Lo que Prisca y Áquila vivieron es la receta del éxito de la misión cristiana tal como la desarrolló, sobre todo, el apóstol Pablo. Él mismo permanece siempre relativamente poco tiempo en un lugar: un par de semanas o un par de meses; solo forzado por la necesidad, y de modo excepcional durante algún tiempo más. Su misión personal la ha entendido como anunciar a Cristo allí donde todavía nadie ha oído hablar de él. Pero esta fórmula solo se cambia cuando la simiente que ha sembrado ha caído en suelo fértil, de modo que puede echar raíces, crecer y dar fruto.
El campo más importante de siembra fue la «casa». Esto se ve tan claramente en los Hechos de los Apóstoles como en las cartas. Solo un ejemplo: el primer cristiano europeo del que hay información en el Nuevo Testamento es Lidia, una empresaria de Filipos con la que Pablo se encuentra en un lugar judío de oración, ante las puertas de la ciudad; cuando está convencida de la fe, ella le invita a ir a su casa, a formar parte de su familia y a seguir actuando desde allí (Hch 16,11-15). No se nos dice quiénes eran todos
los que formaban su casa, ni si tenía marido e hijos. Pero la «casa», en la antigüedad, no es solo un edificio, sino una forma y una comunidad de vida, cuyo centro es la familia.
Por investigaciones arqueológicas e históricas se puede saber bastante sobre las casas y la comunidad familiar: que con frecuencia se trataba de complejos mayores; que eran casas con varias generaciones; que podían formar parte de ella también familiares; que –como era habitual en la antigüedad– también pertenecían a la «casa» empleados, sirvientes y esclavos.
Entrar en esas casas y encender en ellas la luz de la paz del Evangelio es ya la indicación de Jesús a sus discípulos en su misión a Israel (Mc 6,6-13 par). Pablo, como otros muchos misioneros, ha conservado la práctica, pero la ha internacionalizado. Las condiciones son todo, menos evidentes de por sí; las consecuencias, de gran calado.
Una de las condiciones es que los misioneros cristianos no destruyen el mundo al que llegan con la Buena Noticia, sino que lo bautizan. Todo sucede como lo describen las metáforas de Jesús en el Sermón del Monte sobre la sal de la tierra y la luz del mundo. Una de las consecuencias es que las comunidades cristianas no se forman como círculos cerrados o como sociedades paralelas, sino en medio de las ciudades y de las aldeas, donde las personas han vivido antes y después de su conversión, y que allí, in situ, desarrollan una atracción que crece a impulsos de la claridad de la liturgia, de la amplitud de la diaconía y de la fuerza de convicción de la doctrina. La Iglesia, es verdad, ha empezado siendo pequeña, pero en su mentalidad y en su estructura jamás fue sectaria.
El centro y el corazón lo forman las casas con las familias cristianas que las habitan. Por ellas apostó Pablo, y este no se vio defraudado. No es, en modo alguno, que las relaciones hubiesen sido ideales. Un dato de importancia no menor: las mujeres lo tenían difícil, cuando ya ellas habían llegado a la fe, pero no sus maridos, los cuales tal vez incluso querían alejarlas del evangelio y su fuerza liberadora. Pablo dice que estas mujeres deben hacer todo cuanto esté en sus manos para mantener la paz y extender la fe. Pero no cierra los ojos al hecho de que esto en modo alguno es algo que se pueda lograr siempre. Entonces vale el principio según el cual la libertad de fe tiene preferencia; una nueva unión es posible.
Pablo piensa también en los hijos. Es objeto de controversia y de debate determinar a qué temprana edad se administraba ya el bautismo a niños y lactantes. En cualquier caso, el apóstol está convencido del benéfico influjo que puede ejercer un padre cristiano o una madre cristiana sobre el hijo común, aun cuando el otro cónyuge no sea cristiano. Ellos quedan «consagrados» (1 Cor 7,14): entran en contacto con Dios; la palabra de Dios les puede decir algo; a través del amor de los padres se unen al amor de Dios. Este influjo positivo no es ningún automatismo; tampoco existe ninguna garantía de éxito; la fe sigue siendo gracia, y el despotismo no es en absoluto amor a los hijos. Pero existen los buenos influjos porque existen las familias.
El cristianismo es una religión que se define a partir de Jesucristo, no mediante generación, concepción y nacimiento, sino mediante la fe y el bautismo. Pero esto no
excluye el factor-familia, sino que lo incluye. Es, con mucha diferencia, el más importante cuando se trata de la transmisión de la fe. En este punto, el cristianismo aprendió del judaísmo e incluyó también a las familias paganas en su teoría del éxito para la formación religiosa. Ninguno de los cambios históricos y culturales en la idea de familia ha modificado nada a este respecto. Que hoy haya que utilizar otros métodos no es inmediatamente evidente. Más bien, las Iglesias domésticas del principio recuerdan a las grandes Iglesias del presente que son muy pocos los que han sido iniciados en la fe, en el amor a Dios y al prójimo y en la esperanza en la vida eterna directamente por el sacerdote o el obispo, sino que la mayoría de la gente lo ha sido por sus padres o sus madres (sin olvidar a los abuelos).
Pablo conoce muchas de estas casas y familias. Algunas las cita por su propio nombre. Apuesta por ellas –no él solo; pero él con especial énfasis y éxito–. Para él no es solo un problema de optimización de la estrategia misional o del mejor modo de animar a contraer matrimonio y a desear hijos. Es más bien una cuestión de posicionamiento ante la vida, ante la vida presente que Dios regala y ante la bendición que él imparte. Saberse hijo de Dios en una familia que forma parte de la familia de Dios es un espléndido regalo.