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La romana rozagante del barrio de los Montes se ha convertido en una anciana de 68 años prematuramente agotada. Durante más de medio siglo no ha dejado de seguir el mismo camino: pobreza, sufrimientos, amor al prójimo, amor apasionado de Dios, en las nieblas más desoladoras. Recibe de Nuestro
Señor estos consuelos austeros: "Soy todo tuyo, como de todos aquellos que cargan valientemente su cruz. Los hijos de la cruz son mis predilectos."
Avanza a grandes pasos por el camino real. Las "lenguas" viperinas no callarán nunca. No obstante, la veneración de los mejores la acompaña cuando se arrastra por las calles de Roma. Ella evita apresuradamente esos elogios para volver a su pobre alojamiento y volver a encontrar en él la nostalgia del cielo. Tres meses después de la muerte de Letizia (la madre de Napoleón), yendo a San Pablo Extramuros con el presbítero Natali, le dice: "Es la última vez". Después de comulgar ante el Santo Crucifijo, se siente invadida por una profunda sensación de paz. "Vive en paz, hija mía -le dice Nuestro Señor- y no te inquietes por lo que se dice en el exterior. No has hablado al azar. Adiós, hija mía. Me volverás a ver en el Paraíso. Sí, hija mía. Adiós. Pronto estarás conmigo, en mi reino. Apresúrate a ir a donde quieras, porque después todo habrá terminado."
No le queda más que saciar durante siete meses de agonía su hambre de sufrimientos.
El 26 de octubre de 1836 se mete en cama para no levantarse más. Con el cuerpo quebrantado a fuerza de dolores desde la planta de los pies hasta la cabeza, con el corazón traspasado al ver a su numerosa familia en un estado vecino a la miseria, conserva no obstante esa maravillosa paz que no le abandonó nunca. Es éste un hecho más elocuente que los innumerables prodigios de esta vida. Los documentos superabundan: "La paz de su alma -declara el cardenal Pedicini- resistió todas las pruebas." Y hablando especialmente del fin de su vida, en el que la marea de las tribulaciones llega a su máximo, su confesor afirma: "Al final de su vida llegó a una tranquilidad de espíritu y a una apacible unión con Dios que no se podría explicar." En efecto, nuestra pobre psicología no podría explicar este prodigio: la paz en la total crucifixión.
Ana habla de su muerte como de uno de esos pequeños viajes al Pincio en el curso de los cuales los suyos comían castañas acompañadas de un poco de vino blanco. Sus pobres dedos dolorosos siguen manejando la aguja y hasta los tres últimos días antes de su agonía dirige la casa, "servidora de todos".
Llegó el momento en que, desgarrada por los dolores, no se pudo mover. Las desolaciones internas no hacían más que crecer.
En el sol trágico sigue reflejándose el mundo: el desarrollo de las sociedades secretas. Su actividad desencadena una terrible persecución contra los católicos suizos. En Ginebra, Londres, y Turín prepara Mazzini la revolución mundial pero, ante todo, aquélla de donde debe salir la unidad italiana. Su programa implica la destrucción del catolicismo. "El pueblo italiano -repite- está llamado a destruir el catolicismo en nombre de la revelación continua. La humanidad es el único Mesías." Ve persecuciones en Alemania, cuya consigna oficial es ya: "Una sola religión alemana, una sola filosofía alemana, en una sola patria alemana." En Francia triunfan el espíritu volteriano y el socialismo místico; Lamennais se revuelve contra la Iglesia; Cousin y Quinet canonizan el racionalisno alemán; en China, en Indochina, persecuciones sangrientas... Todas estas visiones desfilan ante los ojos de la expiadora agonizante.
