Chapter 6: The SERUM Exercise
7.4 Why the SERUM Exercise was Different
Sobre los años que m edian entre la p artid a de Solón de A tenas —hacia el 570 a.C.— y el tercer y definitivo in ten to p o r parte de Pisistrato, en el 546, de instalarse en el poder, contam os p or fortuna con la ap ortación de H ero doto, que perm ite co n trastar y com pletar la inform ación de la Athenaion
Politeia al respecto.
Dice H eródoto (1.29.2) que Solón se ausentó de su p atria « para no tener que derogar n in gu na ley de las que h abía establecido, porque los Ate nienses, obligados p o r los m ás solem nes ju ram en to s a la observancia de sus leyes, no se co n sid erab an en situa ción de p od er revocarlas p o r sí m is mos». Aristóteles coincide sustancial m ente con esta noticia, señ alan d o que Solón «era acosado p o r unos y por otros en relación a las leyes» y que «com o no quería cam b iarlas ni h acer se odioso, se m archó de la ciudad, an u n c ia n d o que no volvería en diez
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años» (Athen. Polit. 11.1). Estos testimo nios y el del propio Solón, que revela en sus poem as las presiones de que era objeto y su decisión de no asum ir la tiranía, sugieren que se h abía llegado a u n a situación límite en la que unos urgían al legislador p ara que deroga ra las leyes, a m e n a z á n d o le con el destierro, m ientras otros le a n im ab a n a ejercer un gobierno autocrático que p erm itiera p ro se g u ir con las refo r m as. P osiblem ente, Solón llegara a un co m p ro m iso p o r el que asum ía v o lu n ta ria m e n te un exilio de diez años, recibiendo a cam b io el j u r a m en to de que sus leyes no sería n revocadas. Algunos de sus versos in d i can claram ente que la situación ab o caba a un enfren tam iento sangriento de tono m ayor, que hab ría sido co n ju ra d o con la p artid a de Solón.
Parece que hubo, en efecto, una tre gua en la lucha política, que sirvió p ara m a d u ra r nuevos liderazgos y polarizar las fuerzas. C oinciden H ero doto y Aristóteles en señ a la r que se fo rm a ro n tres facciones: la de los
Pediéis («los de la llanura»), dirigidos
por Licurgo; la de los Páraloi («los de la costa»), com an d ad o s p or el Alc- m eónida M egacles; y la de los Hyperá-
loioi (Heródoto, 1.59.3), Diákrioi {Athen. Polit. 13.4) o Epákrioi (P lutarco, Mor.
763 D), que serían «los de las alturas», o bien «los de m ás allá de las alturas». Esta últim a seguía a Pisistrato y, según H eródoto, se h ab ía constituido c u a n do ya existían las otras dos.
Son m uchas las dificultades que surgen a la h ora de in terp re tar estas facciones. Aristóteles les atribuye, res pectivam ente, la defensa de u na co n s titución oligárquica, m oderada y dem o crática, lo que, tom ado al pie de la letra, resulta an acró n ico sin duda. Si cabe u na trad u cció n históricam ente correcta de estas afirm aciones, h abría que decir que los Pediéjs eran involu- cionistas y p re ten d ían reconducir las instituciones hacia el orden trad icio nal; que los Paraloi defendían la p er m anencia y aplicación de las leyes
so lo nianas; y que los Hyperákrioi se h a b ía n constituido po r segregación de estos últim os p ara p ro p u g n ar nuevas reform as. Pero detrás de este esquem a se en c u en tran sin duda unos hechos com plejos, y, en cualqu ier caso, el ver dadero prob lem a está en id en tificarla c o m p o n e n te de las facciones y en reco nstru ir la vía p o r la que consiguió im ponerse la tercera de ellas. H ay que ad elan tar, com o en otros casos, que las conclusiones en este sentido son h asta la fecha divergentes e hipotéti cas, p o r cu an to que dependen de las prem isas que se adopten en su elabo ración, y esas prem isas son tam bién necesariam ente hipotéticas, tanto si se refieren a la época de Pisistrato com o a la de Solón o a la de Clístenes.
