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Carlos de Foucauld, convertido, se siente irresistiblemente impulsado a encerrarlo todo en el amor de Jesús, y este amor le empuja a la imitación. Una necesidad imperiosa de imitar en su vida a Aquel a quien ama, tal es la actitud de alma inicial que decidirá su vocación. Esta necesidad de imitación, en el grado en que la encontramos en el padre De Foucauld, es bien característica. Para él Jesús es un ser completamente vivo, cuyas huellas quiere seguir apasionadamente. No se contenta con adherirse interiormente a Jesús, uniéndose a él con todo su amor, reproduciendo sus virtudes; quiere también una conformidad exterior de estado de vida[43]. Es la lógica de un amor que se expresa en él

con todas las modalidades y las exigencias de un amor profundamente humano. Nada de sutilidades, nada buscado ni complicado: amará a Jesús como se ama al amigo más querido. Evidentemente, siempre será fácil criticar la minuciosidad, a veces casi material, de su necesidad de imitación, o sonreír a la lectura de algunas de sus meditaciones acerca de Nazaret, o encontrar tal vez un poco rígida e inhumana su evocación de las costumbres de la Santa Familia. Sería inaceptable en la medida en que erigiera estos elementos de una vida de amor, desenvolviéndose según un modo muy personal en principios y directivas más generales, y en la medida en que pretendiera imponerlos a otros, que no fueran él –y concedamos que no siempre supo evitar este escollo en el trazado de sus reglamentos–. Pero, hecha esta reserva, ¡qué lecciones de sencillez, de lógica generosa en el amor, encontramos en esta alma, que llegó tan súbitamente al espíritu de la infancia espiritual! ¿Es que no cedemos con demasiada frecuencia a un cierto amor propio humano, que nos paraliza todavía inconscientemente y nos impide comprometer todo nuestro ser en nuestro amor, como lo hacen los niños? Jesús es hombre: es un amigo incomparable, un hermano mayor muy atento y vigilante, siempre presente. El amor que debemos sentir por él, ¿no tendrá que expresarse con toda la responsabilidad de nuestro corazón humano? «Felipe, quien me ha visto, ha visto al Padre».

Tenemos, sin duda, que desconfiar de las ilusiones sentimentales y sensibles. Y es precisamente por esto por lo que un amor semejante, basado en la fe, debe estar también cimentado en una humildad que sea una verdadera desposesión de sí mismo. Nos devolverá la verdadera y profunda espontaneidad del niño que se compromete por entero en cada uno de sus gestos de amor. El mayor obstáculo que se opone al desarrollo y al florecimiento de la caridad consiste casi siempre en una cierta «opacidad»[44]

de nuestro ser, producida por ese apego a nosotros mismos, tan profundamente enraizado en todos los hombres. Nos encontramos tan a menudo en una actitud de rigidez, consecuencia de un amor propio latente, más o menos consciente y todavía imperfectamente vencido.

necesidad de adherirse al amigo, de imitarle lo más completamente posible. Nuestro amor hacia Jesús no podría escapar a esta ley. Debemos procurar, con todo el peso de nuestra caridad hacia Dios, una entera conformidad con el Verbo Encarnado. Lo único que variará, según los estados de vida y las vocaciones individuales, es la forma de esta imitación: la que adoptó el hermano Carlos de Jesús le es muy personal. Lo que debemos buscar a través de las meditaciones escritas por el ermitaño de Nazaret es esa disposición más general de humilde sencillez en el amor. Dejemos de lado algunas representaciones un poco estrechas y escuchemos en nuestro interior el eco de esos gritos de amor tan espontáneos, tan verdaderos, que brotaban de un corazón de adulto al que el amor devolvió la frescura de la niñez.

Nuestra vocación de Hermanito de Jesús debe también brotar de una necesidad de imitación por el amor. Este estado de alma me parece importante para que la sencillez de nuestra forma de vida adquiera todo su significado. Esta necesidad de imitación por el amor cae precisamente dentro de lo que llamamos la vida de Nazaret. El padre De Foucauld no se sintió llamado en modo alguno para la vida de ministerio sacerdotal. Esta decisión tajante, claramente entrevista desde los primeros retiros, es irrevocable. En adelante su vida quedó comprometida en la imitación de la vida de Jesús en Nazaret. Vamos a intentar el análisis de las principales etapas de su ruta espiritual. Observemos, para empezar, que el padre De Foucauld irá descubriendo sucesivamente los elementos del misterio de Nazaret, a medida que su evolución interior le coloque, justamente, en la posición de comprender y vivir cada uno de esos elementos. Las exigencias del crecimiento en la caridad serán las que le lleven al descubrimiento, uno tras otro, de todos los aspectos de su ideal. Podríamos decir sin equivocarnos que el orden seguido en este descubrimiento corresponde con el orden en el que debemos intentar vivir los diversos aspectos de nuestra vocación. Por la misma razón no nos sorprenderá encontrar en sus primeras concepciones, exageraciones, exclusivismos, que irán eliminándose a continuación como por sí mismos.

