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(1588 -1679) ha sido considerado como el primer gran pensador sobre la naturaleza humana al utilizar la noción, generalizada en el siglo XVII, de que “todos los fenómenos están sujetos a las leyes científicas” (una idea ya presente en el pensamiento griego pero soslayada por el cris- tianismo). Hobbes explicaba los pensamientos, las acciones e incluso

33 Fue C. Wolff quien en el siglo XVII dividió la Pneumatología en Psychologia y Theologia después de que en 1653 se editara el Lexicon philosophorum usitato- rum donde la pneumatología se dividía en Theologia, Angelographia y Psycholo- gia.

la sociedad humana en términos de materialismo mecanicista. Una de sus ideas más influyentes era que la repetición de movimientos espe- cíficos de los espíritus vitales tendía a imprimir patrones de movimien- tos, bien en grupos, o bien individualmente. Pero, al contrario que Descartes, Hobbes describía el poder mental en términos de movi- miento físico: las sensaciones causaban imágenes mentales en térmi- nos físicos y el hombre respondía automáticamente a los estímulos internos y externos (para Descartes había aprendizaje en el campo empírico a través de la admisión de huellas de la experiencia en la memoria; pero eso sólo se refería a los reflejos como vía de enlace entre la sensación y la respuesta, y no por lo que se refiere a la idea pura del espíritu). A pesar de este automatismo, la voluntad respondía ante ciertos estímulos y no a todos, promovida por una actitud hedo- nista en la que se buscaba el placer y se evitaba el dolor. Además, no todos los hombres respondían igual, insistiendo de esta forma en la necesidad de atender a las diferencias individuales, cuyo origen era doble: las constituciones físicas (espíritus vitales), diferentes por herencia, y las experiencias (reflejadas en los apetitos y aversiones).

Siguiendo las ideas sensistas surgidas con el pensamiento de Hobbes, Locke (1632-1704) luchó por eliminar las ideas innatas en la mente y, aunque ésta estaba dotada de capacidad para pensar y de voluntad, todo el conocimiento y las ideas específicas, simples y com- plejas, derivaban de las impresiones sensoriales; en otras palabras, lo que se conoce son apariencias y fenómenos que se van insertando en la tabula rasa que es la mente (esencialmente pasiva por naturaleza). Un admirador suyo, Condillac (1714-1780), representante de excep-

ción del empirismo francés, redujo todas las funciones a la sensación transformada, y la personalidad o el ego a la suma de sensaciones experimentadas y recordadas, de forma que por aprendizaje se logra- ba construir una personalidad (Carpintero, 1978, pág. 64).

En la evolución de este mecanicismo materialista se iba elimi- nando el alma dejando una mente psicológico-fisiológica que operaba totalmente de acuerdo con las leyes naturales. El médico francés La Mettrie (1709-1751) dio un paso más. Utilizando las aportaciones de Condillac respecto a la adquisición de la personalidad/temperamento, llegó a un ser humano totalmente material y pasivo, en el que sus ac- ciones eran puramente mecánicas.

Sin embargo, a pesar de haber puesto las bases para una "desconcienciación" de la psicología, este materialismo mecanicista aún se restringió todavía más a lo físico-biológico eliminando de raíz la utilización de la introspección como método de análisis. Y así, Comte

(1798-1857) anulando la posible existencia de la psicología como tal, dio lugar al comienzo de la psicofísica clásica, que muy poco tenía que aportar a la psicología de la personalidad. Sin embargo, el hijo del asociacionista clásico James Mill (1773-1836), se encargó de reconci- liar la idea de psicología protagonizada por su padre y el positivismo de Comte. Nos referimos al empirismo de John Stuart Mill, del que al- go se comentará más adelante.

Es interesante comentar la afirmación de Malebranche (1638- 1715) realizada en un momento en que la "ciencia moderna" construía modelos matemáticos apriorísticos de forma que resultaba imposible

apresar la vida mental por un motivo muy simple: el mundo material se podía cuantificar pero la vida mental, que se presentaba dotada de heterogeneidad cualitativa, era imposible de matematizar:

Es completamente inútil meditar sobre lo que pasa en nosotros si se trata de descu- brir su naturaleza, pues no tenemos idea clara ni de nuestro ser ni de ninguna de nuestras modificaciones. (Moral, I. v, 16s).

La psicología como una ciencia experimental, era incapaz de construirse como conocimiento necesario y apriorista por imposibilidad de matematización. Entonces, su función dentro del racionalismo sólo podía ser aportar material para una reflexión de orden superior (epis- temología o ética). Su futuro tenía que ir unido al de la filosofía empiris- ta, aquella que reducía lo psíquico a lo físico.

