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Salvador Santos

Exégeta bíblico

1. Advertencia necesaria

El lector que lea este título tal vez sienta hastío y pase de largo. Y con razón. Es un tema manido. Los es- critos relacionados con la Magdale- na han sobrepasado el borde del hartazgo. Su figura ha despertado la curiosidad durante siglos y una imaginación desbocada la ha defor- mado una y otra vez con inventos, fantasías e historias sinuosas, útiles solo para el entretenimiento y el negocio. Tal avalancha de falsa in- formación ha eclipsado el minúscu- lo volumen de datos ciertos y rele- vantes, testigos del carácter, la per- sonalidad y el camino abierto por esta mujer formidable.

2. Datos y omisiones

Salvo en los evangelios, nada se dice de ella en el resto de libros del NT. Una omisión, por cierto, muy significativa. Su nombre, María, aparece siempre acompañado del gentilicio ‘la Magdalena’ por el

que se la conocía (gr.: ἡΜαγδαληνὴ: ‘oriunda de Magdala’, lugar situa- do en la ribera occidental del mar de Galilea, a corta distancia de Ti- berías o Tiberíades): Mt 27, 56.61; 28,1; Mc 15, 40.47; 16,1; Lc 8,2; 24,10; Jn 19,25; 20, 1.18). Solo en Lc 24, 10 se lee el gentilicio: ‘la Magdalena’ delante del nombre (“la Magdalena María”). Y en Lc 8,2 en- contramos un verbo entre uno y otro para asegurar cuál fue la mane- ra habitual con que se refirieron a ella: “María la llamada Magdale- na”.

3. Un papa que confunde y desfi- gura

A finales del siglo VI el error de un papa desdibujó por completo la fi- sonomía de María Magdalena al confundir y fundir su figura con la de otras dos mujeres mencionadas en los evangelios. La ensalada de personajes ha durado la friolera de mil trescientos años. El autor del desaguisado fue Gregorio Magno,

Santa María Magdalena (Tiziano Vecellio). Museo de Hermitage

un papa de renombre, hijo de una piadosa familia de la nobleza, que destacó por sus dotes políticas y fi- nancieras. Durante su pontificado se entregó a la fundación de los Es- tados pontificios y a consolidar y fortalecer el denominado con astu- cia y enmascaramiento: Patrimonio de San Pedro.

Menos ducho en el evangelio que en actividades de acaparar, este papa confundió a la Magdalena con la prostituta que ungió los pies del Galileo con perfume en casa de un fariseo (Lc 7,36-50). Probablemen- te la proximidad al texto donde Lu- cas la nombra y ofrece los pocos datos sobre ella (Lc 8,1-2) le llevó a pensar que se trataba de la misma persona. Aunque no quedó ahí la cosa. Como en el evangelio de Juan se cuenta que la hermana de Lázaro también ungió los pies del Galileo con perfume (Jn 12, 1-3), Gregorio Magno no encontró impedimento alguno para admitir así por las bue- nas que la Magdalena era también la hermana de Lázaro. El revoltijo de figuras emborronó por siglos el perfil de esta mujer.

4. Dato muy importante: No con- fundir “salir” con “echar

Pero aún hay más. Le pareció insu- ficiente la afirmación de Lucas in- dicando que de ella habían salido (ἐξεληλύθει, pluscuamperfecto del

verbo ἐξέρχομαι: ‘salir’ ‘marchar- se’) siete demonios. El texto dejaba sin especificar la causa y el cómo de la salida de tan malévolos tiparracos:

“Lo acompañaban los Doce y algu- nas mujeres, curadas de malos es- píritus y enfermedades: María, la llamada Magdalena, de la que ha- bían salido siete demonios…” (Lc 8,2),

 Y, ni corto ni perezoso, el papa Gregorio obvió dicho texto y esco- gió un apunte del tardío añadido al evangelio de Marcos donde se cam- bió el verbo empleado por Lucas (‘salir’) por otro (ἑκβεβλήκει de

ἑκβάλλω: ‘expulsar’, ‘echar fuera’) que implicaba una acción exorcista del Galileo:

“y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado

siete demonios” (Mc 16,9).

