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In document 2012 ANNUAL REPORT 35 th YEAR (Page 70-74)

A la luz del concepto, que ya nos es familiar, de la historia como acto de conciencia que, surgiendo de una necesidad moral, prepara e invoca la acción, parece que se decoloran y se

muestran frívolas y vacías todas las descripciones y narraciones de los hechos y de las pasiones humanas que vemos nacer sin aquel estímulo, privadas de aquel intento fundamental y no correspondientes a ningún requerimiento determinado de acción o de educación y preparación para ella: libros que se llaman “memorias”, “recuerdos”, “diarios”, “crónicas”, “anécdotas”, “perfiles”, “retratos”, “vidas íntimas y privadas”, “curiosidades” o con otros nombres, de los que hubo siempre gran abundancia y aún hoy se produce gran cantidad, casi más en número que obras de historia.

No obstante, alejando aquel reflejo de luz extraña, las narraciones y descripciones que reprobábamos vuelven a tomar de pronto sus colores vivaces y sus múltiples atractivos, y hablan a nuestro corazón, al corazón que palpita por las imágenes del poderío y de la grandeza y participa ya trepidante y melancólico, ya doloroso, indulgente y sonriente en las de los efectos, cambios, revoluciones, sueños y locuras de los afectos humanos: todas, desde las vidas de Plutarco y desde aquéllas, tan distintas, de los santos padres y de los ascetas, desde las biografías de un Cromwell y de un Napoleón, de un Goethe, de un Byron y de un Foscolo, de un Colón y de un Galileo, de un Bruno y de un Vico, de un Voltaire y de un Kant, hasta las evocaciones, que tanto suelen agradar, de la sociedad galante del siglo XVIII, de las María Antonieta, de las Pompadour, de las Dubarry y de los Casanova, de los personajes y de los incidentes de la gran revolución y de aquel tiempo que se ha denominado e idolatrado después como romántico, etc. ¿Se tendrá valor para negar toda consideración de historia a lo que sirve de único o principal alimento a la mayor parte de los aficionados a los recuerdos del pasado, persuadidos de que aprenden y conocen de ese modo la “historia”?

A decir verdad, no hace falta mucha resolución de ánimo para tal negación, porque siempre se ha distinguido —y la distinción está aun en los manuales corrientes de literatura— entre historia y memorias, historia y crónica, historia y anécdotas; siempre se consideró a la historia como algo más severo, más digno de respeto que a las otras, que a la “anecdótica”, como se puede denominar en conjunto a esa clase de obras. “Anecdótica” no en el sentido etimológico, que es de “noticia inédita”, sino en el que la palabra ha venido tomando y que sólo conserva algún leve vestigio del primero, de noticias sobre pormenores sueltos, que se mantienen por sí mismas, sin referirse a nada superior; luces que brillan y se apagan una tras otra, más parecidas a fuegos de artificio que a una iluminación del paisaje.

Pero en esto hay que librarse, asimismo, de creer, y más todavía de hacer que lo que se distingue y se excluye de una forma determinada de la actividad espiritual sea o haya de ser excluido o desprendido de la vida del mundo, esto es, dispersado y anulado. La anecdótica no es la historia, pero tiene su buena razón intrínseca y los amores con ella no son amores ilícitos. Empieza a serlo cuando alguien se empeña en que la una suplante a la otra. “Por otra parte, me gusta más —decía Montaigne (II, 10)— ver a Bruto en Plutarco, que en él mismo”; pero el “por otra parte” se le cambiaba en un “preferir”; “preferiría saber con certeza las pláticas que tuvo con cualquiera de sus amigos, en su tienda, la víspera de una batalla, que los discursos que dirigió la mañana siguiente a su ejército; preferiría saber lo que hacía en su gabinete o en su cámara, que lo que hacía en la plaza pública o el senado”; de donde se puede ir revoloteando hasta el dicho de Próspero Merimée: “De la historia, sólo me gustan las anécdotas”, lo cual es, evidentemente, demasiado poco y, por cierto, nada tiene de histórico.

