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SIGNIFICANT DEVELOPMENTS IN

La temporada del campo inicia a partir de mediados de diciembre, es cuando la gente comienza a picar la caña, a preparar el terreno para la siembra, poco tiempo después si se cuenta con el recurso económico suficiente se procede a arar el terreno, esto último sería lo ideal para dejar lista la tierra, pero para muchos no siempre es viable hacerlo porque no es terreno propio, recordemos que en capítulos anteriores hemos advertido que sólo la mitad de los habitantes de Tepanyehual cuentan con terreno propio, los demás en caso de que tomen la decisión de sembrar, recurren a la renta de tierra. Lo que se paga es un arado con animales, es con bueyes, lo que se le cobra al interesado es el costo de los animales, el arado ya es incluido en el precio, donde la yunta cuesta doscientos cincuenta pesos. Una vez que el terreno es roturado entonces es que se viene la siembra del maíz, y después toca esperar a que brote y tenga unos veinticinco centímetros de alzada, para entonces meter el azadón, después hay que mantenerse sólo atento cuidándolo teniendo limpia el área.

La renta se realiza en áreas que van desde media hectárea hasta una hectárea completa. Hemos de recordar que esto ha sido una práctica habitual dentro de la comunidad, al igual que el destino que tendrá la cosecha, la cual casi sin excepción es para el autoconsumo. Cada vez resulta menos habitual observar familias con plantas para remedios o cultivos tales como hortalizas para su autoconsumo, incluso las gallinas y los guajolotes ya no se observan en la mayor parte de las casas. Sin llamarlo como tal reconocen que anteriormente estaban relativamente más cerca de completar el abasto familiar con la propia producción, aunque siempre ha sido necesario comprar algunas cosas, eso no cambia.

Buscando obtener los medios y recursos para conseguir lo necesario del día a día, es que también se recurre a la solicitud de apoyos de diversa índole, tales como los programas que son promovidos desde dependencias estatales y federales, donde ya hemos hablando del Programa

Oportunidades. Están también los apoyos para la crianza de pequeñas especies, para aves de corral. En estos últimos programas se suele apoyar con el material y la gente aporta la mano de obra.

El tener que salir para emplearse en la ciudad, no sólo se convierte casi en una obligación como lo hemos mencionado anteriormente, sino también entre algunos de los jóvenes se encuentra la que parece ser una curiosidad permanente por hacerlo. El grueso de la población joven sale por primera vez de la comunidad antes de cumplir la mayoría de edad, y se ha vuelto casi una ruta sistemática el realizarlo por temporadas de seis meses que brinde el tiempo suficiente para conseguir un ahorro. Algunos a su temprana edad afirman que siempre será mejor salir, aunque otros pocos pueden bien prescindir de hacerlo, porque el contar con algún familiar que les apoye desde afuera, o encontrarse en una situación económica no tan dependiente, así como el hecho de tener un fuerte arraigo a su familia que vive en la comunidad, son motivos suficientes para mantener el deseo de no salir. Afuera en la ciudad se emplean en trabajos de mudanza, en la venta de comida, como empleados de mostrador. La construcción se presenta como una especie de aspiración compartida para los hombres jóvenes, y es que resulta muy llamativa porque permite seguir aprendiendo y a muchos les permite mantener la aspiración de convertirse en contratistas. Dentro de esta dinámica se cuenta con una variable que está muy cerca de ser una constante, y ésta se refiere a aquellas familias que tienen al menos a uno de sus miembros en calidad de migrante en los Estados Unidos, el cual llega a asumir el rol de proveedor y con ello en algunos casos incluso otorga la oportunidad de elegir salir o no a aquellos miembros jóvenes de la familia. La anterior posibilidad no representa el hecho de que los jóvenes no salgan, pero sin duda brinda un efecto de amortiguamiento para que su empleo en alguna otra tarea que genere un ingreso económico sea menos drástica o incluso que se pueda sacrificar el pago, pero que sea dentro de la comunidad. Y como hemos dicho, el emplearse en la construcción ahora puede ser una alternativa temporal incluso dentro de la comunidad de ello

es que existe una fuerte tendencia a abrirse un lugar en el ámbito de la construcción.