La magna artimaña usada por el papa Gregorio demostraba a todas luces que podía ser un completo ig- norante en la interpretación de los textos, pero se daba maña para ma- nipularlos en función de su objetivo a lograr.

El papa Gregorio Magno, en un ser- món, ferviente, edificante y comple- tamente engañoso, asoció los siete demonios de la Magdalena a su vida lujuriosa inclinada a la prosti- tución. Su desconocimiento del evangelio solo quedó superado por su total ignorancia respecto a la ra- zón que mueve a una mujer a pros- tituirse.

Al tratarse de un tema de tinte se- xual el embrollo caló pronto en la gente y se coló con facilidad en las arterias de la liturgia, que lo recono- ció como verdad durante más de trece siglos. Un disparate para la historia que emborronó por comple- to el perfil de la Magdalena. El grueso error fue subsanado por la reforma litúrgica propiciada por el Concilio Vaticano II. A pesar del arreglo, más de medio siglo después de dicha compostura, todavía hay quien considera equivocadamente a

la Magdalena como la gran pecado- ra arrepentida. Nada que ver, desde luego, con la realidad de esta ex- cepcional mujer.

El único dato a nuestro alcance útil para aproximarnos a la personali- dad y al carácter de la Magdalena es el que nos aporta Lucas:

“…de la que habían salido siete demonios” (Lc 8,2).

5. La importancia del verbo “salir” y “el endemoniado” El escueto apunte puede parecer in- servible para ese cometido. Sin em- bargo, su apariencia insignificante esconde un incalculable valor. La clave para entenderlo aparece en un relato figurado tomado de Marcos y que Lucas recoge en el mismo capí- tulo, unas líneas más adelante. Su protagonista es un hombre es- clavo de su ideología fanática y violenta. Para comprender a fondo al personaje, leemos con deteni- miento los detalles que sobre él nos aporta el texto.

5 a. El personaje y su encuentro con el Galileo

“Al saltar él a tierra fue a su en- cuentro un hombre de la ciudad que estaba endemoniado; hacía tiempo que no usaba vestido y no vivía en una casa, sino en los sepul- cros.

Al ver a Jesús, dio un grito, se pos- tró ante él, y le dijo a voces:

 ¿Qué tienes tú contra mí, Jesús, hijo del Dios Altísimo? ¡Te lo rue- go, no me sometas al suplicio! Es que Jesús le estaba mandando al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre; de hecho, hacía mu- cho tiempo que lo tenía en su poder y, aunque lo custodiaban teniéndo- lo atado con cadenas y grillos, él rompía las ataduras y el demonio lo empujaba a lugares desiertos”.

En los sinópticos se emplean con cierta frecuencia dos expresiones para hablar de una misma realidad:

‘espíritu inmundo’ y ‘demonio’.

Por ‘espíritu inmundo’ se entiende una fuerza (espíritu) que rebaja al ser humano a la inmundicia (inmun- do). Representa a cualquier ideolo- gía fanática que lo despoja de su dignidad y lo esclaviza. En especial, a la que incluye como ingrediente un esencial principio activo del sis- tema: la violencia, que desgasta y hace trizas al individuo que la asu- me como arma bien sea para atacar ese orden establecido o bien para defenderlo. Cuando la violencia fa- nática se salía de madre, se voceaba a los cuatro vientos y adquiría reso- nancia y notoriedad, daba lugar a que al denominado ‘espíritu inmun- do’ se le reconociera como ‘demo- nio’.

Una potente fuerza ideológica opuesta a la esclavitud surgió en la población de todo el Oriente Medio al sentir sobre su cuello la presión de la bota del imperio dominante. Resultaba lógica la adopción de la violencia como única alternativa frente al potente sistema avasalla- dor. Esta agresividad contra el inva- sor se expandió con facilidad y fue acogida con entusiasmo por indivi- duos de los sectores más machaca- dos. Al entrar en contacto con per- sonas impregnadas por esta explosi- va fuerza ideológica, el Galileo no escondió su proyecto de sociedad alternativa.

