CHAPTER 4: RESEARCH FINDINGS
4.2 Section 1: General biographical information
Figura 4.4. La narrativa del distímico
La pareja constituida por Eulalia y Pepe ilustra bien la interacción distímica, incluyendo el manejo de unos síntomas que, dentro de la gama neurótica, han evolucionado desde la histeria hasta la situación actual. Las circunstancias biográficas sirven de marco coherente a esa evolución.
La familia procede del medio rural y se expresa con abundantes modismos que, sobre todo en el caso de Eulalia, se adecuan muy bien a la comunicación de los síntomas y de los problemas relacionales vividos. Por eso se han mantenido, al menos parcialmente, para preservar algo del rico colorido expresivo que emana el caso.
El terapeuta interviene muy ligeramente, adaptando en parte su lenguaje al de la pareja, pero, sobre todo, participando poco, lo cual puede sorprender dada la magnitud del material relacional que brota en las sesiones. Hay que tener presente que se trata de una intervención de evaluación y no definida como terapéutica.
5.1. PRIMERA SESIÓN
Terapeuta: Bueno, vamos a ver... ¿Cuál es el problema?
Eulalia: Estoy siempre muy nerviosa. Hay temporadas en que estoy un poquito mejor. Me altero por cualquier cosa. Todo me lo sufro.
(La primera definición de su problema es en términos de nerviosismo, recurrencia y reconocimiento explícito de la reactividad a los estímulos externos: la esencia de los síntomas distímicos... Y, tal como acostumbra a suceder en estos trastornos, es la propia paciente quien toma la palabra.)
Mi marido es buenísimo, muy bueno, todo lo que diga es poco, de ayudarme, de estar por mí; pero, a veces, yo pienso que no me quie-
re. Yo le hablo de cualquier cosa y me parece que no me escucha, y de pronto me dice: «¡Ya no se hable más!». Me habla como si estuviera mandándome, como si me aborreciera, con despecho. Yo sé que no tengo ningún motivo porque, la verdad, es muy bueno. Quizás sea esa condición que él tiene. Ahora, desde que vinimos al psiquiatra, él está bastante mejor, mi marido ya no se ha irritado ni una sola vez, no se ha descontrolado así y me trata mejor. Como yo estoy mala de la cabeza, que tengo una lesión cerebral, los ruidos así y el hablar fuerte... (Enseguida, entra de pleno en el terreno relacional, centrando las dificultades en la pareja. Antes que nada, él «es buenísimo» como emblema de la ambivalencia. Sin ese ingrediente, el conflicto sería demasiado abierto y nos situaría, probablemente, en el campo de los conflictos conyugales no enmascarados por síntomas. Luego, ya la crítica, en la que se manifiesta la metáfora del poder: marido autoritario, que la «manda», no puede quererla y al que apunta como causa de su malestar.
Ante esta situación, es importante buscar aliados que quedan fácilmente triangulados, y ¿quién mejor que el médico/terapeuta individual? En este caso, de momento, el aliado parece funcionar, pero ¿durante cuánto tiempo aceptará el marido que el psiquiatra le tire de las orejas? De todas formas, el médico no es un aliado cualquiera y, muchas veces, no necesita mediar directamente a favor de la paciente: basta con que refrende su status de enferma y refuerce la condición «natural» [no relacional] de los síntomas. Como muestra, el ejemplo que sigue de utilización de un supuesto síntoma orgánico: la «lesión cerebral».)
T.: ¿Usted tiene una lesión cerebral? E.: Sí, una irritación en el cerebro. T.: ¿Qué síntomas tenía usted? E.: Me daban ataques, que no podían sujetar. T.: ¿Y usted se daba cuenta o no?
E.: Sí, me daba cuenta. Yo sentía lo que decían. A veces me daban en la cama los ataques y él me tenía que despertar. Estaba acostada y el techo me ahogaba; se me caía encima y yo tenía mucho miedo.
T.: ¿Qué medicamentos toma? ¿Para eso de la cabeza toma algo?
