Un hombre entró en una concurrida cafetería a las once de la mañana en la ciudad
de Madrid. Depositó su agenda de trabajo encima de la barra de madera, y las llaves de su automóvil. Pidió una infusión de poleo menta al camarero con su mano levantada. Ojeaba el periódico de pie, mientras en la zona donde estaban dispuestas las mesas de forma ordenada, un grupo de mujeres conversaba animadamente.
El hombre se bebió la infusión muy despacio, pagó la consumición al camarero, y se marchó tranquilamente justo cuando una de las mujeres se acercó a la barra para dirigirse al camarero. Marina ladeó la cabeza, dejando caer a un lado su larga cabellera castaña que tapaba parcialmente su rostro. Era un rostro hermoso que sin embargo, denotaba un rictus destemplado, igual que un instrumento de música que suena desafinado. Tenía el monedero entre las manos.
—¿Cuánto es...? —Uno con veinte.
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—No, todo, Andrés. Yo pago todo lo que han tomado las muchachas.En el exterior, frente a la puerta del automóvil rojo, el hombre metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, luego en el izquierdo, y rápidamente volvió sobre sus pasos a la cafetería justo cuando salían por la puerta el grupo de mujeres animadas que lo envolvieron como una ola gigantesca.
La más alegre de las mujeres movía un billete de 20 Euros en el aire, y le dijo a Marina, envuelta en risas juguetonas.
—¡Tómalo!
Intentando atravesar el grupo para entrar en el bar, con una sonrisa amable y luz en los ojos , el hombre sugirió.
—¡Dámelo a mí!
Marina ladeó simpáticamente la cabeza y su larga cabellera castaña voló mientras cogía con rapidez el billete que su amiga hacía oscilar en el aire, y se detuvo. El grupo de mujeres siguió hacia adelante sin ella. El hombre también se quedó quieto como una estaca hundida en la tierra seca. Ambos se observaban minuciosamente. —¿Y qué harías con este billete? –preguntó ella.
—Guardarlo en recuerdo de este momento –respondió él. —¿Por qué guardarlo? ¿Qué tiene de especial el día de hoy?
—Todo... ¿no te das cuenta? ¡Lo llaman presente! Porque el ahora es un regalo.
Desde la esquina, rodeando el semáforo antes de cruzar, las mujeres coreaban: ¡Marina! ¡Marina! Nos vamos...
Marina miró a sus amigas que cruzaban por el paso de peatones junto a los vehículos inmóviles. A continuación, miró al hombre que la había desconcertado con
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aquel comentario, dejándola inerte y convulsionada, sin saber exactamente los motivos. Estaba nerviosa.
El hombre dejó atrás a Marina. Entró en la cafetería. A los pocos instantes salió de la cafetería con su agenda y las llaves y luz en los ojos.
—¿Te llevo a alguna parte? –preguntó con una amabilidad que coronaba con otra sonrisa amable que se hacía brillante y extensa.
—¿A dónde me quieres llevar? –indagaba Marina, algo aturdida por la invitación. Estaba excitada.
—Ven y lo sabrás. Acompáñame, y te contaré por qué hoy es un día especial.
Al poco, Marina viajaba en un automóvil limpio y cómodo. Durante el trayecto no pensó que fuera a pasarle nada malo. No la intimidaba el hombre, más bien al contrario. La hacía sentir bien. Era educado, bien parecido, alto, iba bien vestido. Llevaba los zapatos relucientes. Conducía respetando las señales de tráfico, ni muy deprisa ni muy despacio. Le transmitía una inesperada confianza. Tal vez esa mezcla de misterio y curiosidad la hicieron decidirse.
—Dime cómo eres... ¿cómo sientes?...
El hombre formulaba indiscretas preguntas que sonaban increíbles. Marina le hablaba como si lo conociera desde hacía muchísimo tiempo.
—Verás, yo procuro vivir a lo largo del día algo que me haga feliz. Procuro ser yo, siempre, sin artificios tontos. Procuro admirar la belleza de la Naturaleza, ser capaz de apreciar los pequeños detalles de la vida –no se sorprendió por la valentía de tanta sinceridad, absorta en el inventario de bienes que la caracterizaba-. Soy feliz con la gente, me gusta conocer gente –no se detuvo en su exposición, parecía haber
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descubierto una fuente inagotable-. También soy feliz estando sola, caminando, en silencio, con mis pensamientos, respirando profundamente. Cada parte de mí está llena de pasión, de planes, de ganas de vivir, y de risa, y, soy feliz con la felicidad ajena.
—Por tal motivo estás aquí. No me he equivocado. Puedo leerte...
Marina no dejaba de mirar hacia delante, sin entrar en contacto con el conductor. Las calles conocidas fueron desapareciendo. Se encontraban en las afueras de la ciudad y su curiosidad aumentaba con cada kilómetro.