Todo ello indicaba que ya no se debía emplear solamente la deducción como forma de construir la "ciencia" y que una teoría de la vida mental que descubriese un orden, unas leyes y una estructura generalizada de los fenómenos tenía que hacerlo por inducción, a par- tir de la experiencia.

Sin embargo, Malebranche se equivocó en sus predicciones. Como se ha visto más arriba, casi nos quedamos sin disciplina mien- tras buscábamos sus raíces históricas por la vía materialista. Y por el contrario, la vía que según este autor derivaría en ética, casi se con- vierte en la filosofía de la personalidad. Y si no, comprobémoslo a par- tir del siguiente análisis, comenzando de nuevo con los seguidores del legado cartesiano, pero ahora, por aquellos estudiosos de la res cogi- tans.

Frente al asociacionismo que propugnaba un hombre pasivo, los racionalistas defienden un hombre activo. Leibniz (1646-1716) de- finió la persona como una sustancia dotada de inteligencia. Pero una sustancia algo distinta a la cartesiana. Se trata de las “mónadas” como unidades básicas o sustancias simples e indivisas que componen todo el mundo real, pero no son materiales sino espirituales, constituyéndo- se como energía y fuerza. Hasta tal punto llevó Leibniz su racionalis- mo, que cuando se refirió a los actos reflexivos, lo hizo en términos como los siguientes: los actos reflexivos ... nos hacen pensar en el llamado Yo, y considerar que ésto o aquéllo se halla en nosotros (...) Y estos actos reflexivos suministran los principales objetos de nuestros razonamientos. Y ésto tras haber criticado la teoría de Locke acerca de la tabula rasa, defendiendo el innatismo de las ideas: el conoci- miento no puede explicarse por la sola experiencia; hay en él verdades necesarias y universales, que descubrimos con la experiencia y que son superiores a ésta.

Es ante la consideración del acto reflexivo leibniziano y la psico- logía pneumática contra lo que Kant (1724-1804) se revela con fuerza en su Crítica de la razón pura, con importantes repercusiones, al me- nos, para la psicología filosófica posterior. Antes de entrar en ello, es necesario transcribir la concepción kantiana de “persona”:

Todo lo que hay en la creación, excepto una cosa, está sujeto al poder del hombre y puede ser usado por el hombre como un medio para un fin; pero el hombre mis- mo, el hombre criatura racional, es un fin en sí mismo. Es el sujeto de la ley moral y es sagrado en virtud de la autonomía de su libertad individual. (...) La personali- dad exhibe palpablemente ante nuestros ojos corporales la sublimidad de nuestra naturaleza. (Citado en Allport, 1937, pág. 49).

La persona poseía una naturaleza sublime, que tenía deberes y obligaciones morales, pero que no se podía conocer tal y como era en sí misma. Y ello porque Kant distinguía dos yoes: el empírico y el transcendental. El primero de ellos se refería a la experiencia personal y empírica. Desde el momento en que un individuo reflexiona (intros- pecciona sobre su yo empírico) está transformándolo porque el cono- cimiento consiste en la unificación de todas las apariencias que produ- ce en su mente el objeto (en este caso su yo empírico), el “fenómeno”, que no lo ve como es en realidad, sino como se le representa para él (que además es distinto a como se presenta para otro). Por otra parte, el yo trascendental es una forma a priori de la sensibilidad del indivi- duo, existente antes de su experiencia, es el “yo” que acompaña a to- do juicio.

Se trata de una postura que Hegel (1770-1831) se encargó de reconciliar con la psicología. En la Fenomenología del espíritu, publi- cada en 1806, asumió que la conciencia, desde el grado infinito -la conciencia sensible- en el que hay una total contraposición de sujeto y objeto, va accediendo, a través de la percepción e intelección cons- cientes, a la conciencia racional, en donde llega a la idea absoluta. En ese absoluto el sujeto y el objeto no se contraponen sino que se identi- fican

Se abría de nuevo un camino para una psicología filosófica. Sin embargo, y ya con vistas a zanjar esta exposición del preludio y la pos- terior separación de la psicología y la filosofía, ni los fisiólogos consin- tieron en abandonar el campo de estudio de la personalidad, ni los

filósofos permitieron que la psicología, en su acepción más antigua como estudio del alma, ahora como estudio de los fenómenos de con- ciencia, dejara de existir. Vamos a presentar, a continuación, aunque no con mucho detalle, dos escuelas psico-filosóficas que habiendo comenzado con carácter científico, al menos por parte de sus fundado- res, derivaron en acercamientos no científicos al estudio de la personalidad, como tal desde mediados del siglo XIX y comienzos del XX. Se trata de la fenomenología de Husserl y el existencialismo de Heiddeger. También trataremos de una escuela psico-fisiológica: el empirismo inglés de Stuart Mill.

6. Algunas aportaciones interesantes en el mundo contemporá-