• No results found

5.5 Energy Storage

5.5.1 Sensible Heat Storage System

La sexualidad es una fuerza tremenda que lleva al individuo a un estado de unificación con otro ser humano. Ejerce una fuerza de atracción irresistible. Sexualidad y vida son lo mismo, la especie se ha perpetuado a través de ellas y nos ofrecen el legado de todas las generaciones que han existido antes que nosotros. Somos sexualidad. La energía sexual que fluye crea una vibración de placer, desde la periferia de nuestra piel hasta la sinapsis celular, así entonces, somos estimulados por ella todo el tiempo. Tiene el poder, a través del orgasmo, de hacernos trascender en el tiempo, el espacio y la dualidad. Reich (1991) afirma que abandonarse a los movimientos involuntarios y ondulantes en el reflejo del orgasmo, y mejor aún, en el orgasmo mismo, nos mantiene en salud. Todos mantenemos un anhelo de fusión, a través de la sexualidad, como el que vivimos con nuestra madre, y anhelamos ser uno con la pareja.

Desde la niñez persiste un impulso natural que nos empuja a explorar nuestro cuerpo, a experimentar con diversas sensaciones y descubrir nuevo placer. La adolescencia transforma el cuerpo de niño (a) a hombre o a mujer; explota con fuegos artificiales y es necesario expresarla, compartirla, vivirla, pero en el camino del desarrollo de nuestra sexualidad recibimos restricciones y creencias negativas acerca de ella. Los padres, la familia, la sociedad (a través de los siglos transcurridos y a la fecha) dificultan aceptarla e integrarla como parte de nuestro ser, con la misión de vivirla, no sólo para la continuación de la especie, sino también como la experiencia de fusión, de placer y de encuentro profundo de

dos almas que se permiten vibrar en el cuerpo, en su emoción, en su corazón, y vivir un momento de éxtasis, de realización espiritual, como bien lo ha señalado el tantra (Osho,1992).

La consecuencia de esta falta de contención y guía es vivir en la ignorancia, con miedo a los misterios de la fuerza sexual, con rechazo a impulsos que aparecen, con negación, culpa, miedo al castigo, vergüenza retenida, acumulada, reprimida en el interior, pero que no se destruye, sino que busca salidas a través de fantasías o acciones perversas y dañinas. Pero no hay expresión grotesca que no contenga en su interior un impulso genuino, auténtico. Por lo tanto, el psicoterapeuta ha de dar la bienvenida a estos aspectos de la persona, que necesitan ser reconocidos y trabajados a profundidad, para descubrir el dolor de no haber sido recibidos en el impulso original, para luego dar paso al mismo impulso con conciencia, con un sentido de posesión de nuestra sexualidad.

Las investigaciones y descubrimientos científicos, así como los cambios sociales al respecto, han favorecido y permitido una vida sexual más abierta. Vemos en diversos espacio de nuestro entorno más expresiones sexuales o amoroso-sexuales entre hombres y mujeres, que aún siguen asustando al interior de la familia y a aquellos que han frenado o bloqueado su sexualidad; pero el que parezca que hay una sexualidad más abierta no significa que en la intimidad haya realmente un abandono y entrega a la excitación y a las potentes corrientes de la energía sexual; qué decir del orgasmo y de la entrega en la relación con la pareja. Consciente o inconscientemente, siguen apareciendo imágenes, mandatos, juicios, exigencias de lealtad a la familia o a una cultura.

En el colectivo persisten las conclusiones distorsionadas a las que llega el niño cuando le castigaron por explorar su cuerpo o por sus juegos erótico- sexuales con otros niños. La ignorancia de unos lleva a la ignorancia de otros. Pero con decía Reich (1991), al orden social le interesa que vivamos sin conocimiento y sin conexión con nosotros mismos.

En Core Energética se da énfasis al trabajo psicocorporal, relacionado con los bloqueos a todos los niveles, con el fin de permitir el redescubrimiento y la conexión, no sólo instintiva sino espiritual, de esta potente fuerza sexual, que es la vida misma, así como reconocer e integrar la manifestación femenina y masculina de la sexualidad.

Todos hemos llegado a esta existencia a través de la sexualidad. No le pertenece a nadie, es nuestra para compartirla no sólo a través de la intimidad, sino en cada encuentro con otros y con lo que hacemos, es expresar que hay vida en nosotros.

La fuerza sexual reprimida o bloqueada se ubica principalmente en la pelvis y las piernas. Esta éstasis sexual es una fuerza poderosa, la podemos observar en nuestro afán de posesividad, nuestro control, desconfianza, frialdad, en los celos, en la demanda excesiva, en el placer de sentir poder sobre el otro, en el abuso, en la violación, en la crítica destructiva, en la exclusión, en la negación y el miedo al amor, en la vergüenza de nosotros mismos, en la amargura, en el deseo de venganza, en la culpa. Entonces hay guerra, competencia, sumisión, arrogancia, crueldad, no hay perdón.