Llegaron a un descampado donde el hombre detuvo el automóvil rojo como la sangre. Entonces, la miró, y con un simpático ademán, la invitó a descender.
Dejaron atrás el automóvil, marchando a campo abierto, y al tiempo que avanzaban, conversaban amigablemente. Pero el hombre cambió el tono hacia Marina.
—Envejecer, no es feo... —¿Por qué lo dices?
—Es el hacerse mayor de manera incorrecta lo que te hace feo. Puede envejecerse de manera atractiva. La arruga es bella, delata la experiencia de la vida.
Marina se quedó mirando al hombre de reojo sin despegar los labios, en guardia.
—Contéstame, ¿te gustan los animales?... ¿Has ido al circo? Seguro que has visto a los delfines en parques acuáticos, pero ¿qué opinas de los leones?
Marina no respondió. Apenas recordaba el aspecto de los leones. Ni siquiera recordaba si alguna vez fue al circo cuando era una niña. No tenía conciencia de haber estado cerca de un león. Únicamente sabía con certeza que la leona es la que caza.
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—Los leones del circo despliegan su fuerza mediante su impresionante rugido... en ese momento se sienten ―el rey de la selva‖ ante el público que aplaude. ¿Qué los mantiene haciendo equilibrios sobre un taburete cuando el domador agita el látigo? ¿Por qué no escapan? ¿Por qué después de la exhibición, y hasta justo antes de volver a la carpa para una nueva función, quedan mansamente resignados a su ridículo existir entre barrotes en un diminuto cubículo?
Transcurrieron largos segundos hasta completar un minuto y medio en el que no hubo respuesta, pues Marina, mantenía el entrecejo fruncido mirando al suelo mientras avanzaba por el valle junto a un hombre que planteaba reflexiones. Pero, precavida, encendió el piloto de alerta. Empezaba a preguntarse quién era ese desconocido y a dónde la llevaba. Paseaban muy lejos de todo. Nadie estaba cerca.
—No lo sé. Dímelo tú –Marina intentó mostrarse sosegada.
—Si te pregunto por qué el león capaz de devorar al domador de un bocado no escapa, ¿qué me contestas, Marina...?
—Nada. Porque yo no sé por qué no escapa. ¿Y tú cómo sabes mi nombre?...
—El león no escapa porque está rendido. No escapa, porque nació en cautividad y lo amaestraron desde muy pequeño para que ignorara sus sentidos y solo obedeciera. Siendo una cría, el domador lo premió con el alimento. Encerrado, no pudo aprender a cazar y sobrevivir por sí mismo. Creció con la idea de que no podía saltar sobre el domador que lo premiaba con doble ración si se subía a un taburete en la carpa del circo. Le enseñaron a traicionar su innato ímpetu salvaje. Inventaron una marioneta que desempeña un comportamiento que sería del todo absurdo en su hábitat natural. Vivimos con el engaño de que no se pueden hacer ―ciertas cosas‖, anestesiados, restringiendo nuestra iniciativa. Coartando nuestra libertad. Asumiendo la carencia que no existe. ¡Es mentira! ¡Se puede! Pero el sistema que hemos inventado se empeña
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en engañarnos, en manipularnos, en contaminarnos un poco cada día. El leoncito aceptó, resignado, su condición y destino porque se conformó en permanecer junto al domador. Y ya no hubo necesidad de amarrarlo con gruesas cadenas temiendo que se fugara. Por eso el león mayor y temible no escapa, a pesar de su fuerza descomunal, porque no confía en su potencia. Piensa que no puede, creyéndose incapaz de imaginar un mundo distinto donde no tenga que vivir sometido.
Marina y el hombre se adentraron todavía más en el valle, hasta que a lo lejos, un frondoso árbol de una hermosura indescriptible, poco a poco fue cobrando su desmesurado tamaño. Sin que existiera ninguna señal explícita de Stop en aquel ceibo milenario. Todo indicaba que el trayecto había llegado a su fin.
Una persona estaba sentada en una de las dos sillas situadas bajo el ceibo milenario, cuyos respaldos se tocaban mirando en direcciones opuestas. El hombre le pidió a Marina que ocupara la silla libre. Marina se quedó de espaldas a la figura. El hombre se puso delante de la otra persona, de manera que Marina, tampoco podía verlo a él, y ya eran dos personas desconocidas que estaban con ella en medio de un lugar perdido. La tensión aumentaba y el latido de su corazón se agitó. Entonces escuchó unas palabras que parecían llegar del eco en las montañas.
—El Tribunal Supremo de Nigeria ha ratificado la condena a muerte por lapidación de Amina. Se ha pospuesto la aplicación de la condena durante un par de meses por "permiso de lactancia". Después, la enterrarán hasta el cuello y la matarán a pedradas.
