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5.3 The Socket Server

5.3.5 Server Requests to the Comms Tool

c Método

Variables Efectos

1. Mantener Exigir reglas y ho- Desarrolla el hábi- exigencias rarios minuciosos to de la sumisión triviales Obligar a escribir

2. Demostrar r Confrontaciones Sugiere la inutili- "omnipotencia" Da la cooperación dad de resistir y "omniscien- por descontada

cia" Demuestra control completo sobre el destino de la víc- tima Atormenta con posibles favo- res 3. Generosidad

ocasional Favores imprevi- sibles Premios por sumi-

sión parcial Promesas de mejor

trato Cambios en la ac- titud del guardidn Cortesía inesperada

Ofrece motivación positiva para su-

misión Refuerza aprendi-

zaje Impide la adapta- ción a la carencia 4. Amenazas De muerte o tortu-

ra De aislamiento e interrogatorios sin fin Contra la familia y compañeros Cambios miste- riosos en el trato Amenazas vagas y terribles Cultiva la an- siedad, el miedo y la desesperación pensado o de lo que podrían llevar a concluir ciertos estudios de labora-

torio.

Sobre la dificultad de cambiar las actitudes básicas de la persona dan fe aquellos métodos que desde 1951 se conocen con el nombre de "lavado cerebral", término con el que Edward Hunter (1951, 1956) traducía el término chino "hsi nao". Las técnicas del "lavado cerebral" se hicieron famosas durante la Guerra de Corea, cuando los chinos trata- ron de cambiar la mentalidad de los prisioneros (ver Recuadro 20). A pe- sar de lo extremo de la situación en que se aplicaron las técnicas y de los esfuerzos realizados, los resultados obtenidos fueron más que magros: muy pocos prisioneros se plegaron a los cambios inducidos y menos aún han mantenido la nueva actitud (ver Lifton, 1963; Schein, Schneier y Barker, 1971).

En Guatemala recientemente se ha producido un hecho que ha vuel- to a poner sobre el tapete la cuestión del lavado cerebral. El 9 de junio de 1981, el P. Eduardo Pellecer, un joven jesuita guatemalteco, era violen- tamente secuestrado en plena calle por fuerzas de la policía. Su detención fue negada por los cuerpos de seguridad, hasta que al fin compañeros, familiares y amigos lo dieron por muerto. Sin embargo, el 30 de sep- tiembre, en un verdadero golpe teatral, el gobierno guatemalteco invitó a una "conferencia de prensa", donde el P. Pellecer, como en los mejores tiempos de Corea, hizo su autoconfesión, incriminó a todos aquellos que anteriormente habían sido sus hermanos y colaboradores, y-pidió publi- camente perdón por el mal cometido con su apostolado sacerdotal en be- neficio de los pobres y oprimidos. Desde entonces, el P. Pellecer ha sido exhibido por televisión y en cuidadosas representaciones ofíciales en di- versos países latinoamericanos, pero en ningún momento ha sido dejado en libertad ni ha podido abandonar la "protección" de los cuerpos de se- guridad guatemaltecos.

No cabe duda de que, en el caso de P. Pellecer, no se trata de una "conversión", al menos en el sentido de un cambio voluntario y profun- do en las opciones de la persona; la duda está sobre si el cambio aparente de su actitud se debe explicar en virtud de alguna forma de lavado ce- rebral o basta para explicarlo el control total que la policía sigue ejercien- do sobre su vida. Su manera mecánica y compulsiva de hablar abona la tesis del lavado cerebral; el que los cuerpos de seguridad guatemaltecos sigan manteniendo aislado, oculto y bajo su control al P. Pellecer apoya la tesis del temor y la amenaza. Pero, cualquiera sea la razón —y quizás los dos factores entren en juego— el caso del P. Pellecer muestra lo dificil que resulta producir un cambio profundo de actitudes.

Estos dos casos, el de un cambio de política y el de un cambio perso- nal, muestran la importancia que tienen las actitudes en los procesos his- tóricos o, al menos, el valor que puede tener el concepto de actitud para analizar los hechos psicosociales más significativos en la vida de una so- ciedad. Como ya indicábamos antes, es muy común la opinión de que pa-

Método Variables Efectos Impedir higiene personal Ambiente sucio, infestado Castigos deshonro- sos Diversas humilla- ciones Ofensas e insul- tos Falta de privacidad Oscuridad o luz brillante Sin libros ni en-

tretenimientos Ambiente monótono

Restricción del mo- vimiento Ausencia de estímu- los normales Completo aislamien- to físico Encierro en soledad Semi-aislamiento Aislamiento en gru- pos pequeños Dieta de hambre mortal Abandono frente a elementos naturales Utilización de heri- das Inducción de enfer- medades