viva y acrecentar la experiencia de las más varias y diversas manifestaciones del alma humana, componiendo una especie de herbario que recoge ejemplares siempre nuevos en campos siempre nuevos. De igual modo que en el fondo de la necesidad que mueve al conocimiento de la situación histórica determinada está la deliberación de un acto por cumplir o de una actitud que asumir en la incesante y urgente batalla de la vida, en el fondo de la necesidad de hacerse presentes las manifestaciones del alma humana está la vida en general, el drama humano genérico que acompaña al drama histórico específico; de donde viene la denominación de “comunes” o “vulgares” que se suele dar a las noticias de tal clase. La historia investiga el carácter propio y peculiar de las instituciones y costumbres que los hombres de acción concurren a formar, de los conceptos y sistemas que los filósofos elaboran, de los poemas y pinturas que los artistas crean, porque estos hechos espirituales son premisas de los nuevos que se preparan. La anecdótica recuerda al hombre de acción de qué modo y entre qué circunstancias otros hombres de acción se elevaron hasta su obra, qué dificultades, harto prosaicas a menudo, tuvieron que vencer, en qué errores se extraviaron, cómo amaron y odiaron o fueron amados y odiados, sus afanes y consuelos, sus desesperaciones y júbilos; y, de modo semejante, habla al filósofo de los filósofos, al poeta de los poetas, al santo de los santos y a otros seres más humildes y aun ocupados en cosas menos dignas, de los que fueron semejantes a ellos y a los que les agradaría parecerse. El principio que la mueve, distinto de la gravedad de la historia, es decir, del grave interés poético de ésta, fue ya llamado en la Antigüedad por un escritor de biografías anecdóticas, Flavio Vopisco, “curiosidad”, que (añadía) podrá parecer “frívola” pero que “nada rechaza, porque las minucias son agradables y tiene gracia leerlas”.[79] La selección de una u otra serie anecdótica y el sentimiento que en una o en otra ponen el narrador o el lector, dependen de la cualidad alta o baja de la necesidad inicial; pero, en su aspecto formal, la génesis y la naturaleza de la anecdótica es siempre la misma.

Ya que se trata de imágenes de contenido genéricamente humano, se podría pensar que la necesidad descrita se satisfizo similarmente con las combinaciones de la imaginación en el mundo de las posibilidades o, como suele decirse, con las novelas, que representan las más variadas situaciones en que el hombre puede hallarse y las más variadas reacciones de su alma, y hallan también resonancia en las actitudes mentales y en las acciones prácticas, procurando incitaciones y sugiriendo puntos de vista no sólo a los enamorados con las novelas de amor, sino a los guerreros con los libros de caballerías y a los aventureros con los de aventuras. Pero ello no es así, y todos pueden comprobar que lo que ocurre es lo contrario: todos han tenido ocasión de observar el cambio de cara y la desilusión de los niños cuando se les dice que el cuento que escucharon boquiabiertos “no es una historia de verdad”; y se recordará el caso del pobre narrador que, habiendo cegado, siguió por algún tiempo disimulando su ceguera con el subterfugio de tener en la mano un libro como si fuese leyendo en él, pero sus oyentes desertaron cuando se dieron cuenta de su desgracia y de que ya no leía “en el libro”, en el libro que era garantía de realidad para ellos. A los personajes mismos de las novelas, cuando sirven para experimentos y admoniciones prácticas, se les cree y estima en aquel instante como a hombres pertenecientes a la realidad verdadera. Las noticias de la anecdótica deben ser o tenerse por cosas acaecidas, y sólo de este modo satisfacen a la necesidad que se ha descrito.

Ciertamente, este carácter, que les es indispensable, de cosas ocurridas, no las hace “históricas” porque los hechos son históricos sólo en cuanto se piensa, con ellos, en el desarrollo de la historia, y aquellas noticias están fuera de tal conexión. Pero aunque no sean históricamente comprendidas y comprobadas, siguen siendo noticias que hacen ciertas el apoyo de buenos testimonios, estudiados y aprobados por la crítica de testimonios y documentos y, aunque coloreados por la imaginación, sólo dentro de ciertos límites, y así hacen su llamamiento a la fe para que se las tenga por verdaderas. Negarles fe por escepticismo hipercrítico es tan indiscreto como el extremo opuesto de la credulidad estúpida; conviene ponerse, como decía el tratadista del siglo XVI Francesco Balduino, “al leer a los historiadores, no como niños, ni como ancianos: no creer con demasiada facilidad, pero tampoco oponer demasiadas dificultades”. La exigencia con que se pide verdad efectiva a las noticias de la anecdótica es de la misma naturaleza de la necesidad que las mueve, y que no consiste ya en conocer sus posibilidades sino su realidad efectiva, es decir, cuánto ha sido la humanidad efectivamente capaz de hacer y de padecer en bien o en mal, y cómo ha de pensarse, en vista de ello, lo que aún puede hacer o sufrir, y lo que se le puede pedir racionalmente que haga. Así se para la objeción que se oye frecuentemente contra ciertos cuentos o propuestas de ideales: “Son sueños de poetas”. No son sueños de poetas, como los de la edad de oro, o los de los caballeros de la Mesa Redonda, porque si las noticias fidedignas de la vida humana a través de los siglos nos disuaden de creer que sus hombres, por grandes que sean, pueden existir jamás sin debilidad ni pecado, nos persuaden también de que siempre hubo y habrá sublimes sacrificios y obras estupendas de bondad y de belleza, y hombres de corazón generoso y ánimo atrevido; gracias a lo cual (como en el canto goethiano a la muerte de Euforión) vuelve a entrar la confianza en los pechos y los conforta con el pensamiento de que “la tierra volverá a engendrarlos, como los ha engendrado siempre”.