Ese día concreto, Marina se había enfurecido hasta dibujar un rictus destemplado en su rostro. Cortaron el suministro de agua mientras se duchaba, y cuando se peinaba, se encontró una cana. Camino de la oficina se topó con la mayoría de los semáforos en rojo, y habían ocupado su plaza de aparcamiento en el garaje del edificio de oficinas. Antes de entrar en el edificio que alberga en la cuarta
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planta la empresa en la que trabaja, quiso comprar su champú favorito en el supermercado de la esquina pero la fila en la caja era larga y sonaba por los altavoces la canción que la unió a su amado en la pista de baile, recordándole sin piedad, que no había visitado el apartamento para hacerle el amor. Estaba malhumorada, porque además, antes de salir de casa, le fue imposible encontrar sus pendientes preferidos. Sólo le faltó tener que escuchar que una mujer iba a ser asesinada brutalmente. Marina se sobresaltó, levantándose de la silla como una bomba que explota.
¡El hombre ya no estaba! Únicamente permanecía la persona sentada en la otra silla. Marina se movió son sigilo, acercándose hasta poder verla mejor. Se trataba de una mujer. Estaba inmóvil. Llevaba un turbante que ocultaba su rostro y una túnica larga hasta los tobillos. Iba descalza. Tenía las uñas de los pies pintadas de rojo, igual que el color del vino tinto.
Aquella figura femenina elevó su mano tatuada y, a cámara lenta, se quitó el turbante de la cabeza. La mujer descubrió su rostro, el rostro de Marina, quien escuchó en los labios de la mujer su propia voz que decía ―Y cuando siento que el flujo de alegría disminuye y me detengo, reviso todo, para arrancar de nuevo, con más ganas, con mayor seguridad, con innumerables motivos... Si la felicidad ajena no existe, ¡yo me enfurezco para cambiar las cosas!‖.
Esa mañana Marina se había encontrado atrapada en medio del tráfico, y se desesperó y maldijo entre dientes, cuando hay gente que debe adaptarse a los rígidos horarios del transporte público, conformándose con viajar de pie. Empezaba mal ese día de trabajo sin pensar que hay quienes pasan durante años sin poder obtener un puesto laboral estable, y eso, sin embargo, lo ignoró. Estaba descorazonada porque faltó a la cita su amado varón, pero no tuvo en cuenta a todos aquellos que no saben lo que es el amor, y a todas aquellas personas que nunca han sido amadas. Ese día se había levantado con el pie izquierdo, desde que se encontró una cana y
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repentinamente se sintió vieja y acabada. Todo hubiera sido distinto, de haber pensado en los enfermos de cáncer, sin cabellos, por los efectos de la quimioterapia. Ellos desearían tener su larga cabellera aunque ésta fuera totalmente blanquecina.
Entre las delgadas ramas del frondoso ceibo milenario de belleza indescriptible se había enredado un pedazo de cielo.
— Cuando las cosas nos van mal, es porque algo anda mal en el mundo. Pero de nada sirve enfurecerse si nada vas a hacer a continuación.
Tal vez lo que estaba enredado era un pájaro.
—Si únicamente te enfureces para descargar tu ira contra los que te rodean, tienes un problema. La cólera te activa la sangre, pero luego, hay que hacer algo positivo con ese caudal de energía. No te conformes con el malestar de un enojo.
Cada frase era un golpe seco de fuerte ventisca en la espalda de Marina. —El diálogo interno nos concede gran cantidad de premios. Es la llave del amanecer, y el cerrojo del atardecer, durante el crepúsculo de una plegaria.
Marina se arrodilló. Bajó la vista. Reflexionó en voz alta zarandeada por el viento.
—Yo tengo fortuna, ¿por qué otras personas no la tienen? ¿Dónde está la igualdad? Dispongo de fuerza, necesito más fuerza... para combinarla con la lucidez, y contagiarla igual que un repetidor de señal. Vivir una experiencia que me haga feliz... que me haga sentirme útil, ¿dónde está el mundo perfecto? Pero si a mí me encanta el desafío, ¿qué estoy haciendo? ¿Por qué me cruzo de brazos? ¿Por qué miro a otro lado? ¿Por qué me conformo? Por qué no digo ¡¡¡basta!!! Si extraviara la fuerza, al menos, me quedaría con mi dignidad, optaría por la nobleza de mis actos. Agradezco la esperanza, que nadie me puede arrebatar, porque puedo ser yo siempre, y todavía
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puedo asombrarme ante la incógnita del mundo que aguarda como un reto, como una oportunidad, como un congreso que puedo fundar.
