Al régimen escópico, determinado por la separación, la distancia y la carencia; exacerbado por el ojo lumínico, la mirada escrutadora, y la visión desencarnada; legitimado en la observación espectatorial, la jerarquización corporal y la asignación genérica y racial; a dicho régimen le es consustancial la constatación ansiosa de una verdad preexistente, de una voluntad externa que organiza la visión, de una presencia que excede la contingencia pero que a la vez presiona por dominar la excedencia. Ese antes de la mirada que organiza las determinaciones de la visión, es la presencia metafísica que requiere ser deconstruida y desmantelada en el campo del arte y las representaciones para abrirlos al registro de lo que la determina tanto dentro como por fuera del marco, del encuadre, del código perspectivo (Jay, 2007).
En lo que respecta a las políticas corporales, ese antes de la mirada es una suerte de voluntad omnisciente del ojo supremo patriarcal que, ante la representación especular, controla, estabiliza y fagocita la diferencia en la mismidad masculina. Presencia metafísica y ojo supremo patriarcal que pretenden reprimir la contaminación de los fluidos corporales (Irigaray, 2007), la continuidad muerte/vida/muerte (Bataille, 2007), el conocimiento sensual (Aliaga, 2007); previendo para el futuro-presente un orden disciplina torio que garantice el flujo y la apropiación de mercancías, de objetos y de seres-objetos. La instauración, en la modernidad capitalista decimonónica, de sistemas de control de las sensaciones y de administración de la percepción (Foucault, 1997), pretenden validar al mundo real a partir de sus representaciones: el
positivismo y las ciencias exactas, la observación del sujeto, la racionalización de la experiencia, lo fenotípico, la sanitarización, la heterosexualidad y el realismo de la imagen, dan cuenta de ese denodado esfuerzo por controlar la excedencia generada por la representación canónica (Crary, 2008).
En las representaciones visuales la pulsión escópica constantemente exige la figuración, la reclama como un acto de angustia sentida por el vacío que genera la identificación especular. Figuración que, como resultado de la negociación entre lo perceptivo y lo cultural (Gubern, 2004), permite converger a lo motivado con lo arbitrario, actualizando así “el problema de la realidad como lo vivido o lo percibido” (Rodríguez, 2008a: 14). Pero entre lo motivado y lo arbitrario, lo vivido y lo percibido, las representaciones visuales crean un Otro, diferente a lo que reflejan. La presión por la mímesis parecería otorgar a la figuración la capacidad de reencontrarnos con la voz anterior que la motiva; pero las representaciones no se reúnen con el objeto o idea “que representan”,19 sino justamente con lo que ellas evocan, convocan y que no está precisamente al interior de la materialidad de la obra. La suposición de que la obra tiene un valor en sí misma, que está grávida de un espíritu que habla desde antes de su manufactura y que emergerá desde ella a partir de la contemplación entrenada y diferenciada, es presuponer la existencia de un conjunto de verdades anteriores y ulteriores, pero verdades al fin, que el trazo, la línea, el color, la proporción, pero sobre todo la mano y el ojo del genio transubstancian en una superficie material contigua a la superficie liminal y espectatorial del observador.
No obstante, ante el desplazamiento del mundo visual por el campo visual, de la realidad por la representación, la pretendida autonomía de ésta no resiste a la mezcla con aquello que pretende eludir, en tanto el campo representacional está penetrado “intertextualmente por otros impulsos” que impiden su autonomía: la obra se halla contaminada con los contextos que la encuadran (Jones, 2000; Jay, 2007). Y es que lo indecible de la imagen no supone una preexistencia ni una supremacía de lo verdadero. El rechazo a
dicha pretensión, así como a la lectura unívoca de las imágenes, lo es también a la totalización, a la búsqueda de últimas verdades e incluso a la fragmentación que anhela un todo ulterior. Las posiciones críticas y contextuales para examinar las imágenes, plantean una fragmentación que deniega la visión totalizadora (Jay, 2007). Desmantelar la pretensión de totalidad metafísica supone desarmar la negatividad con que la mirada cientificista y positivista embiste al cuerpo, a lo Otro, a la Cosa: a la mujer (Irigaray, 2007).
