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EL PARADIGMA DEL DESARROLLO HUMANO EN UN MUNDO GLOBALIZADO.

Actualmente el mundo está viviendo un proceso de cambios acelerado asimilable a escala económica al que tuvo lugar durante la Revolución Industrial. Es lo que se conoce como el fenómeno de la globalización que se ha puesto en marcha con el desarrollo de la era informática y las telecomunicaciones.

Las fuerzas motoras de estos cambios y alteraciones, están basadas en la configuración de un mercado mundial, en el crecimiento acelerado del progreso tecnológico, en el acortamiento del periodo de investigación y difusión de un producto en el mercado y el acceso masivo a la información a costes reducidos y en tiempo real, en la

general de las ideas liberales y la ausencia en defensa de modelos alternativos de política económica (Fuertes, 2006).

La globalización se ha visto acentuada por la aceleración de los intercambios comerciales entre naciones tras la firma en 1947 del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT).

El diccionario de la RAE la define como «tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales». La globalización se percibe como «la imposición unilateral de una determinada forma de entender la economía y la gobernabilidad a todo el globo» (Martínez Guzmán, 2006).

Hay que reconocer que vivimos de acuerdo con una concepción más global e interdependiente de las actividades y de las relaciones económicas, lo que conlleva elementos positivos y negativos y lo importante es saber diferenciarlos y extraer los puntos fuertes en cada momento. El problema no está tanto en la globalización en sí, sino en el marco ideológico en el que se produce, por eso los problemas de dicha globalización (y entre ellos el tabaco) exigen la necesidad de reintroducir comportamientos éticos en los individuos.

Como Sen reconoce:

Vivimos en un mundo de una opulencia sin precedentes […], pero también de notables privaciones, miseria y opresión […] La persistencia de la pobreza y muchas necesidades básicas insatisfechas, las hambrunas, la violación de las libertades elementales, así como de libertades básicas, la falta de atención a los intereses de las mujeres […], las amenazas sobre el medio ambiente y sobre el mantenimiento de nuestra vida económica y social (Sen, 2000:15-16).

medioambientales y sociales, se ha exacerbado la brecha entre ricos y pobres fuera y dentro de los países, y se ha acelerado el consumismo.

Los grandes éxitos de la atención a la salud en el primer mundo son una excepción a la regla dominante, ya que la inmensa mayoría de las personas de nuestro planeta, no puede acceder a los servicios sanitarios con facilidad y por lo tanto tiene pocas posibilidades de tener una buena salud o de conseguir su recuperación.

Los indicadores comparativos de salud son alarmantes cuando se comparan países desarrollados y países en vías de desarrollo. Hoy, mil millones de personas no tienen acceso a los servicios básicos, de los que la mayor parte son mujeres.

Según el Banco Mundial, el total de seres humanos que vive en la pobreza más absoluta, con un dólar al día o menos, ha crecido de 1200 millones en 1987 a 1500 en la actualidad y, si continúan las actuales tendencias, alcanzará los 1900 millones para el 2015. Y casi la mitad de la humanidad no dispone de 2 dólares al día.

Y no se trata únicamente de desequilibrios entre países: es preciso salir también al paso de las fuertes discriminaciones y segregación social que se dan en el seno de una misma sociedad y, muy en particular, de las que afectan a las mujeres en la mayor parte del planeta (desigualdades a las que contribuye, como se detalla a lo largo de esta tesis, el tabaco).

Quizás sea en las diferencias en el consumo donde las desigualdades aparecen con mayor claridad.

Sin embargo, paradójicamente, parece que el único consumo al que tienen acceso por igual todos los pueblos del mundo, sea el tabaco, independientemente del poder adquisitivo y de las necesidades básicas que haya que sacrificar en cada familia. Esto,

niveles, dado que por un lado el tabaquismo afecta de manera más negativa a los pobres y por otro, porque reduce significativamente sus posibilidades de desarrollo.

Y, como reconoce el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), «la educación insuficiente y la falta de acceso a la información hace que a millones de personas de todo el mundo les resulte muy difícil comprender cómo prevenir y curar enfermedades» - desde los problemas respiratorios hasta la malaria o el SIDA- que «merman la productividad de las personas y suelen representar un importante lastre para las familias». La Industria del Tabaco dirige en la actualidad todo su armamento propagandístico hacia los países en vías de desarrollo, donde no existe educación sanitaria, ni filosofía de prevención, ni recursos para hacer frente a todos los problemas sanitarios ocasionados por el tabaquismo.

