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School Administrator Summative Performance Report

• El hombre no debe expresar sus sentimientos ni su ternura. • Los hombres no lloran porque llorar es de mujeres.

• En la vida el hombre representa la inteligencia y la fuerza, y la mujer el amor y la debilidad.

En este estudio se pretendía conocer qué tan arraigadas están las ideas anteriores en las mentalidades de los hombres. Con respecto a la primera proposición, como podemos observar en el Cuadro 26, presentado en este mismo capítulo, la mayoría (57.7%) afirmó estar de acuerdo. Es interesante observar, sin embargo, cómo un 26.5% afirmó lo contra- rio. Como vemos este es un estereotipo asignado a las mujeres. El ser pacífico (a) tiene un mayor valor social que ser violento (a). Sin embargo, se constituye en estereotipo porque no todas las mujeres son pacíficas ni todos los hombres son agresivos y violentos. Pueden hombres y mujeres mostrar ambos rasgos, aunque la mayoría de los hechos violentos que informan los medios de comunicación sean protagonizados por hombres. Además, la pre- disposición biológica a la agresividad es un planteamiento discutido por las personas estu- diosas del tema de la violencia.

La mayoría (62.4%) de los hombres centroamericanos respondió estar en desacuer- do con la segunda proposición el hombre no debe expresar sus sentimientos ni su ternura. La respuesta mayoritaria podría estar indicando un cambio importante en los estereotipos (ver Cuadro 26).

Algunos hombres que expresaron sentimientos y ternura en la relación con sus hijos e hijas fueron los mismos que informaron en las entrevistas desempeñar otros roles además de proveedor, como son el de formador y de asumir también la responsabilidad de la crian- za de los niños y niñas. El estudio realizado en Nicaragua por el CASC-UCA profundizó en los modelos de socialización temprana y encontró que una parte importante de estos hombres había asumido la conducta de sus propios padres como un ejemplo para ejercer la paternidad.

Desde la organización social fundada en el dominio masculino, lo que se conside- ra propio de las mujeres o femenino, como por ejemplo llorar, es considerado negativo, ya que se asocia a los seres débiles (mujeres, niños y niñas). Los seres considerados fuertes: hombres adultos los “dotados por naturaleza para gobernar” deben controlar las emociones y no dejarse llevar por los sentimientos. Sin embargo, nuevamente se observan cambios en estos estereotipos.

Así el 22.7% de los hombres encuestados informó estar de acuerdo con la proposi- ción los hombres no lloran porque llorar es de mujeres. Sin embargo, la mayoría (74.5%) respondió estar en desacuerdo (ver Cuadro 26). Algunas diferencias se observan en las res-

puestas según las características de los encuestados. Son los del área rural y los de menor nivel educativo los que presentan mayores porcentajes de acuerdo (ver Anexo I, cuadros 29 y 31).

Lo anterior merece varios comentarios pues éstos son procesos complejos. Un pri- mer comentario es que pudiera tratarse de procesos de cambio en las mentalidades de los hombres, y se perciban en tanto humanos, en la posibilidad de mostrar emociones. Un segundo comentario es que estos hallazgos ameritarían una profundización mayor. Por ejemplo, habría que preguntarse ¿Cuáles serían los motivos y en qué contexto los hombres “pueden” llorar? ¿La posibilidad de mostrar los sentimientos cambia la relación en la fami- lia y en la relación de pareja?

Los símbolos y la adjudicación de significados no siempre son unívocos. Al respec- to Calhoun indica “los símbolos no necesariamente se parecen a, suenan como, o de algu- na manera recuerdan a lo que representan (…). El significado dado a los símbolos suele ser bastante arbitrario, una cuestión de tradición y consenso” (Calhoun et al., 2000: 96 ).

Así se encontró que en la proposición en la vida el hombre representa la inteligen- cia y la fuerza y la mujer el amor y la debilidad, la mayoría el (55.6%) se mostró de acuer- do. El 39.2% opinó estar en desacuerdo (ver Cuadro 26). Estas repuestas no fueran inter- peladas si este “reparto” de características no tuviera profundas consecuencias en la vida social. Como se observa lo asociado a lo masculino tiene un valor positivo y resulta de mayor utilidad para el desarrollo individual.