Además, en relación a las políticas corporales, hay que señalar que de la relación especular mimética emerge una diferencia que está más allá, que no puede ser dominada en la identidad especular; una “otredad invisible”, un excedente que queda por fuera del reflejo mimético (Jay, 2007: 381). Del mismo modo, en la representación –mimética o no–, lo visual no puede sustituir a lo real, generando un excedente que es contenido en lo real –corporal– que se mantiene como una amenaza y riesgo constantes. Ese “Otro”, esa excedencia, es la diferencia, que es forcluida en la metafísica de la presencia, dominante en la razón ilustrada. Hilando más fino, lo que queda como excedente es la atracción homoerótica erótica al cuerpo que, en tanto piel, zona oscura y grávida de fluidos, es una atracción feminizada.
Ahora bien, lo masculino como “patrón de lo mismo” (Irigaray, 2007: 20), es la medida de la representación. La mujer aparece en ella como necesidad narcisista, especular, como un sujeto en déficit de falo. El hombre (lo masculino) se refleja en el espejo en tanto mismidad e identidad narcisista. Para él lo femenino es ese espejo y azogue, una identidad subordinada, una mercancía en un círculo homosocial (Kosofsky Sedgwick, 1998) que le devuelve a él una identidad especular, es decir, agrandada, apreciada, revalorada, que lo repite en su mismidad (Irigaray, 2007). La diferencia (lo femenino), pasa a engrosar lo mismo; depende de lo mismo, de ese “deseo de lo mismo, de lo idéntico a sí mismo, del sí (como mismo), e incluso de lo semejante, del álter ego y, todo hay que decirlo, del auto... y del homo... del
hombre [que] domina la economía de la representación”.20 En esa presión de
mismidad, la muerte, lo matérico (la mujer, lo femenino), representa el afuera, lo heterogéneo (la castración); por eso hay que dominarla. Por eso se hace necesaria la Ley paterna, que crea lo que anuncia, lo que dictamina, crea al cuerpo y sus reglas: “la Ley, suspendiendo la realización de un deseo seducido, organiza, dispone el universo fantasmático en la misma medida en que lo prohíbe, lo interpreta, lo simboliza” (Irigaray, 2007: 30).
Ante el privilegio de la mirada masculina, consignada en el orden visual perspectivista cartesiano tradicional, el feminismo de la diferencia (Kristeva, 1988; Mulvey, 2001; Irigaray, 2007), como reacción ante la primacía de la explicación totalizante de la diferencia corporal a partir del patrón heterosexual, patriarcal y masculinista; y como voluntad por desmantelar la alteridad como verdad ontológica (Martínez Oliva, 2005), propone enfrentar a la tiranía de la mismidad fagocitadora desde la valoración de la diferencia en tanto sensual, corporal y abyecta. Invierte así la jerarquía del régimen escópico masculino tal como lo hiciera, momentáneamente, el barroco histórico (Panofsky, 2000). Se reivindica así al cuerpo en su totalidad, que como lo matérico y real es abyectado de lo simbólico. Así se explica la demanda hecha desde las disidencias, sexuales y corporales que, frente a una verdad suprema que coloniza, rectifica, aprisiona y sustrae los cuerpos del riesgo de la autonomía; frente a esa pretensión masculinizante, patriarcal y lumínica; plantean que es el mismo cuerpo, dentro de esa misma mismidad, que reniega y reclama el arraigo que la modernidad le niega (Le Breton, 1995).
1.1.4. MASCULINIDAD
A partir de lo planteado respecto a la racionalización de la vista y a la emergencia del sujeto moderno como expresión de la internalización del uso de las tecnologías de la jerarquización, clasificación y ubicuidad de los cuerpos, procuraremos a continuación algunas precisiones sobre la masculinidad inscrita
tanto en la disputa de relaciones de poder como en la convergencia con los procedimientos visuales. En ese sentido, proponemos indagar a las masculinidades como el resultado de convergencias históricas, culturales e ideológicas, lo que supone observar con suspicacia ciertos esencialismos que fijan a lo masculino y a lo femenino en una suerte de fatalidad sobre- determinada en la diferencia corporal (Héritier, 2007). Estos esencialismos deshistorizan la masculinidad al sobrevalorar las denominadas “invariantes transhistóricas” (2007). Ante esta pretensión, la estrategia es abrir a la masculinidad hegemónica en un doble movimiento de relativización/universalización en términos de explorar las relaciones de poder en las que se construyen los géneros. Esto supone ubicar en la masculinidad dominante y en las plurales las mitificaciones que oprimen “a las mujeres, [...] homosexuales, [y] a los mismos hombres”, y a la masculinidad misma como un “espacio complejo de exclusión y opresión” (Forastelli, 2002: 123).
