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La comunidad Bajada San José66 se encuentra en el sudeste de la capital de Córdoba y pertenece a la 5ta seccional (Maldonado, Renacimiento, San Vicente y Muller). Es parte de barrio Maldonado, pero las/os vecinos/as se identifican a sí mismas/os como pobladoras/es de Bajada San José a causa de su historia de constitución (que les da el nombre) y la localización geográfica en una península que se encuentra aislada del resto del barrio (no llega el colectivo ni muchos servicios públicos). Esta seccional es reconocida como uno de los sectores de mayor índice de pobreza y NBI de la ciudad. Según Pizarro (2008), estos presentan un rango del 42, 68% y el 56,82% de hogares pobres sobre el

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total de hogares del sector. Según los datos del Censo 2008, el 20,22% de los hogares de Maldonado tiene necesidades básicas insatisfechas. Entre las privaciones que se destacan están: el hacinamiento de las familias (14,73%), que es tres veces y medio mayor a la media de la ciudad de Córdoba (cf. Garbero, 2014), y las condiciones del hogar (no cuentan con instalaciones básicas como el baño en un 3,62%.)

En la zona, localizamos el ex-centro clandestino de detención Campo La Rivera, actual Museo de la Memoria, y a la escuela Florencio Escardó o Canónigo Piñero, trasladada a partir del 2009 a los edificios nuevos construidos por la provincia de Córdoba (gracias a la organización de vecinos/as de la zona y de los organismos de derechos humanos). La zona, tanto de la escuela como de la comunidad, se encuentra cercana y rodeada por lagunas artificiales contaminadas, formadas por excavaciones areneras que vialidad nacional y empresas privadas realizaron a partir de 1983.

Otra característica en relación a la organización del espacio físico de la comunidades la situación de irregularidad respecto a la división de calles y manzanas. Las calles son de tierra, con excepción de la principal, Norberto de la Riestra, que marca el inicio a Bajada San José. Las calles o pasajes tienen nombres asignados por tradición, pero no se encuentran señalizadas; tampoco hay carteles que identifiquen a cada vivienda.

El barrio se originó en 1968 a partir de que la Municipalidad de Córdoba publica una licitación para levantar el muro perimetral del cementerio San Vicente y mediante un decreto decide desalojar a un grupo de familias que vivían allí. Por entonces, la orden religiosa Artesano San José tenía presencia en el lugar y ante la necesidad de las personas de poseer un terreno donde construir sus viviendas, los josefinos deciden donar una parcela que comprende todo el predio donde está actualmente la capilla. Allí se conformaría la villa que toma el nombre San José, precisamente en alusión a los josefinos. A partir de la donación de tierras, la Municipalidad de Córdoba inicia trabajos en el sector, envía un equipo de técnicos constituido por arquitectos, ingenieros y una trabajadora social (quien fue la encargada de realizar el revelamiento del sector) y se comienza por lotear y trasladar a 30 familias. A partir de 1974 y con la ayuda de actores como el CEVE (Centro de Experimentación de la Vivienda Económica), estas 30 familias se constituyen en cooperativa de vivienda, crédito, trabajo, servicios sociales y consumo San José Limitada.

Los/as vecinos/as, que hoy suman unas 6000 personas y alrededor de 700 hogares, fueron poblando la zona en diferentes etapas a partir de migraciones de provincias próximas como Santiago del Estero y por erradicaciones producidas desde el gobierno de Córdoba en los años 70. Luego de diversos procesos de construcción del hábitat, el barrio está estructurado de la siguiente manera: por la calle principal, nos encontramos a nuestra izquierda con la zona de Villa Josefinos, perteneciente a trabajadores y artesanos San José, y que existe desde antes de que se instalaran los y las vecinos/as. Luego encontramos “El Bajo San José”, que se construyó a mediados de los años 70, rodeando la capilla y en tierras de los jesuitas. Siguiendo por la calle principal, vemos algunas viviendas donde los y las vecinas se disputan la pertenencia simbólica a Villa Parque (barrio aledaño que posee una situación socio- económica relativamente mejor), último plan de viviendas que se realizó en la zona durante el período de los años 80 a cargo de la ONG Servicio Habitacional y de Acción Social (SEHAS). Por último, en diagonal a esta zona, nos encontramos con la población del Alto San José, construida por el segundo plan de viviendas implementado en la zona a cargo del Centro Experimental de la Vivienda Económica (CEVE). A esta división, se le suman las nuevas viviendas que se están ubicando de manera espontánea, generando una nueva distribución del espacio.