Sin embargo, viéndola amable, animadora, "se la hubiera creído en un lecho de rosas"
Desde hace años su alimentación ha sido la de "un insecto", afirma Domenico. "Habiendo recibido del cielo la orden de abstenerse de carne, no tomaba más que un poco de pescado y un trocito muy pequeño de pan; algunas veces una fruta cocida." Esta misma alimentación se le hace insoportable. Y la miseria aumenta. Morirá en la miseria de Job. "Las sábanas del lecho en que ella murió se las había dado yo mismo a título de caridad -declara su confesor-. Yo recogía algunas limosnas, pero esto no bastaba para sostener a la pobre familia y Don Raffaële se veía obligado a buscar diariamente socorros. Tormento indecible para la piadosa mujer. Dios no enviaba más que lo estrictamente necesario". "Ahora bien, en esta cruel miseria, recibió de lo más injustamente una citación para pagar una deuda de su hija. El individuo que la citó a comparecer ante el tribunal gozaba entonces de una salud robusta. Murió algunos meses después de una enfermedad terrible." Y la Beata rechaza una última tentación de bienestar. La mujer del gobernador general de Saboya la ha conocido en Roma y ha obtenido numerosas gracias por su mediación. De vuelta en Turín, anuncia su intención de procurarle abundantes limosnas haciéndola conocer en la corte. "La servidora de Dios -refiere Monseñor Natali- me encargó la misión de responder que ella agradecía, pero rogaba que no se hablase de ella, pues no quería ser conocida." La propaganda seductora había sido rechazada.
"Ella me decía -añade el prelado- que era preciso contentarse con vivir pidiendo limosna por amor de Dios para una pobre familia y no abandonar el camino de las humillaciones." Recibía con agradecimiento de algunos ricos, pollos, hermosas frutas y vino viejo, pero era el tesoro de los incurables.
Don Natali se inclina. Ha comprendido bien, y su fidelidad no se desmiente. Celebra todos los días en el oratorio de Ana y le da la comunión. Hacia el final, el cardenal Pedicini obtiene para ella la autorización de recibir la comunión después de haber tomado las pociones de adormidera que se le administran.
B.- El domingo 4 de junio de 1837, la enferma sufre un acceso de fiebre. El lunes, después de la comunión, sufre un largo desvanecimiento. La creen muerta. Es un éxtasis, en el que Nuestro Señor le advierte que morirá el viernes, día consagrado a la Pasión. Vuelta en sí, Ana manifiesta una viva alegría e informa a Don Natali de la buena noticia.
Llama luego dos veces a Domenico, lo consuela y le agradece sus atenciones. Después ve a sus hijos, uno en pos de otro, les recomienda la oración, la recitación del rosario en familia, el amor a la Madona y la armonía familiar. Finalmente los hijos se agrupan alrededor del lecho y la moribunda los bendice con lágrimas en los ojos.
Pero el Señor que la ha querido pobre, acude a disipar sus escrúpulos. "Yo los tomo bajo mi protección -le dice-. No temas dejarlos por mi amor en la pobreza. Los bienhechores que les hagan bien serán recompensados."
La sirvienta Annunziata describe esta apacible agonía. Con el rosario en la mano y en la otra una imagen de Jesús de Nazareth, no abandona la oración más que para murmurar:
- ¡Por el amor de Dios! Si le preguntan:
- ¿Cómo estáis?
- Demos gracias a Dios -responde-. No estoy mal.
Finalmente, llama a su querida Sofía, a ella sola, para confiarle toda la familia y recomendarle que vele por el anciano Domenico, por Mariuccia, por sus propios hijos; que los haga siempre acompañar en sus salidas. Todavía tendrán que sufrir mucho: la pobreza, las persecuciones, las lenguas malignas.
- Pero no dudes: tarde o temprano el Señor os consolará.
"Como yo no podía ya reprimir mis sollozos, me dijo que era inútil seguir hablando y me bendijo". Después se quedó sola con Dios.
Le quedaba por dar una última lección: la de la obediencia hasta la muerte. "Yo la encontré siempre dócil y sumisa como una oveja", declara Domestico, sin pensar en el realismo trágico de esa comparación. Ana ha obedecido hasta la degollación.
