Página | 65 Fue la que más represento situaciones de violencia obstétrica por parte del personal de salud, la pregunta se basa en saber si trataron con sobrenombres y/o diminutivos a las mujeres que fueron a parir. De las 40 mujeres que contestaron, el 87% de ellas dijo que efectivamente las trataron por diminutivos, pero al momento de preguntar si les había molestado ser llamadas como ‘mami’, ‘gordi’, ‘nena’, la mayoría dijo que no, que pensaban que lo hacen “de manera cariñosa” o que “no se pueden acordar de los nombres de todas”, mientras que el 13% restante, respondió que las habían tratado por sus nombres de pila.
La despersonalización es una clara acción de violencia contra las personas, en este caso, contra las mujeres embarazadas, al no tratarlas como sujetos de derechos, personas que tienen una identidad. La obstetra que atiende en los centros de salud donde se realizaron las encuestas dejo algo en claro: “tratarlas de mami es violencia, si no sabes el nombre se lo preguntas…” (Lic. en Obstetricia- Sector público).
Es así que la conjunción de la despersonalización y la infantilización tiene como objetivo tratar a las mujeres como sujetos pasivos, que dependen cien por ciento de aquellas personas que tienen un saber incuestionable y, por lo tanto, su trato hacia las mujeres, también es incuestionable. Montes Muñoz (2007), con respecto a esto dice
La infantilización de las mujeres como seres incapaces de responsabilizarse porque “no saben o no se enteran” es ya tradicional en las relaciones con los/as profesionales y la encontraremos con mucha frecuencia en la asistencia a los partos, con lo que les autoriza a tomarse un papel tutelar de control (Montes Muñoz, 2007: 142).
Si 87%
No 13%
Página | 66 Más allá del nombramiento o no, se considera que la despersonalización tiene que ver con un distanciamiento del profesional respecto de la mujer, con la indiferencia, con la falta de empatía, la falta de voluntad de vincularse y comprometerse con la atención de cada una de ellas, y así poder entenderlas y entender su proceso individual (Quevedo, 2012).
Pero esto tiene todo un sentido de violencia simbólica detrás, ya que no es una violencia que ‘se ve’, sino que esta encubierta. Decir ‘mami’ o ‘gordi’ en vez de sus nombres, claramente es violencia, pero esta tan naturalizado de que sea así, que muchas personas no pueden visibilizar este tipo de vulneración.
La violencia simbólica es analizada en el texto de Casal Moros y Alemany Anchel (2013) de la siguiente manera
“La violencia simbólica, una aparente “contradictio in terminis” es, al contrario de la violencia física, una violencia que se ejerce sin coacción física a través de las diferentes formas simbólicas que configuran las mentes y dan sentido a la acción” (Fernández, 2005). El agente dominado no es consciente de su estado de sumisión, no se siente obligado a actuar y pensar de forma distinta, porque hacerlo significaría ir en contra del orden lógico o “natural” de las cosas(Casal Moros, Alemany Anchel, 2013: 63).
Queda por destacar el hecho de que en este tipo de violencia están presentes los tres elementos básicos que conforman la ‘violencia simbólica’, los cuales Casal Moros y Alemany Anchel (2013) los describen de la siguiente manera
a) Agente dominante, el cual ejerce el “poder simbólico” (…) “Bourdieu emplea el término ‘poder simbólico’ para referirse, no tanto a un tipo específico de poder, sino más bien a un aspecto de la mayoría de las diversas formas de poder que se despliegan rutinariamente en la vida social y que raramente se manifiestan abiertamente como fuerza física. El poder simbólico es un poder ‘invisible’, que no es reconocido como tal, sino como algo legítimo, presupone cierta complicidad activa por parte de quienes están sometidos a él, requiere como condición de su éxito que éstos crean en su legitimidad y en la de quienes lo ejercen”. b) Agente dominado, entendido como aquel sobre el que se ejerce el poder simbólico. c) Capital simbólico. Aquello que el dominado debe al dominante y que Bourdieu describe como: “El capital simbólico es una propiedad cualquiera, fuerza física, riqueza, valor guerrero, que, percibida por unos agentes sociales dotados de las categorías de percepción y de valoración que permiten percibirla, conocerla y reconocerla, se vuelve simbólicamente eficiente, como una verdadera fuerza mágica”.
Por tanto, en base a estas definiciones y en relación al tema que nos atañe, se podría considerar a los profesionales sanitarios como el “agente dominante” que ejerce el “poder simbólico”; a las futuras madres como “el agente dominado”, ya que en su mayoría han aceptado su condición y se ponen en manos de profesionales, delegando cualquier tipo de
Página | 67 responsabilidad en ellos; y al capital simbólico como aquello que la futura madre “debe” al agente dominante a cambio de garantizar su salud y la del futuro niño. En este caso, podríamos decir que la mujer parturienta debe respeto y obediencia (Casal Moros- Alemany Anchel, 2013: 64).
Por último, es necesario aclarar que no solo se da una despersonalización hacia las mujeres que concurren a los servicios de salud, sino, como afirma Canevari (2011), las mujeres rara vez conocen el nombre de quien las atendió y rara vez son llamadas por su nombre (como se viene analizando en los anteriores capítulos)
Es una relación anónima, sin nombres. Los y las profesionales que trabajan en la maternidad conservan el anonimato ya que en su gran mayoría no tienen identificación y sólo algunas personas se presentan a las mujeres. El delantal es un signo de distinción, acompañado de otras señales de clase (calzados, cadenas, anillos, peinados). Pero las diferentes profesiones o funciones no se diferencian, hay entonces un grupo de personas que trabajan, que no es posible conocer su nombre o su profesión (Canevari. 2011: 88).