Hace aparecer que seguir resistiendo es más perjudicial para la propia esti-

ma que la su- misión Reduce al pri- sionero a preocu- parse de valores "animales" Fija la atención en la situación des- agradable Propicia introspec- ción Frustra cualquier acción que no sea

la sumisión Elimina distraccio- nes Desarrolla intensa preocupación con uno mismo Elimina apoyo so-

cial Vuelve a la vícti-

ma dependiente del interrogador Debilita la capaci-

dad física y men- tal de resistir 5. Degradación 6. Control de la percepción 7. Aislamiento 8. Debilita- miento y agotamien- to inducidos

Método Variables Efectos

Encierro prolongado Permanecer de pie largo tiempo No dejar dormir I nterregatori os pro- longados Esfuerzos excesivos Tensión prolongada Fuente: Watson, 1978, págs. 292-293. 246

ra que se puedan producir cambios sociales significativos, primero tienén que darse cambios en la actitud de las personas. Un ejemplo concreto de esta postura lo constituye el librito de Fernando Durán, "Cambio de mentalidad, requisito del desarrollo integral de América Latina" (1978). El autor, un psicólogo vinculado al Centro para el Desarrollo Económico y Social de la América Latina (DESAL), mantiene que es necesario transformar el "carácter latinoamericano", ya que sus rasgos actualés representan "un obstáculo al desarrollo integral" (pág. 13) de las so- ciedades de América Latina. El trabajo de Durán hace agua por varios lados, y no es el 'tenor de sus fallos un psicologismo que no llega ni siquiera a weberiano. Con todo, no se puede ignorar lo que de verdad hay en pos- turas como la•de Durán. Si no fuera por otra razón, los problemas de Cu- ba, donde a veinte años de la revolución castrista todavía muchos miles de personas buscan el horizonte consumista de los Estados Unidos, nos obligan a pensar que, como afirmaba Wilhelm Reich (1933/1965), los regímenes sociales no se estabilizan mientras no se asienten en el carácter de la población.

2. EL CONCEPTO DE ACTITUD.

El concepto de actitud está de tal manera arraigado en nuestra cultu- ra, que resulta un término de uso casi cotidiano. Esto no quiere decir que siempre o en todas partes se emplee con la misma significación, o que el sentido que le da el uso coloquial del término equivalga a su sentido téc-

nico. En general, el significado que se suele asignar al término es el que ofrece el diccionario, "disposición de ánimo". Afirmamos, por ejemplo, que nos encontramos en una actitud positiva hacia los cambios.sociales o

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que hemos adoptado una actitud de severidad hacia uno de nuestros hi- jos, qué tenemos una actitud agresiva hacia los negocios o que hemos to- mado una actitud crítica frente a lo que dicen los periódicos.

Etimológicamente, "actitud" es un término que surge en castellano a comienzos del siglo XVII y que proviene del italiano "attitudine". Con este término los críticos de arte italianos aludían a las posiciones que el artista daba al cuerpo de su estatua o de su representación gráfica y con las cuales pretendía evocar cierta disposiciones anímicas de la persona representada. ¡Actitud, por tanto, es una postura corporal en la que se materializa y expresa la postura del espíritu. De hecho, los psicofisiólo- gos mantienen que una actitud no puede ser separada de la postura que constituye su materia. Desde un punto de vista motor, actitud es una ma- nera de mantener el cuerpo, ya que mientras una posición se da, una pos- tura es adoptada o mantenida. De ahí la expresión de "adoptar una acti- tud". El sustrato postural de la actitud radica en una actividad particular de la musculatura llamada tónica. El tono (del griego "tonos", que signi- fica tensión) es un estado de contradicción ligera y permanente de los minúsculos estriados que asegura el equilibrio del cuerpo en resposo y el mantenimiento de las actitudes, y está controlado por centros cerebrales y del cerebelo. Cuando una persona se encuentra con la tensión y la fuer- za adecuadas para la actividad, se dice que "está entonada".

La actitud es, pues, desde una perspectiva corporal, una estructura preparatoria, una orientación determinada del cuerpo que prepara al in- dividuo para percibir y actuar de determinada manera. Por ello, la acti- tud corporal expresa y canaliza la actitud psicosocial, a la que sirve .de sustento, pero sobre la cual también puede ejercer un influjo. Es bien sa- bido que cuando, por exigencias de su trabajo o de su rol social, una per- sona tiene que adoptar una actitud, así sea de fachada, el mantenimiento de ese esquema postural termina por influir su espíritu y la persona acaba sintiendo aquello que sólo fingía.