Para este cuerpo agotado la ciencia de los médicos, tan segura de sí misma en aquella época como en nuestros días, recomienda violentos revulsivos. Nuestro Señor le advierte que esos revulsivos la matarán, pero "si se insiste, debe obedecer y su sumisión será coronada". Los médicos y Domenico insisten. Ella se resigna. Los vejigatorios prodigados acaban con ella.
El miércoles recibe el Viático. Un Padre trinitario le da la absolución y la indulgencia plenaria in
articulo mortis, y después Ana entra en un largo silencio.
Una costumbre singular exigía que, para no perturbar al agonizante con manifestaciones ruidosas, la familia se retirara al acercarse la muerte. Ana invita a los suyos a que vayan a descansar. Antes de salir, el sacerdote confidente le pregunta cómo se encuentra. Ella murmura:
- Dolores mortales.
Es en ese momento cuando, al levantar la mano para rozar el pecho del presbítero Natali; lo sana de una congestión y lo envía a descansar.
C.- En la tarde del jueves, recibida la Extremaunción, los dolores de la agonía se agravan. Los hijos y Domenico lloran ruidosamente. Se les aleja. No quedan más que extraños. Los Padres de San Camilo de Lellis se retiran también, por juzgar que el fin no es inminente. El vicecura va a rezar su breviario en otra habitación. La Beata se queda sola. Puede morir. No obstante, hacia las 4 de la madrugada, despertado por una voz
interior, Don Natali acude. La enferma se halla en los estertores de la agonía. Llamado el vicecura reza las oraciones de recomendación del alma y le da una última absolución. Se oye un gran suspiro parecido a un grito de liberación. La Beata "entra en el descanso de su Señor".
Domenico refiere este fin con una admirable simplicidad: "Yo me hallaba en la habitación vecina y le oí recitar las plegarias con el sacerdote. Los que la asistieron me dijeron que murió tranquila".
Eran las 4:30 de la mañana del viernes 9 de junio de 1837. Ana tenía 68 años de edad. Se hallaba entonces domiciliada en el número 8 de la calle de los Santos Apóstoles, parroquia de Santa María in Vía
Lata, frente a la iglesia.
Acta 463: Giannetti Ana María (esposa) Taigi (y no viuda.)
El 9 de junio de 1837, Ana María Giannetti, nacida en Siena, hija de Luis y esposa de Pedro (sic) Taigi, de 64 años de edad (sic), murió piadosamente, habiendo recibido todos los sacramentos de la Iglesia, asistida por el vicecura de esta Iglesia. Al día siguiente fue trasladada desde su casa, que está en esta parroquia y donde terminaron sus días, a esta basílica. El día 11, expuesta en medio de la iglesia, recibió las exequias solemnes y, el mismo día, después de ponerse el sol, fue
trasladada al cementerio público.
En fe de lo cual... Por el canónigo cura ausente, Pedro Minetti, can. adm.
El presbítero Natali, después de llorar, abrió su portamonedas... y contó en él cuatro escudos(17)precio de un féretro de pobre. Con ello era preciso pagar los gastos de los funerales (que se elevaron a 200 escudos) y alimentar a toda la familia.
(17)Don Raffaële Natali no omitió ciertamente nada de lo que convenía. El cuerpo fue enterrado en un ataúd de plomo
después de tomarse un molde del rostro. Este molde sirvió para hacer un busto de cera que más tarde reprodujeron los grabados. "Las personas -escribe el P. Calixto- que conocieron a Ana María sostienen que ninguno de los retratos que se han hecho de ella se le parece perfectamente'. Y a continuación el P. Calixto anota en el mismo tono esto que nos hace soñar: "Don Raffaële aseguraba que ese busto de Ana María adquiría de pronto un reflejo de dicha, expresado mediante una dulce sonrisa cuando se producían acontecimientos favorables para el triunfo de la Iglesia." El Universo del 15 de marzo de 1871 anunciará: "Don Raffaële Natali acaba de extinguirse rodeado de la familia de Ana Marta, en medio de la cual vivió; era nonagenario y no conservaba ya sus facultades más que para hablar de la Venerable cuyo confidente fue". Pidió ser enterrado junto a Ana en San Crisógono, pero la ley "que exige que todas las inhumaciones tengan lugar fuera de la ciudad, en el cementerio de San Lorenzo", se opuso a la realización de su deseo.
