1.4 Thesis Structure
2.1.5 Second Language Learners
Las actividades económicas de subsistencia que desarrollan principalmente las mujeres en el Pacífico son: pesca, recolección y captura y artesanía.
• Pesca: se hace en los ríos y quebradas, en el mar, los cuerpos de agua salo- bres y en el manglar. En todos los casos, intervienen las mujeres, salvo en la pesca que se hace en el mar, exclusiva de hombres. Los aparejos de pesca son, por lo general, la red de atajo, el trasmallo agallero, el anzuelo de línea, el espinel, la atarraya y el chinchorro. Hay algunos estilos y sitios de pesca propios y exclusivos de las mujeres: las orillas de los ríos, zanjas y quebradas; sus formas de pescar se conocen como abilandeo, catangueo y canasteo. • Recolección y captura: recoger y capturar algunas especies de fauna y flora
son dos labores similares que forman otra dinámica de producción de las comunidades y, por lo general, exclusiva de las mujeres. La recolección se hace en el bosque y la captura, en el manglar. Las especies que se adquieren así sirven para autoabastecerse y para generar una forma de ingresos al hogar Es el caso de la piangua. Tanto la carne como la concha de este molusco no se
aprovechan plenamente en cuanto a sus efectos curativos y cosméticos que las mayoras elaboran para su uso personal; las mujeres de este gremio hacen artesanías con las conchas, que venden en las plazas. Se requiere un merca- do nacional e internacional que valore el trabajo y la creatividad. Alrededor de la preparación de la piangua hay ciertos tabús que incentivan su consumo. Su sabor deleita el paladar de propios y foráneos, sobre todo, el de los vecinos ecuatorianos, quienes lo consideran afrodisíaco.
En la gastronomía local, este producto ha sido fundamental. Las personas mayores han visto en estos moluscos una gran fuente de valor proteínico. La piangua ha sido muy consumida en la zona, en platos como el encocao de concha, (concha, nombre tradicional con el que se reconoce a la piangua) mezclada con otros moluscos como el piacuil y el pateburro; también se utiliza en arroces, pero, el plato que todos los mayores evocan es el atollao. Consiste en preparar la concha en una especie de sopa espesa con arroz. • Artesanía: es una labor ancestral y tradicional de las comunidades afrodes-
cendientes. Las mujeres la han asociado con actividades productivas apro- vechando la rica variedad de fibras naturales que el monte y la selva ofrecen en estos territorios. Con estas fibras, ellas fabrican canastos, abanicos, este- ras, sombreros y escobas, además de otros objetos. Estos productos pueden tener uno y otro objetivo: el uso en la casa o la finca; por ejemplo, para guardar la ropa o alimentos, para transportar animales de corral y para empacar los animales capturados en la selva o el manglar; el otro objetivo es vender. Algunas mujeres viven de la venta de artesanías, sobre todo, en zonas turísticas.
Los productos de cada práctica de producción comunitaria tienen como primer propósito la seguridad y la soberanía alimentaria; el segundo, fortalecer los lazos comunitarios y la solidaridad; esto se hace mediante el trueque; por último, vender los excedentes en las cabeceras municipales.
Desde niñas, las mujeres se conectan cultural y espiritualmente con el territorio y la selva, en aras de cultivar y mantener los saberes ancestrales trasmitidos por las mayoras. También hacen minería tradicional y mantienen animales de cría para el consumo familiar. Una población considerable de las mujeres negras de la región
se dedica a la medicina tradicional; es el caso de la partería, declarada patrimonio cultural de la humanidad por la Unesco. La comunidad utiliza la medicina tradi- cional para tratar dolencias del cuerpo y del alma.
A las mujeres mayoras o sabedoras, las comunidades las consideran, por su sabi- duría, autoridades; ellas orientan las decisiones colectivas de avance y progreso y son transmisoras de conocimientos a los renacientes; son proactivas, en especial, en la resolución de los conflictos sociales e intrafamiliares del territorio; de allí nace el concilio de mayores, constituido por los adultos mayores, en el que participan mujeres y hombres; se les reconoce su importancia en la vida comunitaria por el papel que desempeñan en el cuidado de su familia y su comunidad.
Estas mujeres son las encargadas de mantener y dinamizar el patrimonio cultu- ral en sus territorios, la unidad de las familias, así como de promover el fortaleci- miento de la identidad cultural, para las generaciones futuras.
Las mujeres mayores de las comunidades han mantenido una interpretación colectiva de la producción y del acceso al territorio y a sus recursos; prácticas como la mano cambiada, la minga, la tonga y demás expresiones de solidaridad se utilizan en varios momentos: en la limpieza (rocería) de áreas para la siembra y para la cons- trucción, en limpieza de caminos, para la construcción de viviendas, para cuando se encuentra un área en donde los peces abundan y se ponen de acuerdo para ir comunitariamente a aprovecharlo, para cuando una mujer da a luz, para cuan- do alguien muere. El uso colectivo del territorio y el respeto a lo colectivo era y es muy fuerte.
