4. Securities settlement system
4.3 Settlement
El sistema de salud en tiempo de Jesús tenía tres sectores: el popular, en el que se incluyen la familia y aquellas personas más allegadas al enfermo; el profesional, al que pertenecían los médicos; y el étnico, en el que podía haber un variado tipo de sanadores. Generalmente, cuando se producía algún síntoma asociado a una enfermedad, el primer sector (popular) era quien actuaba; si este no podía se recurría a uno de los otros dos (profe- sional o étnico). En cualquier caso, el concepto de enfermedad (y por tan- to de sanación) varía respecto al occidental. Así, el sistema de salud mo- derno concibe la enfermedad como una disfunción del organismo del enfermo y la curación como una recuperación de su funcionalidad física. Sin embargo, en el mundo antiguo de Jesús, la enfermedad era una dis- función física, sociocultural y religiosa (todo unido) y la curación era la re- cuperación de la funcionalidad física, sociocultural y religiosa del enfermo. La salud y la enfermedad tenían más relación con lo que una persona
del siglo XXIllamaría su consideración social; recordamos que se trata
de una sociedad colectivista, como hemos dicho en el capítulo 1. To- do aquello que le hacía descender su consideración y valoración social,
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lo que le hacía perder «su lugar», podía ser interpretado como enfer- medad. La antropología cultural explica este proceso como una pérdi- da de significado del entramado físico, sociocultural y religioso; algo de su entorno (familiar, social, religioso, etc.) altera el equilibrio en el que se encontraba y provoca cambios que afectan tanto a su cuerpo (físico), como a sus relaciones (social), a sus valores (cultural), a su re- lación con Dios (religioso). Así pues, las alteraciones en el entorno so- cial o en la valoración religiosa de una persona pueden producir efec- tos físicos en su cuerpo y, viceversa, los desequilibrios físicos de su cuerpo pueden producir cambios y alteraciones en las relaciones so- ciales y en la valoración religiosa de esa persona. La curación, de acuer- do a esto, busca intervenir e invertir ese proceso de enfermedad. Si re- dujéramos la enfermedad solo al desequilibrio físico, dejaríamos de lado la mayor parte del problema, y, por tanto, su solución.
Pongamos un ejemplo. Las mujeres eran especiales víctimas en este sistema, puesto que estaban sujetas a las interpretaciones dominantes (masculinas) de la dolencia, la disfunción y la normalidad. Elisa Esté- vez ha mostrado recientemente las estrechas relaciones entre las do- lencias físicas y su valoración social:
La construcción del espacio corporal de las mujeres, anclada en los conceptos socioculturales imperantes del período helenístico-roma- no, gira en torno a sus órganos reproductores, a los que se adjudican características cuyas bases empíricas son discutibles. El mayor desa- rrollo de los pechos femeninos y el hecho de que almacenen la leche para alimentar a la criatura recién nacida, junto con la realidad men- sualmente constatada del fluir de la sangre menstrual, sirven para ad- judicarle una naturaleza fría y húmeda que acumulan en exceso. La movilidad de su útero causa graves trastornos a su cuerpo si no man- tiene relaciones sexuales continuadas y si no da a luz, función esencial del cuerpo femenino. Pero lo importante son los juicios de valor que
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se adjudican a estas características: debido a ellas, las mujeres son in- feriores, irracionales, inestables e incapaces de controlarse por sí mis- mas, algo que se percibe con más nitidez cuando se comparan los da- tos con los elementos que caracterizan al varón. Ellos son secos y calientes y, por consiguiente, racionales, dotados de capacidad para autocontrolarse, superiores y más perfectos (E. Estévez, El poder de
una mujer creyente, Verbo Divino, Estella 2003, p. 234).