Pero Dios velaba. El cardenal Pedicini envió 50 escudos. De Milán y de Turín llegaron otras limosnas. Incluso durante el cólera que siguió, llegaron siempre los recursos necesarios, como lo había anunciado Ana.
D.- Tan pronto como Ana dio el último suspiro, el cardenal Pedicini, vicecanciller, escribió al cardenal Odescalchi para pedir que se diese una sepultura honrosa ti aquella mujer en la que durante más de 30 años había admirado "los dones extraordinarios y las sorprendentes luces con que la había enriquecido Dios al igual que a los más grandes santos".
Sin embargo, las exequias no tuvieron todo el relieve que él deseaba. El Señor había prometido a Ana que libraría del cólera a Roma hasta su muerte. Apenas ha expirado estalla la plaga. Se produce un pánico indescriptible. La muerte de la Beata pasa al principio inadvertida. Pero la piedad renace. El cuerpo permanece expuesto durante dos días a la veneración de los fieles en la iglesia de Santa María in Vía Lata. Al anochecer del domingo, un piadoso cortejo lo conduce al nuevo cementerio del Campo Verano, donde, de acuerdo con las instrucciones de Gregorio XVI, es encerrado en un ataúd de plomo y sellado cerca de la capilla. Don Natali, antes de que lo pongan en el ataúd, ha hecho que tomen un molde del rostro.
Al cabo de algunos días, a pesar del cólera, comienza el cortejo de los peregrinos. Gente del pueblo, obispos, cardenales, se codean junto a la humilde tumba. El cardenal Odescalchi ordena pronto a Monseñor Natali que recoja todos esos documentos a base de los cuales Monseñor Luquet, postulador de la causa, publica la primera biografía. Esta tiene un éxito inmenso y es traducida a muchos idiomas.
La opinión de santidad crece cada día. Monseñor Natali y el anciano Domenico no saben a quién responder. "Muchas personas que la habían conocido -dice éste- me interrogaban, me hacían toda clase de
preguntas: cómo había muerto. Otros querían saber otra cosa; otras hablaban de los dones particulares que había recibido de Dios; otros hablaban de las gracias que habían obtenido en vida de ella por su mediación, y todos hablaban bien de ella y la elogiaban y decían que estaba llena de méritos y de virtudes. En cuanto a mí, la estimé siempre y digo que el Señor me privó de esta buena Servidora porque yo no era digno de ella."
El cardenal Pedicini, mientras redacta sus voluminosas memorias sobre la Beata, va a orar con frecuencia en su tumba. El cardenal L. Micara, capuchino, decano del Sacro Colegio, prefecto de la Congregación de los Ritos, lleva siempre consigo su imagen.
El Venerable Bernardo Clausi, mínimo, que ha solicitado muchas veces sus plegarias, repite a todos: "Si ella no está en el paraíso, no habrá allí lugar para nadie."
El Beato Gaspar del Búfalo, fundador de los misioneros de la Preciosa Sangre, consternado por la pérdida de la Beata gemía, "Cuando el Señor llama a Sí a almas tan queridas es señal de que nos quiere castigar."
El Venerable Vicente Pallotti llama a Ana "su secretaria, su plenipotenciaria encargada de todos los intereses de su congregación ante la Santísima Trinidad".