La prim era po sibilidad a descartar es, com o ya se h a dicho, la de que esas tres facciones representen otros tantos program as constitucionales altern ati vos. Sólo en el s. IV a.C., en que la dem ocracia ateniense recorría ya su últim a singladura, después de m uchos vaivenes, y la literatura política en sus diversas form as y orientaciones era sob reab u n d an te, p odría resultar via ble u n p lanteam ien to tal, y, aun así, con m uchas m atizaciones. En el s. VI a.C. la lucha política no parece sino u n contlicto de intereses cuyo desa rrollo depende de la com pleja dialéc tica entre unos poderes fácticos de carácter em inentem ente social, ejerci dos por u n a m inoría, y la cap acidad de prom oción política ad qu irida por el demos al convertirse en la m áq uina m ilitar del estado.
Del m ism o m odo, resulta in a d e cuada cu alq u ier interpretación de las facciones en el sentido de u n a lucha entre pobres, m enos ricos y m ás ricos. E n térm inos económ icos se d ab a sin d u d a tal diferenciación, pero no es la que configura el espectro político del m om ento. H asta d onde llega nuestra inform ación, las facciones aparecen com o grupos de ciu d ad an o s de diver sa condición, que p o r distintas razo nes —y m uy esp ecialm ente las de
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Fragmento de un vaso ático de figuras negras
y clase m edia, pero la falacia de esta interpretación se pone de m anifiesto en las dificultades que encuentra ese autor para glosar el contenido de las antiguas facciones. Por u n lado nos dice que el nom bre de las m ism as se debía a los lugares d onde respectiva m ente cultivaban sus cam pos (13.5); p o r otro, identifica a los pobres con los individuos supuestam ente arruinados a consecuencia de la cancelación de d e u d a s llev ad a a c a b o p o r S oló n
ticipar con todo derecho en la gestión del estado. Sólo después de superada esta fase, el demos, ya definitivam ente consolidado en los térm inos en que perm anece a lo largo de toda la histo ria de la dem ocracia ateniense, lu ch a rá p o r la tran sfo rm ación del m odelo constitucional desde u nas posiciones de polarización de intereses.
O tra interpretación m o d ern a que com porta cierta dificultad es la que considera a los Páraloi com o u n grupo
(13.3.5); y, en definitiva, pasa por alto la cuestión, con centrán do se en la polí tica de Pisistrato, en unos térm inos que no arro jan n in g u n a luz sobre las facciones.
Todo parece in d icar que en esos m om entos, com o todavía en la época de Clístenes, la co m u n id ad política se estaba configurando, de tal m anera que el verdadero pu nto de co nfro nta ción era la definición de esa com u ni dad, la luch a de algunos elem entos de la co m u n id ad n atu ral p o r alcan zar la plena condición de ciu dad an os y par- vinculación p erso n al— cierran filas
en to m o a unos líderes de extracción aristocrática, que rivalizan entre sí y tratan de satisfacer sus propias am b i ciones en un torbellino de fuerzas políticas cam biantes. El carácter tri partito de las facciones y la indudable im plicación de las cuestiones econó m icas en el proceso político parecen h ab e r llevado al au to r de la Athenaion
Politeia a p o n er en relación la stasis del
s. VI a.C. con la situación del s. IV, en que se podía establecer hasta cierto punto una diferencia entre ricos, pobres
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liderado p o r ricos com erciantes y arte sanos, de m an era que los Hyperákrioi serían los desheredados y los agricul tores pobres, y los Pediéis, los ricos terratenientes. Ni siquiera la Athe
naion Politeia, que aplica ese esquem a
sectorial a la sociedad ateniense p ri mitiva, interpreta así la situación post- soloniana; y, p o r otra parte, parece inverosím il que en ese m om ento el desarrollo del sector artesano-com er cial fuera tan im portante com o para constituir de suyo una facción oponi- ble a las otras dos.