La reducción de la pobreza y la universalización de los Derechos Humanos se convierte así en una necesidad absoluta para la supervivencia de la especie humana y aunque sólo sea por egoísmo inteligente es preciso actuar, porque la prosperidad de un reducido número de países no puede durar si se enfrenta a la extrema pobreza de la mayoría (Folch, 1998; Mayor Zaragoza, 2000; Vilches y Gil, 2003; Sachs, 2005). El bienestar de cada uno de nosotros también depende, en gran parte, de que exista un nivel de vida mínimo para todos.

Quizás por eso en la llamada «Cumbre del Milenio» de Naciones Unidas, celebrada en septiembre de 2000, los líderes mundiales se comprometieron solemnemente a reducir la pobreza, la enfermedad, el hambre, el analfabetismo y la degradación del medio ambiente. Un compromiso reflejado en el documento: «Nosotros, los pueblos: la función de Naciones Unidas en el siglo XXI», que fue la base de la Declaración del Milenio. Un

acabar con la pobreza en el mundo y alcanzar un desarrollo sostenible para toda la humanidad (Sachs, 2005).

Cada año mueren en el mundo 15 millones de niños por causas relacionadas con el hambre, lo que supone una cifra de 40000 muertes diarias. Más de la cuarta parte de las poblaciones asiáticas y africanas sufre tal desnutrición que queda indefensa frente a las enfermedades y no es posible el normal desarrollo físico y mental de los niños.

De hecho, estudios fiables de muy diversa procedencia (PNUD, Banco Mundial…) prueban que se podría erradicar la pobreza extrema, con sus secuelas de enfermedad, hambre, analfabetismo, sólo con el 5% del gasto militar mundial (800.000 millones de dólares anuales en armamento). Y es igualmente inaceptable que la deuda externa siga atenazando a los países en desarrollo, mientras se ignora la «deuda ecológica» que los países desarrollados han contraído con el resto del planeta «por la utilización masiva que han hecho de sus recursos forestales, mineros y, en general, de su biodiversidad, así como por la ocupación de su espacio ambiental con residuos» (Novo, 2006a) (como se verá más adelante, la Industria del tabaco contribuye a la degradación del medio ambiente especialmente en los países en vías de desarrollo).

Por lo tanto, hablar del tabaco como producto conflictivo y costoso con respecto a los recursos sanitarios y humanos, y de sus devastadoras consecuencias en la pobreza y en el desarrollo, implica una introducción conceptual de la definición de la pobreza desde sus distintos aspectos y manifestaciones, para poder analizar hasta qué punto es necesaria la prevención del tabaquismo como medida en el contexto de la lucha contra la pobreza:

 Según el Banco Mundial:

La pobreza es hambre; es la carencia de protección; es estar enfermo y no tener con qué ir al médico; es no poder asistir a la

trabajo; es tener miedo al futuro, es vivir al día; la pobreza es perder un hijo debido a enfermedades provocadas por el uso de agua contaminada; es impotencia, es carecer de representación y libertad […] un fenómeno multidimensional, que incluye incapacidad para satisfacer las necesidades básicas, falta de control sobre los recursos, falta de educación y desarrollo de destrezas, deficiente salud, desnutrición, falta de vivienda, acceso limitado al agua y a los servicios sanitarios, vulnerabilidad a los cambios bruscos, violencia y crimen, falta de libertad política y de expresión (Romero, 2002: 88).  Otro punto de vista es el de la CEPAL (2000) que relaciona la pobreza con la

satisfacción de las llamadas necesidades básicas, consideradas universales y que comprenden «una canasta mínima de consumo individual o familiar (alimentos, vivienda, vestuario, artículos del hogar), el acceso a los servicios básicos (salud y educación, agua potable, recolección de basura, alcantarillado, energía y transporte público), o ambos componentes». A partir de lo anterior «la pobreza y su magnitud dependen del número y las características de las necesidades básicas consideradas». Por su carácter generalmente discreto los índices de necesidades básicas «presentan limitaciones para estimar la dispersión de la pobreza, porque tienden a igualar a quien está apenas cerca del límite con quien se encuentra mucho más alejado» (CEPAL, 2000).

 La pobreza, como afirma Mariano Aguirre, no es un problema individual, o familiar, ni está relacionada con peculiaridades culturales de determinados países, es una consecuencia de estructuras y procesos económicos, de formas de distribución de ingreso, de la mayor o menor cantidad de servicios que ofrece el estado, de la cantidad de empleo que se crea, de la relación de la población y el medio ambiente y del grado de estabilidad y paz o inestabilidad y conflicto armado que existe, dado que hay un vínculo entre pobreza y conflicto (Aguirre,

colectivo que tiene una estrecha relación con el conjunto de los derechos humanos, que comprenden los derechos civiles, económicos, culturales, sociales y económicos.

