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Sample On-Site Efficiency/Effectiveness Worksheet

0,0 5,0 10,0 15,0 20,0 25,0 1983 1989 1995 2002 2005 2008 2011 2012 Años

%

Tasa de desocupación

DE TRABAJADORES A CONSUMIDORES

Índice de desempleo (1995)

Barrios privados(1999)

Por otro lado, la nueva Ley de Empleo modificó las relaciones laborales entre empresarios y trabajadores. El Estado dejó de ser el mediador y los trabajadores quedaron en una situación de ne- gociación abiertamente desfavorable. El retiro del Estado canceló, además, la posibilidad de desarrollar políticas que pudieran mitigar el fenómeno de los despidos masivos.

Los efectos del desempleo no sólo se midieron en términos de pérdida de ingresos y empobrecimiento sino que afectaron la propia identidad de los hombres y las mujeres. En las sociedades moder- nas, el trabajo es una de las actividades humanas fundamentales. La desocupación implicó la crisis del eje identitario vertebral de sujetos individuales y colectivos. La paradoja de esta nueva etapa del capi- talismo era que, al mismo tiempo que encumbraba la figura del “con- sumidor”, no cesaba de convertir a los “trabajadores-productores” en desocupados.

La desocupación provocó miseria, crisis de identidad, depresión y una enorme tristeza social. Pero también resistencia: a mediados de los noventa, en los territorios más castigados por el desempleo, em- pezaron a surgir organizaciones de desocupados. A fines de 1995 se creó la Comisión de Desocupados del partido de La Matanza, la zona más poblada del conurbano bonaerense, y en mayo del año si- guiente se realizó el Primer Encuentro de Desocupados de Neuquén, provincia afectada por los despidos de YPF. Por ese tiempo se pro- dujeron también dos grandes levantamientos en las localidades de Cutral-Có y Plaza Huincul. Los trabajadores desocupados, con sus En octubre de 1983, cuando comenzó el nuevo período democrá-

tico, la desocupación era del 3,9 por ciento. En 1991, cuando Do- mingo Cavallo asumió como ministro de Economía del gobierno de Carlos Saúl Menem, subió hasta el seis por ciento. Y tan sólo cuatro años después, en 1995, el índice alcanzó el máximo de la década: 18,4 por ciento. El proceso de desindustrialización iniciado durante la dictadura y las privatizaciones de la década del 90 tuvieron una incidencia decisiva en el crecimiento de la desocupación.

El impacto de las privatizaciones en el desempleo no fue homogé- neo, aunque el promedio de despidos en las empresas que habían sido del Estado estuvo por encima del 60 por ciento. En algunos ca- sos, alcanzó niveles drásticos: YPF pasó de contar con 34.870 traba- jadores en 1990 a 5.700 a mediados de esa década. Tampoco fue homogénea la distribución territorial de la desocupación. Buenos Aires y Santa Fe encabezaron los índices de desempleo. San Nicolás, la vie- ja “ciudad del acero”, llamada así porque buena parte de su dinámica social giraba en torno a SOMISA, fue un caso testigo. La empresa siderúrgica fue privatizada y, entre fines del 91 y comienzos del 92, pasó de tener 11.600 trabajadores a 5.300. Se abrieron cantidad de kioscos y remiserías, la mayoría de los cuales cerraron a los pocos meses. La ideología neoliberal que justificaba el cambio de modelo económico hablaba de las virtudes de convertir a los trabajadores en “nuevos emprendedores”. Los hábitos y habilidades calificadas que se habían forjado durante años en el espacio colectivo de la fábrica de- bían abandonarse en pos de las competencias individuales.

incipientes organizaciones, comenzaban a ser visibilizados a través de una nueva forma de protesta: el piquete. Despojados del trabajo y por lo tanto también del derecho a la huelga, los más humildes sólo podían luchar por sus derechos en la ruta.

Durante mediados de los noventa se destacó una novedad que contrastó ferozmente con la desocupación: el boom de los barrios cerrados. El otro lado de la fragmentación social. A diferencia de los “countries”, que son más bien alojamientos de fin de semana o de descanso, los barrios cerrados están pensados como espacios para vivir. Son urbanizaciones rodeadas por muros que se caracterizan por tener vigilancia permanente. En los años 80 no llegaban a 100 en todo el país, en 1999 ya superaban los 400. Esta notable expansión se produjo mayoritariamente en zonas del conurbano bonaerense, en especial en el “corredor norte”, aunque también fue un fenómeno que se replicó en muchas provincias argentinas.

“¿Cuánto estás dispuesto a pagar por una nueva vida?”, decía la publicidad de un barrio cerrado. La promesa contenida en este in- terrogante tuvo su concreción más significativa hacia finales del año 1999, con el inicio de un importante proyecto de vivienda en zona norte, la primera ciudad cerrada de la Argentina. Si los barrios priva- dos oficiaban como reductos donde refugiarse “al final del día”, este barrio privado venía a inaugurar la fantasía de la posibilidad de una vida completa –con colegios, universidades, centros comerciales, oficinas, clubes, etc.– por fuera del mundo social.

En el año 2001, en el momento de mayor fragmentación social de la Argentina, el arquitecto Adrián Gorelik decía sobre los barrios privados: “Es un motor de la fragmentación social, encarnado por actores de una ciudad dualizada entre los que pueden y los que no pueden. Este tipo de emprendimientos es la peor respuesta de la so- ciedad a la crisis de la seguridad, ya que se responde privadamente

porque el Estado no se hace cargo de forma global. Esta asociación entre belleza natural y seguridad implanta la moda ideológica de una comunidad aislada, depredadora de lo social y lo ambiental. Pone en escena una situación caótica: es una réplica del sálvese quien pueda”. Los barrios privados asomaban como promesas de una comunidad homogénea y, sobre todo, como la posibilidad de recrear un ámbito que elimine, al menos en un espacio recortado, las diferencias y los conflictos propios de la vida en común, tensiones que podían incluir, por ejemplo, compartir la calle con los trabajadores desocupados.

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