Es difícil distinguir, si una mujer se rebela contra la identidad maternal que el entorno le adjudica, si se trata de una disfunción física o social, puesto que, como vemos, van unidas. La renuncia al matrimonio y a la maternidad, hecho exclusivamente social, tiene en la cultura de Jesús una lectura y explicación física: como su cuerpo está hecho para la ma- ternidad, esta renuncia generará un sinfín de dolencias porque altera el equilibrio (cualquier dolencia podrá ser interpretada desde esta clave). Es un ejemplo de las consecuencias físicas de las disfunciones sociales. En sentido inverso, una mujer con una disfunción física que no le per- mita desarrollar plenamente su maternidad, será considerada disfun- cional para la sociedad, y será marginada. En ambos casos queda afec- tada su valoración cultural y religiosa.
De acuerdo a este panorama, cada tipo de sanador interviene sobre un elemento diferente de esa cadena. Así, el taumaturgo interviene en el entorno social y religioso del enfermo para que tenga un efecto sobre el cuerpo físico; el mago o el médico, por su parte, intervienen sobre el cuerpo físico para que tenga efectos en su entorno social y religioso. En cualquier caso se trata de recuperar el equilibrio de todo el entramado físico, sociocultural y religioso: devolver al enfermo a «su lugar». To- do ello da cuenta de que la enfermedad es un acontecimiento público que funciona socialmente a base de etiquetas, por lo que la curación debe ser también pública. La interpretación de las causas y efectos es una cuestión fundamental; por eso, por ejemplo, en el Levítico se le
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atribuye al sacerdote la autoridad de interpretar ciertos signos como lepra o eccemas (cf. Lv 13,2; 14,2). La sanción de la enfermedad y su curación son una cuestión de interpretación; una persona puede tener dolencias que no son interpretadas como enfermedad y, por tanto, puede mantener el equilibrio de su vida social y religiosa; por el con- trario, una persona puede no tener ninguna dolencia, pero ser sancio- nada como enferma y alterar así los equilibrios en los que vive. El sa- nador en tiempos de Jesús debía tener en cuenta todo el sistema si quería ser un sanador con autoridad reconocida.
Las curaciones de Jesús en las fuentes que conservamos presuponen es- te contexto sociocultural y, lógicamente, no lo explicitan. En algunos pa- sajes, Jesús aparece interviniendo como un mago (cf. Mc 7,31-37; 8,22- 26), aunque son pasajes que no tienen paralelos y es probable que no sean históricos. Lo que no plantea ninguna duda es que en todos los tex- tos de curación de Jesús el acento está puesto en la fe del enfermo que reconoce en Jesús la autoridad necesaria para intervenir sobre los dese- quilibrios que se han producido en su vida física, socialcultural y religio- sa. Y eso es lo que hace Jesús. Veámoslo en el ejemplo de la mujer con flujo de sangre tal como aparece en Mc 5,25-34 (y paralelos).
El relato, aunque está sin duda retocado por la tradición y por la mano del evangelista, recoge en esencia la práctica sanadora de Jesús y, sobre todo, su significado. No nos interesa aquí reconstruir la práctica de Jesús (puesto que no queremos repetir mimética, mecánicamente sus cura- ciones), sino recuperar el sentido que tenía para él y sus destinatarios; eso es lo que nos presenta este relato de curación. Se trata de una mujer cuya situación corporal (flujo de sangre) la excluye de su vida social y la infravalora desde el punto de vista religioso. Esta mujer está dentro de un entramado físico, sociocultural y religioso, en el que el desequilibrio físico provoca unas alteraciones en cadena que afectan profundamente a su lugar social y a su valoración teológica. Así se declaraba en el libro
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del Levítico: «Cuando una mujer tenga flujo de sangre durante mu- chos días, fuera del tiempo de sus reglas o cuando sus reglas se prolon- guen, quedará impura mientras dure su flujo, como en los días del flujo menstrual» (Lv 15,25); la misma idea se repetirá después en la Misná (tratado Kelim 1-3). Esto suponía la exclusión de la mujer en cuestión y la imposibilidad de que cualquiera se acercase ella («mantendréis aleja- dos a los israelitas de sus impurezas para que no mueran por contami- nar con ellas mi morada, que está en medio de ellos»; Lv 15,31). Este relato de curación deja en evidencia la estrecha relación entre el cuerpo físico y su lugar social (junto con su valoración cultural y reli- giosa), pero sin confundirlos. De hecho, mientras que la sanación físi- ca acontece muy pronto en el relato (Mc 5,29), las consecuencias so- ciales y teológicas llegan bastante más tarde (Mc 5,34). Si la curación fuese una cuestión meramente física (una disfunción orgánica), tras la solución del problema el relato podía haber concluido; sin embargo, la mayor parte del mismo se detiene en mostrar cómo Jesús ofrece una sanación total (que incluye su lugar social y su valoración teológica). El punto clave es la fe de la mujer en la autoridad de Jesús: esa con- fianza en Jesús será lo que opere el cambio. ¿Cómo acontece esta cu- ración de acuerdo al modelo de salud que hemos visto?
