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Esa política estatal fue concretizada por una diplomacia proactiva por par- te del Ministerio de Asuntos Exteriores que movilizó a la embajada y el con- sulado belga en Buenos Aires. A través de visitas a las cárceles en todo el país y de la presión diplomática fueron concedidas alrededor de 100 visas belgas a detenidos argentinos. Si la actitud de un país y su gobierno con respecto a acontecimientos internacionales y temas como inmigración refleja indirecta- mente las tendencias ideológicas del debate público; ¿a qué tipo de sociedad llegaron los emigrantes políticos argentinos?

Durante el período 1973-1983, la composición del gobierno belga se mo- dificó varias veces, alternando entre el predominio del partido cristianodemó- crata y socialista (Witte, 1997: 355-375). En cuanto a la política de inmigración, se suspendieron los programas de inmigración profesional en 1974 a fin de sacar al país de la crisis económica en la que se encontraba desde el principio de la década (Cuypers, 1996: 239). Debido a la falta de inversiones extranjeras,

el desempleo nacional subió de 5% en 1975 a 10% en 1978, hasta 15% en 1982 (Gaus, 1992: 148). Entre 1975 y 1985 la producción industrial bajó al 8% y los precios de los productos de consumo aumentaron casi un 13% (Witte, 1997: 314). El cierre de las fronteras a la inmigración provocó un aumento considera- ble de los pedidos de asilo ya que ésta quedó como la única manera de regula- rizar la permanencia en Bélgica (Caestecker, 1992: 99). Bélgica firmó la Conven- ción de Ginebra sobre los derechos del refugiado en 1953 e implementó estos derechos en su jurisdicción. A lo largo de las décadas de los años 50, 60 y 70 participó en varios programas de reasentamiento de emigrantes: la acogida de emigrantes húngaros que habían salido de su país después de la sublevación en 1956; los programas de la ONU para albaneses provenientes de Yugoslavia entre 1961 y 1964; la acogida de emigrantes haitianos en 1970 y de indios, bengalíes y pakistaníes provenientes de Uganda (Caestecker, 1992: 85-106). Desde 1973 participó en los programas de reasentamiento de la ONU para emigrantes chilenos. En 1974, en medio de la crisis económica, decidió cerrar las fronteras para proteger su mercado profesional. A partir de este momento, el derecho a asilo quedó como la única opción para entrar en Bélgica (Caestec- ker, 1992: 99). Sin embargo, Bélgica se siguió comprometiendo en programas propuestos por la ONU: desde 1975 recibió 2.650 emigrantes indochinos que venían de campamentos de refugio de la ONU y, a este número debe añadirse otros 3.112 emigrantes indochinos que llegaron entre 1979 y 1994 por progra- mas de reunificación familiar (Ramakers, 1997: 98-99). En 1977, finalmente, el gobierno inició programas similares para la acogida de emigrantes políticos argentinos y uruguayos.

A nivel social, las corrientes ideológicas dominantes de los años 70 en Bél- gica constituían una continuación de la movilización estudiantil de los años 60 y de polarización provocada por los conflictos políticos nacionales. Esta movili- zación estudiantil y la sensibilidad social que provocó confluyeron con el clima internacional y los movimientos sociales que surgían en todo el mundo. Estas nuevas formas de acción social se reprodujeron en movimientos tercermun- distas, pacifistas, feministas, urbanos, medioambientales, etc. (Witte, 1997: 307). Entre todos estos movimientos existía un alto grado de permeabilidad:

los valores compartidos constituían una base sólida para la movilización en torno a temas diferenciados, y de esta manera estos movimientos disponían de una capacidad movilizadora grande (Hellemans y Hooghe, 1995: 16-17). En el marco internacional del proceso de descolonización, problemas como la pobreza, el hambre y el subdesarrollo tercermundista se vinculaban con el capitalismo y el imperialismo del Occidente. Al mismo tiempo aumentaba la atención sobre la problemática de las violaciones a los derechos humanos. La figura jurídica de los derechos humanos se fue convirtiendo en un tema cada vez más importante en Bélgica a partir de 1970 (Rihoux y Molitor, 1995: 112). Según Rihoux y Molitor (1995) y también Witte (1997), esta atención estaba estrechamente vinculada con el surgimiento del movimiento tercermundista que, entre otras cosas, denunciaba las violaciones a los derechos humanos co- metidas por las dictaduras militares latinoamericanas.9

