• No results found

Chapter 4: Implementation

4.4. LiveLearning Mobile Learning System

4.4.1. Server Application

Según la versión del cuento de los hermanos Grimm, las hermanastras no se conformaron con arrugar un poco los deditos de los pies para hacerlos encajar en el zapato, y tampoco desistieron del intento con el primer fracaso. Estaban dispuestas a todo con tal de conseguir su objetivo. Les transcribo literalmente un fragmento del cuento:

La mayor entró con el zapato en su cuarto para probárselo, su madre estaba a su lado, pero no se lo podía meter porque sus dedos eran demasiado largos y el zapato muy pequeño; al verlo, su madre le dijo alargándole un cuchillo: «Córtate los dedos pues cuando seas reina no irás nunca a pie». La joven se cortó los dedos.

(…)

Entró la segunda hermana en su cuarto con el zapato y se lo metió bien por delante pero el talón era demasiado grueso; entonces su madre le alargó un cuchillo y le dijo: «Córtate un pedazo del talón, pues cuando seas reina, no irás nunca a pie». La joven se cortó un pedazo de talón.

La madrastra de Cenicienta se comporta como una verdadera madrastra con sus propias hijas y les da unos consejos desastrosos. Según ella, llegar a «ser reina» justifica cualquier renuncia o sacrificio. Su argumento viene a decir algo así como: «Lo que hace falta es conseguir a un hombre a cualquier precio. Total, si tienes a un hombre junto a ti, nunca más tendrás que caminar por ti misma».

Es fácil comprender que alguien quiera ocultar sus defectos y disimular sus imperfecciones para seducir a otra persona. Pero ¿qué pasa cuando una mujer se siente obligada a disimular sus virtudes y a esconder sus logros para sentirse aceptada por un hombre? ¿Qué pasa cuando una mujer se mutila una parte

importante de sí misma con tal de conseguir a un hombre?

Increíble pero cierto. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, y nos fijamos con atención, va a resultar que conocemos a unas cuantas mujeres que no han dudado en amputarse a sí mismas el talón o los dedos con tal de encajar en algún estrecho zapatito de cristal.

Ingrid

Ingrid, estudiante brillante de arquitectura con una carrera prometedora, está enamorada de Eduardo, camarero. Ingrid pasa noches en blanco porque tiene que entregar proyectos, pero si al día siguiente Eduardo quiere salir, ella sale. No viven juntos, pero cuando Ingrid se queda en casa de Eduardo, en vez de estudiar para sus exámenes, aprovecha para plancharle las camisas y demostrarle que a ella no se le caen los anillos por cuidar bien de él, porque su amor es mucho más importante para ella que su carrera. En realidad Eduardo es mucho más importante para ella que cualquiera de sus actividades.

A Eduardo le gusta la noche y si él quiere trasnochar hay que trasnochar, aunque Ingrid tenga que madrugar al día siguiente. Ingrid no sería capaz de quejarse ni de protestar porque no quiere parecer aburrida. Ya dormirá otro día. A lo largo de los meses de relación, apenas ha recibido algún detalle de su Eduardo, pero eso sí, si salen juntos, ella paga. No se queja, porque «no quiere subrayar la diferencia económica que hay entre ellos, para no hacerle sentir mal, ni parecer materialista».

Eduardo piensa que el reloj es un instrumento anticuado que sólo sirve para amargar la vida a los burgueses, y como él no lo es… vive al margen del tiempo y del reloj. Así, cuando dice «inmediatamente paso a por ti», y llega tres horas más tarde a recogerla, no entendería que Ingrid se enfadara, de manera que ella, aunque esté furiosa por haber perdido tres horas esperando, se aguanta y no protesta para no parecer una «esclava de los horarios y del trabajo». Ingrid esconde sus éxitos profesionales para no agobiar a Eduardo y sus temas de conversación han quedado reducidos a los pocos terrenos que Eduardo domina: coches, fútbol y

algo de música. Todo lo demás está vedado, porque según él son «gilipolleces». Ingrid se aburre terriblemente con los amigos de Eduardo, pero se aguanta para no desentonar, además, sus propios amigos están prohibidos porque a Eduardo le parece que sus compañeros de facultad «siempre están hablando tonterías y son unos pijos». Hace mucho que Ingrid no va al cine a pesar de que le encanta… y así sucesivamente…