Por las razones antedichas la anecdótica persiste y persistirá al lado de la historia, sirviendo una y otra a fines diversos y complementarios en la armonía del espíritu. En las edades férvidas de vida intelectual y moral, se acrecientan al par una y otra; el más intenso desarrollo de la más filosófica y rigurosa historiografía no desplazará del puesto que ocupan a las memorias, a las vidas y a todo lo demás de la anecdótica. El historiador de más severo ánimo e ingenio se inclinará de vez en cuando a leer, y acaso a escribir también, libros de esta clase, no ya como simples “pasatiempos”, o sólo en el sentido de que la mente se reconforta y refresca al pasar de una a otra forma de actividad espiritual y se reintegra de continuo en su armonía aflojando la tensión del pensamiento histórico gracias a la tensión distinta ya de la poesía, ya de la anecdótica.

Pero la relación entre ambas no es de materia a forma, como se lo parecía a Montaigne, a quien es grato seguir citando aquí ya que entrevió y poco menos que distinguió las dos diversas maneras de tratar los hechos acaecidos, llamando a una historia “sencilla” y a otra historia “excelente” y declarando que gustaba de los historiadores “muy sencillos”, como “el buen Froissart”, o de los “excelentes”; pero una, por grata y atrayente que la sintiera, se le hizo pesada en la definición, convirtiéndose en la “materia de la historia una e informe”, que dejaba a la otra “todo el juicio para el conocimiento de la verdad”. Relación de materia a forma es la que existe entre la erudición o filología con respecto de la historia, de la filología que tiene carácter de exactitud pero no lo tendrá nunca de verdad, como la historia, ni de

probable realidad humana, como la anecdótica; y áridos y fríos e indiferentes son y deben ser (y es obligación de su particular oficio) los eruditos y los filólogos frente a los historiadores, altamente emotivos, y a los anecdotistas, partícipes suyos. Por otra parte, la historia que Montaigne aborrecía porque estaba “entre dos aguas” y que llamaba “la manera más común”, obra de escritores “que nos echan a perder todo”, porque quieren “mascar los trozos” y tienen por ley el juzgar “y, por consiguiente, inclinar la historia según su fantasía”, no es una forma intermedia, sino ya la historia verdadera y propia que se deja sentir, insatisfecha de la disgregación y carencia de pensamiento de la anecdótica, separada de ésta, ciñéndose a recorrer su camino, recorriéndolo como sabe y puede. Será pobre, será infeliz, estará mezclada con explicaciones que no explican, con juicios arbitrarios y conceptos insuficientes y confusos; pero ya no es anecdótica. Y ella, y no la anecdótica, entra a componer la historia de la historiografía con su momento o con sus momentos positivos, y también con los negativos, a los que se ligan los avances ulteriores. Las historias “excelentes” no son sino aquellas en que los momentos positivos se siguen más continuos y comprensivos, pero que, sin embargo, dan paso a momentos negativos, si no en otra cosa, en la determinación y limitación misma de los intereses espirituales que las mueven, haciéndolas aparecer como insuficientes para quien vuelve a tomar su materia con nuevos requerimientos y nuevos conceptos correlativos.