La siembra, un elemento de arraigo (dos casos)

Don Marcos G. es un campesino sin tierra, que a palabras propias de él dice que se casó grande, hace apenas quince años. Ahora tiene cincuenta y cinco años y conserva un físico robusto, propio de alguien que parece haber practicado deporte durante toda su vida. Pero eso no es así, él no ha hecho nada de eso, incluso desde hace ya ocho años lleva una vida casi sedentaria trabajando como velador en la ciudad de Puebla, yendo y viniendo cada dos meses. Su trabajo actual es en una fábrica, su jornada laboral es el llamado “veinticuatro por veinticuatro”, que se traduce en trabajar una jornada entera de un día, por un día de descanso. De su vida allá en la ciudad nunca nos ha querido contar mucho, incluso nunca responde preguntas simplemente las evade, no parece molestarse por ello, solamente evita responder. La primera vez que hablé con él fue en una fiesta de la comunidad terminando el año de 2009, y en esa ocasión yo no tuve la menor duda de que él era un habitante de Tepanyehual porque se maneja como si no tuviera otra vida allá afuera, y es que él se considera como un habitante de la comunidad sin vivir propiamente en ella. Su dinámica es venir cada dos meses, aunque a veces consigue realizar visitas en un tiempo menor. Suele presentar un aire de orgullo al narrar que antes de casarse se la pasaba trabajando fuera, que desde joven lo hacía, y que siempre tenía buena suerte porque el mismo día que salía y arribaba a la capital poblana o a la Ciudad de México, ese mismo día conseguía trabajo “sin sufrir”, y regresaba a “flojear” durante dos semanas, y sólo hasta que comenzaba a aburrirse se alistaba de nueva cuenta para volver a trabajar. Ahora todo eso se ha ido, porque es evidente que aún y cuando rememora con gusto sus andanzas de trabajo fuera de Tepanyehual cuando era joven, ahora tal pareciera que en sentido opuesto no quiere dar mayor detalle de su vida actual, la que le obliga a tener que pasar la mayor parte del tiempo fuera, de

eso no quiere hablar, como si el apego a la comunidad en su edad adulta se hubiera nutrido, como si se estrechara y entonces resultara más fuerte, y es que él expresamente se define como “del campo”, y de las faenas que aún de manera indirecta le vinculan con la tierra, de eso sí quiere hablar:

“...el problema es que a veces nos llega el fraile y se asienta en la flor, se baja al jilotito y le baja toda la fuerza, mientras no caiga el animal, pues se sostiene, pero si le sale el animal y los chamacos van y ven, con eso ya lo quitamos, pero si uno no se puede dar una vuelta digamos de martes a viernes, pues el fraile le amuela a uno toda la siembra...este diciembre se sembró y cayó el fraile, azotó la plaga, así es la siembra... hay que apoyarse en gente contratada, en gente pagada y en la renta de un terreno, siempre se debe sembrar, aunque sólo librando la plaga nos da para unos meses”

La vida de Don Marcos se asemeja a la de un ave migratoria, la cual, encontrándose lejos siempre consigue mantener el impulso propio del esfuerzo, así como el instinto para volver al lugar de origen. Don Marcos. también guarda opiniones que van sobre el sufrimiento de la vida en el campo, como lo llamaría él, e incluso comparte algunas ideas que tienen que ver con estrategias campesinas para la subsistencia, a continuación, cito una:

“Mi papá siempre tenía un marrano, era así porque no teníamos más tierra, si la hubiera tenido seguro que tendríamos una vaca... y no se tocaba al animal para nada, yo sólo me acuerdo que una vez aceptó porque se lo pidieron, era para una fiesta de la iglesia, y aunque no quería lo dio...había veces que la pasábamos mal y no dejaba que nadie lo tocara, ya de plano sino teníamos que comer y la cosa estaba muy mal entonces echaba mano de él, pero es que así lo tenía pensado él, porque

el animal era nuestro ahorro y no dejaba que nadie lo tocara, porque lo teníamos para una enfermedad o para cualquier otro gasto no considerado...”