I

Una primera etapa va desde su conversión hasta el final de su estancia en Tierra Santa. Su deseo de imitación está dominado entonces por una necesidad intensa de realismo concreto, casi minucioso, que llega al extremo de querer vivir en los lugares mismos en que vivió Jesús. Esto fue el fruto de su viaje a Tierra Santa. Su amor experimenta en ese momento la necesidad de nutrirse por medio del contacto material con los sitios, las piedras, la tierra, el aire y los horizontes santificados por el paso del Bienamado. Lo cual es para él la fuente de una felicidad indecible. Esta reconstitución topográfica le lleva, como de la mano, a la composición de una especie de guía, a fin de poder seguir a Jesús en todos sus desplazamientos, día tras día, y que tituló: Ensayo para hacer compañía a Jesús.

Una devoción semejante es, sin duda, la forma de un amor bastante imperfecto aún. Piensa uno, inevitablemente, en las palabras de Jesús a sus apóstoles: «Es bueno para vosotros que yo me vaya». Pero todo eso no es sino una etapa, lo mismo que la

composición de lugares, para ciertas almas, un preludio necesario a la oración. De todos modos, el hermano Carlos lo reconocerá muy pronto él mismo, al subrayar en una de sus meditaciones que el hecho de vivir en Tierra Santa no podría equivaler al bien espiritual de una sola alma en el mundo. Sin embargo, el padre De Foucauld guardará siempre el recuerdo de su paso por el país de Jesús; durante algún tiempo necesitará de una especie de composición de lugar al comienzo de su oración, y por sobria y breve que sea dicha composición, siempre será un recuerdo de los años de Nazaret y de Jerusalén.

A partir de su conversión, Carlos de Foucauld verá el misterio de la vida del Hijo de Dios en Galilea como a través de una necesidad incoercible de búsqueda de la abyección; esta palabra reaparecerá continuamente bajo su pluma. El concepto que va formándose acerca de la vida de Jesús en Nazaret aparece justamente incluido por ello y de una manera a veces un tanto exagerada. El atractivo que ejerce en su ánimo la abyección se acompaña, naturalmente, de un deseo igual de humildad, de obediencia y de pobreza, de mortificación y de penitencia. No nos ocuparemos ahora de esto, ya que no representa un problema particular para vosotros. Destaquemos tan sólo la nota original de su concepto de la pobreza: está concebida por entero en función del trabajo. Quiere que los hermanos se ganen la vida por sí mismos mediante un trabajo manual. Ya volveremos a tratar de esto con detalle. La práctica de esas virtudes era el camino más seguro que podía seguirse. Ningún amor auténtico podría edificarse sobre otras bases. Y es porque el padre De Foucauld pudo entregarse desde el principio, con entera generosidad, a la práctica de esas virtudes por lo que pudo amar con tanta fuerza y tanta espontaneidad. La humildad, la pobreza y el retiro le desposeyeron de sí mismo, le liberaron para el amor. Para darse es menester poseerse en completa libertad y disponibilidad. Es digno de notar que, llegado a este punto de su evolución interior, el hermano Carlos practicó todas esas virtudes –a menudo llamadas pasivas– en la fuerza y en el movimiento del amor. Debido a una influencia recíproca simultánea, fueron a la vez condiciones preliminares y frutos de su amor. Permanece con los ojos clavados en Jesús y se representa la práctica de esas mismas virtudes en la Sagrada Familia, en el modo y en el grado en los que él mismo se sienta impulsado a practicarlas. Evidentemente, a esto hay que darle la última mano. Sepamos hacerlo de modo que no sirva de pretexto para disminuir nuestra propia necesidad de practicar dichas virtudes. Jesús era Dios; para él no había cuestión de hacer penitencia, y la mortificación de las grandes pasiones no tenía para él ningún sentido; para nosotros sí lo tiene, seamos quienes queramos. En cuanto a los excesos en la práctica de austeridades físicas a que se entregó el hermano Carlos, sepamos también distinguir entre la actitud de alma que suponen, actitud que todos debemos observar, y las prácticas materiales que la exteriorizan, que son plenamente relativas. Aquí viene bien una comparación entre el padre De Foucauld y santa Teresa de Jesús; será eminentemente sugestiva.