E.: El doctor García es el que me llevaba de la cabeza, pero ahora ya lo hemos anulado y ahora sólo hacemos el tratamiento aquí, en el hospital, desde hace más o menos dos años.
T.: ¿Han ido de urgencias alguna vez? Pepe: Sí, pero no ha sido por esto.
E.: Es que me daban muchos dolores en el pecho, yo me pensaba que eran del corazón y han sido los nervios. P.: Ella tiene miedo, también, doctor, porque su madre ha muerto del corazón, un tío también y otro está mal del corazón. Cuando ella ha averiguado que es de los nervios ha sido después, cuando los médicos la han mirado...
T.: Aparte de esas cosas de los nervios, que es como si se le metieran en el corazón, y aparte de esos ataques, ¿qué otras molestias tiene?
E.: Mucho cansancio, que no puedo con el cuerpo, sin gusto, sin ganas de salir. Me sale de dentro ese ¡ayl, como si tuviera una pena... Yo siempre tengo en mi cuerpo esa pena, un malestar, como si me pa
sara algo. Yo no sé por qué, aunque no estemos enfadados, ni nada.
(Se pone de manifiesto la plasticidad de los síntomas: primero, ataques de clara estirpe histérica; luego, somatizaciones en el corazón, y, por fin, los síntomas depresivos, que tienen mayor vigencia en la actualidad... La ambigüedad relacional, además, se evidencia en el «yo no sé por qué, aunque no estemos enfadados...». Es el no pero sí.)
T.: Y eso ¿desde cuándo?
E.: Desde hace mucho tiempo, pero desde hace un tiempo a esta parte, más. T.: ¿De dónde son ustedes?
E./P.: De Granada, de un pueblo cerca de Motril. T.: ¿Cuánto tiempo llevan por aquí? E.: Treinta y un años.
P.: Yo llevo mucho tiempo. Yo salía solo a trabajar y a buscarme la vida por aquí, iba y venía. Luego me los traje. Estábamos casados y teníamos tres híjos, aquí nació la pequeña.
T.: Ustedes se han quedado solos hace dos años. Los hijos se han ido yendo poco a poco. Ley de vida ¿no? Usted, durante este tiempo, ¿cómo ha ido evolucionando? ¿Cuándo empezó a estar mal usted?
(Los síntomas distímicos han prevalecido en relación con pérdidas recientes y, sobre todo, probablemente con la marcha de los hijos.)
E.: Yo empecé a estar mal cuando tenía veintiséis años y me daban los ataques fuertes. Me pusieron tratamiento por el reuma en las rodillas y las pastillas no me sentaron bien y mi cuerpo explotó. Me die
ron unos ataques, mi marido llamó a mi madre, a su hermana... Yo maullaba como si fuera un gato; se pusieron cuatro o cinco mujeres encima de mi y yo las levantaba. Mi madre pensó si era de las pastillas, después mí marido también pensó que podía ser de la medica-
ción. De ahí he cogido yo muchos nervios. Mi marido es muy bueno, pero siempre ha tenido y tiene mucho genio. Él tiene esa condición que no lo puede remediar y dice que me tengo que amoldar a su modo de ser. Yo quisiera amoldarme, pero no puedo. Él me dice: «Si ya sabes que soy así». No es por el modo de hablar, aunque habla recio. Desde que me casé, ya lo sé que ha sido siempre así.
(En cambio, retrocediendo en el tiempo, resurgen los síntomas histéricos, que son explicados con gran expresividad por la paciente. En la naturaleza misma de los síntomas neuróticos, en su dimensión relaciona) al servicio de la simetría inestable, está la necesidad de incorporar elementos extrarrelacionales que los legitimen. En este caso, el recurso a los efectos negativos de «las pastillas».
Luego, rápidamente, entra de nuevo el marido en escena [simetría inestable ilustrada sobre la marcha]: él le pide que ella se adapte, aceptándolo como es [propuesta de complementariedad], y ella, directamente dice que no puede [si dijera que no quiere, el pulso sería más abierto].)
