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En el centro del Nuevo Testamento se halla sin duda alguna la cruz, que encuentra su sentido vista desdé la resurrección. Los relatos de la pasión son los primeros fragmentos de los evangelios redactados articuladamente. En su predicación en Corinto, Pablo no quiere de entrada conocer otra cosa que la cruz que inutiliza “el saber de los sabios” y anula “la cordura de los cuerdos”, que es “para los judíos un escándalo, para los paganos una locura”. Pero “la locura de Dios es más sabia que la de los hombres, y la debilidad de Dios más potente que la de los hombres” (1 Cor 1,19.23.25). Quien saca fuera del centro la cruz y su sentido en el Nuevo Testamento para, por ejemplo, colocar como nuevo centro el compromiso social de Jesús con los oprimidos, ya no se halla en continuidad con la fe apostólica. Ya no ve que justamente aquí —por encima de un abismo—el valor más absoluto es el compromiso de Dios a favor del mundo.

No es difícil de entender que los discípulos, incluso después de la resurrección, fueran comprendiendo sólo poco a poco el sentido de la cruz. El Señor mismo da a los discípulos de Emaús una primera lección catequética mostrándoles que esta cosa inconcebible era el cumplimiento de las profecías y que los interrogantes que deja abiertos el Antiguo Testamento sólo aquí encuentran su solución (Le 24, 27). ¿De qué enigmas se trata? EI de la alianza entre Dios y los hombres, en la que los hombres vuelven siempre a fallar (pues, ¿quién puede estar a la altura de Dios?). El de los múltiples sacrificios célticos, que en definitiva quedan todos exteriores al hombre, mientras que él no puede ofrecerse a sí mismo. El del sentido indescifrable del sufrimiento, que puede afectar también a los inocentes, dejando sin fuerza el argumento de que Dios premia la bondad. Sólo lejanamente, como algo hasta entonces totalmente sellado, comenzaban a dibujarse los contornos de una figura en la que podrían solucionarse estos enigmas. Sería a la par la alianza perfectamente cum-

plida y realizada —incluso muy por encima de Israel (Is 49,56) — y el sacrificio personificado, en el que se aclara a la vez el enigma del sufrimiento, de la condición de despreciado y marginado: es un sufrimiento del “justo” como vicario de “muchos” (Is 52, 13; 53, 12). Nadie había comprendido entonces esa profecía pero, enfrentada con la cruz y la resurrección de Jesús, se convirtió en la clave decisiva que hacía comprensible lo aparentemente absurdo.

¿No había utilizado Jesús mismo en la última cena esa: clave anticipada? “Por nosotros”, “por los muchos” se entregará su cuerpo, se derramará su sangre. Sin duda él ha sabido de antemano que su voluntad de ayudar a los hombres alejados a volver a Dios iba a ser tomada terriblemente en serio y que tendría que sufrir en tugar de ellos ese alejamiento de Dios, esa extrema tiniebla de Dios para sacarlos de al5¡y

transmitirles su propia cercanía a Dios. “Pero tengo que ser sumergido en las aguas y no veo la hora de que eso se cumpla” (Lc 12, 50). Es una nube oscura que se halla en el horizonte de su vida de acción: todo lo que ahora hace, curar enfermos, anunciar el reino de Dios, echar espíritus malignos con su buen espíritu, todas estas entregas parciales no son más que pasos hasta la entrega única y absoluta.

Una vez que se encontró la fórmula “parios muchos ’, “por nosotros”, resuena en todos los escritos del Nuevo Testamento. Está ahí incluso antes de que nada se haya puesto por escrito (cfr 1 Cor 15, 3). Pedro, Pablo, Juan: de todas partes irradia la misma luz de esas dos pequeñas palabras. ¿Qué ha sucedido? Por primera vez la luz ha entrado en las cerradas cárceles del sufrimiento y de la muerte humana y hasta cósmica. El dolor y la muerte reciben un sentido. Más aún: pueden tener más sentido, dar más fruto que la actividad más intensa, más exitosa. Un sentido no solamente para el que sufre sino también para los otros, para el mundo entero. Ninguna religión se había acercado ni a los aledaños de este pensamiento1.

Por el contrario, las religiones más altas solían ser métodos sutiles para huir del sufrimiento, para hacerle inoperante. A lo más que se había llegado era a la muerte voluntaria en aras de la justicia: Sócrates y su heroísmo espiritualizado. Las conocidas palabras de despedida del sabio en su prisión no podrían ser comparadas ni de lejos con las maravillosas de

5 Lo que se quiere decir con ello es algo cualitativamente distinto al

chivo expiatorio, libre u obligado, que se sacrificaba o era sacrificado (por ejemplo en Grecia o Roma) por la ciudad o por la patria, para

Cristo. Pero además, Sócrates tiene una muerte noble ilustrada, mientras que Cristo debe entrar en el infierno tenebroso del abandono de Dios, en donde clama por el Padre perdido con “oraciones y súplicas, a gritos y con lágrimas” (Heb 5,7). ¿Cómo es que se han transmitido tales cosas? ¿Por qué con ello se destruye la imagen del héroe, del mártir? Precisamente “por nosotros”, “en lugar nuestro”.