La adscripción localista de las fac ciones ha servido de base p a ra otra teoría que explica la configuración de las m ism as sobre el supuesto de que representan sendas tendencias regio- nalistas, en u n a etapa en la que la u n i ficación del Atica era relativam ente reciente y no debía de h a b e r desarro llado aún en el con ju n to de su p o b la ción u na verdadera conciencia n acio nal. Según este p la n te a m ie n to , los nom bres de las facciones correspon derían a las regiones de origen y de im plantación patrim o n ial de sus res pectivos líderes, que m an ten d ría n en sus órbitas de p oder a los elem entos locales socialm ente dependientes. Con respecto a los Pediéis esta p rem isa resulta viable, ya que la gran llanura del Atica era el terreno de la aristocra cia fondiaria tradicional. Para las otras dos facciones, en cam bio, hay que for zar un tanto la evidencia. H ay que sup o n er que los A lcm eónidas, líderes de los Páraloi, tenían sus tierras cerca de la costa, lo que no parece tan fácil de establecer: Tucídides (2.55.1 y 2.56) identifica com o la Paralía —el distrito costero— todo el triángulo sudorien- tal del Atica hasta el L aurion, pero los que defienden la tesis regionalista no pueden adscribir este área a los Alc m eónidas porque sabem os que P isis trato procedía de B raurón, la ciudad clave de la costa oriental. A su vez, p ara acab ar de aju star la hipótesis a la evidencia, hay que p e n sa r que Hyperá
krioi es la d enom inación genuina de
la facción de P isistrato y que, com o ya sugiriera H ignett en su día, no debe significar «los de las alturas» sino «los de m ás allá de las alturas», es decir los que, considerados desde Atenas, vivían al otro lado del Him eto.
La tesis regionalista conlleva, ade más, la dificultad de que al m enos la facción que logró hacerse con el poder, que es la única que se puede to m ar en c o n s id e r a c ió n en este se n tid o , no desarrolló u na política regionalista, sino lodo lo contrario: si algo caracte riza inequívocam ente el m an dato de P isistrato es su fom ento de la u n id ad del Atica. Y no sólo de Pisistrato: el F ilaid a H ipoclides, que tam bién p ro cedía, a lo que parece de B raurón, es el arconte epó nim o del año 566 —antes del prim er intento de Pisistrato de hacerse con el p o d er—, en que se tran sfo rm aro n las fiestas P anateneas, convirtiéndose en una co n m em o ra ción de la un ificació n del Atica, atri bu ida tradicio nalm ente a Tcseo.
N o hay duda de que los nom bres de las facciones son de carácter local, pero la verdadera relación de esos nom bres con los contenidos es muy difícil de d eterm in a r. Los autores m odernos suelen aceptar la in d ica ción de H eródoto en el sentido de que la facción de P isistrato se originó des pués que las otras, y hay, en efecto, razones p ara p e n sa r que la oposición prim aria y fun d am en tal era bipartita, e incluso que la oposición entre los
Páraloi y los Hyperákrioi fue m ás bien
u n a lucha p o r el liderazgo que una polarización de fuerzas.
Por lo pronto, es m ás que dudoso que existiera la tercera facción cuando Pisistrato llevó a cabo su p rim er in ten to de tiranía. La tradición atribuye su p o p u larid a d inicial al hecho de h ab e r realizado con éxito, probablem ente com o arconte polem arco, la guerra contra M égara, y refiere que, h a b ié n dose herido a sí m ism o, convenció «al pueblo» p ara que le concediese u n a g u ard ia p erso n al, alegando que le h a b ía n atacado sus enemigos. C on
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esa guardia tom ó la A crópolis, siendo e x p u lsa d o p o r m u tu o a c u erd o de M egacles y Licurgo. Es difícil de creer que consiguiera la guardia, contra la pública oposición del propio Solón, si sólo representaba a los Hyperákrioi y estaba ya enfrentado a las otras dos facciones; m ucho m ás, si, com o se supone en general, los Thetes no for m ab an parte todavía de la Ekklesia. N o h ay d u d a de que la cuestión se entendería m ejor si p o r entonces esta ba alinead o con los A lcm eónidas, y sus enem igos no eran otros que los
Pediéis.