T.: ¿Desde que se casó?, ¿antes no? P: De siempre, desde que nació.
(El marido tercia contradiciéndola y, a la vez, intentando sacar balones fuera para eludir la responsabilidad que ella le atribuye.)
E.: Sí, sí, me casé con mi marido sabiendo... que me dijeron que no me casara, que tenía mucho genio, pero el amor es ciego y yo lo quería como a la niña de mis ojos.
P: Yo he tenido mucho genio, el que más de mis hermanos. Todos contaban conmigo para todo. Yo me pongo muy activo, pero luego no hay nada.
T.: Pero ella no se ha acostumbrado. E.: Ya lo estoy, ya...
P: Yo le digo: vamos a ver, si llevamos ya tanto tiempo juntos día a día, incluidos los cuatro años de novios, tú te tenías que haber hecho a mí, ¡yo ya no puedo cambiar más! Yo, antes, de joven, he sido
muy machista, pero eso ya se ha acabado. Ahora lo hago todo, si hay que planchar, plancho; por quitarle trabajó y por mirar por ella. Pero soy muy activo y eso no lo puedo cambiar.
(Otras defensas del marido son la reiterada propuesta de complementariedad [«acéptame como soy»] y la reformulación en positivo, manifiestamente edulcorada, de su mal genio en actividad y hasta en capacidad de trabajo.)
La cosa empieza a los veintiséis años con unas pastillas que le sientan mal y que le descolocan un poco los nervios y luego, ¿qué otras cosas le alteran los nervios?
Mayormente mi marido, que tenía mucho genio y por cualquier cosa que hacía me perdía el respeto. Hasta me ha llegado a pegar, muchas veces, guantadas.
T.: ¿De eso cuánto tiempo hace?
P: De eso hace ya más de treinta años, en el pueblo. E.: No, no, no, tantos años no hace.
P.: ¿Aquí también te he dado leña? E.: Alguna vez. T.: ¿Se ha arrepentido?
P: Siempre, siempre. Es más, el que tengo que «llamarla» y «buscarla» soy yo. Ella a mí nunca me lo dice. Por cualquier cosa que discutimos. Por la tele, por ejemplo, ella me dice: «¡Cállate!». Ella a
mí; yo a ella no. Y se pone con los morros y ya tengo que ir a buscarla.
E.: Nosotros discutimos y él se desahoga. Pero si me ofende y me dice alguna mala palabra, luego no me deja explicarme y me dice: «¡A callar!».
P.: Dile las palabras que yo te digo, porque yo no creo que te ofenda... E.: Me ha dicho alguna vez «puta», aquí, en Mataró. No me pides perdón nunca.
P.: Yo sí que te he pedido perdón y te digo que ya sabes que yo soy así. Habla lo que sea verdad, no te pases; no estoy de acuerdo.
T.: Lo que pasa es que, a veces, a las personas les parece que lo que están diciendo el otro lo entiende igual; a veces, no es así: lo que usted cree que es pedir perdón, a lo mejor para ella no es suficiente y no le llega. E.: Doctor, una palabra de perdón sí llega, el perdón es muy bonito y llega a todos los sitios; el perdón y el te quiero. Yo le digo, pero Paco, si tú me has criado, si me cogiste con quince años, ¡háblame
de otra manera! Nunca en la vida hemos tenido una conversación, porque, si empezamos a tenerla, como no me deja que le explique, que me desahogue y le exponga lo que a mí me parece...
(Ejemplo de escalada simétrica en la que la referencia a la seudodemanda de perdón es una mistificación por parte del marido, como la descripción eufemística «no me deja que le explique, que me desahogue...» lo es de la mujer. En el fondo, ambos usan las armas de que disponen para intentar ganar el pulso: ella verbales y él físicas. Al final, naturalmente, ella introduce también los síntomas.)
