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2. Causality Test

3.5 Sample Size and Sampling Selection

ción, un dios le ayuda. Ahora es claro que una fuente de males ha sido descubierta para todos los míos. Mi hijo, en su ignorancia, con impru­ dencia juvenil, llevó esto a término; él, que creyó que con cadenas, cual a un esclavo, de­ tendría en su curso al Helesponto sacro, el Bós­ foro, aguas de un dios; y así cambió el ser del estrecho y, ciñéndole con trabas trabajadas por el martillo, dilatado camino hizo con dilatado ejército. Siendo mortal creía sobre todos los dioses—no con prudencia— y Posidón poder vencer: ¿cómo no es esto mal de la mente que poseía a mi hijo? Temo que el grande esfuerzo mío de riqueza64 sea para los hombres botín del que más corra.

Ru in a.—Esto ha aprendido el valeroso Jer­

jes de tratar con malvados; le decían que tu ad­ quiriste con tu lanza para tus hijos gran rique­ za y que él, dentro de casa, por cobardía, mane­ jaba la lanza y no hacía crecer la fortuna pater­ na. Tales ultrajes oyendo con frecuencia a los malvados, planeó esta expedición ν esta campa­ ña contra Grecia.

So m b r a de Da r ío.—Han provocado un gran

desastre memorable por siempre, cual jamás despobló, al suceder, esta ciudad de Susa des­ de el día en que Zeus estableció este privilegio, que un hombre sólo fuera el jefe del Asia ente­ ra, criadora de ovejas, llevando el cetro del go­ bierno. Pues Medo fue el prim er guía del pue­ blo; luego un hijo de éste cumplió este come­ tido, pues su razón regía el timón de sus im­ pulsos. Tercero, a partir de él, Ciro, hombre afortunado, fue rey y dio la paz a todos sus

amigos: el pueblo de los lidios y el de los fri­ gios hizo propio y sometió a la fuerza a toda Jonia. Pues Dios no le fue hostil, según era de sabio. De Ciro el hijo gobernó el cuarto al pue­ blo. Y el quinto, imperó Mardis, baldón para la patria y para el trono antiguo; a él, con engaño el valiente Artafrenes en su casa matóle, unido a hombres amigos que este empeño tuvieron. El sexto fue Marafis; el séptimo, A rtafrenes65. Mas yo obtuve la suerte que qu ería66 e hice campañas numerosas con numeroso ejército; pero nunca causé un mal tan grande a la ciu­ dad. Jerjes mi hijo, en cambio, como joven que es, piensa cosas de joven y no recuerda mis consejos, porque habéis de saberlo bien clara­ mente, amigos de mi edad: nosotros todos, los que hemos poseído este poder, es manifiesto que no hemos provocado tantos males.

Co r if e o.—¿Cómo, Señor Darío, a dónde mueves el fin de tus palabras? ¿Cómo, después de esto, podríamos todavía tener el mejor éxito posible nosotros, pueblo persa?

So m br a de Da r ío.—Si no emprendéis cam­ pañas contra el país de Grecia, incluso aunque sea más numeroso el ejército m edo67. La pro­ pia tierra es su aliada.

Co r if e o.— ¿C ó m o d i j i s t e e s to , d e qué m a ­ n e r a e s a lia d a ?

So m b r a de Da r ío.—Matando, con el ham­ bre, a los que son en número excesivo.

65 Verso sospechoso, elim inado por m uchos edito­ res. Para sus defensores, Marafis sería un hijo d e Ciro, que habría reinado breve tiem po y se trataría de un error de Esquilo, que creería que Artafrenes, el prin­ cipal conjurado, reinó por algún tiempo.

66 Darío habría sido elegido por sorteo entre los conjurados; es versión diferente de la de Heródoto.

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Co r if e o.—Entonces, levaremos una tropa

escogida, bien provista.

So m b r a de Da r ío.—Ni siquiera el ejército

que ahora en la tierra griega se ha quedado, al­ canzará la salvación en el retomo.

Co r if e o.—¿Cómo dijiste? ¿Es que no ha atravesado el Helesponto el ejército todo de los bábaros desde Europa?

So m b r a de Da r ío.—Bien pocos de entre

muchos, si ha de creerse en los presagios de los dioses, a la vista del suceso de ahora; pues se cumplen no unos sí y otros no. S i esto es así,

multitud escogida de su ejército deja allí per­ suadido por esperanzas vanas. S e quedan don­ de riega la llanura con sus corrientes el Asopo, fecundador amado de la tierra beocia: donde a ellos les espera sufrir los más extremos de los males cual castigo de su violencia y su orgullo sacrilego; pues que marchando a Grecia las es­ tatuas divinas no se abstuvieron de robar ni de incendiar los templos: han sido destruidos los altares y las estelas de los dém ones68 de raíz y en confusión han sido derribadas de sus basas. Así, tras causar males, los sufren no menores y otros están a punto, y aún no está echado el basamento de los males, aún están en su infan­ c ia 69. Tal ofrenda de sangre procedente del de­ güello se verterá en la tierra de Platea por obra de la lanza de los dorios, y los montones de ca­ dáveres, incluso en la generación tercera, harán ver sin palabras a los ojos de los mortales que el que es hombre no debe tener orgullo en dema­

68 De los m uertos (divinizados). Pero según otros se trata de nuevo de las estatuas de los dioses.

69 E stos males, que han de culm inar en la derrota de Platea, son com parados prim ero con un edificio, luego con un nifio.

sía. Pues la hybris, tras florecer, da cual fruto la espiga de la culpa, de donde una cosecha de lágrimas recoge. Viendo la pena de estos he­ chos, acordaos de Atenas y de Grecia y nadie, por desprecio de su demon presente70, enamo­ rado de otras cosas, derrame su prosperidad. Pues Zeus está en su puesto castigando a los que tienen un orgullo excesh'o, juez severo. An­ te esto a aquél, usando la prudencia, aconsejad con sabias amonestaciones que deje de a los dioses ofender con su arrogante audacia.

Y tú, querida anciana, madre de Jerjes; vuelve a casa y cogiendo un vestido hermoso sal al encuentro de tu hijo. Pues por todos la­ dos de dolor por los males, girones de sus ri­ cas vestiduras penden en tom o de su cuerpo. Consuélale con mente amiga con tus palabras: pues a ti sola, bien lo sé, soportará escuchar­ te. Yo vuelvo abajo, a las tinieblas de la tie­ rra. Y vosotros, ancianos, salud 7I, en la desgra­ cia, pese a todo, dando placer a vuestro ánimo día a día, pues que a los muertos nada apro­ vecha la riqueza.

Co r if e o.—Sentí dolor oyendo muchas des­ gracias de los bárbaros, ya presentes ya veni­ deras.

Re in a, ¡Oh demon, cuántos dolores me pe­ netran por los males! Pero es esta desgracia la que me muerde más, el oir en torno al cuerpo de mi hijo el deshonor de los vestidos que le cubren. Voy, y tomando del palacio un vestido, probaré ir al encuentro de mi hijo·. Porque no

70 En definitiva, de su fortuna.

71 La fórm ula de despedida griega es, traducida lite­ ralmente, "regocijaos".

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