Como puede que ya sospeche el lector, mis opiniones sobre el azar no me proporcionaron las relaciones más llevaderas con algunos de mis compañeros durante mi carrera en Wall Street (muchos de los cuales puede ver el lector
indirectamente, pero sólo indirectamente, descritos en estos capítulos). Pero, donde mis relaciones eran desiguales, eran con algunos de los que tuvieron la desgracia de ser mis jefes. Pues tuve dos jefes en mi vida, de características opuestas en
todos sus rasgos.
El primero, al que llamaré Kenny, era la
personificación del hombre familiar suburbano. Era del tipo que entrena a un equipo de fútbol infantil los sábados por la mañana, e invita a su cuñado a una barbacoa el domingo. Parecía una persona en quien confiar mis ahorros: de hecho, subió bastante rápido en la institución a pesar de su falta de competencia técnica en derivados financieros (el mayor atractivo de su empresa). Pero era una persona demasiado pragmática para entender mi lógica. En una
ocasión me acusó de no estar impresionado por los éxitos de algunos de sus operadores a los que les había ido bien en el mercado alcista de bonos europeos en 1993, que abiertamente consideré que no eran mejores que pistoleros que disparan al azar. Le intenté explicar en vano el concepto del sesgo de la supervivencia (la Parte II de este libro). Sus operadores han salido desde entonces de la profesión, «en busca de otros
apariencia de un hombre tranquilo, conmensurado, que decía lo que tenía que decir y sabía cómo hacer que su interlocutor se sintiera cómodo durante una conversación. Sabía expresarse correctamente, era extremadamente presentable gracias a su apariencia atlética, sabía medir sus palabras y estaba dotado de la extremadamente rara calidad de saber escuchar. Su encanto personal le permitió ganarse la confianza del Presidente, pero yo no podía ocultar mi falta de respeto, sobre todo porque no lograba entender la naturaleza de mi conversación. A pesar de su apariencia conservadora, era una perfecta bomba de relojería, haciendo tic-tac-tic-tac.
Por el contrario, el segundo, al que llamaré Jean- Patrice, era un malhumorado francés con un carácter explosivo y una personalidad
hiperagresiva. Excepto aquellas personas que realmente le gustaban (que no eran tantas) era un experto en hacer que sus subordinados se sintieran incómodos, poniéndoles en un estado de ansiedad continua. Contribuyó en gran medida a mi
formación como persona que asume riesgos; es una de las muy raras personas que han tenido el valor de preocuparse sólo por el generador, ignorando por completo los resultados. Tenía la sabiduría de Solón pero, aunque uno esperaría que una persona con esa sabiduría personal y esa comprensión del azar llevara una vida aburrida, tenía una vida colorida. A diferencia de Kenny, que llevaba conservadores trajes oscuros y camisas blancas (sólo se permitía llamativas corbatas ecuestres Hermes), Jean-Patrice se vestía como un pavo real: camisas azules, abrigos deportivos a cuadros escoceses con chillones bolsillos cuadrados de seda. Hombre de poco sentido familiar, rara vez llegaba al trabajo antes de las 12, aunque puedo asegurar que se llevaba el trabajo con él a los lugares más insospechados. Con frecuencia me llamaba desde el club Regine’s, un local de alto standing de Nueva York, despertándome a las tres de la madrugada para discutir algunos pequeños detalles (irrelevantes) de mi exposición al riesgo. A pesar de su pequeña complexión, las mujeres parecían encontrarle irresistible; con frecuencia
desaparecía a mediodía y no estaba disponible durante horas. Su ventaja podría haber sido el ser un francés en Nueva York con costumbres fijas para bañarse. En una ocasión me invitó a discutir una cuestión urgente con él. Como era de esperar, me lo encontré a media tarde en un extraño «club» de París que no tenía ningún cartel con el nombre y donde estaba sentado con los documentos tirados frente a él sobre la mesa. Bebiendo champán, le acariciaban simultáneamente dos jovencitas ligeras de ropa. Extrañamente, las invitó a
participar en la conversación como si fueran parte de la reunión. Incluso pidió a una de las jóvenes que contestara a su móvil, que no dejaba de sonar, porque no quería que nos interrumpieran la
conversación.