Al levantar la vista, el hombre estaba frente a Marina con la sonrisa amable que resuena entre la lluvia que daba inicio, con la promesa de encharcarlo todo con sus ojos de luz aguados.
Empuñaba una espada. Era una espada invisible, pero era una espada larga y afilada que brillaba. Una espada mágica, forjada de un hierro vital deslumbrante.
El hombre levantó la espada y la dejó caer encima de la cabeza de Marina, hasta el final. Inmediatamente sonrió y desapareció con un chispazo, mientras Marina se dividía en dos y una parte de ella se desplomaba contra el suelo. Esa parte de ella, tendida en el suelo como ropa gastada y sucia, estaba dispuesta para la fogata.
El pájaro alzó el vuelo y se metió por una pequeña fisura del cielo. Empezó a llover torrencialmente.
Marina no hizo ningún intento de cobijarse bajo el gigantesco ceibo. Observó detenidamente cómo la imagen de la mujer de la túnica se deshacía como si fuera barro, resbalado por la silla hasta confundirse con la tierra mojada. Solo sus enormes ojos negros parpadeaban en el suelo, entre la hierba empapada que comenzó a crecer en el mismo sitio donde una parte de Marina se había desplomado.
Las gotas eran cada vez más gruesas, como burbujas enormes. Algunas gotas tenían piernas diminutas. Brazos. Un pequeño rostro que se perfilaba.
Y una gota dijo: ―Pensaste que la tristeza sería eterna, pero conociste a esa amiga que te hizo reír‖, y se derramó en el suelo. Otra gota dijo: ―Pensaste que el amor no lo era todo después del terrible desengaño, pero cuando apareció esa persona a quien no puedes dejar de amar, volviste a sorprenderte‖, y se derramó en el suelo.
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Empezaron a llover colegialas del cielo. Descendían niñas alegres con sus faldas cortas, zapatos de charol y calcetines a rayas hasta las rodillas, susurrando frases desde sus redondas caras con trenzas, mientras el valle se inundaba.
Una colegiala dijo: ―Pensaste que nadie podía comprenderte, y te quedaste boquiabierta cuando una persona te leyó el corazón‖. Acto seguido, una gota de agua cristalina tocó la frente de Marina y resbaló por su nariz hasta su boca abierta. Y una última colegiala habló así antes de ser engullida ―Así como hubo momentos en que la concepción de la vida cambió de repente, jamás olvides que todavía existen instantes milagrosos en los que es posible realizar un sueño‖. Entonces, la voz del hombre resonó como un trueno ―Nunca dejes de soñar... cada sueño es el principio de una realidad‖.
Había tanta agua que el suelo que Marina tenía que flotar como si estuviera en alta mar, pero en vez de peces, miles de colegialas nadaban su alrededor al tiempo que cantaban.
Marina cerró los ojos. Los apretó fuertemente y, al abrirlos, sus labios están diciéndole en la cafetería a Andrés:
—¿Cuánto es...?
Después de cruzar el umbral para salir a las calles de la ciudad, todavía con el sobresalto visible en su rostro, Marina percibe que es otra mujer. Intuye que se trata de una versión más exquisita y refinada de sí misma, una mujer diferente, que se acentúa, concretándose en el devenir.
Y Marina camina animadamente sin el rictus del enojo en su rostro, mientras habla a sus amigas con la voz sedosa que seduce como el rojo excita los sentidos.
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—La vida no siempre es como quisiéramos que sea. A veces, somos traicionadas por personas a quienes nosotras amamos. A veces, somos juzgadas de manera injusta. A veces, nos suceden cosas crueles que consideramos no merecer. La vida trae consigo momentos difíciles; llanto, angustia, sufrimiento, incertidumbre, dolor. Podemos llorar, pero no debemos amargarnos. Podemos sufrir, pero no endurecernos. Podemos vivir íntimamente días sumamente confusos y dolorosos, más no debemos, ni ablandarnos demasiado, ni tampoco hacernos inmunes al dolor de otras personas como abruptos robots. No somos de piedra. Y en modo alguno, somos impotentes, mis amigas.Las alegres mujeres habían enmudecido ante la repentina elocuencia de Marina. Avanzan a su lado, empujándose entre sí para estar un poco más cerca de su amiga, cuyo hermoso semblante irradiaba una luz multicolor que viene de adentro donde la esencia misma del elixir silba certero entre las paredes del corazón y la razón igual que el viento.
—Hace tiempo que no cuestionamos seriamente nuestra potencia. Cada una de nosotras somos leonas, y… una leona es toda la especie. Vamos por el mundo pensando que no somos autónomas, cuando en la selva es la leona la que dispone de habilidad suficiente para atrapar a la presa, y esta falta de confianza en nosotras nos resta movilidad y nos hace aceptar costumbres absurdas. Vivimos pensando que no