Se cuenta que resistió cinco o seis años en el p oder y no se alude a n in guna iniciativa que h u b iera podido ayudarle a m antenerse p or la fuerza contra u n rechazo general. Ello per mite al m enos co n jetu rar que repre sentaba al conjunto de los que se opo n ía n a los Pediéis y que su expulsión se produjo cuan do los A lcm eónidas con siguieron lid era r en su contra a u n a parte de la facción, y sólo a una parte, puesto que tuvieron que aliarse con Licurgo p ara lograr su objetivo. Ese y no otro puede h a b e r sido el m om ento de la escisión, que tam poco parece h ab e r resultado duradera. O tro d eta lle significativo es que Pisistrato no fuera d esterrad o sin o sim plem ente separado del poder, después de lo cual perm aneció, según se ha deducido de H eródoto (1.60.1 y 1.61.2), en sus reales de B raurón, sin duda recuperando fuerzas.
La explicación que b rin d a H eró doto sobre el segundo acceso de P isis trato al p o d er es tan sorprendente com o sugerente. Dice el h istoriador que M egacles y Licurgo volvieron a la discordia y que el prim ero envió un m ensajero a Pisistrato proponiéndole que, si desposaba a su hija, le daría com o dote el gobierno del estado. Está claro que Megacles no pisaba un terre no firme, puesto que, lejos de sacar ventaja de la ausencia de Pisistrato, tuvo que recurrir al expediente de lla m arlo de nuevo p ara p o d er resistir la
oposición de Licurgo, y parece haber tratado de m an ten e r su figura dentro de la facción p o r m edio de la alianza m atrim onial. Verosímilm ente, las fuer zas en frentadas a los Pediéis h ab ían seguido a P isistrato cu an d o pidió la guardia y de algún m odo seguían sién dole fieles. Los A lcm eónidas co nti n u ab a n m arcados p o r el estigm a de la m atan z a de los de C ilón, y, p or esa razón o p o r otra, aparecen m ás bien com o un instru m ento de Pisistrato que com o los líderes de u n a facción.
La segunda expulsión de Pisistrato fue debida evidentem ente a u n a acu sación de tiran ía, que llevó consigo el destierro y la confiscación de sus b ie nes. Pisistrato no opuso resistencia arm ad a y salió del Atica. Los hechos acusan u n a n o rm alid ad constitucio nal asum ida p o r P isistrato, pero H eró doto (6.121.2) dice que Calías, de quien sabem os que era cabeza ácXgenos eleu- sino de los Kérykes, es decir un pediéis, fue el único ateniense que se atrevió a co m p rar las p ropiedades del deste rrado. C onservaba sin du da u n a fuer za im portan te y fue objeto de una conspiración legal p o r parte de sus v erd ad ero s enem igos políticos, los
Pediéis, algunos de cuyos no m b res
conocem os.
El papel de los A lcm eónidas en este episo dio resulta gris y enigm ático: según H eródoto y Aristóteles, M ega cles se había vuelto a reconciliar con Licurgo p o rq ue P isistrato se negaba a tener descendencia con su hija, d eb i do a la m an ch a que afectaba a los Alc m eónidas. Resulta curioso que los es crúpulos en este sentido fueran de P i sistrato fren te a M egacles y no de éste frente al tirano. Lo cierto es, en cu alquier caso, que tam poco esta vez logró M egacles h acer carrera política, y, cuan do Pisistrato regresó de nuevo p or propia iniciativa y tom ó definiti vam ente el poder, ya no tuvo u n a o p o sición eficaz. A ello p uede h ab e r c o n tribuido el destierro de los Alcmeónidas, que en efecto se produjo, según revela H eródoto (1.64.3), pero en todo caso
A. RESTOS SEPULCRALES
O Tumbas del Heládico tardío. Θ Tumbas del período
Submlcénlco.
