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«No es difícil ver –escribió Hegel en la Fenomenología del

Espíritu, 1807– que nuestra edad es una edad de gestación y

de paso a una nueva era.» Las revoluciones americana y francesa fueron las dos manifestaciones políticas más evi- dentes del cambio; el movimiento romántico –la profunda transformación que en valores, actitudes y estilos artísticos (en la literatura, en el arte, en la música) se produjo en Euro- pa, y por extensión en América, en las primeras décadas del siglo xix– expresó a su modo el cambio cultural que parale- lamente se estaba operando. El romanticismo fue ante todo –como observó luego Baudelaire– «una (nueva) manera de sentir»: la expresión cultural de una nueva época o, si se quiere, de un mundo en crisis. En su Historia de Europa en

el siglo xix, el filósofo italiano Benedetto Croce lo definió como «la rebelión, la crítica y el ataque contra el academi- cismo literario y el intelectualismo filosófico que habían do- minado en el siglo de las Luces», y enfatizó la importancia que el romanticismo confirió a «la espontaneidad, la pasión y la individualidad».

El romanticismo fue, pues, un movimiento estético, o en todo caso, una moral, nunca una política. Sus raíces esta- ban, según Isaiah Berlin, en la propia «contrailustración» del xviii: en el irracionalismo de un Hamann, en la poesía mística de Blake (1757-1827), en Rousseau, en el Sturm und

Drang –el movimiento literario alemán de las décadas 1760-

1770 (el joven Goethe, el primer Schiller, Klinger, Leisewitz, Wackenroder, L. Tieck)–, en Herder, en Kant. El origen del término fue igualmente significativo. August Wilhelm

Schlegel, el crítico y filólogo berlinés (y traductor de Shakes- peare al alemán) lo usó en sus estudios de arte y literatura que publicó entre 1809 y 1811 para contraponer la poesía y el arte clásicos –definidos por el orden, la armonía, la belleza y la perfección– y el mundo «romántico» que asociaba con caos, misterio, imaginación y pasión. Goethe, que en 1774 había creado el símbolo romántico del joven Werther (a su pesar, pues luego, a raíz de su primer viaje a Italia en 1786 sus ideas y valores estéticos fueron un retorno al «clasicis- mo»)– identificó lo clásico con lo «sano» y lo romántico con lo «enfermo».

El término «romanticismo» se popularizó en toda Eu- ropa al incorporarlo Madame de Staël en su libro De

l’Allemagne (1813). En Alemania, el romanticismo (los

nombres ya citados, más Fichte, Friedrich Schlegel, Novalis, «Jean-Paul» Richter, el pintor C. D. Friedrich, Hölderlin, Heine, Felix Mendelssohn, Robert Schumann) fue funda- mentalmente una reacción frente a la filosofía racionalista y el arte neoclásico: una exaltación de la Edad Media y de la religiosidad, del espíritu caballeresco (honor, valor, amor «romántico»), y del culto de la originalidad y el genio. El paisajismo de Friedrich, cargado de simbolismo religioso, quería exponer, no la realidad misma, sino el sentimiento de la naturaleza en la mirada subjetiva del artista. La música de Schumann (1810-1856), quintaesencia del genio román- tico, expresó admirablemente la estética romántica: lirismo intenso, naturalidad melódica, pasión amorosa, tensión emocional.

El romanticismo inglés, especialmente la poesía de Words- worth, Coleridge, Shelley y Keats, se definió ante todo por el énfasis en la imaginación y por su capacidad para la con- templación de la naturaleza –un mundo infinito y eterno–, que Wordsworth, Coleridge y Southey sublimaron en la re- gión de los Lagos, un entorno de unas trescientas montañas y treinta y tres lagos con epicentro en localidades como Gras- mere, Ambleside y Keswick (en Cumbria), que en su poesía aparecía como una arcadia rural de inusitada belleza y emo-

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ción. Más tarde, cuando fue posible volver a viajar por Euro- pa tras las guerras napoleónicas, Byron, Shelley y Keats des- cubrieron Italia, Grecia y el Mediterráneo, sus paisajes y sus ruinas, escenarios para ellos de paisajes poéticos y belleza única y enigmática: «la belleza es verdad y la verdad belle- za» escribía Keats en «Oda a una urna griega» (1819): «eso es todo lo que sabes en la tierra, todo lo que necesitas sa- ber». Walter Scott (1771-1832), el creador de la novela his- tórica, una contribución decisiva al desarrollo de la historia en el siglo xix, revivió por un lado (Ivanhoe, 1819; El talis-

mán, 1825) la Edad Media como una edad noble y caballe-

resca, y por otro, con Waverley (1814), Rob Roy (1817),

El corazón de Midlothian (1818) y el resto de sus novelas

escocesas, hizo de Escocia la región romántica por excelen- cia del imaginario británico.

