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Shared Received Queue (SRQ)

Chapter 8 Programming Examples Using RDMA Verbs

8.3 Shared Received Queue (SRQ)

Por Nicolás Márquez

Advertencia preliminar

Si bien el tema que abordaremos a continuación está más relacionado con la temática del feminismo antes que del homosexualismo cultural (es decir, con lo desarrollado por Agustín Laje), por formar parte de la progresiva agenda político-legal de los ideólogos del género hemos decidido incluirlo en este tramo del libro, pues, como bien reza la matemática: el orden de los factores no altera el producto.

La pregunta de cabecera

¿Qué es el aborto? Esta discusión eterna y trillada nunca se define porque justamente las bochincheras difusoras del homicidio de niños por nacer utilizan un sofisma semántico permanente para confundir y eludir al debate. Pero para que la discusión mantenga algo de sentido, hay que partir necesariamente de esta pregunta que nos hicimos al encabezar este párrafo.

“El aborto es la interrupción del embarazo” nos respondería mecánicamente el militante abortista, a los fines de encubrir el filicidio con lenguaje cortés. Pero dado que la “interrupción” por definición es el cese transitorio de una actividad para su posterior reanudación, dicha respuesta sería injusta por errónea, siendo que los embarazos no se “interrumpen” y, por ende, el aborto es un acto de naturaleza definitiva e irreversible precisamente porque la muerte es un hecho definitivo e irreversible: “ahorca es interrumpir la respiración” decía con sorna Julián Marías.

Volvamos a la pregunta de origen. ¿Qué es el aborto entonces?

El aborto es la muerte del concebido. Esta muerte puede ocurrir por causas naturales o por interferencia externa. Distinto es el caso del bebé nacido vivo y posteriormente asesinado; esto importaría un homicidio del subtipo infanticidio. Pero si

se lo mata antes del nacimiento, entonces allí sí técnicamente estamos ante un aborto. No obstante los diferentes tiempos en el crimen, ambos homicidios conforman lo que se conoce como el filicidio, si es que el asesinato fue ocasionado con la acción o consentimiento de la progenitora y/o el progenitor.

Sin embargo, los partidarios del aborto minimizarán esta situación en función de una serie de arbitrariedades que ellos escogen en el calendario, y entonces han inventado que si el embarazo es reciente, el aborto puede ser viable dado que “todavía no está formada la persona” —es habitual que las feministas y los psicobolches que le dan letra lo justifiquen como mínimo hasta los tres meses de preñez—. Pero entonces, ¿a partir de qué semana y de qué hora empieza la vida? ¿Con la unión del óvulo y el espermatozoide o cuando el supersticioso almanaque progresista así nos lo impone?

En efecto, los ideólogos del género alegarán que antes de una determinada cantidad de semanas no hay tal víctima, puesto que el producto de la concepción “todavía” no es un ser humano sino una simple masa informe de protoplasma y, por ende, el aborto no sería mucho más que la eliminación de un parásito (así lo definió textualmente la maoísta Simone de Beauvoir), es decir que por el momento el bebé no sería más que un molesto y desechable amasijo de carne enquistado en el vientre materno.

La ciencia por encima de las paparruchadas ideológicas

Pero no son los fetichismos progresistas sino la ciencia desde la embriología y la biogenética la que nos ha demostrado con absoluta certeza que la vida humana comienza en el momento en el cual se unen el gameto masculino (espermatozoide) y el gameto femenino (óvulo), y es en este proceso de fusión cuando se acoplan 23 cromosomas del espermatozoide con 23 cromosomas del óvulo materno. Esto forma el cigoto, es decir un nuevo ser conformado en su inicio por 46 cromosomas con su material genético propio y un sistema inmunológico diferente del de la madre. Vale decir, después de la fertilización del óvulo no hay ninguna otra etapa en la que el embrión reciba una nueva y esencial contribución genética para ser lo que ya se es. Desde entonces, el embrión sólo necesita nutrición, oxígeno y tiempo para alcanzar la plena maduración de un hombre adulto. Este nuevo ser humano comienza a desarrollarse como tal desde el instante mismo de la concepción. Luego, el cigoto no es un ser humano en potencia: sino un ser humano con gran potencial.