 Amartya Sen considera la pobreza como privación de las capacidades y derechos de las personas.

Es decir, se trata de la privación de las libertades fundamentales de que disfruta el individuo para llevar el tipo de vida que tiene razones para valorar. Desde este punto de vista, la pobreza debe concebirse como la privación de capacidades básicas y no meramente como la falta de ingresos, que es el criterio habitual con el que se identifica la pobreza (Sen, 2000: 114).

Esto no significa un rechazo a la idea de que la falta de ingreso sea una de las principales causas de la pobreza, pues «la falta de renta puede ser una importante razón por la que una persona está privada de capacidades» (Sen, 2000: 114).

No obstante, como lo enfatiza el autor, lo que hace la perspectiva de las capacidades en el análisis de la pobreza es contribuir a comprender mejor la naturaleza y las causas de la pobreza y la privación, trasladando la atención principal de los medios (y de determinado medio que suele ser objeto de una atención exclusiva, a saber, la renta) a los fines que los individuos tienen razones para perseguir y, por lo tanto, a las libertades necesarias para poder satisfacer estos fines. Igualmente, la mejora de la educación básica y de la asistencia sanitaria no sólo aumenta la calidad de vida directamente sino también la capacidad de una persona para ganar una renta y librarse, asimismo, de la pobreza de renta, por eso, cuanto mayor sea la cobertura de la educación básica y de la asistencia sanitaria, más probable es que incluso las personas potencialmente pobres tengan más oportunidades de vencer la miseria (Sen, 2000: 117-118).

 De acuerdo con la CEPAL para Sen importa más la calidad de vida que la cantidad de bienes y servicios a que puedan acceder las personas. Su análisis se fundamenta :

en las capacidades o potencialidades de que disponen los individuos para desarrollar una vida digna, e incorpora los vacíos en los procesos de distribución y de acceso a los recursos privados y colectivos, de ahí que el bienestar no se identifica con los bienes y servicios, ni con el ingreso, sino con la adecuación de los medios económicos con respecto a la propensión de las personas a convertirlos en capacidades para funcionar en ambientes sociales, económicos y culturales particulares (CEPAL, 2000: 83).

 Otro enfoque de la pobreza es el de la llamada pobreza humana, propuesto por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Este enfoque se refiere a la privación en cuanto a tener una vida larga y saludable; poder acceder al conocimiento; alcanzar un nivel de vida decente y a acceder a la participación. Este concepto se diferencia de la definición de pobreza de ingreso, que parte de la privación de un solo factor: el ingreso, ya sea porque se considera que ese es el único empobrecimiento que interesa o que toda privación puede reducirse a un denominador común. De acuerdo con el PNUD,

El concepto de pobreza humana considera que la falta de ingreso suficiente es un factor importante de privación humana, pero no el único, y que por lo tanto no todo empobrecimiento puede reducirse al ingreso. Si el ingreso no es la suma total de la vida humana, la falta de ingreso no puede ser la suma total de la privación humana. Para el PNUD esta definición de pobreza está estrechamente ligada al concepto de desarrollo humano, el cual es entendido como un proceso de ampliación de las opciones de la gente, a través del aumento de sus funciones y capacidades. De esta manera, el desarrollo humano refleja además los resultados de esas funciones y capacidades en cuanto se relacionan con los seres humanos. Representa un proceso a la vez que un fin. En todos los niveles del desarrollo las tres capacidades esenciales consisten en que la gente viva una vida larga y saludable, tenga conocimientos y acceso a recursos necesarios para un nivel de vida decente. Pero el ámbito del desarrollo humano va mucho más allá: otras esferas de opciones que la gente considera en alta medida incluyen la participación, la seguridad, la sostenibilidad, las garantías de los derechos humanos, todas necesarias para ser creativo y productivo y para gozar de respeto por sí mismo, potenciación y una sensación de pertenecer a

Como se puede observar, la influencia seniana en esta definición es obvia. Igualmente, el concepto de pobreza está relacionado con los derechos humanos, en la medida en que facultan a los pobres para que reivindiquen sus derechos económicos y sociales: alimentos, vivienda, educación, atención de salud, un trabajo digno y adecuadamente remunerado, seguridad social y participación en la toma de decisiones. Esos derechos los facultan para exigir que se les rindan cuentas por la prestación de buenos servicios públicos, por políticas públicas en favor de los pobres y por un proceso participatorio transparente abierto a que se escuchen sus opiniones. Esto impulsa una política pública dinámica en favor del desarrollo equitativo y el desarrollo humano acelerado (PNUD, 2000).

