanos, cubanos, argentinos, chilenos, peruanos, bolivianos, uruguayos y demás, casi de la noche a la mañana, y tales designaciones, que tienen seguramente un sentido político muy preciso, son como formas vacías o como ambiguos proyectos, pues de algún modo hay materialidades y símbolos que parecen justificar esas etiquetas bajo las cuales algunos se reconocen como parientes, hermanos o miembros. Así, pues, qué pudo “ser” ser paraguayo en 1820, cuando se pertenecía a un virreinato con sede en Buenos Aires, aunque, aparente- mente, más fácil era “ser” mexicano o peruano porque esas palabras indicaban la pertenencia a una historia previa que la Independencia venía tan sólo a actualizar y a potenciar.
Las preguntas, por consecuencia, no son acerca de dónde se procede sino qué se es como nación, actual o presunta, como realidad enfáticamente afirmada y como proyecto más sensato de construcción y, de manera derivada, qué quiere decir ser argentino, mexicano, peruano o lo que sea frente a identidades nacionales bien definidas, como la española, francesa, inglesa, italiana, que sirven por otra parte de unidades comparativas y de medida.
Y bien, esta diferencia tiene grandes consecuencias para la literatura latinoamericana; si la cuestión de la identidad nacional no es el determinante de ciertas peculiaridades de la literatura al menos hay una analogía entre la literatura y lo que esa cuestión implicó para el desarrollo institucional. En cuanto a la
literatura, yo creo que la actitud generalizadamente evasiva respecto del pasado, en el sentido de que las preguntas sobre el origen no son obsesivas y, por otro lado, las preguntas sobre la identidad nacional, como asunto candente y actual, dan lugar en su intersec- ción a las mejores y más propias manifestaciones entre las cuales debe mencionarse el ensayo, que en América Latina posee una configuración propia y reconocible. Más aún, en las historias del ensayo raramente se invocan, porque no puede hacerse, modelos y, por el contrario, se destaca la originalidad, ya sea de Sarmiento, de Martí, de Hostos, de Rodó, de Reyes, de Vasconcelos, de Samuel Ramos, de Martínez Estrada y de tantos otros. Por cierto, Montaigne es quien usa por primera vez la palabra, pero en este continente se aplica a configuraciones no sólo de alcance y pretensiones diferentes, más fuertemente esclarecedoras, sino que se articula en una interrelación textual que para la tradición europea es sorprendente; a un orden de objetivos o propósitos claros se añaden sostenes literarios y filosóficos de las tradiciones y las épocas más diversas: es como si el ensayo latinoame- ricano se hubiera construido sobre una lectura uni- versal, no especializada ni específica. Es más, el ensayo viene a suplir una débil percepción historiográfica, la historia como discurso revelador es incipiente en estas culturas nuevas; la actitud ensayística es más potente y vigorosa y logra hacer virtud de una carencia.
En suma, que así como el ensayo puede haber surgido precisamente del sistema de preguntas acerca de la identidad, sobre una debilidad historiográfica, lo mismo puede haber ocurrido con la novela histórica, pero no sólo en esta carencia historiográfica sino, también, como respuesta incompleta a las preguntas sobre la identidad nacional, desde la doble censura de lo constituyente; de lo fundante.