El carácter preparatorio de la actitud corporal constituye el correla- to del carácter preparatorio que define a la actitud psicosocial. Según la definición clásica de Gordon W. Allport (1935, pág. 810), "una actitud es un estado de disposición mental y nerviosa, organizado mediante la experiencia, que ejerce un influjo directivo o dinámico en la respuesta del individuo a toda clase de objetos y situaciones". La idea central es que la actitud supone una preparación de la persona para actuar de una u otra manera ante cada objeto y, por tanto, la transitoriedad de cada compor- tamiento queda anclada en la estabilidad de lo que son disposiciones de la persona. De este modo, con el concepto de actitud se pretende ofrecer una respuesta a la psicología como ciencia cuando busca un principio unificador de la diversidad de conductas así como un principio que vin- cule lo individual con lo social, lo personal con lo grupal.

La actitud como tal no es visible ni directamente observable. Se trata de una estructura hipotética, un estado considerado como propio de la

persona, pero cuya existencia sólo se puede verificar a través de sus mani- festaciones. Es difícil, por consiguiente, afirmar si alguien tiene realmen- te una actitud mientras no se observe su proceder. Por otro lado, para definir el carácter y naturaleza de las actitudes es necesario actuar sobre ellas, lo que significa que sólo cuando se logra producir un cambio de ac- titud en alguien puede deducirse en forma lógica lo que constituye la esencia de una actitud. La diversidad de teorías y modelos que se han for- mulado acerca de las actitudes proviene de los intentos prácticos que se han hecho por lograr cambiar las actitudes de grupos o personas en dife- rentes situaciones. Puede afirmarse que la conceptualización de lo que son las actitudes depende de la forma concreta como se ha conseguido o se ha creído conseguir el cambio de actitud de las personas.

Tomando como punto de orientación este esquema que va del cam- bio de las actitudes a la definición de su naturaleza, podemos distinguir tres enfoques predominantes en la psicología social: el enfoque de la comunicación-aprendizaje, el enfoque funcional y el enfoque de la con- sistencia.

2.1. El enfoque de la comunicación-aprendizaje.

Si tenemos la paciencia para sentarnos ante la televisión y con- templar alguno de los "enlatados" norteamericanos con que diariamente

se nos obsequia, podremos ver a la hora de los anuncios alguna bella ar- tista de cine recomendándonos usar un determinado jabón que a ella le ha ayudado a conservar "su cutis terso" o emplear un determinado "champú" que le permite mantener su pelo "limpio y sedoso". En tiem- pos electorales, no faltará algún conocido deportista o profesional que nos recomiende votar por tal o cual partido, por tal o cual candidato. El mecanismo es bien conocido: se trata de aprovechar el prestigio que la persona tiene en algún área determinada (la belleza, el fútbol, la medici- na) para influir en nuestro ánimo y convencernos de que compremos tal producto o votemos por tal partido, es decir, para despertar en nosotros una actitud positiva hacia ese producto comercial o ese partido político. La importancia que tiene la fuente informativa para lograr influir en las personas que reciben una información fue investigada sistemática- mente por un grupo de psicólogos sociales como parte de un programa más amplio desarrollado en la Universidad de Yale bajo la dirección de Carl I. Hovland. Así, por ejemplo, Hovland y Weiss (1951) probaron que una comunicación que proviene de una fuente con mucha credibili- dad para el auditorio es más persuasiva que la misma comunicación transmitida por una fuente con poca credibilidad. Los investigadores uti- lizaran cuatro informaciones, y cada una de ellas la transmitieron a dos grupos, en un caso como procedente de una fuente muy creible, en el otro como procedente de una fuente poco creible. Las informaciones se referían a la necesidad de vender los anti-histamínicos sin receta médica, a la responsabilidad de la industria del acero en la escasez de este produc- to, al futuro del cine ante la aparición de la televisión y a la conveniencia de construir submarinos atómicos. Los resultados indicaron que la infor- mación transmitida por la fuente creible produjo un cambio de opinión en 16.4% más de personas que la transmitida por la fuente poco creible. Con todo, la diferencia del efecto entre unos y otros desapareció cuatro semanas más tarde, disminuyendo el influjo sobre unos y aumentando sobre otros, lo que fue llamado "el efecto del durmiente" —el influjo a mediano y largo plazo.

Hovland consideraba que si una fuente creible producía más cambio de opinión que una no creible era debido a su asociación con refuerzos positivos, lo que incrementaba la probabilidad del aprendizaje (ver Hovland, Janis y Kelley, 1953). De hecho, Hovland estaba aplicando al campo de las actitudes la teoría sobre el aprendizaje enunciada por Clark L. Hull: una actitud se cambiaba mediante un proceso de aprendizaje utilizando los debidos refuerzos.