T.: ¿Hay algún momento, después, que se pusiera peor?
E.: ¡Claro! Yo he estado muy mala. Fuimos a Granada a un médico, muy bueno y muy caro. El me llevó con mucho gusto. Sus hermanas nos dieron el dinero. El médico nos dijo: «No es nada de morir, pero si que es algo de mucho sufrir, ella y el que está a su lado. Tiene usted mujer para rato», le dijo el médico a mi marido, porque él se volvió a hablar con el médico y luego me lo explicó. Yo no podía con mi alma.
P.: Yo me volví y le dije al médico si lo de mi mujer tenía cura o no: «Porque yo soy pobre pero si es preciso, vendo la casita que tengo para pagarle a usted». Miré que ella no estuviera delante para que
no la dañara, por la pregunta que le tenía que hacer. Él me dijo que el dinero no la salvaría de eso, porque mi mujer no tenía cura. Que viviría muchos años, que no moriría de esa enfermedad, pero que era de sufrir mucho, ella y el que estaba a su lado. Ya después seguimos en los médicos del seguro; unas veces un poquito mejor, otras veces un poquito peor.
(La cronicidad se cumple, tras haber sido anunciada como algo inevitable, sin solución. La polífarmacia es una buena ilustración de la impotencia con que la psiquiatría tradicional afronta este tipo de problemas.)
T.: ¿Siempre tomando pastillas? ¿Ha tenido que ingresar alguna vez? E.: Sí, siempre tomando pastillas. Y estuve ingresada unos días en una ocasión.
T.: Cuando estaban los hijos, ¿cómo influían ellos en la situación suya?, ¿usted se sentía aliviada y ayudada por ellos o se sentía muy sobrecargada y agotada?
E.: Me daban trabajo, claro, siempre enferma. Pero yo atendí a mi nieta mayor durante un año y medio, hasta que mi marido le dijo a mi hija que ya no podía ser, que a mí me podía dar un ataque es
tando yo sola en casa con la niña. Ella tenía una peluquería y estaba de nuevo embarazada. Yo estaba contenta con mi nieta y mí marido me dijo que no me comprometiera a cuidar a otro nieto recién nacido. Entonces mí hija dejó de trabajar porque tuvo al niño.
(«Yo estaba contenta con mi nieta...», dicho con cierta entonación, sugiere una provocación del marido [que le hubiera retirado el acceso a los nietos] que, en realidad, ella le sirvió en bandeja. Es una pequeña muestra de la comunicación simétrica inestable.)
T.: Si usted estaba contenta cuidándola, ¿estaba de acuerdo con que le dijera su marido que ya no podía cuidar a la nieta? ¿Le supo mal?
No me supo mal, lo habíamos comentado entre nosotros y como él estaba también enfermo... No me supo mal, no. Yo también estaba de acuerdo.
¿Usted está enfermo?.
Sí, a un treinta y seis por ciento de respiración, estoy acabado. Tengo los bronquios mal. He tenido resfriados que nunca me he curado, fumaba, bebía con los amigos porque estábamos trabajando fuera de casa e íbamos al bar. Me ponía nervioso y dije: «¡Se acabó!», y se acabó.
E.: Yo quisiera que igual que él dejó todo esto, que hiciera un poquito de sacrificio y que me deje que yo hable. T.: P:
(La reivindicación de «hablar» como su arma. Sería ingenuo el terapeuta que no reparara en el carácter beligerante de este «hablar», más allá del legítimo derecho a la expresión. Es en ese terreno donde ella siente que puede ganar y ésa es una diferencia importante en la distimia respecto de la depresión mayor. En a depresión mayor la verbalización de los sentimientos es útil y morfogenéticá, mientras que en la distimia suele encerrar un morfostático «más de lo mismo». Los terapeutas, con obvios sesgos verbalistas por formación, no deben dejarse arrastrar a una coalición no deseada.)