Don Marcos sostiene una identidad que aún y cuando su vida se desarrolla en la capital poblana, ésta lo atrapa permanente con su comunidad, aunado al hecho de que en Tepanyehual no sólo no cuenta con tierra propia, sino que además se ve en la necesidad de rentar, y que por motivos de tiempo y movilidad opta por pagar a otras personas que la trabajen. Es así como calculando los pagos que temporada tras temporada de siembra debe de realizar, considerando la renta de la tierra, la contratación de personas y el valor de cambio por su trabajo, es que considerando lo anterior en una sumatoria final ésta es mayor a la que le otorga el valor de uso del producto final de la cosecha. Incluso él parece no querer revelar que el costo que paga por el trabajo realizado es casi dos veces más alto al que pudiera realizar si sólo comprara bultos de maíz para dos o tres meses, él guarda plena conciencia de ello, por lo tanto parece no importarle, ya que el valor de uso genera un equilibrio en la balanza que él mismo pondera, donde visto en términos reales económicos resultaría en un valor negativo para su economía, y entonces es que la relación que sostiene con la siembra, es quizá donde más fuertemente se ubica ese eje que le hace mantenerse vinculado y gravitando en torno a los temas de la tierra, porque aún y a la distancia física, su presente se establece en parte para generar los medios necesarios para poder cubrir los gasto de la siembra, es precisamente la representación del trabajo en la siembra dentro de la comunidad lo que le brinda una pertenencia, quizá hasta una identidad en presente y levantando la mirada para mirar más allá, entonces una idea de futuro. Don Marcos es un hombre que una década atrás dejó de vivir él y su familia de una economía amalgamada entre las labores del campo y el vender su fuerza de trabajo como jornalero, sin embargo, ahora el ingreso económico que recibe por completo lo obtiene de su trabajo en la ciudad. Son varios años que mantiene está dinámica de venta de su trabajo y se

niega sin embargo a dejar fuera de su ideario lo que gran parte de su vida ha hecho, donde su presente de alguna manera lo mantiene anclado a la tierra, a la vida en el campo mediante la representación de las actividades relativas a la siembra, aunque no las realice él directamente. Es entonces pues el trabajo vinculado a ésta la que le permite mantenerse en cierta parte de la vida en la comunidad como a él le tocó vivirla. Ya que su condición vista únicamente bajo los medios de producción como se gana la vida sería entonces pues considerada como un elemento ineludible que se suma al ejército de hombres y mujeres proletarizados venidos del campo.

Armando M. nació en Tepanyehual y ha experimentado en años recientes la migración, aunque gran parte de su vida no lo hiciera, ahora se ha vuelto en algo propiamente indispensable. Él me dice que para finales de agosto en adelante ya le toca muy probablemente migrar como año tras año lo realiza, pero que lo hará hasta después de levantar la cosecha, porque prefiere partir hasta que constata que la mazorca está madura, a veces se tiene que esperar como para el día quince o veinte de diciembre. Es un periodo muy largo de espera porque el aplazar su salida para fechas decembrinas también complica la posibilidad de encontrar un trabajo. Es un hombre que ha participado en la vida comunitaria, y actualmente su impedimento para seguir haciéndolo son sus recurrentes salidas, porque anteriormente cuando la comunidad lo nombró en algún cargo siempre lo asumió; en el pasado ocupó diferentes cargos incluso fue autoridad, y aunque hoy también asume compromisos y toma la responsabilidad, se ha vuelto más complejo por sus salidas. Él mismo reconoce que todavía la mayoría de la gente participa en la comunidad considerando obviamente de entre el universo de habitantes que no se ha ido, tanto hombres como mujeres lo hacen, aunque antes casi no había la presencia de estas últimas. Comenta que en alguna ocasión ha llegado a mantenerse hasta por dos años fuera de Tepanyehual, con ello también reconoce que la migración a la ciudad desde hace años se ha consolidado como una estrategia para la sobrevivencia. Cuando sale tiene cierta predilección por los trabajos vinculados a la construcción o a la maquila, y confiesa que si fuera más joven

lo intentaría en una taquería porque ahí uno se puede quedar a dormir y no tiene que pagar más, pero en su caso cuenta con la posibilidad de quedarse en casa de su suegra. Tratándose de trabajos en la construcción es casi asegurar el mantenerse por un periodo de seis hasta diez meses trabajando seguro, y en cuanto se acaba éste, inmediatamente hay que buscar conectar con el otro.

Dice que ha perdido la posibilidad de hacer más en su tierra, pero que siempre cuando vuelve realiza algo porque aún se puede, y aunque quisiera hacer más no siempre es posible porque coincide con los meses de más lluvia, y porque con la lluvia comenta no se puede trabajar:

“y es entonces cuando uno no puede sacar la cuenta de los gastos, si viene el agua ya no se puede trabajar... pero si trabajo cinco días a la semana, pues de a ochenta por jornal, con cuatrocientos pesos ya más o menos sale el gasto...”

