Chapter 6 Research Findings
6.3 Section One
6.3.6 Section Two – Interviews 1 Discussion
Existe un concepto equivocado entre quienes están alejados de conocer el pensamiento de la Torá que consiste en creer que la mujer es discriminada por ella. En efecto, no comprenden que Hashem repartió las funciones del hombre y de la mujer para que de esta forma uno complemente al otro. Aquellos que hoy tanto pregonan por los derechos de la mujer, sólo la han convertido en un objeto de placer, provocando que ella no pueda salir con tranquilidad a la calle.
Esa falta de conocimiento lleva a afirmar -por ejemplo- que la Torá desvaloriza a la mujer, porque una de las bendiciones matutinas que los hombres dicen es: "Bendito tú Hashem, Rey del mundo que no me has hecho mujer". La falta de estudio o de conocimiento lleva a creer que el sentido de esa Berajá es despreciativo hacia la mujer. No hay nada más equivocado. Esta frase no significa que el hombre sea más inteligente que la mujer ya que, por el contrario, el Talmud en Nida 45 comenta que la mujer posee más entendimiento que el hombre. Lo que sucede es que la mujer está exceptuada de aquellos preceptos positivos que dependen de un tiempo fijo -como el Sisit, Tefilin, Shofar, Lulab, etc. Al decir esa Berajá, recordamos y valoramos nuestras obligaciones como hombres. De ninguna manera se trata de despreciar a la mujer.
Cuando leemos el Talmud, encontramos que la mujer no es apta para ser testigo en casos económicos o en donde se pudiera aplicar al acusado la pena de muerte. ¿Discriminación? De ninguna manera. Para eso, basta recordar que la mujer es confiable y se le cree en casos de prohibiciones. Por ejemplo, si ella dice que la carne que compró es Kasher o que concurrió al Mikve no se duda de su palabra. Pero en los casos anteriores relacionados con temas económicos o de vida y muerte, la mujer no puede ser testigo. Quizás porque su sentimiento interno, a pesar de ser muy positivo en la vida, juega en su contra en situaciones donde es necesario actuar con frialdad dejando de lado cualquier otra característica.
En una oportunidad se hizo en Nueva York una encuesta que consistía en mostrar una foto por un instante y luego cada uno de los encuestados debía decir lo que había visto. En la foto, se observaba cómo un hombre negro leía un diario en un subte y era amenazado por un hombre blanco con un cuchillo en su mano. En el caso de los hombres encuestados, el 90% testimonió exactamente lo que la foto representaba; el 10% restante acusó al negro de ser el que atacaba con un cuchillo al blanco que leía el diario. Por el contrario, la mayoría de las mujeres encuestadas se equivocaron acusando al negro de ser el agresor. Quizás este ejemplo nos ayude a comprender que no se trata de discriminación, sino que en un juicio debemos encontrar un veredicto claro y, a la mujer, su sentimiento le juega en contra.
Para la Torá, la mujer es el eje de la casa. No se puede igualar a la mujer con el hombre, ya que cada uno posee una función distinta. ¿Qué sucedería si una silla
reclamara igualdad de derechos con la mesa que se encuentra a su lado? Si aceptáramos el reclamo nos encontraríamos con dos mesas, pero no tendríamos dónde sentarnos. La integridad se alcanza con una mesa y una silla que la acompañe. De la misma forma, la pareja que desee llegar al éxito verdadero, deberá complementarse mutuamente fijando los límites de cada uno. A eso se refirió la Torá cuando determinó las funciones de marido y mujer para así poder recibir el título de Adam: "Toda persona que no se casa no se llama persona", como está escrito en Bereshit 5: "Varón y mujer fueron creados y llamó a su nombre Adam" (Iebamot 63). La obligación del hombre es respetar a su mujer. Quien se comporta de esta forma, recibirá en su hogar la bendición de Di-s, como Rabá les enseñaba a sus alumnos: "Respeten a vuestras mujeres que así se enriquecerán" (Babá Mesiá 59). No se trata de una simple frase, sino que se debe comprender que todo el destino del hombre depende de su mujer.
Es muy común escuchar a movimientos feministas que buscan igualar el derecho de la mujer con el del hombre. También la Torá reconoce los derechos de la mujer, pero se diferencia en algo básico: la naturaleza de la mujer nunca podrá ser cambiada como pretende el feminismo. Esta sociedad del matrimonio que Hashem programó consta de un ministro externo -el hombre- que dirige y programa lo relativo a la pareja y de un ministro interno -la mujer- por cuya condición natural de sentimiento, delicadeza, recato y cariño debe ocuparse de temas que son fundamentales, como la educación de los hijos y el apoyo moral a su esposo pese a la situación que deba vivir. No se pueden invertir los roles. No significa que la mujer no pueda trabajar o que el esposo no pueda colaborar en la cocina, sino que nos referimos al lugar donde están arraigados los sentimientos de cada uno.
