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SEQUENCE ANALYSIS AND HAPLOTYPING OF PART OF THE REN1 REGION

¿De dónde provienen las “razas del alma”? Evidentemente en el caso- límite de razas completamente puras, podría decirse que ellas representan la expresión psíquica de la misma particular energía formativa que, sobre el plano físico, se expresa en vez en los rasgos específicos y típicos de la raza antropológica del cuerpo y que se encuentra en la base de su inescindible unidad, aun perteneciendo en sí misma a un plano todavía más elevado. Según la antigua enseñanza tradicional, el alma no es simplemente aquello que la psicología moderna sostiene, es decir un conjunto de fenómenos y de actividades “subjetivas”, que se desarrollan sobre una base fisiológica; para aquella enseñanza en vez el alma es una especie de ente en sí; como el ya mencionado linga-garíra, o “cuerpo sutil”, ella posee una existencia propia, sus fuerzas reales, sus leyes, así como una herencia propia, diferente de la puramente físico-biológica.

Desde tal punto de vista, es necesario pensar que las razas del alma están sujetas a circunstancias análogas a las de la raza del cuerpo, pero, pára individualizar tales circunstancias, por ende para saber acerca de la gé­ nesis de las razas del alma, acerca de su esencia y de las leyes que con­ dicionan su desarrollo y su integridad, serían necesarios los medios de investigación inmaterial ya conocidos por las antiguas ciencias tradicionales, desconocidos en vez para la cultura moderna, puesto que en la misma apenas se encuentra un recuerdo deformado de éstas en ciertas corrientes teosofistas y “ocultistas”, y en cambio en la investigación denominada “científica” no se tiene ni siquiera la más leve sospecha de ello. Encontrándose así las cosas, hoy debe procederse por un camino inductivo o intuitivo, en vez de partir de un corpus preciso de conocim ientos. Debe tenerse como importante punto de arranque metodológico el principio de que existen

dos líneas diferentes de herencia, la una del cuerpo y la otra del alma,

líneas que, después de que las razas y las tradiciones han perdido la pu­ reza original de tiempos absolutamente prehistóricos, pueden también diverger. Entonces se debe pensar que, mientras la línea de herencia fí­ sica es la de una continuidad visible e individualizable, puesto que se apoya

en el proceso de la generación natural, la línea de la herencia del alma posee en vez una continuidad propia sobre otro plano ya no más sensible, y puede pues vincular individuos que pueden no tener nada en común en el espacio y en el tiem poV olverem os sobre esto al hablar del problema del nacimiento. Aquí debe resaltarse la complejidad que ya en estos términos presenta el problema de la misma herencia física, en tanto no sea considerado con miopía positivista; en efecto, puesto que el alma posee relaciones de acción re­ cíproca con el cuerpo, en el caso de la divergencia de las dos herencias, se producirán en la herencia física, por influjo de la otra, modificaciones no susceptibles de ser explicadas con aquello que, en su dominio, la in­ vestigación antropológica y biológica no podrá nunca acertar.

No siendo sin embargo éste el lugar apropiado para profundizar en tal tipo de consideraciones, puesto que las mismas presupondrían el cono­ cimiento de la concepción tradicional acerca de los estados múltiples del ser, a sustituir al modo con el cual hoy son considerados los m ayores problemas relativos al hombre, a la vida, a la muerte y al mundo, volvemos al punto del cual se había partido para decir que, cuando nos encontremos frente a un estado de mezcla racial, las razas del alma se deben considerar como el resultado de tres factores. El primero, que es esencial para las mismas, es justamente la raza del alma como un ente diferente; el segundo, es la influencia que sobre el mismo puede haber ejercido un cuerpo de raza no correspondiente y, a través de este cuerpo, que es el centro positivo de las relaciones con el mundo exterior, un ambiente no adecuado; el tercero es la influencia que puede haber ejercido un elemento aun más alto, es decir la raza del espíritu, en el caso de una nueva divergencia entre alma y espíritu, además que entre alma y cuerpo.

En rigor, puesto que la unidad de los diferentes elementos no acontece casualmente y por leyes automáticas, sino en base a nexos analógicos y “electivos” (también esto será esclarecido a continuación), a pesar de las divergencias puede admitirse como hipótesis de trabajo el criterio probabilista, es decir, una cierta correspondencia en el sentido de que, por ejemplo, sobre cien que presenten, como raza del cuerpo, la pureza racial, supongamos de tipo nórdico, puede presumirse que se encuentre una mayor cantidad de casos en los cuales a la misma corresponda potencialmente también

’ V éase a tal respecto lo que hem os tenido ocasión de exponer en varios puntos de nuestra obra crítica M áscara y rostro d e l e spiritu alism o contem porán eo, Turín, 1932. (H ay trad. castellana).

una calificación psíquico-espiritual análoga, y no entre cien tipos cuya raza del cuerpo no sea nórdica, ni de origen nórdico. Las reservas que deben hacerse sobre un tal punto son las siguientes: en primer lugar, aquella ya hecha al decir “potencialmente”, puesto que, como se ha ya visto, hay casos de razas puras semiapagadas o entradas en involución en materia de raza del alma; en segundo lugar, puesto que es necesario considerar los casos de las “preferencias”. La ley de las afinidades puede haber hecho preferir la manifestación de un determinado tipo de personalidad en una cierta raza del alma, y que sin embargo, según una coyuntura semejante, tenga que ser retribuida esta elección con la aceptación de una raza del cuerpo que no corresponde (por ejemplo en los casos de reanimación de la raza en la segunda de las formas consideradas anteriormente [ver cap. 11,1* parte]). Las afinidades electivas conducirían justamente a una manifestación en formas mixtas más que en formas puras, pero interiormente decadentes. En tercer lugar, puesto que la “analogía” y las “afinidades electivas” son términos que aquí se refieren a estados no simplemente humanos de exis­ tencia, de modo que para ellas valen criterios que pueden también no concordar con cuanto la mente común se encontraría llevada a suponer y a creer como natural, lógico y deseable.

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