La ignorancia y la mala fe, advierte Sartre (2007), llevan a no tomar responsabilidad de las enfermedades que se adquieren, así como de los hijos que por uno o muchos encuentros sexuales sin amor llegaron a este mundo; hombres y mujeres que, irresponsables, no aman, no cuidan, no protegen, no respetan su creación. En todo esto persiste el odio, no se quiere abrir el corazón, no se quieren expresar los mejores sentimientos, no se quiere dar amor:

El nivel emocional expresa “no quiero amar”, lo cual indica la presencia de un odio negado. El nivel mental puede decir “debo amar, y si no lo hago soy malo y no obtengo placer. Así que debo forzarme a amar”. Otro nivel mental puede estar diciendo al mismo tiempo “no me sirves para nada, eres malo”. El nivel físico- sexual puede decir: “quiero poseerte para obtener placer” (Pierrakos, 1990, p. 243).

Se habla, pues, de nuestro lado oscuro, nuestro ser inferior de la sexualidad. Aspectos de inmadurez, de apego a imágenes del pasado, de una conciencia infantil que se niega a crecer. Hay necesidades primarias insatisfechas, frustraciones tremendas, dolor y rabia profunda. Más allá de todo ello hay un anhelo de encuentro y fusión, de amor a nosotros mismos como seres sexuales, que pueden respetar a los otros: “La frustración sexual puede contribuir a aumentar nuestra ira y nuestra agresividad, mientras que la represión puede propiciar el embotamiento emocional o la muerte psíquica, que hace que la persona se sienta muerta internamente” (Vaughan, 1997, p.82).

Una sexualidad infantil demanda satisfacciones a nivel de un bebé, de una niña, de un niño; queremos sólo recibir mimos, afecto, ternura, amor y atención exclusiva; que todo sea a nuestra manera y en el momento que queremos. Controlamos el encuentro sexual-genital, lo evadimos, lo usamos para sentir poder sobre otros o usamos al otro para descargar nuestra tensión o conectar un poco con nuestro cuerpo; hacemos responsables a los demás de nuestra salud y bienestar, de nuestra felicidad e infelicidad, pasamos factura por lo que no recibimos de nuestros padres en casa. Vivir así nuestras relaciones, es vivir en los azares de una frustración perpetua. Necesitamos hacernos cargo de ello, con la intención de madurar.

Una sexualidad madura está conectada no sólo con la ternura, con lo suave, sino también con la aceptación y disfrute de la sexualidad genital, que sostiene la fuerza vibratoria y excitación de la energía sexual, que atraviesa todo el cuerpo y permite la descarga completa. El sentimiento aquí es el de ser un adulto que puede con la sensibilidad y vulnerabilidad de la experiencia íntima y las consecuencias de ello: “Para el adulto la cercanía puede ser consumada de manera satisfactoria sólo cuando la experiencia es mutua, cuando los dos participantes van de manera activa en busca del otro, dan, sostienen, alimentan, reciben y toman” (Pierrakos, 1990, p. 223).

Se ha de estar dispuesto a trabajar a profundidad, de manera física, emocional y mental; reconocer si vivimos aparentando una sexualidad que no es, transformar nuestras negatividades, atravesar las resistencias internas que aparecen en el camino y permitirnos sentir y dejar ir el dolor guardado, estar dispuestos a perdonar y perdonarnos y a retomar el poder de nuestra propia vida.

De este modo, según Pierrakos (1986), la expresión positiva de nuestro ser superior en el aspecto sexual significa:

• Reconocer que la fuerza de la sexualidad es. • Asimilarla como parte de nuestra naturaleza.

• Comprender que es una en nuestro cuerpo físico, emociones, mente y espiritualidad.

• Mostrarnos como seres sexuales con dignidad y honrar la de los demás. • Asumir el deseo y encuentro con el otro, en apertura para ser descubierto

físicamente y a recibir físicamente al otro tal como es.

• Estar dispuesto (a) al intercambio emocional real con el compañero o compañera, disolviendo fantasías o expectativas acerca de ellos.

• Permanecer mentalmente abierto a la comprensión y entendimiento de la pareja con sus propias ideas y pensamientos, buscando el intercambio de ello y la creación de intereses mutuos.

• Arriesgarse a revelar las secretas fantasías que se tienen y apoyar a realizarlas o transformarlas (si ponen en riesgo la relación o dañan a la pareja).

• Tener la voluntad de caminar hacia el amor.

• Aceptar tanto lo positivo como lo negativo de la otra persona, que de esta manera se convierte en alguien real. Es necesario dejar de idealizar y de idealizarse.

• Con la chispa del eros, distinguir que cada momento es único, nada puede repetirse, y que esto es una promesa de descubrir algo nuevo en nuestra pareja y en nosotros mismos.

• Reflexionar que hemos nacido de la sexualidad, y que la sexualidad, siendo

vida, nos conecta con la muerte, la cual es inevitable.

El mejor retrato-espejo de cómo nos manejamos en la vida se refleja en nuestra intimidad, observémonos en ella: ¿Nos permitimos abandonarnos a la exquisita experiencia de compartir nuestro cuerpo y nuestra alma con el otro?

Related documents