Desde este contexto, resulta fácil entender que en este relato, nada más aparecer la figura del Galileo con su propuesta (“Al saltar él a tierra”), llame poderosamente la atención de un personaje anónimo

(“un hombre”), perteneciente a un conjunto humano organizado (“de la ciudad”). Le ha reconocido. No tiene espera. Toma la iniciativa y se aproxima a él (“fue a su encuentro”). El hombre en cuestión representa la opción que persigue la libertad a través de la furia irrefrenable contra el sistema que le oprime (“estaba endemoniado”).

El endemoniado está descrito con tres magistrales pinceladas:

 -”Hacía tiempo que no usaba ves- tido”.

-”no vivía en una casa”. -”sino en los sepulcros”.

No acepta la situación de servidum- bre padecida por su pueblo. En con- secuencia, se ha posicionado con claridad y públicamente contra la fuerza invasora. Es un rebelde. Pre- tende la libertad a través de la revo- lución armada. Se ha pasado de la raya en ferocidad. Y desgraciada- mente desconoce que la violencia que usa también le convierte en su cautivo. Se halla bajo su yugo. El texto lo presenta en condiciones de gran esclavitud. Al esclavo se le conducía desnudo para humillarlo con la vergüenza:

“…el rey de Asiria conducirá a los cautivos de Egipto y a los deporta- dos de Cus, jóvenes y viejos, des- calzos y desnudos, con las nalgas al aire” (Is 20, 4).

El personaje llevaba un largo perío- do tiranizado (“hacía tiempo que no usaba vestido”). Vivía desprote- gido y aislado, lejos del arropa- miento familiar (“no vivía en una casa”). No le quedaba otro aposen- to que el más próximo a la muerte. El único lugar de acogida para él se hallaba al otro lado de la vida que anhela todo ser humano (“sino en los sepulcros”). Pasaban los días y solo divisaba un negro porvenir. El esclavo rebelde rezuma rabia por los cuatro costados. Le sale de den-

tro como reacción automática e in- deliberada (“Al ver a Jesús, dio un grito”). Reconoce su superioridad

(“se postró ante él”), aunque se mantiene irrefrenable en su arreba- to (“y le dijo a voces”).

Sabe del proyecto del Galileo. Por eso a él lo contempla como un po- tente rival para sus planteamientos. Sin mediar saludo alguno, de bue- nas a primeras, le soltó:

     “¿Qué tienes tú contra mí…”.

Nada de extraño. La propuesta del Galileo excluye la violencia. El en- demoniado no lo comprende. Pien- sa: ¿Cómo derrotar al terrible impe- rio dominante y recobrar la libertad sin hacer uso de las armas?

Aunque no ha habido presentacio- nes, el hombre identifica al Galileo. Se dirige a él por su nombre (“Je- sús” = ‘el que salva’). Reconoce, eso sí, su posición a favor de la li- beración. Le sorprende, sin embar- go, el desencaje de la sociedad al- ternativa con la venganza y la con- quista de la supremacía de Israel prometidas por el Dios del AT, al que reconoce por encima de todos los dioses (“hijo del Dios Altísimo”).

El endemoniado no lo tiene claro. Duda. Piensa que la renuncia a la violencia conlleva la aceptación de la esclavitud (¡Te lo ruego, no me sometas al suplicio!). Él no ve más opción que la rebeldía para salir de la opresión a que se ve sometido. No se da cuenta de que sus plantea- mientos fortalecen las cadenas que le atan. Su ideología le domina. Su estrategia no difiere de la del siste- ma opresor. Participa de su mismo ADN. El Galileo le razona para conducirle a la coherencia. El agui- jón del sistema le ha infectado de sus esencias. La violencia pertene- ce al sistema, no a la condición hu- mana. Conquistará la libertad des- embarazándose de su impulso agre- sivo. (“Es que Jesús le estaba man- dando al espíritu inmundo que sa- liera de aquel hombre”).

