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LA EXISTENCIA de un texto escrito no garantiza protección contra alteraciones. En los tiempos homéricos, tampoco. Quizá entonces menos, porque aún estaba por inventar un elemento clave: el autor. No irás a creer que existía desde siempre... Hubo que inventarlo, como todas las cosas.
Una de las tragedias de los textos de ese nombre era que los histriones no sólo largaban morcillas, sino que las apuntaban en sus papiros y acababa por no saberse qué ponía en el original. El político Licurgo, no el mítico espartano, sino el ateniense, que fue una suerte de ministro de cultura, decidió que ya estaba bien de tanto
editing mejorador. En palabras de Plutarco (Vitae decem oratorum, 841), decretó: “Que sus tragedias [quiere decir
las de Esquilo, Sófocles y Euripides] se escribieran y conservaran en el archivo público, y que el canciller de la ciudad se las entregase a los actores, y que a éstos no les fuera lícito recitarlas de otra manera.”
Así fue como Licurgo inventó el autor, al sacarlo de su estado legendario y borroso mediante el texto fijo obligatorio. Ese acontecimiento tuvo lugar en el año 330 a. C.
Con los cantores de los poemas homéricos era igual. Quizá no tan fácil, porque el añadido siempre debía ser en hexámetros, a ser posible de calidad, y tenían que adecuarse a la acción narrada, para dar el pego. Nada imposible para un especialista. Hubo uno, Cineto de Quíos, que se hizo famoso porque fabricó algún himno, como el dedicado a Apolo, que luego tuvo atribución homérica.
Ya desde el siglo VIa. C., Homero era considerado un
clásico, el padre de las letras griegas, y su estudio formaba parte de la formación de los jóvenes. La interpretación de los textos de Homero, su extraño vocabulario y sus giros inusuales, eran materia de interés profesional para filósofos y maestros de escuela. Así que había copias por todas partes.
Lo raro es que alrededor del año 200 a. C., cuando se reunieron en Alejandría papiros homéricos procedentes de todo el Mediterráneo, desde Marsella hasta Sinope, ya en pleno mar Negro, las variantes eran banales, pura nadería. ¿Milagro divino?
Nada de eso. Política cultural. Primero Solón y luego Pisístrato, los tiranos demagogos inventores de la democracia, se ocuparon con solicitud de la materia. Antes de establecer la redacción autorizada, hicieron algunos retoques.
Solón hizo incluir los versos que mencionan Atenas en el catálogo de contendientes del canto II de la Ilíada y, no contento con eso, ordenó que el gran Ayax fuera
rebajado a súbdito de la ciudad advenediza, para que no hubiera dudas respecto a la propiedad de Salamina.
Pisístrato, por su parte, fue más respetuoso y no se propasó hasta el extremo de interpolar ciudades en una época que ni existían, ni obligó a los viejos héroes a rendirle pleitesía; lo que hizo fue meterse él mismo, como noble personaje, en la Odisea. Otros se erigen estatuas o se dedican calles, éste tuvo vista y se hizo un homenaje más duradero: un apartamento en el monumento más perenne que el bronce. Hay que reconocerle clarividencia al intuir que la Odisea, como gran vindicación de la farsa, era el lugar perfecto para él, gran político.
La poesía, como el ejército o el oro, era propiedad de los reyes; bien lo sabía Assurbanipal. Sería ingenuo pensar que el interés por poseer y controlar los medios de comunicación es algo reciente y que en la antigüedad no se disponía más que de la guerra para dominar. Ya en la primera escritura, tres mil años antes de nuestra era, se ve que el rey sumerio era divinizado en los poemas oficiales. Más tarde, los hititas emplearon el mismo poder mediático. La autobiografía poética del rey Hattusi III empieza refiriendo así la muerte de su padre Mursilis II, el año 1315 a. C.: “Cuando mi padre Mursilis se convirtió en un dios.
La diferencia con Solón y Pisístrato era que éstos apacentaban una ciudadanía que iba a celebrar la invención de un pasado heroico ateniense, o a creerse
que el tirano descendía de la homérica familia del rey de Pilos y un tocayo antepasado suyo anduvo del bracete con el hijo de Ulises; pero no a celebrar ni a creerse que los líderes de la polis entraran y salieran del Olimpo a su antojo y conferenciaran con Zeus.
Y otra diferencia mucho más importante: los solones y pisístratos no gestionan la poesía, sino una empresa llamada Homero, que fundó el poeta de la Odisea.
Esa versión acorde con los intereses atenienses se cantaba obligatoriamente en las fiestas Panateneas desde el siglo VI a. C. Eso significa que todo rapsoda que pretendiera tener actuaciones en al Ática debía hacerse con una copia “homologada” en lo concerniente a los pasajes atenocéntricos. La importancia creciente de Atenas aseguró la conservación de esa redacción que es el arquetipo de todos los manuscritos homéricos —hoy podrías consultar unos setecientos, casi todos mil o más años posteriores a Solón y Pisistrato— y sobre textos anteriores sólo se pueden hacer conjeturas.
Los dos añadidos importantes a la Ilíada y la Odisea, que desde la antigüedad, al menos desde la época de los gramáticos alejandrinos, se reconocen como interpolados en la época de Solón y Pisístrato, no son los dichos hace un momento —esos son pequeñeces—, sino todo el canto X de la Ilíada y el final de la Odisea (desde XXIII, 296 hasta acabar el XXIV).
¿Qué tienen en común esos enormes petachos? El añadido a la Odisea es un postizo, que lo mismo podía
haber sido trenza que moño, que pretende redondear el
happy end y asegurar el plan de pension de Ulises: los
muertos emiten informe favorable a su heroicidad, los parientes de los pretendientes no le pegarán, su destino es mejor y más glorioso que el de Aquiles y Agamenón, los dioses le quieren y se morirá de muy viejo. El añadido a la Ilíada tiene como misión hacer ver que Ulises hizo algo heroico en un poema donde, de lo contrario, quedaba bastante poco vistoso.
Las dos grandes interpolaciones redundan en su preocupación por hacer más y mejor apología del personaje Ulises. ¿Por qué ese interés?