Se puede preguntar sin fin cómo fue posible esta muerte vicaria. Lo único que nos ayuda en nuestro desconcierto es la seguridad de la Iglesia primitiva de que este hombre pertenecía a Dios, de que era “verdaderamente hijo de Dios”, como lo confiesa el centurión bajo la cruz, de tal modo que al final hay que honrarle con nuestra adoración que le confiesa como “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28).

Cualquier teología que en este punto comience a tergiversar o a embarullar, que no quiera atenerse a la confesión de santo Tomás o que la interprete con argucias, no se mantiene firme en el “por nosotros”. Entre un hombre que es Dios y un mortal cualquiera no hay ningún medio y nadie puede pensar en serio que un hombre como nosotros, por valiente y entregado que sea, pueda ser capaz de tomar sobre sí los pecados de otro y mucho menos los de todos. Puede sufrir la muerte en lugar de alguien condenado a ella, sería un gesto generoso que al otro le evitaría morir, al menos por algún tiempo. Pero lo que Cristo hizo en la cruz no tenía la intención de ahorrarnos la muerte sino más bien de transfigurar su sentido. En lugar de un “descenso a la fosa”, como en el Antiguo Testamento, la muerte era ya un “estar mañana en el paraíso”. Si el rey Ezequías, sollozante, se aterrorizaba ante la muerte como el mal supremo y suplicaba a Dios algunos años de vida, San Pablo querría ahora si fuera posible, morir inmediatamente para “estar con Cristo” (Flp 1, 23). Con la muerte, también la vida se ha transfigurado: “Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor” (Rom 14, 8).

Pero no se trata sólo de la vida y de la muerte, se trata de nuestro ser ante Dios y de su juicio sobre nosotros. Ante él todos éramos pecadores y dignos de condenación. Pero Dios, a aquél que no conocía el pecado, “por nosotros lo cargó con el pecado, para que nosotros, por su medio, obtuviéramos la rehabilitación de Dios” (2 Cor 5, 21). Sólo Dios, en su absoluta libertad, puede penetrar tan profundamente en la finitud de nuestra libertad que, estando ella cerrada en sí misma, recibiese el don de una orientación, de una salida hacia él. Y esto en razón de ese “admirable intercambio” entre Cristo y nosotros: él experimenta en nuestro lugar lo

que es la lejanía de Dios, para que de “enemigos” (Rom 5,10) podamos ser hijos de Dios, amantes y amados.

La iniciativa de esta reconciliación procede de Dios: él es quien en Cristo reconcilia al mundo consigo mismo. Aunque así lo hacen conocidos teólogos, esto no debe ser dulcificado diciendo que aun sin eso Dios es ya el reconciliado y que por la muerte de Cristo no hace sino anunciarlo definitivamente.

No se ve cómo este anuncio podría representar una forma, inteligible y adaptada a nosotros. No, el “intercambio admirable” en la cruz es el camino por el cual Dios conduce a la reconciliación. Y puesto que Dios ya está desde hace mucho tiempo en alianza con nosotros, aquél no puede ser sino bilateral. Un puro perdón de Dios no nos afectaría en nuestro alejamiento de él. Es necesario que el hombre esté representado en la elaboración del nuevo tratado de paz, de la “alianza nueva y eterna”. Y lo es porque hemos sido asumidos por el hombre Jesucristo. Si él firma anticipadamente ese “contrato” en nombre de todos, basta con que nosotros ahora o más tarde en nuestra muerte, pongamos nuestro nombre bajo el suyo,

Naturalmente carecería de sentido hablar de la cruz sin tener en cuenta su otra cara, la insurrección del crucificado. “Si Cristo no ha resucitado, entonces nuestra predicación no tiene contenido ni nuestra fe tampoco... seguís con vuestros pecados. Y... también los cristianos difuntos han perecido. Si la esperanza que tenemos en Cristo es sólo para esta vida, somos los más desgraciados de los hombres” (1 Cor 15,14-16 bis). Toda evacuación del hecho de la resurrección deja vacío también el acontecimiento de la cruz, pues ambos dependen uno de otro. Pero entonces habría que resituar todo el mensaje del evangelio. Como mucho, en su centro vendría a colocarse un Dios inofensivo que no afectaría en absoluto a la terrible injusticia del mundo o bien el hombre moral o esperanzado que tiene que cuidar de su propia salvación: Ateísmo en el cristianismo6.