Un texto importantísimo de la Dei Verbum bastaría por sí sólo para ejemplificar la relación entre Escritura, Tradición y Magisterio. Se trata, en concreto, del número 10 de la citada Constitución dogmática. Dice así en el párrafo segundo: «El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo. Pero el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino, y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído».
El texto se encuentra al final del capítulo segundo sobre la transmisión de la revelación divina. Antes de hacer mención del Magisterio en sí mismo, la Constitución dogmática se refiere a su más amplio fundamento en el pá- rrafo primero del número que venimos comentando: «La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia»; es decir, al «pueblo cristiano entero, unido a sus pastores» en maravillosa concordia (Antistitum et fidelium conspiratio). Si se mira el texto de la Comisión mixta de 1963, se verá que en él, como recoge en su comentario Francesco Testaferri, el único depósito de la Escritura y la Tradición es confiado al Magisterio, no a los hombres singulares. Se afir- ma ya que no está sobre la Palabra de Dios, sino a su servicio, para que el depósito sea tutelado (tuetur) e interpretado autorizadamente (authentice
interpretetur); servicio que se concreta —según este texto de 1963— «illus- trando et enucleando»: ilustrando y desentrañando, explicando o aclarando.
Al magisterio se le denomina «regla próxima de fe». Los padres conciliares pidieron modificaciones a un texto que parecía evocar el problema de las dos fuentes y que dejaba a aquél como único destinatario del depósito.
Entre las correcciones que sufrió el texto y que dieron lugar a la versión de julio de 1964, se encuentra —precisamente— la introducción del tér- mino Iglesia: el único depósito viene confiado a la Iglesia entera como su destinatario principal. El cambio de terminología subraya la subordinación del Magisterio a la Palabra de Dios y a la Iglesia (el oficio [munus] de in- terpretar autorizadamente es confiado [concreditum] al Magisterio, pero se reserva el término commissum est para toda la Iglesia). Los citados términos
illustrando et enucleando, así como «regla próxima de fe», desaparecieron
en el texto definitivo por demasiado escolásticos. Además, en noviembre de 1964 se introduce la expresión pie audit (escucha devotamente), con el fin de señalar dicha dependencia y subordinación del Magisterio con res- pecto al depósito revelado. Lo que permite concluir a Testaferri: «Tres son los elementos fundamentales del texto: la introducción de la referencia a la Iglesia como destinataria del depósito; la afirmación de la subordinación del Magisterio al depósito mismo; la indicación de la especificidad del servicio del Magisterio que coincide precisamente con la posibilidad de dar la inter- pretación auténtica del dato revelado» (La parola viva, 131). Como ha dicho F. A. Sullivan: «No es una autoridad superior a la Palabra de Dios, sino a las interpretaciones humanas de ella; de modo particular, a aquellas que están en conflicto con la fe de la Iglesia» (Il magistero nella chiesa cattolica, 41).
En esta dirección señalan también los cuatro verbos (escuchar, custo- diar, exponer, proponer) que, en el texto, hacen referencia a la entera vida eclesial en relación con la verdad de Dios, y que dan razón de por qué no está el Magisterio por encima del depósito revelado, sino a su servicio. En efecto, el «escucha devota o religiosamente» (pie audit) parece un eco del
hermoso incipit de la Constitución dogmática: Dei Verbum religiose au-
diens et fidenter proclamans (en religiosa escucha de la Palabra de Dios y
proclamándola con valentía). El adverbio religiose audiens no sólo evoca la tradición bíblica de la escucha, desde el Antiguo Testamento hasta Pa- blo, sino que —además— subraya cómo el propio Concilio, con todos los obispos reunidos con el sucesor de Pedro a la cabeza, confiesa la prioridad absoluta de la revelación de Dios a la que se somete obedientemente. El Magisterio, en su más alto nivel, se autorregula a sí mismo respetando el campo de inmanencia que se da entre la norma normans non normata que es la Palabra de Dios, por un lado, y el ejercicio de su autoridad magisterial «en nombre de Jesucristo», por otro. De modo análogo a como existe otro ámbito de holgura entre la Palabra de Dios que es Cristo como Verbo eterno y revelador del Padre, y la Scriptura Evangelii y, con ella, el conjunto visible de los signos de la religión cristiana que dan testimonio de la Palabra.
El primer verbo —escuchar— supone que el Magisterio no se aísla de la Iglesia, ni se escucha sólo a sí mismo; antes al contrario, hace de la escucha vertical (la Palabra de Dios) y de la horizontal—la de los fieles que tienen la unción del Santo y «no pueden equivocarse en la fe» (LG 12)—, el norte de su ejercicio. De igual modo, escucha a los exegetas y teólogos que dedican su vida al estudio de la Revelación. El segundo, custodiar (custodit), se re- fiere a la fidelidad al testimonio apostólico recibido, pues la estructura de la Tradición, como se ha dicho más arriba, consta del acto mismo de transmi- tir, del contenido que se entrega y de la recepción de éste (cfr. 1Cor 15,3). Los tres momentos deben vivirse con fidelidad; bien activa, en la actualiza- ción constante que de ella hace la Iglesia; bien pasiva, en el momento de la recepción; así como fidelidad en la conservación de lo recibido, puesto que la función primaria del Magisterio no es tanto la profundización en los misterios de la fe, propia de la teología, cuanto salvaguardar la Revelación y velar por la integridad y la pureza de la fe eclesial.
El tercer verbo es «exponer fielmente (fideliter exponit)», e indica el ver- dadero esfuerzo de mediación cultural y lingüística en el anuncio y la en- señanza (inculturación), de manera que la verdad de Dios llegue a todas partes y alcance a sus destinatarios: los seres humanos. De nuevo el adver- bio «fielmente» (fideliter), indica la fidelidad a la palabra de Dios que los obispos deben predicar «por mandato divino (ex divino mandato) y con la asistencia del Espíritu Santo». Esta fórmula remite de nuevo a la fuente del Magisterio (LG 22). Finalmente, encontramos en el texto que venimos comentando el verbo «proponer» para ser creído (credenda proponit). Se señala con él algo así como el «estilo» del ejercicio magisterial: la delicadeza y el tacto que no están reñidos con la defensa de la verdad en la salvaguar- da de la fe. Semejante defensa es una expresión de la caridad y del carác- ter ministerial o servicial del Magisterio. El párrafo tercero de DV 10, que
concluye el número, hace referencia a la unidad de Tradición, Escritura y Magisterio, unidos y ligados «de modo que ninguno pueda subsistir sin los otros (ut unum sine aliis non consistat)». Esta indicación, y la afirmación de que contribuyen eficazmente a la salvación de los hombres, bajo la acción del Espíritu Santo, «cada uno según su carácter (singula suo modo)», ponen en la pista de las reflexiones que siguen.