En la proposición señalada anteriormente se encuentran los estereotipos más comúnmente asociados a los hombres y a las mujeres. Analizar estereotipos de género con- duce a la asignación de roles y particularmente a los roles relacionados a la crianza y res- ponsabilidad con los hijos e hijas.

Los estereotipos de género son ideas altamente simplificadas pero fuertemente asu- midas y culturalmente reforzadas sobre las características de los varones y de las mujeres. Contribuyen a mantener los roles de género modelando ideas sobre las tareas para las que hombres y mujeres están “naturalmente” hechos.

Los roles y estereotipos de género se refuerzan entre sí. Mientras que los estereoti- pos contribuyen a asentar nuestras expectativas acerca de las tareas que deben rea- lizar los hombres y las mujeres, ver a la gente en sus roles cotidianos refuerza nues- tra creencia en la validez de los estereotipos de género (Calhoun, 2000:252). Por ejemplo, si se piensa que los hombres son fuertes e inteligentes y por tanto están hechos para ser líderes, empresarios, productores del campo, etc., y se observa que cierta- mente son hombres la mayoría de las personas que se desempeñan en estos roles u ocupa- ciones, se llega a la conclusión de que nuestros estereotipos son correctos. O bien, si se

piensa que las mujeres son más pacíficas, representan el amor y la debilidad, y se observa que son ellas las que en su mayoría se responsabilizan de la crianza y educación de los hijos e hijas y les prodigan mayor cuidado cariño y afecto, y hasta se considera que existe una base “natural” para el desempeño de estas actividades.

Calhoun indica que este tipo de razonamiento es circular, puesto que no se ve de form a rutinaria a hombres y mujeres fuera de sus roles de género tradicionales, y se tiene pocas opor- tunidades de poner a prueba nuestras asunciones. Añade que a medida que más mujeres asu- men roles previamente considerados de varones, y viceversa, los estereotipos tienden a debili- tarse. Sin embargo, pueden ex i s t i r conflictos de roles para las personas cuando éstas “transgr e- den” los roles asignados, esto podría ser mucho más fuerte en el caso que los hombres asumie- ran plenamente la responsabilidad paterna y acudir con sus hijos e hijas a las consultas médi- cas, reuniones escolares, diversiones y cuidarlos, además de realizar lo asignado “naturalmen- te” a su género como es el aporte económico generado por el trabajo productivo.

El estereotipo de dureza emocional y fuerza de los hombres es lo que está incidien- do en que se “espere menos de los hombres”. Oswaldo Montoya (2001) indica que las expectativas hacia los hombres en el desempeño de su paternidad son muy pocas, se espe- ra que no puedan cargar un o una bebé, cambiar pañales o cantarles por la “supuesta” falta de emociones, sentimientos y movimientos cuidadosos.

En relación a la proposición el hombre debe ayudar a la mujer en las labores domésticas la mayoría de los informantes (94.4%) se mostraron de acuerdo (ver Cuadro 26). Estos resultados muestran lo extendida de esta noción en las sociedades actuales. Sin embargo, a pesar de los cambios en las mentalidades, es un hecho que las labores domés- ticas son responsabilidad exclusiva de las mujeres, los hombres se benefician de este tra- bajo, y cuando participan en ellas, es en calidad de “ayuda” tal y como dice la proposición referida. Generalmente en ausencia de la madre o cuando ésta se enferma. Probablemente hubiésemos obtenido diferentes resultados si en las proposiciones denotaran igualdad de responsabilidades, o bien cambios en la división sexual del trabajo.

Se espera —desde el patriarcado— que los hombres tomen las decisiones más importantes, y que su voz sea la autorizada para emitir opiniones. Así, para el 57.2% de los encuestados, “cuando se toman decisiones el hombre es quien debe tener la última pala- bra”. El 39.9 % se mostró en desacuerdo (ver Cuadro 26). El mayor porcentaje de los de acuerdo se encuentran en el grupo de hombres rurales, en los hombres de bajo nivel socio- económico, en mestizos y en los evangélicos. Es aún más alto el porcentaje de los de acuer- do en los de menor nivel educativo (ver Anexo I, cuadros 27, 28 29 y 31).

Es fácil imaginar las implicaciones de esta representación cuando las mujeres no son tomadas en cuenta en las decisiones que atañen a toda la familia, menos aún los niños y las niñas. Decisiones trascendentales como el uso y el destino del dinero, la educación de los hijos e hijas, entre otros.