cabo de los 21 días el corazón comienza a latir y bombear sangre. En ese mismo lapso empieza además a diferenciarse el cerebro y aparecen esbozos de lo que luego serán las piernas y los brazos. A las cuatro semanas ya empiezan a formarse los ojos. Desde la semana quinta se estima que el bebé ya siente el gusto, el tacto y el dolor. A las seis semanas la cabeza tiene su forma casi definitiva, el cerebro ya está muy desarrollado, comienzan a formarse manos y pies, y muy pronto aparecerán las huellas dactilares (las mismas que tendrá toda su vida). Transcurridos los cuarenta días, la actividad cerebral ya consigue ser captada por el electroencefalograma. A las ocho semanas el estómago comienza la secreción gástrica. Aparecen las uñas. A las nueve semanas se perfecciona el funcionamiento del sistema nervioso: reacciona a los estímulos y detecta sabores, pues se ha comprobado que si se endulza el líquido amniótico —en el que el bebé nada dentro del vientre materno— ingiere más, mientras que si se sala lo rechaza. A las once semanas el bebé ya se chupa el dedo —algo que puede verse perfectamente en una ecografía—. Y en definitiva, a partir del nacimiento el único cambio que el niño técnicamente transita es el relativo a la modificación del sistema externo de apoyo a la vida inherente a sus métodos de alimentación y obtención de oxígeno.

El almanaque progresista

¿Entonces en qué cuernos radica este pasatiempo progresista consistente en especular con las semanas del almanaque como quien juega con la “Batalla Naval”[472] para ver si al bebé lo matamos este martes o lo salvamos para la semana siguiente? ¿Tiene más dignidad el bebé no nacido según la edad de gestación? ¿Lo podemos salvar dos horas después de cumplirse el plazo “aprobado” por el vanguardismo solidario pero no dos horas antes de cumplida la fecha del benevolente salvataje socialista? Interesan las preguntas porque otras de las pseudo- argumentaciones aborteras nos dicen que “en la panza el bebé es totalmente dependiente de la madre”, por ende en aras de esta dependencia “la cosa” sigue siendo parte del cuerpo de la progenitora y es potestad de ella decidir matar al menor o no. Pero el hecho de que en una determinada fase de su vida el hijo necesite el ambiente del vientre materno para subsistir, no implica que sea una parte distinta de la madre. Como fuera dicho, desde la fecundación el niño tiene ya su patrimonio genético y su propio sistema inmunológico diferente del de la madre con quien mantiene una relación que, para ejemplificar, diríamos que es asimilable a la que sustenta un astronauta respecto de su nave: si saliese de ella moriría, pero no por estar transitoriamente adentro forma parte de la misma.

disponer de “su cuerpo” y otra distinta es disponer del cuerpo de un tercero, y que encima ese tercero sea nada más y nada menos que su propio hijo y cuya “disposición” consistiría en asesinarlo. Y tan independiente es el cuerpo del niño respecto del de la madre, que ni siquiera forma parte del cuerpo de la progenitora la placenta, ni el cordón umbilical ni tampoco el líquido amniótico, sino que estos órganos los ha generado el hijo desde su etapa de cigoto porque le son necesarios para sus primeras fases de desarrollo y los abandona al nacer, de modo semejante a cómo años después del nacimiento, el propio niño abandona los dientes de leche cuando ya no le son útiles para seguir creciendo. Por tanto, sostener que el hijo forma parte del cuerpo de la madre constituye o mala fe o ignorancia: conste que en general los ideólogos e intelectuales del progresismo podrás ser sindicados como pérfidos pero rara vez como ignorantes.

Pero volviendo al insistente tema de la “dependencia del niños respecto de la madre”, cabe agregar que por otra parte un bebé recién nacido también mantiene un altísimo grado de dependencia a expensas de la madre —más allá de que tras nacer respire por sí o se alimente sin cordón umbilical—, dado que si ésta lo desatiende apenas por unas horas, el niño no tardaría en expirar: ¿Tiene más dignidad un pequeño de cinco años de edad que uno nacido hace cinco días dado que éste es más dependiente que aquél por no saber hablar ni caminar?

Lo más paradójico, es que las feministas hipócritas que agitan banderines en olímpico desprecio por la vida del niño por nacer, son las mismas pandilleras que luego militan al servicio de millonarias ONG’s “ambientalistas” para bregar contra la caza de ballenas en Rusia, enfurecerse por el ensuciamiento petrolífero de pingüinos en la Patagonia, velar en favor de mosquitos africanos en aparente peligro de extinción o refunfuñar por las riñas de gallos que aún persisten en algunas ciudades de Latinoamérica: proponen el genocidio infantil pero patalean ante la tala de árboles.