El hombre había pasado gran parte de su vida bajo el yugo de la ideolo- gía mortífera del sistema (“hacía mucho tiempo que lo tenía en su po- der”). El núcleo social al que perte- nece ataca su furor con la violencia matriz, la institucional. Las gentes de vida económica holgada temen perder su condición privilegiada. Y lo oprimen y tiranizan para someter- lo al orden establecido (“lo custo- diaban teniéndolo atado con cade- nas y grillos”). La ideología violen- ta de la que estaba invadido lo con- denaba a una vida alejada de su círculo social (“y el demonio lo em- pujaba a lugares desiertos”). 5 b. Su personalidad

La agresividad ha borrado del indi- viduo los rasgos característicos que le definen como persona. Ya no es él, es otro. Se aprecia nada más ver- le. El Galileo le propone que inda- gue en su propia identidad para en- contrar las claves que delimitan su existencia (“Jesús le preguntó: ¿Cómo te llamas”). El hombre ac- cede y descubre que se halla infec- tado por el virus más poderoso, el VGSL: la Violencia Global Siste- matizada y Legalizada. El hombre, ahora, no tiene duda. Su respuesta es inmediata: Legión” es el nom- bre que le define. Legión alude a la temida unidad del ejército del impe- rio dominante. La descomunal olea- da de tropas pertrechadas de una desmedida agresividad con la que habían sometido al pueblo a vasalla- je lacró al hombre con su ferocidad. Él reconoce el mal del que está con- tagiado, de ahí el nombre con que se identifica: Legión (“Porque eran

muchos los demonios que habían entrado en él”).

Frente a la razón y a la propuesta de libertad del Galileo, la ideología dominante retrocede. Muestra su debilidad. Carece de argumentos. E intenta alojarse no importa en qué paradero para no desaparecer por completo en el caos (“Y le suplica- ban que no los mandara al abismo”). Las ideologías invasoras del ser humano acabarán en el sitio que les corresponde: los cerdos. Y los cerdos, dislocados, terminarán como llegan a su fin las puercas ideologías del poder: asfixiadas

(“Había allí cerca una numerosa piara de cerdos hozando en el mon- te, y los demonios le suplicaron que les permitiera entrar en ellos. Él se lo permitió. Salieron los demonios del hombre y se metieron en los cerdos. Y la piara se abalanzó al lago, acantilado abajo, y se ahogó”)”.

5 c. El hombre liberado

La sociedad instalada en la servi- dumbre acude a comprobar los he- chos que han llevado a la transfor- mación del hombre rebelde y desarraigado. Tiene como destino al Galileo. Su propuesta, aceptada por el hombre, ha dado origen a su cambio radical (“Salieron a ver lo ocurrido, llegaron adonde estaba Jesús”). Acogido por él, hallan al que buscan. Ya no es un esclavo, sino un ser humano libre. Ha opta- do por liberarse de la ideología que le maltrataba (“y se encontraron al hombre del que habían salido los demonios”). Ha recuperado su

identidad. Junto al Galileo ha en- contrado el aplomo y la serenidad. Es dueño de sí mismo (“sentado a los pies de Jesús”). Ha dejado atrás la servidumbre y ha recobrado su auténtica personalidad. Está recu- bierto de dignidad humana. Ahora la libertad le distingue (“vestido”).

No está sometido. Solo le domina la sensatez (“y en su juicio”). El posti- zo ha desaparecido del hombre. La visión del ser humano en todo su apogeo, seguro de sí mismo, bri- llando en dignidad, libertad y juicio, ¡asusta! (“y les entró miedo”). La sociedad servil reprime al hombre rebelde. Le espanta perder su situa- ción de acomodo. Prefiere la servi- dumbre como mejor opción. Teme a la libertad. La Violencia Global Sistematizada y Legalizada no se asusta ante la violencia revolucio- naria. La conoce. Sabe cómo dome- ñarla. Sin embargo, desconoce la li- bertad. Ante ella, tiembla y sucum- be. Por eso la rehúye excluyendo a quien la origina: “Toda la pobla- ción de la comarca de los gerase- nos, presa de un miedo atroz, le rogó (al Galileo) que se marchase de allí”.

