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simbólico de los animales. El afán por pro-

ducir golosinas con sus formas, atesorar-

las efímeramente y, finalmente, ingerirlas,

balizan el espíritu indígena inherente a sus

pobladores.

guías del grupo de hombres que busca a Úrsula. Aureliano es testigo de los sucesos y observa la manera en que se resuelven los acontecimientos: “(…) los acompañó. Unos pescadores indígenas, cuya lengua desconocían, les indicaron por señas al amanecer que no habían visto pasar a nadie” (1980, p. 35).

Aureliano se establece como una fi- gura doble, lleva vida de orfebre y, en otro tiempo, de coronel (“guerrero”). En su taller, labra con preciosismo sus pes- caditos de oro. De acuerdo con Hans Biedesman (1993), en la cultura azteca este metal era conocido por los dioses como el “excremento de “teocuitlatl”, por lo que mana como fuente de lumi- nosidad y perfección. Según Chevalier y Gheerbrant (1999), el oro representa “luz y conocimiento”; asimismo, para los au- tores, dicha criatura acuática cobra gran significado y se destaca entre las demás: “(…) el pez está asociado al nacimien- to o a la restauración cíclica. Es a la vez Salvador e instrumento de Revelación” (p. 823). Existe, así, un engarce entre esta especie y la concepción cósmica de lo cíclico, muy propia de la cultura indíge- na. Esa visión de mundo es ilustrada por Aureliano Buendía a través de la orfebre- ría que practica de modo magistral. Una vez finalizados sus peces, él los funde de

inmediato para comenzar a elaborarlos desde el principio.4

Durante la adolescencia, debido a las diferencias anatómicas, la indígena Visi- tación debe coser las prendas de Aure- liano para disminuirles la talla; al tiempo que los pequeños miembros de la familia se aferran a la manta de los indios duran- te todo el día. La manta es un elemento recurrente y, para los aztecas, conlleva potestad e implica jerarquía. El militar se coloca una manta para cubrirse del frío que lo asecha desde el instante en que desea la muerte del indio Teófilo Vargas, figura cuya autoridad acuerpa la resis- tencia aborigen: “Es una fiera de cuida- do”, les dijo el coronel Aureliano Buendía a sus oficiales. Para nosotros ese hombre es más peligroso que el Ministro de la Guerra” (1980, p. 143). El general Vargas es asesinado quince días después de que Aureliano analizara esa posibilidad y es notorio cómo, luego de esa noche, un frío interior lo congela y lo hace pedir una manta a gritos.

Teófilo (nombre de raíz griega que signifi- ca “amigo de dios”), reúne todas las cuali- dades del héroe indígena, cualidades que

4 Nótese el simbolismo del pez como elemento inherente a la cosmovisión indígena. La preponderancia del pez ha quedado representada en la escultura, la cerámica, la orfe- brería y en los petroglifos pertenecientes a restos arqueo- lógicos y edificaciones bien conservadas.

el coronel ambiciona o desea poseer. Él se perfila como ese ideal del yo al cual aspira Aureliano, ideal que persigue en cada una de sus batallas, otredad que lo atemoriza, espejo en el cual anhela pro- yectarse. El indígena es admirado por el coronel, pero también le teme. El yo es el otro y el otro es yo: un uno escindido.

La “india guajira” Visitación, quien ayuda a los Buendía en las labores do- mésticas y en la crianza de los niños, lle- ga a Macondo con su hermano Cataure huyendo de la peste del insomnio. En el contexto bíblico del cristianismo, la visita- ción se da cuando se anuncia la llegada del salvador de la humanidad. Visitación es, por lo tanto, un nombre simbólico que presupone los cambios y avatares del destino que han de suscitarse.

La peste del insomnio reafirma la aler- ta de los indígenas y es peligrosa, no por el hecho de ocasionar la pérdida del sue- ño o la vigilia, sino debido al menoscabo de la memoria que va ocasionando en quienes la contraen. El dato es esencial pues sugiere el arraigo de esta cultura a su pasado y la permanencia de sus sa- beres ante el desafío de la imposición cultural.5 También es una “enfermedad”

5 La imposición cultural (destrucción de todo rasgo repre- sentativo que apunte al pasado prehispánico de la cultura autóctona), se asocia con el “desgano vital” de los pueblos originarios.

que se transmite oralmente,6 lo que se-

mánticamente implicaría que el lenguaje es el puente de transmisión de la sabidu- ría. Es en la palabra y por la palabra que se erige la cotidianidad y se traspasan las tradiciones y, no hacerlo, implica caer en la trampa irremediable del olvido.7

Visitación y Cataure advierten de la pestilencia a los habitantes de Macondo ya que, según la instancia narrativa “los indígenas se daban cuenta de todo”.

6 A gran escala, la extensión de la peste del insomnio (ol- vido) se dio de forma oral. Los habitantes del pueblo son contagiados debido a la ingesta de los animalitos de cara- melo comercializados por Úrsula Iguarán.

7 La metáfora de la peste del insomnio, presenciada como la omisión de una parte fundamental de la historia la- tinoamericana, se ejemplifica de nuevo con la matanza de miles de trabajadores de las bananeras. José Arcadio Segundo sobrevive, pero al llegar al pueblo nadie le cree y desmienten su testimonio de manera enfática.