En este caso, el origen de la enfermedad había sido una disfunción or- gánica que había causado una exclusión social, una pérdida de la signi- ficatividad social y una valoración religiosa negativa de la mujer: esta- ba impura. Sin embargo, la disfunción orgánica había sido valorada de acuerdo a unos valores y modelos religiosos de pureza, por lo que po- dríamos decir igualmente que el origen de su enfermedad es el sistema religioso de pureza que había dado un significado religioso negativo a una disfunción física y así había llevado a la mujer a la exclusión. Lo que en un origen había sido probablemente un modo de protegerse el grupo ante las disfunciones reproductoras que podían acarrear pro-
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blemas de continuidad grupal, había terminado siendo un modo de exclusión injusta. La llegada de Jesús, primero, permite a la mujer rom- per ese círculo vicioso de causas y efectos simultáneos, eliminando un eslabón de esa cadena e impidiendo así el proceso de la enfermedad (integral); segundo, invierte los mecanismos de la enfermedad para operar la curación (integral).
La mujer inicia el proceso de curación rompiendo las barreras sociales y su exclusión (Mc 5,27). Lo que le permite romper este eslabón de la ca- dena es su fe en Jesús, en su poder y autoridad, que le ha permitido cam- biar el significado de su dolencia: el flujo de sangre no tiene por qué ser valorado negativamente y, por tanto, no tiene por qué ser motivo de ex- clusión. Esa confianza en la autoridad de Jesús y el mismo poder de Je- sús logran que el síntoma físico desaparezca (o sea irrelevante); sin em- bargo, la curación todavía no ha acontecido del todo, porque, aunque «la fuente de su sangre se secara y sintiera que su cuerpo quedaba sa- no» (Mc 5,29), no ha sido pública. Jesús la declara «curada» y «salva- da», lo que inmediatamente cambia su estatus social y religioso: ahora es «hija» (Mc 5,34). La fe de la mujer en el poder de Jesús y la declara- ción de este han reinterpretado la situación de la mujer y han invertido su proceso de enfermedad para devolverle a la sociedad con un estatus mayor. Jesús recupera el equilibrio supuestamente alterado del entorno de la mujer; pero, al hacerlo, altera para siempre los criterios de ese equi- librio, cambiando la valoración de su exclusión por la de filiación. Como conclusión de este punto, podemos decir que las sanaciones de Jesús tienen una estrecha relación con el reino de Dios. Con ellas, Je- sús establece unas nuevas formas de relacionarse con Dios y entre las personas; son un signo de la acogida de Dios de aquellos excluidos precisamente por quienes se atribuyen una función intermediaria con Dios. Jesús se presenta como único intermediario entre las personas y Dios y muestra el rostro de un Dios que no acepta aquellas exclusio-
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nes y que ofrece una relación cara a cara con todos, especialmente con quienes eran considerados menos dignos de Dios. La recuperación del equilibrio que propicia la sanación abre a una nueva realidad: la de Jesús, la de Dios.