Chapter 4 Methodology
4.3 Data generation and analysis
4.3.1 Semi-structured interviews
U
n grupo de terapia tiene la ventaja de ser un mundo pequeño y aislado donde se puede experimentar el comportamiento actual y probar nuevas conductas. Se manifiesta claramente el modo de ser del niño en el grupo y cómo ese comportamiento influye en los demás positiva o negativamente. El grupo se transforma en un laboratorio seguro para experimentar con nuevas conductas gracias al apoyo y orientación del terapeuta.El grupo es un escenario ideal para que los niños mejoren sus habilidades de contacto. las malas habilidades de contacto indican un pobre sentido de sí mismo que conduce a destrezas sociales deficientes. Es natural —y una importante tarea del desarrollo— que los niños busquen estar con otros niños. El grupo brinda un ruedo para que aquellos que tienen dificultades sociales descubran y resuelvan lo que sea que esté bloqueando el proceso natural de conectarse y relacionarse bien con los demás. El proceso de uno en un grupo puede ser muy diferente en un encuadre de terapia individual. Cuando la conducta queda en primer plano, podemos examinarla desde todos lados, jugar con ella, cambiarla.
Jimmy, de 9 años, era tremendamente indisciplinado en las sesiones grupales. Su inaceptable conducta solía robarle tiempo al grupo, cuyos integrantes hacían diversas sugerencias en vano. Empecé a fijarme en lo que estaba ocurriendo: Jimmy recibía toda la atención que podía —de hecho, parecía estar obteniendo exactamente lo que quería y necesitaba, sin importarle el efecto en el grupo.
En la siguiente sesión presenté un guión para que lo actuaran todos. le pedí a Jimmy que imaginara que era un bebé recién nacido, quizás Jesús (se acercaba Navidad), y los demás le traeríamos regalos. Entre muchas risitas nerviosas, Jimmy se acostó sobre una frazada. Di el ejemplo de traerle un regalo imaginario, hablando con intensa emoción acerca de lo hermoso que era el bebé y lo felices que estábamos por su nacimiento. los otros niños me imitaron, entregándole con gran algarabía muchos regalos imaginarios.
Mientras tanto, Jimmy yacía tranquilo, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Finalmente, reuní al grupo y le pedí a Jimmy que nos contara qué le habían parecido nuestros regalos y atención. Dijo que le encantaron, lo cual era evidente por su comportamiento calmado y cara sonriente. ¡Comentó haber sentido que estaba recibiendo regalos verdaderos! Me pregunté en voz alta si acaso Jimmy sentía una falta de atención en su vida. Se emocionó al hablar acerca de esta carencia, y los demás niños hicieron muchos comentarios reflexivos sobre sus propias experiencias con respecto a la atención.
Después de esta sesión, me aseguré de sonreírle y hablarle a Jimmy en cuanto entraba a la sala, cosa que también hicieron los demás. Jimmy nunca más armó alboroto en las sesiones grupales. Este tipo de guión para actuar le permitió experimentar una atención positiva exagerada. Aunque era una situación lúdica, la experiencia fue muy real para él. Al sentirse a salvo y querido, pudo hablar sobre la polaridad representada en su vida real. En sesiones posteriores, los temas fueron expresar sus sentimientos y aprender a pedir en forma directa lo que necesitaba. Todos los niños se pudieron identificar y beneficiar con estas actividades.
En otra oportunidad, traje diversos juegos pequeños para un grupo de ocho niños de entre 11 y 12 años: jacks, palitos chinos, dominós, bloques apilables,
Connect-4. les pedí que formaran pareja con quien quisieran. (Fue interesante observar esta tarea). Marqué diez minutos en un cronómetro de cocina. Al terminar el tiempo, les pedí que intercambiaran juegos y parejas. Se rotaron todos los juegos y parejas. Al concluir esto, el grupo habló sobre la experiencia. He aquí algunos de sus comentarios:
“Esta es la primera vez que juego jacks con un niño. le tuve que enseñar. ¡Fue genial!”.