Pero es, sobre todo, acerca de esta pasión de la abyección de lo que tendremos que decir algunas palabras. Además, es menester que disociemos la idea que se hacía el padre De Foucauld acerca de la vida de Jesús, que «ocupó de tal manera el último lugar, que nadie pudo jamás arrebatárselo», de la abyección que él mismo desea para sí con tantas

ansias por necesidad de amor. No, haga lo que haga y a pesar de la intensidad de sus deseos, el hermano Carlos y Jesús no pueden ser absolutamente semejantes en su comportamiento espiritual. Ya dijimos precedentemente lo que fue, de hecho, la vida de Nazaret: una vida pobre, dura e infinitamente humilde, pero no abyecta. Por lo que se refiere al hermano Carlos, siente una gran necesidad de abyección y no está equivocado. ¿De dónde procede esta necesidad de abyección, de humillaciones, de oprobio, que desborda del corazón de tantos santos? En todos, como en el padre De Foucauld, es la consecuencia de un gran amor hacia Jesús. Esta necesidad de abyección aparece ya en germen en las exigencias de todo amor, del amor inclinado a darse pruebas a sí mismo, a manifestarse al exterior por medio de actos gratuitos que, realmente, no tengan otras causas que el amor. Si todo amor humano contiene ya un misterio que le substrae a las reglas de una razón demasiado razonable, ¿qué diremos del amor divino? Un amor que fuera incapaz de ciertas locuras, ¿merecería todavía el nombre de amor? Cristo, sus santos, todos se excedieron en las manifestaciones de su amor. Esta búsqueda del desprecio, del anonadamiento, en una palabra, de la abyección, no es, sin duda, razonable; pero sí, en cambio, el precio, la condición, la expresión de un gran amor, ¿no es eminentemente sabia en el sentido de la Sabiduría divina? Pero aún hay más: en los santos y en los místicos cristianos esta necesidad de abyección es efecto de una conformidad total con el misterio de Jesús Crucificado. Es, sencillamente, todo el escándalo de la Cruz. Y es justamente por una necesidad de imitación –en el sentido aún más fuerte de asimilación, ya que Cristo vuelve a vivir en todo cristiano su propio misterio de sufrimientos y abyección–, por lo que todo cristiano encuentra un gozo y una paz misteriosos en el oprobio, en la humillación y en los desprecios sangrientos. La necesidad de abyección que siente toda alma enamorada de Cristo Jesús tiene, por tanto, su raíz en la abyección misma del Crucificado. Podemos comprenderlo bien meditando la Pasión. Y guardémonos mucho de medir con la fría razón humana un comportamiento humano, que es como la prolongación directa del misterio de la Cruz. Esto continúa siendo un misterio y un escándalo verdaderos para todos aquellos que no tienen en su alma una fe total en el divino Ajusticiado, ni en su corazón una gran pasión de amor hacia él. Si el padre De Foucauld introdujo en la vida de Nazaret una abyección, que en realidad no existió, y si quizá se equivoca respecto a este punto particular, en todo caso no se engaña siguiendo el instinto de su amor, que le llevó a descubrir en la vida de Jesús un verdadero abismo de abyección. ¡Si pudiéramos comprender perfectamente lo que pudo representar, como anonadamiento en el desprecio y la abyección, para la Persona del Verbo Encarnado, el solo hecho de ser detenido por las más altas autoridades morales y religiosas del pueblo del que era hijo y ser tratado por ellas como un impostor y un mentiroso! Como consecuencia de un acostumbramiento a lo que relatan los evangelios, no nos damos bien cuenta de lo que pudieron ser la farsa en la escena del juicio, la túnica blanca de loco, los sarcasmos, las bofetadas como si fuera un esclavo, los salivazos en el rostro, aquella cruel parodia al ser tratado como rey, la corona de espinas; y no hablo de todo lo que hay que añadir a estas escenas, como, por ejemplo, lo odioso de tratar de esta manera a un hombre en el estado de dolor en que se encontraba Cristo, azotado y

herido; el desprecio y los ultrajes proferidos por la muchedumbre israelita cuando le dejaron desnudo en el infame patíbulo, donde sólo morían los esclavos y los bandidos; las risas, los insultos durante la agonía. Ahora bien, todo esto es abyección en el sentido más fuerte de la palabra. Y si ponemos frente a esta acumulación de desprecio la eminente dignidad de la persona de Cristo, podemos hablar con exactitud de un misterio de abyección. Si uno recapacita en que tales tratos fueron deliberada y libremente escogidos por Aquel que los sufría, este misterio nos parece más terrible. Y fueron tanto más consciente y libremente elegidos cuanto que no estaban ni siquiera exigidos para el fin de la Encarnación; y aun suponiendo que Jesús tuviera que borrar el pecado de la Humanidad por medio de un sacrificio sangriento, nada exigía que este supremo sacrificio tuviera lugar en medio de una tal acumulación de sufrimientos. Sólo podemos ver en ello un misterio de amor.