Muy similar a la situación en otros países europeos, para Bélgica el mo- mento clave fue el golpe militar de Pinochet en Chile que provocó una reac- ción muy fuerte y pluralista en la sociedad belga, en los sectores políticos y sindicales socialistas y cristianos, y tanto en la comunidad flamenca como en la comunidad francófona.10 El gobierno belga condenó el golpe y se compro- metió en la acogida de emigrantes políticos chilenos (Vincineau, 1983: 13). A través de la creación del COLARCH y la financiación de sus programas de aco- gida se concretó este compromiso por parte del gobierno. El nacimiento del COLARCH ejemplificó la gran actividad de los movimientos sociales en aquel momento: fue concebido como una cooperación entre diez organizaciones diferentes del sector de la solidaridad. La inclusión de emigrantes políticos ar- gentinos y uruguayos en los programas de acogida en 1977, y más tarde tam- bién de emigrantes políticos bolivianos y salvadoreños, demuestra la amplitud de las preocupaciones de los movimientos de solidaridad por un lado, y, por otro, la disponibilidad del gobierno a comprometerse en estos casos diferen- tes. En todo ello, la movilización en torno a Chile fue crucial.

9 Véanse Rihoux y Molitor (1995); Witte (1997).

En toda Bélgica surgieron comités de solidaridad con Chile y un conjunto de organismos no gubernamentales belgas se movilizaron en torno a la situa- ción en ese país (Cieters, 2001: 136). A lo largo de la dictadura chilena, entre 1973 y 1990, llegaron entre 4.000 y 4.500 exiliados de ese origen (Entrevista a M.Z., Bruselas, 09/03/2011). El clima sensible ante lo que estaba sucediendo en Chile y América Latina favoreció indudablemente una actitud más abierta del gobierno belga y de amplios sectores sociales hacia la problemática argentina, aunque la percepción sobre la Argentina era menos unívoca. Sin embargo, a pesar de ser “otra dictadura latinoamericana”, el caso argentino nunca logró el mismo nivel de atención y conciencia en la sociedad belga que el caso chileno, no sólo porque el exilio argentino era mucho más pequeño en Bélgica, sino también porque el contexto político argentino era mucho más complejo que la historia del gobierno de Salvador Allende y el posterior golpe pinochetista. De todas maneras, el sistema de acogida desarrollado con el apoyo del Estado para la llegada de los chilenos a Bélgica a partir de 1973 facilitó enormemente la acogida de los argentinos que empezaron a llegar algunos años después.

Como ya anticipamos, la organización protagonista dentro de la acogi- da de los argentinos fue sin alguna duda el COLARCH, tal vez el ejemplo más explícito del rol catalizador del tema chileno. Cuando en 1974 se hizo cada vez más claro que las estructuras de acogida presentes hasta ese momento ya no alcanzaban para recibir las olas de emigrantes que continuaban arri- bando desde Chile, Oxfam y el sindicato socialista, la Fédération Générale du Travail de Belgique/Algemeen Belgisch Vakverbond (FGTB/ABVV), empezaron a buscar organizaciones que quisieran colaborar en la creación de un órgano coordinador para organizar la acogida (Cieters, 2001: 158). Por la resonancia que tuvo el golpe y la toma del poder de una dictadura militar en Chile, varias organizaciones ya estaban trabajando en torno al tema. Además, en enero de 1975 tuvo lugar en Bruselas el Tribunal Russell II11, lo cual aumentó aun más la

11 Este tribunal fue la prolongación del Tribunal Russell que había sido creado en los

años 60 por el inglés Bertrand Russell para investigar los crímenes cometidos por las tropas norteamericanas en Vietnam. El Tribunal Russell II en Bruselas se dedicó a investigar, entre otras cosas, las violaciones a los derechos humanos en diversos países latinoamericanos como

sensación de urgencia, según Diane de Wouters, ex secretaria general del CO- LARCH. Fue en este contexto de atención creciente hacia Chile y las dictaduras latinoamericanas, que la FGTB y Oxfam Bélgica decidieron comprometerse de una manera más activa en la acogida de emigrantes políticos provenientes de América Latina, y más específicamente de Chile.

Así nace en febrero de 1975 el COLARCH, un proyecto pluralista con or- ganizaciones políticas, sindicales, de derechos humanos, universitarias y de índole ideológico diferente. El hecho de que el colectivo consistiera en diez organizaciones miembros constituía su mayor fuerza: añadió un cierto grado de flexibilidad al funcionamiento del colectivo, tanto económicamente como en la búsqueda de soluciones prácticas. Fue, por un lado, la reacción a una problemática muy aguda, o sea el golpe de Estado en Chile y más tarde las dictaduras militares en Argentina y Uruguay, y, por otro lado, fue la muestra del dinamismo de la opinión pública belga y de los movimientos democráticos y de sus sectores de solidaridad. La estructura de esta entidad fue una novedad en el sector de la acogida de inmigrantes belga: las organizaciones mantenían su independencia, pero ofrecían un apoyo financiero y sus redes de relaciones para asegurar la acogida de los emigrantes latinoamericanos, coordinada por la cúpula del COLARCH.12