“Creo que fui el primer niño que jugó jacks. Me gustó”.
“Chris hizo trampa, pero dejó de hacerlo cuando le dije que eso no me gustaba”.
“Chris no hizo trampa conmigo. Fue entretenido jugar con él”.
los niños en general se mostraron amables y tolerantes. Durante y después de los juegos, un aire de satisfacción y calma invadió la sala. Había mucho ruido, ese que uno escucha cuando hay gente conversando (Oaklander, 1988). Nadie hubiera creído que cada uno de estos niños había sido derivado al grupo debido a “destrezas sociales deficientes”.
las proyecciones suelen interferir con la capacidad del niño para relacionarse con otros niños. Por ejemplo:
Philip: ¡No me gusta cómo me mira Allen!
Terapeuta: ¿Qué imaginas que te está diciendo con esa mirada?
Philip: Está diciendo: “¡Eres estúpido!”.
Terapeuta: Imagina que este títere mono eres tú y que tú eres Allen y di esas palabras a ti mismo. (La terapeuta sostiene el títere en su
mano).
Philip: (como Allen) ¡Eres estúpido!
Terapeuta: Philip, ¿tienes una voz dentro de ti que a veces te dice esto?
Philip: ¡Sí!
los niños necesitan aprender que ver una mueca no es lo mismo que conocer los pensamientos que hay detrás de ella. Quizás al otro niño le dolía el estómago. Por supuesto, las proyecciones son más activas en niños con una mala autoimagen y límites difusos. En otra sesión presenté lo que yo llamo trabajo de autocuidado. les pedí a los niños que pensaran en una parte de sí mismos que no les gustara y la dibujaran. Philip recordó el incidente “estúpido” e hizo un dibujo al que llamó “Sr. Estúpido”. Philip dijo: “Esta es mi parte estúpida: cuando digo y hago cosas estúpidas”. le pedí a Philip que fuera el Sr. Estúpido y nos hablara de sí mismo.
Philip: ¡Soy tan estúpido! Hago tonterías todo el tiempo. Soy tontísimo. ¡No sé nada! Soy absolutamente estúpido. Todo el mundo piensa que soy estúpido.
Terapeuta: Sr. Estúpido, ¿desde cuándo estás con Philip? (Silencio).
Terapeuta: Philip, ¿el Sr. Estúpido estaba contigo cuando tenías, digamos, 3 años de edad?
Philip: No me acuerdo.
Terapeuta: ¿Sería alrededor de los 4?
Philip: Sí. Recuerdo que en el jardín infantil me sentía estúpido porque no podía saltar en un pie como los otros niños.
Terapeuta: Si pudieras regresar en una máquina del tiempo y hablarle al Philip de 4 años, ¿qué crees que le dirías? (Levanté el
dibujo que Philip había hecho). “Aquí está él”. Philip: Bueno, creo que le diría algo como: “Oye, sólo eres
un niñito. No eres estúpido porque no puedas saltar en un pie. Ya verás que pronto podrás hacerlo”. Algo así.
Terapeuta: Philip, quiero que esta semana, cada vez que creas que dijiste o hiciste algo estúpido, recuerdes que le estás hablando al niño de 4 años que vive dentro de ti y es el que piensa quen eres estúpido. Ve qué pasa.
Todos los niños del grupo parecían fascinados con este encuentro y entonces empezaron a compartir sus propios recuerdos sobre los orígenes de las partes de sí mismos que no les gustaban. Desde luego, puede que estos automensajes negativos hayan tenido raíces más profundas, pero los niños estaban aprendiendo a aceptar y cuidar aquellas partes más jóvenes del yo, que en gran medida pertenecían a su vida actual.
Muchas actividades para fortalecer el yo son eficaces en marcos grupales, y verdaderamente más divertidas e interesantes de hacer con otros niños. los libros ¿Dónde Está Wally?, juegos visuales como Yo Espío (de UNICEF), juegos auditivos como Safari Sonoro y juegos olfativos, gustativos y táctiles, son agradables y productivos.