Todavía me sorprende la obsesión que tenía por el riesgo este hombre irascible, que no dejaba de darle vueltas en la cabeza: literalmente, pensaba en todo lo que podría ocurrir. Me obligó a tener un plan alternativo en caso de que se estrellase un avión contra nuestro edificio (mucho antes de los
acontecimientos de septiembre de 2001) y echaba humo por las orejas cuando le contesté que la situación financiera de su departamento me importaría muy poco en tales circunstancias. Tenía una terrible fama de mujeriego, de ser un jefe temperamental capaz de despedir a alguien en un santiamén y, sin embargo, me escuchaba y entendía cada palabra que tenía que decir, animándome a dar ese paso adicional en mi estudio del azar. Me enseñó a buscar los riesgos invisibles de
un reventón en cualquier cartera. No es casualidad que tuviera un gran respeto por la ciencia y una deferencia casi aduladora por los científicos; aproximadamente una década más tarde se
presentó inesperadamente en la defensa de mi tesis doctoral, sonriendo en la última fila. Aunque Kenny sabía cómo subir por la escalera de una institución, alcanzando un alto nivel en la
organización antes de que le echaran, Jean-Patrice no tuvo una carrera tan feliz, algo que me enseñó a cuidarme de las instituciones financieras maduras. Para una persona orientada a la «base de la
empresa» puede resultar muy perturbador que se le pregunte sobre historias que no tuvieron lugar en vez de sobre las que realmente ocurrieron.
Evidentemente, para una persona pragmática de las que «tienen éxito en el negocio», mi lenguaje (y, tengo que reconocer, algunos rasgos de mi personalidad), parece extraño e incomprensible. Para mi divertimento, el argumento resulta ofensivo para muchos.
El contraste entre Kenny y Jean-Patrice no es una mera coincidencia que tuve la suerte de presenciar en una prolongada carrera. Cuidado con el
derrochador con «maneras de hombre de negocios»; el cementerio de los mercados está desproporcionadamente lleno de tipos con estilo personal y orientados a «la base de la empresa». En contraste con su habitual porte de Masters del Universo, de repente aparecen pálidos,
humildes y desprovistos de hormonas camino de la oficina del departamento de personal para la habitual discusión sobre el finiquito.
George Will no es ningún Solón: sobre las verdades contra-intuitivas
El realismo puede ser castigador. El escepticismo probabilista es todavía peor. Es difícil ir por la vida llevando unas gafas probabilistas, ya que se empieza a ver a engañados por el azar por todas partes, en multitud de situaciones, obstinados en su ilusión perceptiva. Para empezar, es imposible leer el análisis de un historiador sin poner en duda las inferencias: sabernos que Aníbal y Hitler tenían objetivos dementes, porque en Roma no se habla fenicio y no hay esvásticas en Times Square ni en Nueva York. Pero, ¿qué hay de todos los generales que eran igual de insensatos pero terminaron ganando la guerra y, por consiguiente, la estima del cronista histórico? Resulta difícil pensar en Alejandro Magno o en Julio César como hombres que sólo ganaron en la historia visible, pero que podrían haber sido derrotados en otras. Si les hemos llegado a conocer es sencillamente porque asumieron importantes riesgos, junto con miles de otros, y salieron ganando. Eran
inteligentes, valientes, nobles (por momentos), tenían la máxima cultura posible en su época, al igual que otros muchos miles que viven en mohosos pies de página de la historia. De nuevo, no estoy poniendo en duda que ganaran sus
guerras, sólo la afirmación sobre la calidad de sus estrategias. (Mi muy primera impresión tras una reciente relectura de la Iliada, la primera en mi vida adulta, es que el poeta épico no estaba juzgando a los héroes por sus resultados: los héroes ganaron y perdieron batallas de forma totalmente independiente de su propia valentía; su destino dependía de fuerzas totalmente externas, generalmente de la actuación explícita de