Es evidente que los mundos de Eduardo y de Ingrid son muy distintos, pero eso no sería un problema, porque ambos podrían enriquecerse con la diferencia. El problema es que esas diferencias, que Ingrid siente que los separan, ella las resuelve amputando aspectos importantes de sí misma: sus estudios, sus intereses, sus inquietudes. Que no se sepa que ella es lista, que nadie note que a ella le interesa la literatura, que nadie vaya a pensar que ella es una de esas «pijas» que estudia y que disfruta con su profesión. Si quiere mantenerse al mismo nivel de Eduardo y no desentonar, tendrá que recortarse el talón para entrar en el zapatito.

La historia de Ingrid y Eduardo terminó. Él dejó a Ingrid por otra, por otra que nadie se habría atrevido a comparar con Ingrid. Una más simple, menos guapa, más rústica y menos fascinante que Ingrid. Una, cuyo pie encajaba con naturalidad y sin que nada le sobrara en el único zapatito de cristal que Eduardo podía ofrecerle a una mujer.

Mientras que el hombre Pigmalión piensa que su Cenicienta es una mujer a la que él puede transformar en princesa y dedica un gran esfuerzo e interés en esa transformación, la Mujer-Hermanastra tiene peor concepto de su pareja. Ella piensa que su pobre Eduardo es un ser incapaz de cambiar y que es ella la que generosamente tiene que renunciar a sus propios logros para adaptarse, por eso se mutila los talones y se hace la coja para acoplarse a él. La de Ingrid y Eduardo es una pareja compuesta por una ¡Súper Cenicienta! y un ¡Pobre dios!

Por mucho que un hombre nos prometa que junto a él «nunca más tendremos que ir andando», más vale contar con nuestras extremidades al completo para poder pisar firme y caminar con nuestros propios pies. En la vida no tenemos que restarnos nada, todo lo que sea sumar y multiplicar está muy bien. Para dividir, para restar, ya está la realidad, no hace falta que nosotras mismas nos quitemos méritos.

Ya sé que en las zapaterías este tema es mucho más fácil de tratar que en la vida, pero ¿por qué una mujer no se prueba unos cuantos hasta encontrar uno de

su talla? Más o menos de su talla, tampoco el hombre elegido tiene que ser «la horma de su zapato». Basta con uno que le siente bien, ni demasiado estrecho ni demasiado holgado. Uno con el que pueda atravesar una larga jornada sin sufrir demasiado. Uno que no le obligue ni a estirar los dedos de los pies, ni a pasar todo el día de puntillas, ni a mutilarse el talón.

El pitido que anuncia que estamos en presencia de un pecado espantoso de impostura es la incomodidad. Esa sensación de esfuerzo permanente, de tener que estirar el cuello o meter tripa para dar la talla, portarse bien o no excederse para que el otro se sienta cómodo.

Contra este pecado no hay más virtud que algo aparentemente tan sencillo como ser tal cual como uno es, y colocarse en los propios zapatos. No poder ser tal cual como uno es, es un pecado penosísimo. Ni tanto, ni tan poco, ni más ni menos, ni mejor ni peor.

Puestas a ser Cenicientas, el único papel que vale la pena representar es el de esa que sale corriendo a las doce y deja al Príncipe con las ganas, dispuesto a buscar a la mujer de sus sueños donde se esconda, dispuesto a poner la ciudad literalmente patas arriba hasta encontrarla.

Related documents