He aquí un ejemplo de un ejercicio que permite que los niños usen libremente todos sus sentidos, requisito necesario para adueñarse del yo.
Se le dio una naranja a cada miembro de un grupo. Cada uno examinó su naranja minuciosamente, la devolvió a un montón y después pudo encontrarla sin mayores problemas. Todos comenzamos a pelar las naranjas y examinamos detenidamente la cáscara, oliéndola y probándola.
Enseguida se peló, olió y probó la parte blanca. Después de observar y sentir la capa brillante, se degustaron los gajos. luego los niños intercambiaron gajos. Notaron que algunos eran más dulces, otros más ácidos, otros más jugosos, etc. Todos estuvieron de acuerdo en que cada gajo era delicioso, sin importar la apariencia (Brown, 1990). Este ejercicio ha sido utilizado con muchos grupos diferentes de todas las edades. Una niña de 12 años me dijo: “¡Nunca más podré probar una fruta sin pensar en ese ejercicio que hicimos con naranjas!”.
las experiencias sensoriales a menudo estimulan una buena conversación social en los grupos. la arcilla y el pintar con los dedos son especialmente adecuados para este fin.
A un grupo en una clase especial para niños con severos trastornos emocionales se le dieron bandejas en las cuales había pequeñas cantidades de pintura para dedos. Eran doce niños de 11 a 13 años. Su reacción al ver
la pintura fue bastante previsible: “¡¿Qué es esta cosa para bebés?!”. Sentí que necesitaban verse entre sí, de modo que arreglaron las mesas para que en cada lado hubiera seis niños frente a frente. Esperaba que encontraran una nueva forma de relacionarse, distinta a los golpes, puñetazos, patadas e insultos. Se les pidió pintar con los dedos en las bandejas, y cuando estuvieran listos, yo haría un estampado de cada pintura presionando un papel sobre ellas y luego despegándolo. les mostré el proceso y cada niño terminó la primera pintura rápidamente y quedó encantado con su obra.
Muchos de estos niños tenían problemas de coordinación de los músculos cortos y largos y usualmente evitaban dibujar o pintar con pincel. Pintar con los dedos es relajante y fluido, se pueden ensayar diseños y figuras y deshacerlos rápidamente, y el éxito está asegurado. Durante la actividad, los niños empezaron a conversar, primero de sus diseños y luego de otras cosas. Un niño hizo algo parecido a un pájaro y la conversación comenzó a centrarse en vuelos y aviones. Se conversó de muchos temas calmada y amigablemente. Sí, había bulla, pero de risas, alegría y amena conversación. Ninguno golpeó, pateó o insultó. la satisfacción invadió a todo el grupo. Estos niños a menudo pedían pintar con los dedos, y a veces la terapeuta creaba historias a partir de sus diseños, promoviendo la autoconciencia y ampliando y profundizando la experiencia. Ésta resultó especialmente significativa, pues la mayoría de estos niños no habían tenido la vivencia de hacer amigos, o, en realidad, de ser tratados o tratar a los demás con respeto. la atmósfera durante las sesiones de pintura dactilar se generalizaba al tiempo restante de la clase, y aunque había conductas inapropiadas esporádicas, se respiraba un ambiente de respeto y amistad.
En este tipo de experiencia existen ciertas variables. la terapeuta ha establecido fronteras y límites claros. En todo momento es respetuosa con cada niño. los chicos pronto descubren que están empleando un medio que sólo puede llevar al éxito. (los estampados resultaron asombrosos). Pueden experimentar y explorar colores y diseños. (Rápidamente descubrieron que al mezclar rojo, amarillo y azul, obtenían un café oscuro). los movimientos kinestésicos y las sensaciones táctiles son relajantes. Se fortalece el yo y se establece un buen contacto. Y ellos descubren que les gusta este tipo de contacto y quieren más.