Las formas solidarias de participación permiten, además de mejorar los canales de transmisión del conocimiento ancestral mediante el aprendizaje, fortalecer la comunicación interna, local y entre las comunidades vecinas.
Las comunidades negras desarrollan actividades que han permitido que el terri- torio se mantenga como el nicho para la vida. Hasta hace algunos años, cada producto tenía su temporada, su época, porque las preparaciones alimenticias respondían a las celebraciones o conmemoraciones. Las mujeres extraían la pian- gua o concha, especie que se utiliza para preparar los manjares que acompañan la celebración de una boda o un bautizo.
Poco a poco, la presión que ejercen las ciudades ha hecho que la piangua se apetezca para preparaciones en restaurantes selectos. Por ello, se genera un mercado que no respeta costumbres, tradiciones ni imposición de las vedas que se utilizan para evitar su extinción. Eso ha hecho que las mismas comunidades vean en el manglar un espacio para ejercer una actividad que les permite ganar ingresos para la manutención de sus familias.
Las mujeres son las que han hecho, ancestralmente, la labor. Van, muchas veces, acompañadas de sus hijos o compañeros; ellas mantienen las tradiciones en esta actividad, porque su aprendizaje proviene de lo enseñado por las mayoras, que comparten poco a poco los secretos de la recolección. Quienes la ejercen, han visto a sus madres o mayores realizarla, cada paso o eslabón o de su práctica es un enig- ma que se debe aprender con sigilo, la cultura está inmersa en todo su esplendor: desde portar la ropa para la faena, hasta el encender el brasero, elemento usado para remedios caseros; ya cuando las mujeres están en sus casas, ellas, igual que sus ancestros y ancestras, hacen uso de su medicina tradicional, de la sabiduría apren- dida de generación en generación.
Hay un misterio en cada paso que se da: en la forma como se adentran en el barro, como se delimita cada área, se identifican los nichos y se recoge con las manos cada molusco. Abundan leyendas y creencias relacionadas con la Luna y la fertilidad de la mujer como limitantes para desarrollar su labor; también, con la manera de utilizar los braceros para que produzcan el humo que espanta el jején. Son, entonces, las mujeres las que protegen y preservan las especies, de manera que se convierten en cuidadoras de la vida y el ambiente.
Claramente, hay un entramado de conocimientos técnicos y culturales relacio- nados con las actividades de producción en los ecosistemas de manglar.
Previamente, se ponen de acuerdo sobre el lugar en el que trabajarán; salen de sus casas en ocasiones al rayar el sol, según las mareas y para tener el tiempo suficiente de sacar, por lo menos, cien moluscos. Cuentan las mayoras que antes, en unas dos horas, recogían más de cien conchas; hoy, en todo el día, no alcanzan a recoger más de sesenta o setenta. Comienzan muy temprano porque su jornada inicia preparando el almuerzo para quienes se quedan en la casa y el tentempié para resistir las 4 ó 5 horas de jornada.
En el cumplimiento de su labor, usan la ropa más vieja, pues, por el lodo del manglar, la vestimenta puede utilizarse solamente en esta labor. Cuando las concheras se adentran al manglar, las raíces de los mangles las atrapan y, la mayo- ría de las veces, rasgan sus vestidos. Es una actividad que deteriora la vida de las mujeres; por el frío del manglar al permanecer en el agua, por el daño en las manos, especialmente en las uñas; por las afecciones de la piel, que debe soportar el roce continuo del barro, junto a la desesperanza que provoca la escasez del producto.
Las mujeres entran en el lodo y van palpando con sus pies hasta tocar los molus- cos; con un machete pequeño, van rayando el barro4 hasta tropezar la concha y el sonido avisa que hay una, justo en ese lugar; en ocasiones, introducen la mano o todo el brazo y al topar con el barro encuentran el producto deseado; algunas concheras ya usan guantes, puesto que al contacto con el barro y las raíces, sus uñas y manos se lastiman hasta la herida; las pianguas que se agarran o recolectan, se colocan en el canasto; al terminar la jornada, que es cuando empieza a subir la marea, buscan, rápidamente, el potro o la canoa, en la que llevan canalete, banquetas y el brasero que nunca falta: consiste en llenar una olla con arena y ceniza y en esa mezcla se introducen pedazos de leña o concha de mangle; se embarcan en el potrillo y llegan hasta el lugar escogido para la jornada del día; cuando arriman a ese lugar, encienden el brasero, que ya debe estar humeando, con el propósito de impedir que los jejenes, mosquitos diminutos propios de la zona tropical, les piquen demasiado.
En algunas zonas, se extraen bienes como madera, manglar, conchas, almejas, oro, camarón, palma, coco y cacao para usar como insumos en la construcción de las viviendas, en la alimentación familiar y, en menor medida, para generar ingre- sos de subsistencia. Pero, en la actualidad, el conocimiento ancestral de la pobla- ción, en especial, de las mujeres, en la recolección de productos del manglar, se ha puesto al servicio de formas modernas y meramente comerciales de extractivismo.
4 Rayar el barro es hacer una especie de líneas con el machete en los lugares en donde pueden estar las conchas.