Hull (1943, 1952) consideraba que había diversas variables que intervenían entre el estímulo y la respuesta. La más importante de ellas es el potencial de reacción, que se puede definir como la capacidad que po- see un organismo en un momento determinado para responder de un mo- do u otro a un estímulo. El potencial de reacción es una función multipli-

cativa de una pulsión y otros factores como la intensidad del estímulo o la magnitud del incentivo. Según Hull, una pulsión es todo estímulo in- terno del organismo que dinamiza su conducta. Habría dos tipos de pul- siones: una pulsión general, que produce un incremento general de la ac- tividad, y estimulaciones específicas, que conducen a respuestas particu- lares, innatas o aprendidas. La fuente básica de las pulsiones son, según Hull, las necesidades primarias.

Hovland aplicó los conceptos de potencial de reacción o pulsión a las actitudes, que definió como "aquellas respuestas implícitas" por las que el individuo tiende a acercarse o a alejarse de "un determinado obje- to, persona, grupo o símbolo" (Hovland, Janis y Kelley, 1953, pág. 7). Las actitudes poseen un "valor pulsional" que les permite poner en marcha el comportamiento de las personas. Ahora bien, puesto que el ser humano es un organismo racional, las actitudes están íntimamente liga- das con las opiniones, que Hovland define como "una amplia serie de anticipaciones y expectativas". Tanto las opiniones como las actitudes son aprendidas: "las opiniones, como otros hábitos, tenderán a conser- varse a menos que el individuo tenga nuevas experiencias de aprendizaje" (Hovland, Janis y Kelley, 1953, pág. 10). Un cambio de opinión producirá un cambio en la actitud correspondiente: "asumimos que la aceptación depende de los incentivos y que, para cambiar una opi- nión, es necesario crear un incentivo más grande para realizar la nueva respuesta implícita que para realizar la antigua" (pág. 11).

Aunque el grupo de Yale concebía la actitud desde la perspectiva del aprendizaje, era también consciente del enraizamiento social de las acti- tudes y de que el aprendizaje de las actitudes tiene lugar en el grupo al que se pertenece. Las ideas de los individuos dependen en buena medida de su grupo, que les transmite ciertas creencias, opiniones y puntos de vista, así como les premia unas creencias mientras les castiga otras. Hovland y sús colaboradores utilizaron la concepción de Kurt Lewin sobre la pertenencia de los grupos y la integraron a su esquema sobre las actitudes. De ahí su énfasis en los procesos de comunicación social como ámbito peculiar para la formación y el cambio de actitudes.

A la luz del modelo de Hovland sobre las actitudes, se han realizado numerosas investigaciones orientadas a determinar las condiciones en que una comunicación puede ser más convincente y lograr un influjo ma- yor en.la, audiencia. En el Recuadro 21, se muestran algunas conclusiones sacadas de estos experimentos acerca de las características de quien trans- mite la información y la forma como la transmite. En síntesis se puede afirmar que para que una persona cambie su opinión y, por consiguiente, su actitud acerca de un objeto es necesario que atienda a la información que se le transmite, que comprenda el argumento y sus conclusiones, y que, al experimentar o anticipar los beneficios que van aparejados con el nuevo punto de vista, acepte cambiar su opinión y su actitud. Para que me incline a comprar el jabón enunciado, primero tendré que prestar

atención a la figura de Michelle Pfeiffer o Ali McGraw en televisión, lo que noparece difícil supuesto el carácter de este medio de comunicación. Más difícil será que me convenza de que estas artistas conservan su belle- za o "la tersura de su piel" utilizando el jabón de marras. Claro que todo es posible, y bien pudiera suceder que, en mi próxima visita al supermer- cado o a la droguería, al ver el jabón de esa marca me decida a comprarlo sin una conciencia clara de por qué.

El grupo de Yale ha sido pionero en la investigación sobre las actitu- des. Basta ver los nombres de quienes, en uno u otro momento participa- ron en él (Carl I. Hovland, William J. McGuire, Irving L. Janis, Jack W. Brehm, Milton Rosenberg, Robert P. Abelson, Harold H. Kelley y otros), para comprender su carácter seminal respecto a la psicología so- cial contemporánea. Pero por ello mismo ya en este trabajo se en- cuentran algunos de los principales defectos que aquejan a la corriente predominante en psicología social, principalmente su ahistoricidad y ciertos presupuestos filosóficos.

La falta de sentido histórico en el modelo de la comunicación-

aprendizaje está ligada a su orientación experimental. A pesar de que la

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