La masculinidad es un sistema de jerarquía corporal y de conocimiento del patrón patriarcal de poder; que estructura la diferencia sexual en la sociedad a partir de la tensión dicotómica activo/pasivo21 y por la cual lo
masculino subordina a lo femenino en términos de una valencia diferencial y constitutiva de género (Cixous, 1995; Bourdieu, 2000; Héritier, 2007). Por tanto, es un sistema que se constituye en relación con lo que niega –lo femenino–, y en esa tensión emergen una serie de heterogeneidades y de recreaciones hegemónicas o contra-hegemónicas. Es un sistema de ubicuidad y poder, producido históricamente y “productor de historia” (Connell, 1997: 43). Como sistema, tiene una centralidad y unas periferias que son reguladas en función
21 La dicotomía activo/pasivo es fundante de la dupla correspondiente masculinidad/feminidad.
Se vuelve opaca al inscribir en el cuerpo sus mecanismos de dominación y servir de estructura cognitiva que determina la ética, la estética y el conocimiento. Así, como constitutiva de lo masculino se vuelve inasible y naturaliza las relaciones de poder, universalizándolas (Lomas, 2003). Esta dicotomía es un principio que: “crea, organiza, expresa o dirige el deseo; [que configura] el deseo masculino como deseo de posesión, como dominación erótica, [y al] deseo femenino como deseo de la dominación masculina, como subordinación erotizada [y de] reconocimiento erotizado de la dominación, [que se articula] indisociable [con las] condiciones sociales que determinan tanto su posibilidad como su significación” (Bourdieu, 2000: 35). Este principio es el que configura la heterosexualidad y la heteronormatividad; y se ratifica en la práctica homosexual (Wittig, 2006). En términos de configuración estética, el principio activo/pasivo es predominante en el lenguaje. Siempre remite a posiciones corporales y a la jerarquización del cuerpo (Le Goff, 1992). En las representaciones corporales define a la masculinidad como ostentosa, heroica, protagónica; y a lo femenino como lo discreto, victimizado/traidor, sumiso/subordinado (Bourdieu, 2000; Wittig, 2006).
del androcentrismo, núcleo significativo del patriarcado. La masculinidad, como expresión de ese núcleo en tanto “ideología del patriarcado”, tiene derivas de totalización relativa que pueden ser ubicadas diacrónicamente, como el caso de la universalización del complejo edípico; o históricamente, como en el surgimiento de la teleología del progreso y la razón ilustrada.
La masculinidad instituye y es consecuencia de la heterosexualidad como principio de diferenciación corporal que tiende a la universalización y opacidad de sus mecanismos de articulación ideológica que la sostienen (Wittig, 2006). Así, en tanto heteronormativa, la masculinidad se apoya en la lógica de las relaciones de dominación y normatización, que suponen el ejercicio del principio activo/pasivo; y se invisibiliza en las prerrogativas masculinas (activo/público/discontinuo) y en los atributos femeninos (pasivo/privado/discontinuo) (Bourdieu, 2000; Martínez Oliva, 2005; Irigaray, 2007). Esta lógica es productiva en tanto genera un poder diferencial para observar, clasificar y atribuir lugar y espacio social. Así, la masculinidad en lo público y lo activo domina la jerarquización y ocupación de los cuerpos; mientras que lo femenino en lo privado y lo pasivo, se encarga de lo singular, de lo no racionalizable (intuición) y de los cuidados. Masculino y femenino se naturalizan y normatizan, así, en la estética y la cultura de la dominación, siendo éstas más eficaces que la fuerza física en tanto ocultan la génesis de la masculinidad pero, no obstante, la materializan en relaciones de poder y ubicuidad corporales; y con unos mínimos de intervención, desencadenan unos sustratos anclados arcaicamente en forma de emociones corporales de sometimiento, como la vergüenza, la humillación y la rabia; o pasiones y sentimientos como la admiración, el amor o el respeto (Bourdieu, 2000: 54-55). La virilidad es un ejemplo de esa cultura de la dominación masculina que se ancla en “la estructura de un mercado de los bienes simbólicos cuya ley fundamental es que las mujeres son tratadas allí como unos objetos que circulan de abajo hacia arriba” (59).