Ni, por último, deja lugar al problema que se agitó principalmente en la época romántica pero que ni aún hoy está muerto, de la unión que convendría lograr entre lo histórico y lo anecdótico para obtener una obra entera y una historia verdaderamente perfecta, en que la primera aportara la interpretación filosófica y la otra la vivacidad de la representación; el dibujo la primera y el color la segunda. La distinción entre dibujo y color, metafóricos cuando se habla de historiografía, es tan frágil como en pintura, donde dibujo y color forman, en último análisis, un todo; y en verdad la historiografía tiene su propio dibujo-color y la anecdótica el suyo, y una y otra son, cada cual a su modo, pensamiento y representación, una y otra tienen su vivacidad de estilo. De unir una con otra no resultará más que una mezcolanza, un batiburrillo, en que historia y anecdótica lucharían entre sí, con dos intereses y dos disposiciones espirituales distintas. Si se pregunta de qué manera relatos históricos y cuentos anecdóticos pueden estar contenidos eventualmente en una exposición sola, el problema, así propuesto, no es ya, como el precedente, de naturaleza lógica y mal fundado en lógica, sino de naturaleza puramente literaria, y bien fundado en esta parte, porque no se podrá negar que puede ser a veces útil el reunir en una sola composición historia y anecdótica, subordinando literariamente ya una, ya otra, y tratando ya a una ya a otra de modo digresivo, concertándolas en la entonación estilística. Pero el arte de la composición literaria no tiene que ver con la metodología científica de que aquí se trata.

De otra manera, diversa en todo, la historiografía acude, cuando quiere, a las colecciones de anécdotas históricas: no para sacar de ellas algo que integre su pensamiento, sino tan sólo para sacar formas e imágenes de “expresión”, idealizando las anécdotas que emplee, refiriéndolas a sus juicios correctos, de que ellas vienen a ser nuevos símbolos. Se ingenia, ciertamente, para tal uso, en emplear sólo las anécdotas que la crítica de testimonios ha admitido, según el papel que le corresponde, pero si se ha equivocado y luego la misma crítica, como suele ocurrir, muda de parecer y rechaza lo que antes aceptó, nada de sustancial

se ve comprometido o perdido en la historia propia y verdadera, porque dichas anécdotas no habían asumido rango de pruebas. Acaso madame Roland no exclamara, yendo hacia la guillotina: “ ¡Oh, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, ni la napolitana Leonor de Fonseca, hermana suya en fe, al disponerse a muerte parecida, su “El haber tenido esto presente, ¡cuánto hubiese ayudado!”, y que uno y otro dicho hayan sido forjados por admiradores o amigos suyos, o se hayan venido forjando por una serie de equívocos y trueques de palabras. A pesar de todo, ambos dichos simbolizan bien el ánimo fuerte y la mente elevada de los intelectuales, soñadores de libertad y de humanidad, que promovieron las revoluciones francesa y napolitana y las representaron y en ellas perecieron. La idealidad simbólica de la anécdota en la historia hace ver la impaciencia y el fastidio que se desatan contra los filólogos, que, al escudriñar los testimonios, destruyen las leyendas; pues, aunque no puedan hacer otra cosa y alguien haya de desempeñar aquel oficio, su actividad parece como pisotear y hacer burla del significado ideal de las leyendas criticadas. Goethe, entre otros, mandaba al diablo a los que declaraban espurios y falsos los relatos del heroísmo de Lucrecia y de Mucio Scevola, firme en la convicción de que sólo es falso y espurio lo absurdo, lo vacío, lo obtuso, lo infructuoso, y nunca lo que es bello y vivificante, y que “si los romanos –decía— fueron bastante grandes para inventar cosas como aquéllas, nosotros hemos de ser por lo menos bastante grandes para creerlas”.[80] También Burckhardt[81] defendía las anécdotas típico-militares de que son ricas y están a menudo entretejidas las historias de la antigua Grecia, formando una especie de “historia alterna”, una historia imaginada, que afirma lo que se pensaba de que aquellos hombres eran capaces y les da sus rasgos más característicos.

Pero si la anecdótica, como tal, no es convertible en historiografía y, por lo tanto, el pensamiento no puede resolverla en sí, éste, por otra parte, bien puede acompañarse con ella, haciendo florecer en sus relatos observaciones morales, políticas, estéticas y referencias a la historia; que es lo que suele hacerse por los mejores escritores de anecdótica y distingue a la anecdótica inteligente y elegante de la vulgar; como la finura moral del ánimo pone distancia entre la frívola y la seria, entre la noble y la innoble, entre la que habla al hombre del hombre y la que le distrae con lo que hay en él de animal o bestial, y, acariciándolo y cultivándolo en él, le seduce y extravía.

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