Sin dudas, el agitador urbano del tipo lumpen-progresista (en su versión lesbo- feminista o trotsko-varonil) no sólo es un verdadero idiota útil al servicio de los grandes laboratorios abortistas que ganan millones traficando órganos de menores abortados, sino que además trabaja de corista gratis para la Internacional filicida financiada por la Fundación Ford, la Fundación Rockefeller, la Planned Parenthood[473] y la Bill & Melinda Gate, no sin el auspicio del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) el cual a su vez añade ingentes recursos para los zurdos millonarios de Amnistía Internacional, el Grupo de Activistas Lesbianas Feministas (GALF), el Movimiento Amplio de Mujeres y otras corporaciones trasnacionales de izquierda bien rentadas en dólares y cuyas cabecillas llevan una confortable vida rentística bien dispuesta a disfrutar de los beneficios de la “sociedad

de consumo” a la que se oponen sus bullangueras y andrajosas militantes de base territorial.

Los métodos de “salud reproductiva” favoritos del derecho-humanismo

Los métodos para matar al niño en el vientre materno son muchos y variados — al menos media docena de procedimientos conocidos son los que se aplican[474]—, pero dos son los mecanismos por antonomasia y los más usuales al respecto, los cuales explicaremos muy brevemente.

El primero es el de la “succión”, el cual consiste en introducir en la vagina materna una suerte de tubo con un potencial veintinueve veces más poderoso que el de una aspiradora, el cual succiona al bebé desguazando sus miembros, desintegrándolo progresivamente y transformándolo finalmente en un suerte de puré sanguinoliento, el cual es depositado en un recipiente.

Pero si la criatura lleva entre 3 y 9 meses de gestación, entonces por su desarrollo físico ya no alcanza con reventarlo con la succión sino que para tal fin se necesitan armas de destrucción complementarias. Luego, es de uso habitual lo que se conoce como la “dilatación y evacuación”. Mediante esta última técnica, el cuello del útero es ampliamente dilatado y como los huesos del niño ya están calcificados, previamente se introduce una tenaza para arrancarle sus brazos y piernas, luego al niño se le destroza la columna vertebral y finalmente se le aplasta el cráneo por completo.

Una vez destruido el bebé por entero, los desechos ya están listos para la posterior succión. Una vez que se extraen los pedazos del menor descuartizado, por las dudas el abortista tiene que armar de nuevo el cuerpecito completo, para asegurarse de que no se haya quedado nada dentro del útero de la madre, de lo contrario ésta podría sufrir alguna infección.

Una vez garantizada la reconstrucción del cadáver, los desechos del niño ya están listos para ser arrojados a la basura (si es que no se extraen sus órganos para traficarlos).

Como la evidencia científica está muy por encima de las charlatanerías progresistas, a la postre los grupos feministas y las organizaciones que dicen defender los Derechos Humanos (pero que bregan por matar al niño) acaban abrevando en argumentaciones de tipo sentimental con la sucesiva fabricación de historias de vida traumáticas que —según lamentan sus acongojados cronistas— habría padecido la madre encinta y así, justificar a modo de “mal menor” el pretendido crimen del niño: “La madre es pobre y encima ya tiene otros tres hijos que mantener: uno de dos años, uno de cuatro y otro de seis. Obligarla a tener otro hijo no querido es un acto de insensibilidad”. O sea que en vez de ayudar a rescatar a la mujer de la pobreza, lo que proponen sus voceros es matar al niño por nacer a los fines ahorrativos. Pues bien, como es de sobra sabido que la economía no es el fuerte de los filósofos del progresismo, nosotros que estamos a la derecha y solemos ser más entendidos en la materia, le sugerimos a estos buenos muchachos una oferta superadora y más barata: matemos al hijo más grande (el de seis años en este caso) que es el que naturalmente genera más gastos y preservemos al menor en gestación, dado que por el momento es este último el más barato de mantener. Pero al margen de estas decisiones relativas a la economía familiar, vale agregar que el aborto no es un problema de clase social: se practique por mujeres ricas o pobres, se haga clandestinamente o bajo la protección del Estado, se consume sin medios o con la más sofisticada tecnología, no deja de ser siempre el mismo homicidio contra la vida de un inocente indefenso. Todo lo demás es parte de un anecdotario subalterno que nos distrae del verdadero debate: nadie pretende obligar a la madre a tener un hijo no querido, pero ocurre que “el hijo no querido” ella ya lo tiene consigo, no es algo de existencia potencial sino actual.