La masculinidad es dominante y hegemónica, en tanto refiere a prevalencias constitutivas reconocibles en términos diacrónicos, y verificables en las estructuras económicas y culturales contemporáneas. Dichas
prevalencias convergen en lo que se denomina como “represión excedente” (Horowitz y Kaufman, 1989; Kimmel, 1997; Zizek, 2001; Bataille, 2007; Irigaray, 2007): si la represión básica consiste en el rechazo y desagregación del cuerpo como órgano totalizante y sensual del conocimiento; y en el traslado de la polisexualidad a la sexualidad genital; la represión excedente supone la separación de lo materno-nutricio-femenino y de la identificación primordial del deseo homosexual y su consecuente rechazo y repudio como requisito para la emergencia de la masculinidad. En función de esa represión excedente operan la instauración de la división sexual del trabajo en todas sus modalidades espaciales y temporales; y la preeminencia, en mayor o en menor medida, de lo visual en la “visión y di-visión” de la diferencia corporal. Así, la masculinidad dominante y/o hegemónica es el resultado de un “excedente de represión” que la constituye y la gobierna; y que da sentido a presunciones que tienen el carácter de ideal regulatorio, de norma: la protección; la potencia (sexual); la provisión; el dominio político (público y privado); y la competencia (Gilmore, 2008).
Dicha norma es básicamente heterosexual, puesto que es adultista, sexista, misógina y homofóbica (Guasch, 2000: 23). Y aunque esa norma no suponga un modelo universal de masculinidad, sí configura un ideal regulatorio vinculado al ejercicio del poder que se ha universalizado de la mano de la expansión del capitalismo. En ese ideal dominante y hegemónico ser masculino es no ser femenino, no niño, no homosexual;22 es decir, se es masculino gracias al “plus de represión de los deseos pasivos” (Burín, 2003: 93).
La variante más significativa de la masculinidad dominante o hegemónica es la masculinidad moderna occidental surgida en el siglo XIX en la región Europa-Norteamérica, y en la que convergen: las pretensiones universalizantes de la razón ilustrada que instauran como principio rector a la heterosexualidad por oposición a la homosexualidad a la que se estudia, categoriza y estigmatiza en el discurso médico, jurídico y policial (Guasch, 2000); el surgimiento del observador moderno como categoría que refiere a un
sujeto que ha subjetivado los mecanismos de control corporal proporcionados por la estadística visual y las tecnologías de la visión; el giro anglosajón de la racialización del cuerpo como expresión del desplazamiento geopolítico del imperio colonial español y portugués hacia la expansión del capitalismo industrial promovida desde el imperio británico; y el control y disciplinamiento corporal de los discursos médicos, higienistas, psicológicos, jurídicos y educativos. Estas convergencias permiten la racionalización del sujeto moderno capitalista y la emergencia de una masculinidad hegemónica racional y racionalizante, ocularcéntrica, blanca y de blanquitud (en términos étnico- raciales y culturales) (Echeverría, 2010); y tan prescriptiva como normativa y universalizante (Wittig, 2006).
La paradoja de esta masculinidad dominante y hegemónica es que frente a su pretensión de totalidad, ella misma es un proceso en construcción: “la noción de que la identidad está completa en cierto punto –la noción que la masculinidad y la feminidad pueden mirarse mutuamente como réplicas perfectas– es insostenible” (Hall, 2013: 353). Masculinidad y feminidad son proyectos inacabados; discontinuos en el sentido de que plantean una relación artificiosa de correspondencia entre sexo y género; e implican indistintamente a hombres y mujeres sin dejar de nominar forzosamente a estos como masculinos y femeninos (Butler, 2006). La misma virilidad es el recuerdo más ostentoso de que la masculinidad hegemónica más que una totalización o un lugar definido y fijo, es un ideal regulatorio, un sistema de organización pero no un todo definido, no un por fuera de la representación, sino una causa y un efecto de esa representación. No obstante estas constataciones, la fuerza de la masculinidad hegemónica es incontestable y se explica básicamente en su naturalización y corporización en los mecanismos de percepción humana. En ese sentido, uno de los dínamos de esa fortaleza está en que la constatación de lo inacabado y finito del proyecto masculino es corpórea, aunque opaca; constatación ante la cual se autoriza, legitima e internaliza la concreción de la masculinidad no tanto en la culminación del proyecto sino en su consecución: nuevamente la prueba viril expresa lo artificioso del proyecto pero también las fuerzas que desencadena su consecución.