P: Yo creo que tendríamos que poner los dos un poquito de nuestra parte. Yo he cambiado muchísimo. He trabajado mucho en la vida, y ahora hago en la casa más faena que ella. Porque yo, aunque estoy enfermo, me encuentro más capaz que ella.
E.: Sí, ha cambiado; si no, no hubiéramos podido seguir con él, tanto yo como los hijos. Es un hombre muy activo, no puede estar quieto.
(Esta alusión a una posible separación, en supuesta alianza con los hijos, le quita mérito al cambio de él y es una típica andanada simétrica.)
P.: Le digo las cosas de una manera activa y ella se cree que no la quiero por eso. Yo, a mi mujer, la quiero, lo sabe ella y lo saben los hijos. Yo la quiero en todas las cosas, se compra lo que quiere, porque es la dueña, hago todo lo que quiera.
T.: [Dirigiéndose a Eulalia.1 Yo creo que usted sí que sabe que la quiere, pero no quiere que le chille. E.: Aunque me chillara, pero que me lo diga de otra manera. Yo sufrí mucho era una ocasión, hace más o menos cuarenta años, cuando estábamos en el pueblo. Hace muchos años, pero es algo que no se me olvida. Yo quisiera que se me olvidara, lo tengo en la mente y me viene cuando se pone él de esa manera. Él nos envió al campo a sembrar y entonces empezó una tormenta fuerte. El río iba crecido y nos ayudaron a cruzarlo unos hombres. Cuando llegamos a casa con el pelo mojado él pensó que me había hecho la permanente y, como él me había dicho que no me la hiciera (entonces él no quería que me arreglara), empezó a buscar las tijeras para cortarme el pelo. Estaba como loco. A mí me dieron esos ataques y me acosté. Vino toda la gente del pueblo y alguna pensó que si me quería pegar era porque algún motivo tendría. Yo jamás le he faltado a mi marido, ni siquiera con el pensamiento. El decía que me daban los ataques por los «cojones» que yo tenía, que me iba a matar. Estuve unos días en la cama.
P.: Ya estás hablando muchas cosas que no son verdad. E.: Yo ya sé que esto va a traer muchos disgustos.
T.: No, no tiene por qué; lo que aquí se hable no tienen que tenérselo en cuenta.
(El terapeuta incide, con el comentario sobre el querer y el chillar, en el espacio de confusión entre amor y ejercicio del poder. La paciente, entonces, incursiona en el pasado para, con un ejemplo, conflictualizar el presente, desvalorizando los gestos positivos actuales del marido. El contenido de la anécdota histórica es, por otra parte, expresivo de la intuición de los partners de los distímicos sobre la lucha de poder subyacente a los síntomas (metáfora de «los cojones»). El conflicto se produce y el tono de él se hace amenazador, justificando la queja temerosa de ella.)
E.: Esto de los ataques me pasaba por cosas de estas; sin embargo, no me pasó cuando mi hija casi se ahoga. Estuvimos enfadados quince días, ni me veía ni nada, ni me hablaba. Al cabo de quince días fuimos al campo a recoger la almendra, él se puso «tontíllo» y me pidió perdón porque yo le dije que cómo quería que yo olvidara todo lo que me había dicho.
(Clarividencia relacional de la paciente en cuanto al sentido de los síntomas. No son consecuencia del estrés, sino instrumentos de presión.)
P.: Yo le he pedido perdón muchas veces, lo juro por la gloria de mi padre.
(El sexo es, también, un elemento regulador de la simetría inestable que suele colocar a la esposa en condición de superioridad. Pero al convertir el placer en instrumento de poder, se genera una paradoja neurótica: ganando se pierde. En este caso la situación se resuelve de forma más benévola: la reconciliación temporal.)
T.: Yo veo que ha habido mucha pasión entre ustedes y que todavía la hay; y las pasiones tienen toda clase de emociones, las buenas y las no tan buenas. La pasión es fuego y el fuego calienta, pero también quema. P.: Yo sé que le he faltado al respeto, que le he puesto las manos encima, pero ya hace muchos años que