Mientras, en esta misma época (años 80), un grupo de mujeres que había estado vinculado a la cooperativa crea un centro comunitario para el dictado de cursos de capacitación, tales como talleres de costura, cerámica, herrería, dactilografía, a cargo de docentes contactados por el Ministerio de Bienestar Social de la Provincia de Córdoba.

En el trascurso de principios de los años 90, el mismo grupo de mujeres, sobre todo aquellas pobladoras del Alto San José, intentan recuperar la personería jurídica de la cooperativa. Contactan con Fomento de Cooperativas en búsqueda de asesoramiento y toman conocimiento de una deuda acumulada de 18000 dólares. A partir de esto, se contactan con concejales de barrio Renacimiento y San Vicente, quienes les consiguen mercadería para desarrollar actividades que les permitan recolectar fondos para saldar la deuda (ventas de choripanes). Finalmente, la personería de la cooperativa es recuperada en 1999, con el respaldo técnico de un grupo de estudiantes de Trabajo Social de la

Universidad Nacional de Córdoba, quienes efectúan los balances que faltaban para regularizar la situación de la cooperativa.

Paralelamente, las mujeres junto a agentes externos inician actividades de diferente índole, conformando grupos de mujeres, adultos mayores y apoyos escolares para niños/as. Sin embargo, la cooperativa no pudo tener los mismos canales de comunicación con los/as vecinos/as, quienes expresan hasta la actualidad una imagen negativa de ella. De hecho, la cooperativa permanece prácticamente cerrada. Nos cuentan Beatriz y Carlos: “antes era una cooperativa, se daban las máquinas, se prestaban para que vos hicieras tus cosas. Pero ahora no, se roban cosas, se las quedan las familias. La gente que eran unidos ya han muerto la gente esa” (Beatriz, Entrevista, 2012, sic).

Hablamos de una cooperativa que supo contar con cortadero de ladrillo, proyectos vinculados a la construcción, un galpón para herrería, horno de cerámica y financiamiento para la construcción de viviendas económicas. Según el relato de los/as vecinos, eran épocas de mucha participación vecinal y de colaboración permanente en los procesos colectivos por parte de profesionales y agentes externos. Sin embargo, con el tiempo y, sobre todo a partir de 1983, después de un proceso confuso y complejo por la cantidad de actores involucrados, las acusaciones entre vecinos/as y las crisis económicas que afrontó el país, la cooperativa fue siendo desintegrada y pierde la personería. Cerrada continúa su proceso de declive, el cual se acentúa con el robo de materiales y herramientas en manos de los propios vecinos.

A comienzos de los años 90, los procesos de organización en la comunidad, la cooperativa y el barrio comienzan a debilitarse; el empobrecimiento del país impacta fuertemente en este barrio de población trabajadora, sobre todo cuando comienza a transformarse en una zona deprimida a causa de la desindustrialización. A través de relatos que encontramos en el libro La historia que nos parió67, conocemos que en esta zona se contaba con un gran número de industrias, como curtiembres, empresas familiares de diversos rubros y talleres metal mecánicos. Había una metalúrgica