Otro argumento sensiblero en el que echan manos los filicidas, es el relativo a la posibilidad de que el bebé no nacido padezca alguna enfermedad o malformación. O sea que el feminismo neomarxista nos dice hora que si el menor padece alguna discapacidad habría que matarlo, tal como se hacía siete Siglos antes de Cristo en el rígido y militarista Estado de Esparta. O como se hacía, asimismo, bajo las leyes eugenésicas del nacional-socialismo que ordenaban el exterminio de los nacidos discapacitados y malformados. Pues bien, más allá de que nosotros consideramos que la solución en este caso no sería matar al niño sino asistirlo médicamente ante su eventual malformación o disfunción, nos interesa el siguiente testimonio brindado por el reconocido constitucionalista brasileño Celso Bastos: “Participé de una discusión en la que un médico, dueño de diversas clínicas, defendía el aborto. Él decía que con un aparato de ultrasonidos, se puede conocer con un 80% de certeza si el feto sufre mongolismo, en cuyo caso podría ser abortado. Entonces le pregunté. Ya que admitía un 20% de inseguridad: ¿por qué no dejar nacer a la criatura y matarla después? Entonces tendríamos un 100% de certeza”[475].

Una vez agotados los trucos sentimentalistas, el militante progresista nos va a sugerir legalizar el aborto pero por motivos prácticos: “Aunque lo prohíba el Código Penal, los abortos se hacen igual. Por ende hay que legalizarlos para evitar el riesgo de salud de la madre que es sometida quirúrgicamente a abortar en lugares clandestinos e inseguros”. Por empezar, la madre que quiere abortar no “es sometida” a lugares clandestinos, sino que ella “voluntariamente se somete” a esos antros para practicar el homicidio. ¿Hay mujeres que corren riesgo de muerte tras abortar en ámbitos no equipados? Sí. Y es lamentable. Pero el detalle es que la mujer que muere al someterse libremente al experimento filicida no es víctima sino victimaria y en su calidad de victimaria acaba accidentalmente muriendo: la verdadera víctima de todo esto es el niño. Análogamente, si un ladrón quiere robar un banco y en este emprendimiento ilegal es abatido por la policía, va de suyo que esta muerte fue una consecuencia no deseada de su actividad criminal: ¿tenemos que despenalizar el robo para que el ladrón no corra más riesgo de muerte entonces?

Pero hay más silogismos dentro del sofisma abortista, tal el caso del argumento “democrático” consistente en citar supuestas encuestas de opinión, en las cuales la mayoría de la población “aprobaría” un eventual proyecto de ley que legalizara dicha práctica. Independiente de la verosimilitud de esos guarismos y de supuestos consensos populares sólo existentes en las fuentes que dicen tener los abortistas, la verdad es que si esa misma encuesta se la pudiéramos hacer a los verdaderos legitimados e interesados para ser encuestados (los niños por nacer), ganaría el NO por el 100% de los consultados.

Otro asunto que ya casi se ha dejado de discutir pero que en su momento fue uno de los argumentos más sólidos de los filicidas, era el ejemplo en el cual la madre corría riesgo de muerte en el caso de continuar con el embarazo. Hoy esta disyuntiva entre dos vidas en pugna quedó en el olvido, porque afortunadamente la ciencia médica hace rato que puede rescatar a los dos pacientes sin mayores complicaciones, y tanto es así que ya por 1979 el reconocido biólogo de la Universidad Complutente José Botella Llusia, afirmaba que “los progresos de la medicina han sido tales que hoy día cualquier cardiópata puede sobrellevar un embarazo y las más graves complicaciones de la preñez pueden ser resueltas sin necesidad de interrumpirlas”, añadiendo que “puede considerarse afortunadamente como un dilema ya obsoleto”[476], afirmación que luego confirmó la mismísima Organización Mundial de la Salud[477].

Para terminar, el abortista no va a tener otro remedio que tildarnos de “entrometidos” al procurar interferir en un asunto que al parecer nos sería ajeno: “¿Qué derecho tienen estos “inquisitoriales chupacirios” de meterse en el vientre que es privacidad de la madre?” Ocurre que la privacidad del vientre no autoriza a su titular a

que se mate dentro de él, del mismo modo que la intimidad de una vivienda no da derecho a sus propietarios a cometer el asesinato de sus hijos dentro de los límites geográficos de aquélla. Por lo tanto, cualquier vecino que advirtiera esa situación estaría moral y legalmente autorizado para llamar a la policía o hacer la denuncia respectiva ante la inminencia del pretenso infanticidio intramuros: tenga el niño 5 meses de gestación o 5 años de edad.

Y como a la postre los argumentos abortistas terminan cayéndose uno a uno, se suele acudir al extrañísimo caso del “embarazo generado por una violación” y entonces, por excepción, sostienen que aquí sí habría que autorizar el aborto. Pero esta excusa no es tan excepcional: curiosamente todas las mujeres que quieren abortar dicen “haber sido violadas” sin tener que probar jamás la violación ni la identidad del violador. En efecto, la inmensa mayoría de estos casos suelen ser burdas mentiras con

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