Podrían diferenciarse tres perspectivas de la pobreza:

• La perspectiva del ingreso: Cuando el nivel de ingreso es inferior a una línea de pobreza definida.

• Perspectiva de las necesidades básicas: La privación de los medios materiales para satisfacer en una medida mínimamente aceptable las necesidades humanas.

• Perspectiva de la capacidad: Ausencia de capacidades básicas para funcionar, de oportunidades para lograr niveles mínimamente aceptables de funcionamientos básicos.

La medición del desarrollo humano en relación con la pobreza de capacidades, supone valorar, además del ingreso, otros aspectos como:

• la nutrición

• tener una vida más segura • buenas condiciones de trabajo • protección contra la violencia • participación en la comunidad • horas de descanso

• actividades culturales • participación política

Esta es la razón por la que el PNUD ha introducido el IDH (Índice de Desarrollo Humano) que intenta reflejar el bienestar desde un punto de vista más amplio, contemplando tres dimensiones -longevidad, estudios y nivel de vida- y que se ha convertido en un instrumento para evaluar las diferencias y las desigualdades entre países (Comisón Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo, 1988).

La redistribución hacia los pobres, en forma de mejorar su salud, educación y nutrición es intrínsecamente importante para la plenitud de su vida, pero también para aumentar el capital social que tendrá influencia duradera para el futuro (Sen y Anand, 1994).

Los propios bienes primarios son distintos tipos de recursos generales y no nos dicen nada sobre el uso de los recursos para poder hacer cosas valiosas, es decir, sobre la libertad de que dispone.

Sen plantea que lo importante es la libertad real de las personas y propone evaluar las realizaciones alcanzadas por una persona en términos de su conjunto de capacidades de realización, o lo que él llama su libertad de bienestar.

El fin es centrar la atención en las oportunidades reales del individuo para alcanzar su objetivo y para ello no hay que tener en cuenta sólo los bienes primarios que posee una persona, sino las características personales que determinan la conversión de los bienes primarios en la capacidad de la persona para alcanzar sus fines.

Llevamos un tiempo tratando de defender la idea de que en muchas evaluaciones el espacio correcto no es ni el de las utilidades (como sostienen los partidarios del enfoque del bienestar), ni el de los bienes primarios, sino el de las libertades fundamentales –capacidades- para elegir la vida que tenemos razones para valorar (Sen, 2000: 99).

La pobreza se identifica así, con la privación de capacidades. La renta, por tanto, no es el único instrumento que genera capacidades y la relación entre su falta y la falta de capacidades varía de unas comunidades a otras, de unas familias a otras, y de unos individuos a otros por múltiples y diversos motivos.

La perspectiva de las capacidades contribuye a comprender mejor la naturaleza y las causas de la pobreza, trasladando la atención principal desde los medios a los fines que los individuos tienen razones para perseguir, y por lo tanto, a las libertades necesarias para satisfacer estos fines.

A lo largo de las dos últimas décadas se ha producido una alteración muy notable en la forma de entender el proceso de desarrollo. En la base de estos cambios y de esta nueva visión del desarrollo, se encuentran las aportaciones de Amartya Sen y la del resto de analistas que dieron lugar al concepto de «Desarrollo Humano», que es el aumento de las opciones para que los seres humanos puedan elegir. En este sentido el bienestar humano consiste en desarrollar las capacidades de las personas. Desde este enfoque, es posible hablar de desarrollo cuando las personas son capaces de hacer más cosas, no cuando éstas son capaces de comprar más bienes o servicios. De esta forma, el crecimiento del PIB, la

industrialización o el progreso tecnológico son unos medios importantes para expandir esas libertades, pero no bastan (Sen, 2000).

Según Sen, el proceso de desarrollo consiste en la eliminación de las principales fuentes de privación de libertad, tales como: la pobreza y la tiranía, la escasez de oportunidades económicas y las privaciones sociales sistemáticas, el abandono en que pueden encontrarse los servicios públicos y la intolerancia o el exceso de intervención de los Estados represivos.

Otras definiciones de los conceptos principales de las aportaciones de Sen, y que aparecen a lo largo de este capítulo, son las siguientes:

 Bienestar: Calidad de vida. Se mide por conjunto de funcionamientos alcanzados por una persona o comunidad.

 Funcionamientos o funciones: Refleja las diversas cosas que una persona puede valorar, hacer o ser. Las funciones valoradas pueden ir desde las elementales, como comer bien y no padecer enfermedades evitables, hasta actividades o estados muy complejos, como ser capaz de participar en la vida de la comunidad y respetarse a

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