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Escrito por alumnos del Centro Educativo de Nivel Medio para Adultos CENMA Barrio Maldonado, el cual nace por una necesidad de los vecinos, ya que se detectan numerosos casos de jóvenes y adultos/as que no habían terminado sus estudios secundarios. A esto se sumaba la población de las escuelas primarias de adultos/as de la zona que no tenían dónde continuar sus estudios. A través de su historia, esta escuela ha desarrollado distintos proyectos de articulación con la comunidad. Uno es la edición del libro La Historia que nos Parió, donde se relatan los años de la dictadura en San Vicente y zonas aledañas desde la memoria de los/as vecinos/as del lugar.

en la calle Obispo Maldonado (muy cerca de Bajada San José), fábricas de escobas, de pastas y talleres de calzados. Todas ellas formaban un cordón productivo a la vera del río Suquía y empleaban a un gran número de vecinos/as del sector. El quiebre de las industrias y talleres fue dejando a la gente sin trabajo, incrementando la desocupación, los trabajos informales y la fragmentación entre los/as pobladores de Bajada San José. Las mujeres relatan cómo el desempleo impactó en sus familias, sobre todo en las oportunidades laborales de sus padres y abuelos, quienes se empleaban en estos sectores. Fue un gran golpe para las familias de la zona, sobre todo cuando los empleados de automotrices quedaron sin trabajo, como también aquellos que estaban empleados en el mercado San Vicente (que actualmente no existe).

En este proceso, que comienza en los 70 y se agudiza en los 90, había unas 30 mil personas viviendo en estas barriadas (Maldonado, San Vicente, Muller y Renacimiento) que se vieron afectadas por la situación. Produjo que muchas familias antes obreras vivan ahora del sector informal de la economía. Los varones generalmente realizan “changas”, ya sea en el mercado de frutas y verduras o en diferentes oficios de la construcción, y “el cartoneo”. Las mujeres suelen ocuparse de las tareas del hogar y algunas son empleadas domésticas. El número de familias que cuentan con ingresos del empleo formal -como puede ser el de policía o de recolector de basura- es mínimo. También, encontramos algunos emprendimientos familiares como almacenes, kioscos y alguna verdulería. Por otro lado, las transferencias provenientes de programas o políticas sociales estatales son ahora fundamentales para la supervivencia de las familias de Bajada San José. Según datos del dispensario de la zona, la Asignación Universal por Hijo/a, la Pensión para madre de siete hijos y el subsidio por discapacidad (unas pocas vecinas reciben la jubilación por Ama de Casa) son las políticas que mayor cobertura tienen en la comunidad.

Esta barriada popular está localizada en la periferia de la ciudad, es decir, alejada de los centros urbanos de consumo, circulación, intercambio, oferta y producción de bienes, tanto culturales como materiales. Son pobladores que reproducen su vida en la expulsión de los centros urbanos legitimados, lo que lleva a que tengan que producir, muchas veces, sus propios ámbitos de trabajo y consumo (cf. Fernández, 2010). El transporte público no desciende hasta la comunidad, lo que ha generado infinidad de dificultades para la movilidad de los/as vecinos/as: aísla a las personas mayores que no pueden caminar hacia la

parada; aumenta la sensación de inseguridad por parte de personas externas a la comunidad que, además, deben caminar por la calle principal poco iluminada; genera dificultades de acceso a las instituciones de la zona como el dispensario; entre otras cuestiones.

Respecto a los servicios básicos, el barrio no cuenta con instalaciones de gas, por lo que las familias cocinan con resistencias y en casos excepcionales con gas envasado o en parrillas. Las casas no tienen calefacción ni equipamiento para ventilarse. Algunas cuentan con la tarifa social de luz o cada hogar se procura la conexión con la red, lo cual ha traído consecuencias graves, como personas que se han electrocutado. No hay servicios de telefonía pública, casa de internet ni puestos de diario, lo que aumenta la sensación de desinformación y aislamiento. La comunidad posee una plaza muy deteriorada en el predio de la capilla y una cancha de tierra donde se juega al fútbol.

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