La primera generación romántica, el romanticismo ante- rior a 1820 (F. Schlegel, Novalis, Chateaubriand, Scott, Fichte, el propio Goethe, Mme. Staël), fue, en política, con- servadora. Walter Scott fue un tory militante. Chateau- briand apoyó la Restauración de 1815, fue ministro de Asuntos Exteriores en 1822 en el gobierno reaccionario del duque de Villèle y como tal, partidario de la intervención militar en España que puso fin en 1823 al Trienio Constitu- cional español (1820-1823); su Génie du Christianisme (1802), una visión romántica donde la religión era ante todo una experiencia emocional (misterio, fe, pasión espiritual) y el catolicismo, pura estética, era una glorificación del cato- licismo ultramontano. Wordsworth, Southey y Colerid- ge, entusiastas en su juventud de la Revolución francesa, eran en 1815 abiertamente conservadores. La segunda genera- ción romántica, el romanticismo posterior a 1820 (Victor Hugo, Lamartine, Mérimée, Shelley, Byron, Keats, Espron- ceda) fue una generación liberal, radical, que asociaba inno- vación literaria y artística con revolución política. Byron diría que había «simplificado su política a una total hostili- dad contra todos los gobiernos existentes»; murió en Misso- longhi en abril de 1824 –de fiebres, antes de entrar en ac-

ción– donde había acudido para unirse a la guerra de independencia griega, a la que ya había ayudado con armas y dinero. Victor Hugo definió el romanticismo como el libe- ralismo en la literatura.

El romanticismo, en efecto, impulsó el nacionalismo li- beral europeo que combatió el nuevo orden creado en 1815. En Alemania, el resurgir nacional posterior a 1815 estuvo unido a una revitalización del pasado y de la nacionalidad germánica. Aunque él no fuera nacionalista, Herder identi- ficó la nacionalidad con el alma de los pueblos, con el Volk-

geist, con el carácter nacional permanente a lo largo de los

siglos. Los mismos cuentos infantiles escritos o recogidos por los hermanos Grimm, que se publicaron en 1812-1814 y que tuvieron inmensa difusión en toda Europa, eran, en la perspectiva de sus autores, la expresión del «genio nacio- nal» alemán. Con independencia de sus ideas políticas y re- ligiosas, el nacionalismo italiano hizo de Manzoni (Los no-

vios, 1825-1827, una novela histórica sobre el Milán del

siglo xvii bajo dominación española) y de Leopardi (1798- 1837), el poeta de la infelicidad y del «pesimismo cósmico», la expresión del alma nacional italiana; Pushkin (1799- 1837), el autor de Eugene Onegin y Boris Gudonov y sim- patizante de la revuelta «decembrista» (democrática) rusa de 1825, fue ensalzado por la propia crítica rusa del xix (por Belinski, por ejemplo) como el creador de la literatura y la lengua rusas, y del sentido nacional de las mismas.

Como argumentó George L. Mosse, el gran historiador de la cultura europea, en La cultura de Europa occidental:

siglos xix y xx (1961), el romanticismo fue en definitiva una rebelión estética y moral contra el convencionalismo y la mediocridad artística y literaria de las clases medias y de las masas, en nombre del genio y de la libertad individuales (una moral del «culto al yo», que impregnaba, por ejemplo,

El rojo y el negro, 1829, de Stendhal) y de la creatividad ar-

tística. La rebelión romántica quedó, así, particularmente patente en el ruidoso estreno en París del Hernani (1830) de Victor Hugo, en la que los jóvenes exteriorizaron su desafío

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al gusto y la moral convencionales en la misma adopción de un estilo y unos atuendos revolucionarios: cabelleras largas, trajes y chalecos rojos y rosas.

Con todo, lo mejor del romanticismo fue la obra indivi- dual de poetas, escritores, pintores y músicos: la pintura de Friedrich, Géricault, Delacroix, Constable y Turner; la música de Beethoven, Schumann, Mendelssohn, Schubert, Chopin, Liszt, Berlioz y aún más tardío, de Brahms; la lite- ratura de Scott y Jane Austen; Leopardi; Pushkin, Lermon- tov (Un héroe de nuestro tiempo, 1840); Jane Eyre (1847) de Charlotte Brontë; Victor Hugo (Orientales, Nuestra

Señora de París, 1831, Los miserables, 1862), Eugénie Grandet (1833) y El padre Goriot (1834) de Balzac; El rojo y el negro y La cartuja de Parma (1839) de Stendhal; la poe-

sía de Musset y Vigny; Carmen de Mérimée (el romanti- cismo –Washington Irving, Richard Ford, Théophile Gau- tier– creó el mito de España como país oriental, pintoresco y dramático); Espronceda, Bécquer, Don Juan Tenorio (1844) de Zorrilla; la historiografía de Carlyle y Michelet...

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