Cuando el rey Shelomo nos enseña: "Toda la honra de la hija del rey (la mujer) es interna" (Tehilim 45), no se refiere a que debe permanecer encerrada en su hogar continuamente, sino a que su belleza precisamente es su sentimiento interior y ésa es toda su honra. Los ángeles que, en forma de personas, fueron a visitar la casa de Abraham Abinu, luego de ser atendidos le preguntaron a Abraham: "¿Dónde está Sara, tu esposa?" (Bereshit 18). La respuesta que recibieron fue: "He aquí que se encuentra en la carpa". En ese momento le aseguraron a Abraham: "En el año próximo para esta fecha tendrás un hijo". ¿Por qué preguntaron por Sara? ¿Qué importaba si estaba o no en la carpa para que le aseguraran que pronto tendría un hijo? Debemos comprender que los ángeles no preguntaron por el lugar geográfico en donde Sara se encontraba, sino que se referían a dónde ella depositaba su fuerza. La respuesta de Abraham fue: "En la carpa", en su interior puro, obteniendo con su proceder la armonía del hogar. El resultado no podía ser otro: rápidamente tendrían un hijo.
El Talmud en Ioma 47 comenta sobre una mujer llamada Kimjit que tuvo el mérito de que sus siete hijos fueran Sumo Sacerdotes. Los Sabios le preguntaron: "¿Cuál fue tu Zejut?". La respuesta de ella fue: "Las paredes de mi casa no me vieron nunca sin recato y quizás ése haya sido el mérito". ¿Por qué los Sabios no le preguntaron a su esposo cuál había sido su mérito? Podemos explicar que la
educación comienza desde adentro y es la mujer la que permanece en el hogar dando el ejemplo a sus hijos.
Analicemos finalmente qué es lo que sucede en nuestros días. En muchos hogares, la mujer se ha dejado arrastrar por el concepto de la calle y ocupa lugares que la llevan a abandonar la función elemental que le correspondía. Se consuela a sí misma diciendo que la mucama es excelente y se preocupa por todo, como si realmente pudiera suplantar a la mujer como base del hogar. Los adelantos técnicos favorecen este concepto equivocado y permiten que se desentiendan de temas elementales. El microondas, el lavadero automático, el jardín de infantes que cada vez comienza en edades más tempranas, "liberan" a la mujer de sus obligaciones. Así el hogar se transforma en un hotel o lugar de encuentro pasajero. Nos sorprendemos cuando escuchamos que los hijos se alejan del hogar y deambulan por la calle. Si no hay un contenido en el hogar, la calle seduce al pecado. O lo que es peor aún, se trae toda la suciedad de la calle al hogar. No se puede compartir una mesa familiar hablando de las situaciones que cada uno atraviesa, porque todos están atrapados observando el televisor o leyendo el diario. Debemos retornar a las bases que nuestros Sabios nos enseñaron. La vida bajo las reglas de la Torá está llena de un contenido espiritual en el ámbito familiar: Mizvot, Tefilá, Berajot, comentarios de Torá en la mesa de Shabat, etc. La mujer es quien debe supervisar que todo se realice como corresponde y en caso de no ser así, hará las correcciones necesarias.
Para concluir, recordemos el Midrash que nos enseña que durante la vida de Sara Imenu, sucedían en su carpa milagros que se interrumpieron cuando ésta falleció, pero que se reanudaron cuando Izjak, su hijo, trajo a su esposa Ribka Imenu al hogar. ¿Cuáles eran esos milagros? Una nube se posaba sobre la carpa reflejando la presencia Divina cuando el hogar posee un contenido espiritual y hay un complemento entre marido y mujer. Sus puertas estaban abiertas con amplitud, como símbolo de todo el favor que esa casa representaba: ayuda al prójimo, recibir invitados, etc. La masa tenía Berajá, enseñando así la importancia de un buen manejo económico indispensable para la tranquilidad del hogar. La última señal era que la vela que se encendía en la víspera de Shabat no se apagaba hasta el viernes siguiente, simbolizando la luz de la Torá que debe guiar las actitudes del hogar. Todos estos puntos fundamentales están en manos de la mujer. Dos ángeles acompañan al hombre en la noche de Shabat, cuando él regresa del Bet Hakeneset a su hogar. Si los ángeles encuentran la mesa preparada, la cama extendida y la vela encendida, el ángel bueno bendice para que siempre sea así y el ángel malo debe contestar Amén, aunque no lo desee. En caso de que la casa no se encuentre ordenada en esos lineamientos, es el ángel malo el que maldice para que siempre sea así y el ángel bueno debe contestar forzado Amén. Esos ángeles revisan si en cada hogar judío, las enseñanzas de Sara y Ribka fueron recibidas o no. La mesa servida se refiere a los actos de favor, comida Kasher, recibir invitados y muchas cosas más relacionadas con temas materiales. El "Ner" encendido es el símbolo de la Torá, las Mizvot, la espiritualidad y la presencia Divina. La cama extendida transmite el mensaje de la pureza del hogar, la educación de los hijos y la continuidad del
hogar judío. Si nos dedicamos a mantener estas bases sólidas, con seguridad que nuestro hogar estará lleno de felicidad, tranquilidad y prosperidad. La mujer de Israel es la base para que podamos alcanzarlo.