¿Y qué consecuencia tendrá esto para nosotros, cristianos, y para las almas poseídas por un gran amor hacia Jesús? ¿Será posible, en adelante, permitir que vuelva a vivir en nosotros el misterio de Jesús, sin que concluya por establecer en nosotros ese mismo misterio de abyección? Si amamos verdaderamente, ¿cómo no desearemos probar nuestro amor a Jesús de la misma manera que él eligió para probarnos el suyo? ¿Sería lógico un amor que no llegara hasta allí? ¡De qué modo debemos comprender en los santos todos esos gestos que tan fácilmente se tachan de locura, de originalidad! El hermano Carlos, vestido con una chilaba a rayas, llena de remiendos, hecha jirones, recogiendo las basuras en las calles de Nazaret, objeto de las risas de todos los chiquillos, encontrando su alegría en las burlas y en las piedras que le tiraban...

Pero, entonces, ¿qué es lo que podemos deducir de todo esto? ¿Que deberíamos imitar tales gestos? Aquí nos encontramos con un punto delicado, y es preciso que lo entendamos bien. Una conducta semejante, para ser verdadera, tiene que ser realmente la expresión proporcionada y espontánea de un amor de configuración hacia Jesús Crucificado, amor que ha llegado al extremo de no poder ser en nosotros otra cosa que el fruto de la acción de los dones del Espíritu Santo. La búsqueda de la abyección, en tanto sea la expresión de un amor auténtico, debe, pues, estar sometida al gobierno de los dones del Espíritu. Esta manifestación tiene que seguir siendo Sabiduría divina; y en este aspecto la vía de cada alma será diferente. Por consiguiente, puede existir una búsqueda de la abyección que sea falsa, obligada, prematura; en ese caso no tendrá como fruto la perfecta alegría «en el Espíritu Santo», sino que terminará, con mucha frecuencia, en una cierta satisfacción de sí mismo.

Es menester, por tanto, distinguir cuidadosamente entre la busca deliberada de la abyección –y no puede emprenderse sino bajo la moción de los dones del Espíritu Santo– y el amor de la abyección, el deseo de sufrir la abyección con el fin de poder asemejarse completamente a Jesús crucificado. Este deseo es inseparable de un amor verdadero hacia Jesús; es un elemento de dicho amor, nacido al pie de la cruz, y nosotros no podemos amar verdaderamente con un amor auténtico sin que le acompañe el deseo de participar en el desprecio con que fue saciado Aquel a quien amamos; esto no es posible. Pero este deseo tiene que guardar proporción con el amor y debe manar de él.

Sí, tenemos que estar dispuestos, por lo menos, a aceptar por amor hacia el crucificado tan despreciado esas pequeñas humillaciones y esos continuos desprecios que los hombres nos infligen en el transcurso del día. En esta aceptación de una abyección que no hemos buscado no podría haber ni desviación ni exceso. La fe tiene que hacernos encontrar en ella un gozo muy elevado y muy puro, el gozo perfecto, la alegría a gustar el amargo misterio de la Pasión, de participar verdaderamente en el trabajo más noble, más grandioso que puede existir, el trabajo por excelencia de Jesús, el del rescate de la Humanidad. No olvidamos que en la Pasión redentora de Jesús hubo tanto de abyección de desprecio como de sufrimientos y sangre derramada; y con mucha frecuencia tememos más el tener que soportar la humillación que ponernos en situación de tener que derramar nuestra sangre. Sepamos reconocer que todavía no estamos dispuestos para buscar la abyección, pero que, en cambio, nuestro deseo se mueve hacia un honor semejante. Estemos dispuestos a penetrar más adelante en este misterio de la cruz; conservémonos fieles al espíritu de amor que inspiró, en el alma de Cristo, el deseo de un bautismo semejante; no olvidemos que la pretensión de ser, por principio, demasiado humanamente razonables puede conducir a menudo a limitar en nosotros la acción infinitamente sutil y delicada de los dones del Espíritu de Amor. Permanezcamos bajo su influencia humilde, dóciles, atentos y generosos.

Ahora tenemos que destacar un tercer aspecto característico del estado de alma del padre De Foucauld, mientras lleva su vida escondida en la cabañita de madera del jardín de las Clarisas. Se trata de su fe en la presencia real de Jesús en la Hostia. Sabemos

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