Un tema común entre los niños en terapia, y probablemente afuera de la terapia, es el sentimiento de ser diferentes. El niño lucha para establecer su yo y oscila entre la confluencia y el aislamiento. la confluencia implica obtener un
sentido del yo desde otro individuo —él debe ser como todos los demás, ya que no tiene un sentido de quién es él. Dado que el contacto sano significa tener un buen sentido de sí mismo y sentir suficiente apoyo como para ser capaz de encontrarse con alguien sin perder su yo, el niño con trastornos a menudo debe retirarse a un lugar muy solitario para quizás hallar algo de sí mismo. El grupo es un escenario ideal para ayudar a los niños a mantener su propia integridad mientras se relacionan con otros. El grupo es un microcosmos seguro del mundo exterior, y con la orientación de la terapeuta, y límites claros, el niño en efecto puede encontrarse a sí mismo entre los demás.
Se le pidió a un grupo de niños que compartieran sus sueños. (Todos tenían padres alcohólicos en tratamiento en un centro militar). Eran doce niños de 8 a 16 años (varios de ellos hermanos). Este grupo poco convencional se había estado reuniendo durante casi un año y sus miembros se sentían bastante a gusto entre sí a pesar de las diferencias de edad. Habían descubierto que tenían muchas experiencias en común. Sally, de 12 años, describió un sueño en el que va bajando un cerro en un auto manejado por su padre. A los pies del cerro hay un lago. El auto va muy rápido y ella le grita a su papá que disminuya la velocidad. Teme que el auto se caiga al lago. Su padre no le hace caso, y justo cuando están a punto de sumergirse, se despierta. Generalmente, después de contar el sueño, pido al niño que lo actúe. Sally gritó como si estuviera en el auto: “¡Papi, para! ¡Para!”. los demás escuchaban atentos, y en cuanto Sally dejó de gritar, un niño de 8 años dijo: “En mi vida hay un camino igual a ese”.
Para la mayoría de los niños, es una revelación descubrir que otros niños tienen pensamientos, inquietudes, preocupaciones, temores, ideas, preguntas, además de experiencias, similares. Mientras más sienten esta conexión, más apoyo parecen sentir. El apoyo externo aumenta su apoyo interno y se desarrolla un yo más fuerte. Paradójicamente, entonces están más deseosos y son más capaces de presentar aquellas partes de sí mismos que son diferentes a las del grupo.
Se les pidió a varios preadolescentes que hicieran algo en arcilla con los ojos cerrados. El grupo se había estado reuniendo semanalmente por cerca de dos meses y Joe no había participado en ninguna de las actividades. No era desordenado y se quedaba sentado tranquilamente, dando la impresión de estar escuchando y observando. les pedí a los niños que terminaran sus trabajos con los ojos abiertos y que se convirtieran en su objeto y se describieran a sí mismos.
Joe: No hice nada.
Terapeuta: Joe, ahí tienes algo, así que descríbelo.
Joe: (contemplando la arcilla) Sólo es un pedazo de nada. (Joe me
miró) ¡Y eso es lo que soy! ¡Un pedazo de nada!
Terapeuta: ¿Cómo te sientes en este momento, Joe, en este grupo con todos nosotros?
Joe: Me siento como un pedazo de nada.
Terapeuta: Me parece que estás diciendo que sientes que no vales mucho.
Joe: Exactamente. Así es.
Terapeuta: Joe, te agradezco mucho que hayas compartido con nosotros tus sentimientos. Eso indica que tal vez confías un poquito en nosotros. Gracias.
Joe: (leve sonrisa) Está bien.
Aquí es evidente la baja autoestima de Joe, que él compartió abiertamente con el grupo. Al hacer esto, al contar sobre su existencia en la vida tal como él la percibe, dio un gigantesco paso hacia una individualidad renovada. Estuve tentada de hablarle a Joe sobre su valía, pero eso habría invalidado su sentimiento en ese momento. Quise aceptar respetuosamente la autopercepción de Joe, para que pudiera empezar a aceptarse a sí mismo. Después escuché a uno de los niños decirle a Joe que él solía sentirse de un modo muy parecido, y a veces aún lo hace, pero ya no tanto.