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Más que eso, lo que pasa en la cruz es el cumplimiento del juramento que Dios hizo a Abraham en el Monte Moria.

Aquí recordamos lo que dijimos en Lección III (cfr. Atando a Isaac)

En la cruz, Jesús está actualizando la historia de Abraham sacrificando su amado hijo Isaac (cfr. Gen 22).

El Calvario, donde Jesús fue crucificado, es una de las colinas de Moria, la sierra donde pasó el drama de Abraham e Isaac.

Recuerden la repetición de las palabras “padre” e “hijo” en la historia de Abraham e Isaac, repetidas veces se le dice a Isaac que es el único y amado hijo de Abraham (cfr. Gen 22:1, 12, 16).

Jesús, también, es llamado “Hijo amado” en dos puntos cruciales de su vida: su Bautismo y su Transfiguración (cfr. Mt 3:17; 17:5).

Como Isaac llevaba la leña para su propio sacrificio, y fue atado al madero, así Jesús llevó su cruz y dejó que los hombres lo ataran a ella.

Abraham había dicho a su hijo antes de atarlo en el altar: “Dios mismo proveerá el cordero, hijo mío” (cfr. Gen 22:8).

Y así Dios hizo siglos después en el Calvario. En el Calvario, Dios aceptó la muerte sacrificial de su amado Hijo único.

Abraham recibió a su hijo, libre ya de una muerte anunciada, “el tercer día” (cfr. Gen 22:4). El tercer día Dios Padre también recibió a su Hijo de la muerte (cfr. 1 Cor 15:4).

Probando la fe de Abraham, Dios nos había mostrado la cruz antes del tiempo, revelando el misterio de su amor paternal, de su fidelidad a las promesas de la alianza.

Dos veces Dios alabó la fidelidad de Abraham: “ya que no me has negado a tu hijo, el único que tienes” (cfr. Gen 22:12, 15).

Cuando Pablo habla de la crucifixión, ocupa las mismas palabras traducidas en griego: “Él ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (cfr. Rom 8:32).

Por la fe de Abraham, Dios hizo un juramento de alianza que los hijos de Abraham “serán tan numerosos como las estrellas del cielo” y que por ellos serían bendecidas “todas las naciones de la tierra” (cfr. Gen 22:15-18).



Como hemos dicho, esta es la alianza que Dios honró cada vez en la historia de salvación, cuando, por ejemplo, libera a los descendientes de Abraham de Egipto (cfr. Ex 2:24), y cuando establece el reino de David como una dinastía perpetua (cfr. 2 Sam 7:8, 10, 11).

Y en la cruz, esa promesa a Abraham finalmente es cumplida. Dios, en fidelidad a su promesa de alianza, ofrece Su amado Hijo único, y así hace posible que todos los pueblos sean “hijos de Abraham” y herederos de las bendiciones prometidas.

Como Pablo dijo, el Hijo amado dio su vida para que “las bendiciones de Abraham se extendieran a los gentiles” o sea todos los pueblos del mundo, los que no eran hijos de Abraham por nacimiento (cfr. Gál 3:14).

Por la fe en el Evangelio, por medio de creer en Jesús el Mesías, el hijo de David y el hijo de Abraham, todos los hombres y mujeres son hechos “los descendientes de Abraham, herederos de acuerdo con la promesa” que Dios hizo a Abraham en Moria (cfr. Gál 3:29).



V. El Fin de la Historia

Empezando con Moisés

¿Cómo sabemos todo esto? ¿Cómo podemos estar seguros que esta es la correcta interpretación de lo que pasó en la cruz?

Fácil. Porque la Iglesia, basándose en el testimonio de los apóstoles, nos lo ha dicho. Porque Jesús les había enseñado cómo descubrirlo en la Sagrada Escritura.

El tercer día, cuando resucitó de la muerte, ¿qué hizo? Según el evangelio de San Lucas, Se apareció a dos muy tristes discípulos que iban camino a Emaús.

Caminando con ellos, les explicaba la Sagrada Escritura, “comenzando con Moisés y siguiendo por los profetas, les interpretó lo que se decía de Él en todas las Escrituras” (cfr. Lc 24:27).

Cuando estaba interpretando las Escrituras para ellos, Él celebró la eucaristía. Hemos observado el patrón en los milagros de la multiplicación de los panes y en la Última Cena. En Emaús, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (cfr. Lc 24:30).

Más tarde, la noche de Pascua, se apareció a los apóstoles. Otra vez, “les abrió la mente para que entendieran las Escrituras” (cfr. Lc 24:45).

Por las Escrituras, por supuesto, Lucas quiere decir los libros de lo que llamamos nosotros el Antiguo Testamento. En ese momento no había escritos del Nuevo Testamento.

Pero Jesús estaba estableciendo algo muy importante: que lo que Él había dicho y hecho, el sentido de su vida, muerte y resurrección, no se entiende aparte de lo escrito en el Antiguo Testamento. Les dijo que Dios había predicho su venida en cada parte del Antiguo Testamento y les explicó que “tenía que cumplirse todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (cfr. Lc 24:44).

Jesús enseñó a sus escogidos apóstoles cómo interpretar las Escrituras. Y, como había prometido, les mandó el “Espíritu de la Verdad” para guiarlos “hasta la verdad completa” (cfr. Jn 16:13). Lo que aprendieron y lo que les iba a ser revelado en la “fracción del pan” está inscrito en cada página del Nuevo Testamento y en la liturgia de la Iglesia.

De hecho, no hay una página en el Nuevo Testamento que no esté empapada con alusiones o citaciones del Antiguo Testamento. Hasta las epístolas menores, como la de San Judas, contiene lecciones extraídas del Antiguo Testamento.



Escucharán a los apóstoles haciendo lo que Jesús les enseñó hacer, interpretando el Antiguo Testamento, explicando cómo todas las grandes palabras y eventos del pasado señalaban a Jesús, el Mesías, la Palabra de Dios, encarnado (cfr. He 8:26, 39; Jn 1:14).

En los Hechos de los Apóstoles, hay que leer los grandes discursos misioneros de San Pedro (cfr. He 2:14-36; 3:12-26; 11:34-43); y de San Pablo (cfr. He 13:16-41) y San Esteban (cfr. He 7:1-51). Escucharán todas las grandes historias que hemos estudiado en este curso sobre las promesas de Dios a Abraham, y sobre Moisés y el Éxodo, los cuarenta años en el desierto y más. Más que cualquier otra figura, escucharán sobre David.



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