Concibe que la vida en la comunidad es coordinada, así la llama él, y que cumpliendo con las tareas que ha venido realizando durante años entonces se puede trabajar la tierra, producirse un poco, sólo comida, no para comprar otras cosas, me comenta.

¿Campesinos sin tierra?

“…con mis cien pesitos diarios para vivir, yo no tendría que irme de aquí”

Mantener el vínculo con la tierra es una condición casi inherente para los habitantes de Tepanyehual que se recrean en el presente que les ha tocado vivir, citando el caso de Don Marcos G., quien mantiene latente el vínculo con las relaciones comunitarias y bien afianzada su identidad a partir del pago por el trabajo de tierra rentada. La identidad no se ubica en un entorno físico para el habitante promedio orgulloso de las formas que guarda

para mantener un vínculo con la tierra, sino más bien se ubica en la recreación espacial del ideario cultural. Una de las primeras respuestas por parte de los habitantes de la comunidad, es afianzarse en su lógica de vivir de la tierra, aunque esto represente el pagar porque alguien más la trabaje, pero es muy claro cuando se entiende que bajo un supuesto de verse imposibilitados para llevar esa relación con los elementos propios de la cuestión productiva, es muy probable encontrar casos de personas adultas que en consecuencia no encontrarían sentido al trabajar para mantener el pago de jornal para personas que le trabajen y en algunos casos tan significativos como el de Don Marcos, quien además paga renta de la tierra. Donde la planeación campesina también cobra sentido con elementos que nutren el trabajo de la familia como pudieran ser a falta de tierra, las unidades reproductivas:

“nuestro sistema, bueno el mío es y fue antes sembrar maíz, siempre se siembra junto con el frijol en media hectárea o una completa, depende lo que consigamos. Aquí en la casa la esposa siempre cuenta con sus pollos, siempre tiene que haber diez, quince o hasta treinta pollos de diferentes tamaños, porque si ya creció un pollo grande de tres kilos, y hay que pagar algo de la escuela, pues entonces le decimos vete a vender un pollo. Hoy mínimo un pollo cuesta setenta, o hasta cien pesos dependiendo el tamaño, pero si no hay pollos hay gallinas, y ese es el sistema que yo tuve con mis hijos, a veces hasta teníamos guajolotes que esos comen más y son más pesados que las gallinas, y a veces había que venderlos, y esos costaban doscientos cincuenta, claro que en la actualidad por muy caro cuatrocientos, pero ya con eso viene una cooperación, y hay que vender un pollo, una gallina, o un guajolote, es como ayudamos al sueldo del campo, porque si me gano mis ochenta pesos, es muy claro que no puedo sacar adelante a mi hijo, no alcanza con los ochenta, porque una comida regular para un chamaco cuesta

cuarenta y cinco pesos, más pasaje, por eso mejor decidir bien desde ahorita y no quedarnos a la mitad..”

“...pues así debe de ser, por eso nosotros siempre tenemos nuestros pollos y bueno pues si no hay para eso vamos y vendemos, y si necesita uno, pues la cosa es que me dé, hay que vender y es como más o menos nos vamos ayudando, pero así que sea algo muy parejo pues no lo es.”

Tepanyehual y los jóvenes, ¿hay un lugar para ellos?

Las actividades para los jóvenes dentro de la comunidad transcurren sin contar con un promedio fijo de horas dedicadas a sus respectivas labores, porque la carga de trabajo varía de acuerdo con la temporada del año, así como las actividades que los integrantes de cada familia realizan. El caso de Lino es el de un joven que puede trabajar hasta dieciséis horas por día en tareas del campo, tales como preparar la tierra, chapear malezas, para después regresar y hacer las cosas que hagan falta en el hogar. Las primeras tareas son las que él dice le permiten tener que comer.

Lino pertenece a ese grupo de jóvenes que se mantienen desarrollando actividades dentro de la comunidad, su deseo nos dice es el de mantenerse trabajando y viviendo dentro en ella, su tentativa es la de no volver a salir por largos periodos, sino sólo de manera eventual. La dinámica laboral que ha desarrollado la combina con los pagos que recibe de un jornal de ochenta pesos trabajando dentro la comunidad la tierra de alguien más, o también cuando es invitado para ir a otras partes por periodos de tiempo que oscilan