maquinadores dioses (no carentes de nepotismo). Los héroes son héroes porque su comportamiento es heroico, no porque hayan ganado o perdido. Patroclo no nos parece un héroe por sus logros (le mataron rápidamente) sino porque prefirió morir antes que ver a Aquiles alienado en la inactividad. Es evidente que los poetas épicos comprendieron las historias invisibles. Además, los pensadores y poetas posteriores tenían métodos más elaborados
para tratar el azar, como veremos en el estoicismo. Al escuchar los medios de comunicación,
fundamentalmente porque no estoy acostumbrado, puedo saltar de mi asiento en ocasiones y
conmocionarme delante de la imagen en movimiento (crecí sin un televisor y rondaba la treintena cuando aprendí a utilizar uno). Una ilustración de la peligrosa negativa a tener en cuenta las historias alternativas es la entrevista que el personaje mediático George Will, un «comentarista» de la especie que comenta exhaustivamente, le hizo al Catedrático Robert Shiller, un hombre conocido por el público por su best-seller Exuberancia irracional, pero conocido por el especialista por sus notables ideas sobre la estructura del azar y la volatilidad de
los mercados (expresadas con la precisión de las matemáticas).
La entrevista es ilustradora de los aspectos destructivos de los medios de comunicación de masas al apelar a nuestros muy distorsionados
sesgos y sentido común. Había oído que George Will era muy famoso y extremadamente respetado (es decir, por un periodista). Incluso puede que sea alguien con la máxima integridad intelectual; sin embargo, su profesión consiste en parecer listo e inteligente ante las masas. Por su parte, Shiller comprende los complejos entramados del azar; ha recibido formación para comprender una
argumentación rigurosa, pero parece menos listo en público porque la materia objeto de su estudio es muy contra-intuitiva. Shiller lleva mucho tiempo afirmando que los mercados de valores están sobrevalorados. George Will le indicó que, si la gente le hubiera escuchado antes, habría perdido dinero, puesto que las cotizaciones del mercado se han duplicado desde que empezó a decir que estaban sobrevaloradas. Ante tal argumento periodístico y bien sonante (pero sin sentido), Shiller fue incapaz de responder excepto para explicar que el hecho de que se hubiera
equivocado en la apreciación de un único mercado no debería recibir excesiva importancia. Shiller, como científico, no pretendía ser un profeta o un
presentador que comenta la evolución de los mercados en las noticias de la noche. Yogi Berra lo hubiera hecho mucho mejor con su confiado comentario sobre la gorda que todavía no ha cantado.
No podía comprender qué estaba haciendo Shiller, que no está preparado para condensar sus ideas en insulsos comentarios, en ese tipo de
programa. Evidentemente, es estúpido pensar que un mercado irracional no puede ser todavía más irracional; la opinión de Shiller sobre la
racionalidad del mercado no queda invalidada por el argumento de que se ha equivocado
anteriormente. En este caso, no pude evitar ver en la persona de George Will al representante de tantas pesadillas de mi carrera profesional; yo intento evitar que alguien juegue a la ruleta rusa a cambio de 10 millones de dólares y veo al periodista George Will humillándome en público diciendo que si esa persona me hubiera escuchado le habría costado una fortuna. Además, el
pasajera; escribió un artículo sobre el tema analizando la mala «profecía» de Shiller. Esta tendencia de hacer y deshacer profetas en función del sino de la ruleta es sintomática de nuestra innata incapacidad para comprender una compleja estructura del azar que prevalece en el mundo moderno. El confundir las previsiones con las profecías es sintomático de la estupidez sobre el azar (la profecía pertenece a la columna derecha, la previsión es el mero equivalente de la columna izquierda).