• Tumbas del período Geométrico. 1. Cercado de tumbas.
B. AGORA PRIMITIVA (llamada
Agora de Teseo)
Las construcciones se llevaron a cabo hasta finales del s. VII a. de C. e incluían pequeños santuarios y edificios públicos:
2. Santuario de Blante.
3. Santuario de Afrodita Pandemos en cuyo recinto se reunía la · Asamblea.
4. Santuario de Gea Curótrofos. 5. Santuario de Deméter Cloe. 6. Ciloneo. El Agora y la Acrópolis (Siglo VI a.C.) Según Traulos 7. Bucigio. 8. Santuario de Aglauro. 9. Anaceo. 10. Tesmoforión. 11. Eleusinio.
12. Pritaneo (Sede del Arconte Epónimo y lugar de recepción de embajadores y personajes importantes).
13. Bucoleo (Sede del Arconte Basileus).
14. Epiliceo (Sede del Arconte Polemarco).
15. Tesmoteteo (Sede de los arcontes Tesmotetas). 16. Heliea (Lugar de reunión de
la asamblea constituida en tribunal de justicia).
C. AGORA
17. Muralla del s. VI a. de C.
18. Altar de los doce Dioses. 19. Leocorio (?).
20. Santuario de Zeus Eleuterio. 21. Templo de Apolo Patroo. 22. Templo de la Madre de los
Dioses. 23. Viejo Buleuterio. 24. Pritaneo. 25. Mojón del Agora. 26. Santuario triangular. 27. Santuario de Teseo. 28. Enneacrunos (fuente llamada
anteriormente Calírroe).
29. Dromos. 30. Orquestra. 31. Tlranicidas.
La form ación de la de m o cra cia ateniense. II. 37
Pisistrato parece h ab e r aglutinado las dos supuestas facciones, y en este sen tido a p u n ta tam b ién la presencia de C lístenes el A lcm eónida entre los ar contes del año 526, que sólo se ex plica asu m iendo u na nueva reconci liació n en tre esta fa m ilia y la del tirano.
Estas relaciones entre Pisistrato y los A lcm eónidas perm iten conjeturar, a nuestro juicio, que pertenecían en realidad a u n a m ism a facción, opues ta a la de los Pediéis, y no tendría nada de extraño que el esquem a tripartito respondiera a u n a m anip u lació n de la tradición destinada a m agnificar el p ap e l de los A lc m e ó n id a s en ese período. En tal caso, el nom bre de
Páraloi ten dría quizá m ás sentido, por
cuanto que la Paralía, considerada en conjunto, y el Pedíon h a b ría n sido las regiones m ás significativas en la dis tribución territorial de los elem entos m ás prom inentes de las dos faccio nes. En la designación com prensiva de Páraloi p o d ría n h a b e r q u ed ad o incluidas inicialm ente las áreas geo gráficas de influencia de los A lcm eó nidas y de Pisistrato; la zona de M ara tón, tam bién costera, que se considera com o afecta a P isistrato p o r el hecho de h a b e r llevado a cabo allí su desem barco en su tercer intento de hacerse con el poder; y posiblem ente tam bién las áreas de colinas del Parnaso, el Pentélico y el H im eto, que b o rd e ab an
Grupo de animales
(Hacia el 500 a.C.) Olimpeion, Atenas
la llan u ra y que estaban pobladas sin d uda por agricultores pobres. Estos últim os serían los Hyperácrioi, Diácrioi
o Epákrioi. Todo este conjunto, unido
a algunos elem entos de la ciudad p ro piam en te dicha, podría representar u na m ayoría en la Ekklesia, si en ver dad se conseguía que hiciera acto de presencia en ella, au n q u e los Thetes no tuvieran aú n derecho al voto. Pero, especialm ente en este supuesto, que parece en general a los historiadores com o el m ás verosím il, la b alan za podía inclinarse del lado de los Pediéis