Entre 1975 y 1994, el COLARCH participó en siete de los ocho programas de acogida para emigrantes políticos provenientes de Chile, Argentina, Uru- guay, Bolivia y El Salvador. A lo largo de estos ocho programas, el gobierno belga concedió 1.100 visas a estos emigrantes. Como la política del Estado belga estaba focalizada en los presos políticos, se concibieron programas con “visas de protección”, al lado de las visas con fondo económico para los presos Chile y contó con la presencia de personalidades destacadas como Gabriel García Márquez y Julio Cortázar.

12 Las actividades del COLARCH fueron consideradas como una operación que se podía

terminar a corto plazo, es decir, cuando las dictaduras militares en América Latina despare- cieran, pero finalmente existió hasta 1994. Aunque Chile volvió a la democracia en 1990, no fue hasta 1994 que el último emigrante político chileno que disponía de una visa belga por los programas de acogida del COLARCH y que todavía estaba en la cárcel, llegó a Bélgica.

que tuvieron permiso de salir del país. Estas visas de protección en cambio, no incluían ningún apoyo económico y eran destinadas a los presos políticos con penas de prisión largas. Fue pensado como una manera de protección le- gal cuya herramienta era la visa belga, y al mismo tiempo como una presión indirecta por parte de la embajada y del consulado belga que consiguieron de esta manera el derecho de visitar las cárceles de las dictaduras latinoameri- canas. Técnicamente, los presos no disponían de una visa, sino de un número de “seguridad pública” con el que podían solicitar una visa una vez en Bélgica. Pocos presos argentinos que disponían de tal número de seguridad pública efectivamente viajaron a Bélgica. Cuando la mayoría de ellos salió de la cárcel después de la apertura democrática en 1983,13 estas visas fueron anuladas y transferidas a otros casos, principalmente a presos chilenos.

El COLARCH era responsable de la acogida, lo cual implicaba prever alo- jamiento para el primer período después de la llegada, ayudar en los trámites iniciales y en el proceso de integración. Así, se organizaba la recepción en el aeropuerto y el transporte al primer lugar de alojamiento y a lo largo de las semanas y meses después, se asistía en la tramitación del pasaporte belga, seguros médicos, becas, la búsqueda de alojamiento, trabajo, el chômage o seguro de desempleo, la inscripción para cursos de lengua, etc. El comité ar- gentino más importante, el CAS, colaboraba con las organizaciones miembros del COLARCH en estas actividades. Un buen ejemplo es la recepción en el ae- ropuerto, que por las dimensiones modestas del exilio argentino en Bélgica, se convirtió en un evento puntual y especial. Como los representantes del CAS habían colaborado en la redacción de las listas de candidatos para una visa belga, la llegada de los presos políticos fue experimentada como una victoria colectiva, porque “uno más había sido rescatado” (Entrevista con K.F., Bruselas, 12/03/2011). Gracias a esta participación, el CAS pudo posicionarse como in- terlocutor oficial y actor político legítimo. En las reuniones, que por la cantidad limitada de visas disponibles eran a veces tensas, se verificaban los pedidos caso por caso, y se analizaban teniendo en cuenta si se trataba de una persona 13 Para una discusión sobre la transición democrática y la recuperación de las libertades

que alguien conocía o no. En la medida de lo posible se buscaba información sobre los candidatos a través de organizaciones de solidaridad locales. Para el caso argentino, el COLARCH intentaba obtener informaciones a través del CAS, pero también a través de organizaciones como el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) o Madres de Plaza de Mayo o a partir de las visitas a las cárceles por el consulado belga. Aunque el COLARCH fue la estructura responsable para la acogida de una parte importante de los emigrantes políticos argentinos, no se puede hablar de un procedimiento sistemático: en realidad, la acogida de los argentinos fue una cooperación permanente entre varias organizaciones que, según sus capacidades y las circunstancias en que se encontraba, ayuda- ron con la acogida. Muy pocas organizaciones fueron creadas específicamente como respuesta a la experiencia argentina, pero la gran mayoría de las existen- tes se mostró susceptible a la problemática argentina y dispuesta a colaborar en la acogida de las víctimas de la violencia política. Y gracias a las iniciativas que nacieron en el sector de solidaridad belga, después del golpe en Chile, los emigrantes políticos argentinos pudieron aprovechar una infraestructura de acogida ya desarrollada.

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