El hombre liberado ha descubierto su sitio y su camino: con el Galileo

(“El hombre del que habían salido los demonios le rogaba por favor, que lo admitiese en su compañía”).

Esta narración del hombre de extre- ma rebeldía que descubre la libertad, opta por ella y se adhiere al proyecto del Galileo es un relato figurado. Pero, lejos de ser fruto de la imaginación literaria de su autor, refleja con amplitud de detalles he- chos históricos que le sirvieron de soporte. Con este arquetipo no es nada aventurado trazar con cierta aproximación el perfil de la Magda- lena. Ella pasó por este mismo tran- ce. Desde este relato como plantilla podemos arrimarnos sin reservas a su figura, rastrear la secuencia de sus decisiones y seguir las huellas que dejaron sus pasos hasta su en- cuentro cara a cara con el Galileo. (Continuará). R

María Magdalena Penitente. (Foto: Publiek Domein)

‘espíritu inmundo’ y ‘demonio’.

Por ‘espíritu inmundo’ se entiende una fuerza (espíritu) que rebaja al ser humano a la inmundicia (inmun- do). Representa a cualquier ideolo- gía fanática que lo despoja de su dignidad y lo esclaviza. En especial, a la que incluye como ingrediente un esencial principio activo del sis- tema: la violencia, que desgasta y hace trizas al individuo que la asu- me como arma bien sea para atacar ese orden establecido o bien para defenderlo. Cuando la violencia fa- nática se salía de madre, se voceaba a los cuatro vientos y adquiría reso- nancia y notoriedad, daba lugar a que al denominado ‘espíritu inmun- do’ se le reconociera como ‘demo- nio’.

Una potente fuerza ideológica opuesta a la esclavitud surgió en la población de todo el Oriente Medio al sentir sobre su cuello la presión de la bota del imperio dominante. Resultaba lógica la adopción de la violencia como única alternativa frente al potente sistema avasalla- dor. Esta agresividad contra el inva- sor se expandió con facilidad y fue acogida con entusiasmo por indivi- duos de los sectores más machaca- dos. Al entrar en contacto con per- sonas impregnadas por esta explosi- va fuerza ideológica, el Galileo no escondió su proyecto de sociedad alternativa.

Desde este contexto, resulta fácil entender que en este relato, nada más aparecer la figura del Galileo con su propuesta (“Al saltar él a tierra”), llame poderosamente la atención de un personaje anónimo

(“un hombre”), perteneciente a un conjunto humano organizado (“de la ciudad”). Le ha reconocido. No tiene espera. Toma la iniciativa y se aproxima a él (“fue a su encuentro”). El hombre en cuestión representa la opción que persigue la libertad a través de la furia irrefrenable contra el sistema que le oprime (“estaba endemoniado”).

El endemoniado está descrito con tres magistrales pinceladas:

 -”Hacía tiempo que no usaba ves- tido”.

-”no vivía en una casa”. -”sino en los sepulcros”.

No acepta la situación de servidum- bre padecida por su pueblo. En con- secuencia, se ha posicionado con claridad y públicamente contra la fuerza invasora. Es un rebelde. Pre- tende la libertad a través de la revo- lución armada. Se ha pasado de la raya en ferocidad. Y desgraciada- mente desconoce que la violencia que usa también le convierte en su cautivo. Se halla bajo su yugo. El texto lo presenta en condiciones de gran esclavitud. Al esclavo se le conducía desnudo para humillarlo con la vergüenza:

“…el rey de Asiria conducirá a los cautivos de Egipto y a los deporta- dos de Cus, jóvenes y viejos, des- calzos y desnudos, con las nalgas al aire” (Is 20, 4).

El personaje llevaba un largo perío- do tiranizado (“hacía tiempo que no usaba vestido”). Vivía desprote- gido y aislado, lejos del arropa- miento familiar (“no vivía en una

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