Además, se dice que los “escandalizados indígenas” tratan de evitar la tragedia previniendo a los Buendía, pero no consi- guen disuadirlos y las advertencias se ven como simples supersticiones.

En esta misma serie de hechos, se de- muestra el dominio de la situación por parte de los “indios”. Visitación despierta primero que los demás y reconoce los sín- tomas de la pestilencia. También se dice que la situación le ocasiona “terror”, un pánico que aumenta en el pueblo con- forme avanza la plaga. Después de que la enfermedad se supera con la llegada de Melquíades, se destaca cómo la “in- dia” se convierte en una pieza imprescin- dible del hogar. Es el “brazo derecho” de Úrsula y la persona en la que ella confía para seguir adelante con el negocio de los animalitos de caramelo. También es la primera que zurce en la casa y la en- cargada de servir los alimentos a José Ar- cadio Buendía una vez que este es con- finado a vivir atado bajo el castaño. Tan significativa fue la industria de la “fauna de caramelo” de Úrsula que la fundado- ra del clan de los Buendía la relaciona con los tiempos en que sus niños preferían hablar la lengua indígena y no el castella- no. Es decir, antes de que sobreviniera la calamidad del olvido, se utilizaba la len- gua autóctona: “Y las cosas que ocurrie- ron en la casa antes de que Amaranta y

Arcadio olvidaran la lengua de los indios y aprendieran el castellano” (1980, p. 41).

Los aztecas y demás culturas indígenas aprendieron a admirar la belleza y el va- lor simbólico de los animales. El afán por producir golosinas con sus formas, ateso- rarlas efímeramente y, finalmente, ingerir- las, balizan el espíritu indígena inherente a sus pobladores.

Como se observa, la resistencia indí- gena subyace tras lo narrado y no debe percibirse solo como una anécdota ilus- trada por un alzamiento en armas (por ejemplo, entre el bando de los liberales y el de los conservadores).8 Antes bien, se

trata de claros indicios que descentran el discurso oficial y el logocentrismo. Es así como el texto ostenta una marca de emancipación desde la intertextualidad subrayada. Por ejemplo, en el capítulo sie- te se menciona que el coronel Aureliano Buendía se viste de “hechicero indígena” para atravesar la frontera: “(…) cayó pri- sionero cuando estaba a punto de alcan- zar la frontera occidental disfrazado de hechicero indígena” (1980, p. 107). Y en el capítulo ocho regresa con un rebozo

8 En Colombia, la lucha entre liberales y conservadores (Guerra de los Mil Días) se dio en pleno proceso de cons- trucción de los Estados-Nación. Este tipo de enfrenta- miento fue una constante que desgarró a nuestros pueblos latinoamericanos, los cuales entraron en una moderniza- ción política tardía, ya cuando el mercado mundial capi- talista tenía muy bien definidos a sus exponentes.

azteca para Amaranta, lo cual podría acentuar o legitimar su identificación con las verdaderas causas que respaldan la pugna de su espíritu.

En otro orden de cosas los diecisiete “Aurelianos”, procreados por el coronel durante las treinta y dos guerras civiles, son excelentes artesanos y extienden sus petates (voz proveniente del náhuatl pet-

latl) “para hacer la siesta” en cualquier

parte. Ellos son de espíritu libre y mirada fija. Incluso Aureliano Centeno se descri- be como: “(…) un hombre de estatura mediana marcado con cicatrices de vi- ruela, (...)” (1980, p. 206). Nótense las alu- siones a la tragedia biológica de los pue- blos amerindios. Previo a la muerte de casi todos los hijos del coronel, el lexema “viruela” es reiterado en dos ocasiones. Hacia el final de la novela esa enferme- dad seguirá siendo arrastrada, de ma- nera alegórica, por Aureliano Babilonia:

“(…) descubrió un hombre óseo, cetrino, de pómulos tártaros, marcado para siem- pre y desde el principio del mundo por la viruela de la soledad, (...)” (1980, p. 331). La viruela, el tifus y la gripe atacaron inmisericordemente a los pueblos in- dígenas. Dichas enfermedades fue- ron traídas por los conquistadores y, por ende, los pueblos autóctonos no contaban con las defensas inmuno- lógicas para contrarrestarlas. Esto lle- va a establecer un posible nexo de la narración con el pasado indígena.9

Las unidades de sentido articulan el texto y elevan la voz silenciada de los “Aurelianos”, quienes ansían un triunfo que les otorgue la paz y el libre tránsito.

Otra referencia de interés es cómo los hijos del coronel funcionan como un blo- que o unidad coordinada. Se está ante la voz polifónica, una muchedumbre que es eliminada de manera sistemática. Esto se consigue gracias a la cruz de ceniza que les colocan en la frente y que se tor- na su distintivo o marca imborrable. Au- reliano Amador es el último sobreviviente

9 Se estima que las poblaciones indígenas de América Lati- na se vieron reducidas enormemente, al punto de hablarse de una hecatombe demográfica respecto de la población que había en el momento del contacto con los europeos. Stanley y Stanley (1978) estiman que en México la po- blación descendió de veinticinco millones a un millón de habitantes y, en el Perú, de diez millones a medio millón entre 1519 y 1540.

Existen situaciones concretas en el texto

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