La Beata María Pelletier, fundadora del Buen Pastor, le confía los asuntos difíciles que trata en Roma. Monseñor Flaget, obispo de Louisville, que debía morir en olor de santidad y pudo visitar a la Beata durante su última enfermedad, canta sus elogios a través de los Estados Unidos.
Los milagros se multiplican y el pueblo deplora que el cuerpo de la Beata descanse tan lejos de Roma. Por orden del cardenal vicario es transportado a la iglesia de Nuestra Señora de la Paz. El féretro, cerrado desde hace 18 años, es abierto y en él se encuentra el cuerpo tan fresco como si hubiese sido encerrado la víspera. A pesar de la consigna del secreto y aunque se haya elegido la medianoche para el traslado, una muchedumbre inmensa acude a aclamar a "la santa de Roma y su amparo".
Pío IX rodea a la Servidora de Dios de una gran veneración. En vísperas de la batalla de Mentana se difunden imágenes suyas que le representan orando junto a la Venerable por el triunfo de la Iglesia.
Al saber que ella manifestó el deseo de ser inhumada en la iglesia de los trinitarios, la hace transportar el 18 de agosto de 1865 a la basílica de San Crisógono. Tres años más tarde, el féretro es abierto nuevamente. Los hábitos de la Beata han cedido a la corrupción, pero el cuerpo se halla todavía intacto. Las Hermanas de San losé le quitan sus pobres hábitos y los reemplazan con vestidos nuevos. Durante ocho días es expuesto el cuerpo a la piedad de los fieles; todos los arrabales, el Transtévere, se ponen en movimiento. La tropa debe mantener el orden. El cuerpo encerrado en un doble ataúd de plomo y de ciprés es finalmente depositado cerca de la capilla del Santo Sacramento, en un pequeño monumento en forma de sarcófago, y más tarde en la capilla de la izquierda, bajo el altar: un gran vidrio deja ver el cuerpo en su hábito de terciaria. Las manos están juntas sobre el pecho. El rostro, rodeado de una ligera mascarilla de cera, bajo la toca blanca, expresa una serenidad infinita... Entretanto el Proceso canónico sigue su curso. Después de la investigación oficiosa, confiada a Don Natali, se abre la investigación jurídica en 1852. Serán oídos treinta testigos juramentados, cardenales, obispos, patricios, criados, dos hijos de la Beata; finalmente, apoyándose en su bastón, con las espaldas encorvadas, un anciano de 92 años que, después de Dios, fue quien más contribuyó a hacer de Ana una santa: Domenico. En 1863 inicia Pío IX la causa de Beatificación; el 4 de marzo de 1906 proclama Pío X la heroicidad de las virtudes. En fin, el 30 de mayo de 1920, Benedicto XV coloca a Ana María Taigi, "madre de familia", en el rango de las Beatas. Poco tiempo después la dará como protectora especial a las madres de familia y como patrona a la Unión Católica Femenina.
Entre los milagros presentados aprobó los dos siguientes:
En 1869, una romana del Transtévere, María del Pinto, terciaria trinitaria, como Ana, enferma de "metritis y de endometritis crónica", reducida al estado de esqueleto, abandonada por los médicos, es solicitada para que haga un triduo con objeto de obtener su curación por intercesión de Ana. "Yo no deseaba mi curación -refirió- pues prefería sufrir. Hice, pues, una novena al Espíritu Santo para saber si era la voluntad de Dios que hiciese ese Triduo. En el curso de la novena me pareció ver a la Inmaculada, resplandeciente de luz, que recibía una súplica de manos de una buena anciana (Ana María) arrodillada ante Ella. 'Pide tu
curación, hija mía -decía la Virgen-. Te curarás perfectamente de esa enfermedad; no te faltarán otras ocasiones de sufrir'."
El Triduo fue hecho por obediencia. Nueva aparición de la Virgen y de Ana María. Esta tiene en la mano un pañuelo blanco, "como para enjugar las lágrimas que yo vertía en abundancia por la intensidad del