7.3 Interpolation methods
7.3.3 Sinusoidal modeling
Cómo se constituyó
En una de sus conferencias sobre conducción política ha dicho el dictador cómo comenzó a formar su partido. Aunque todos lo recuerdan todavía, conviene conocer sus propias palabras, ya que el libro que las contiene sólo ha llegado a un grupo de sus adictos.
“Cuando fui a la Secretaría de Trabajo y Previsión, en 1944, me hice cargo, primero, del Departamento Nacional de Trabajo y desde allí pulsé la masa. Comencé a conversar con los hombres, a ver cómo pensaban, cómo sentían, qué querían, que no querían, que impresión tenían del gobierno, cómo interpretaban ellos el momento argentino, cuáles eran sus aspiraciones y cuáles eran las quejas del pasado. Fui recibiendo paulatinamente, como mediante una antena muy sensible, toda esa inquietud popular. Después que percibí eso, hice yo una apreciación de situación propia, para ver qué era lo que resumía o cristalizaba todo ese proceso de inducción, diremos, de la masa. Llegué a una conclusión y comencé una prédica, para llevar la persuasión a cada uno de ellos que me escuchaban sobre qué era lo que había que hacer. Lo que había que hacer era parte de lo que ellos querían y parte de lo que quería yo. Quizá alguna vez no les satisfacía del todo lo que yo quería; pero, en cambio, les satisfacía todo lo que ellos querían y que yo había interpretado, y se los decía.
Algunos, cuando yo pronuncié los primeros discursos en la Secretaría de Trabajo y Previsión, dijeron: “Este es comunista”. Y yo les hablaba un poco en comunismo. ¿Por qué? Porque si les hubiera hablado otro idioma, en el primer discurso me hubieran tirado el primer naranjazo… Porque ellos eran hombres que llegaban con cuarenta años de marxismo y con dirigentes comunistas.
Lo que yo quería era agradarles un poco a ellos, pero los que me interesaban eran los otros, los que estaban enfrente, los que yo deseaba sacarles. Los dirigentes comunistas me traían a la gente para hacerme ver a mí que estaban respaldados por una masa. Yo los recibía y les hacía creer que creía eso. Pero lo que yo quería era sacarles la masa y dejarlos sin masa. Es el juego político natural; es lógico. Cuando les halaba a los hombres, les decía primero y mezcladito lo que había que hacer, lo que yo creía y que quizá ellos no creían. Pero cuando yo les decía la segunda parte, que era lo que ellos querían, entonces creían todos, y se iban con sus ideas y con las mías, y las desparramaban por todas partes.
Empezaron a decir: hay un loco en la secretaría que dice algunas cosas que son ciertas, que nos gustan a nosotros, Llegaban diez y les hablaba a diez; si llegaban diez mil les hablaba a diez mil; si llegaba uno le hablaba a uno. Era mi tarea.
Mi tarea era persuadir. Durante casi dos años estuve persuadiendo, y como iba resolviendo parte de los problemas que me planteaba la gente que yo iba recibiendo, la gente fue creyendo no solamente por lo que yo decía, sino también por lo que hacía. Esa persuasión paulatina me dio a mí un predicamento político del que yo carecía anteriormente. Yo no tenía antes nada de eso dentro de la masa, pero lo fui obteniendo con mi trabajo de todos los días y con una interpretación ajustada de lo que era el panorama de lo que esa gente quería y de lo que era.
Cuando llegó el momento que todos creían que ese trabajo era vano, que yo había perdido el tiempo hablando, sobrevinieron todos los acontecimientos que me demostraron a mí y a todos los demás que no habíamos trabajado en vano, que esa masa estaba ya, mediante un proceso lento pero bastante efectivo, captada, con lo que ya tenía el primer factor que es necesario tener para conducir, que es la unidad total y que se obtiene cuando la masa comienza a estar organizada. La masa inorgánica comenzó a tomar unidad y a ser conducible. Es indudable que para esto tiene gran importancia que el que conduce sepa utilizar lo que tiene a mano para hacerlo. El proceso de capacitación de la masa, si uno fuera a tomar uno por uno, es inalcanzable. Es algo así como el que quiere terminar con las hormigas arrancándolas una por una y tirándolas al fuego. Hay un procedimiento mucho más eficaz que los hombres olvidan, que es el de tomar a la masa en grandes sectores. Los políticos nunca habían utilizado la radio para su acción. Más bien utilizaban las conferencias callejeras, donde los hombres los veían. Yo también me hice ver, primero, porque eso es indispensable. La acción de presencia y la influencia directa del conductor es importante, pero la mayor parte de la masa ya me había visto y yo, entonces, les hable por radio, que era como si me siguieran viendo. De manera que yo les hablaba a todos. Imagínense lo que significa la utilización de los medios técnicos en la política, cosa que no habían hecho mis antecesores. Por eso me fue posible el día anterior a las elecciones, dar una orden que el día siguiente todos cumplieran. Fue así como ganamos las elecciones. Nuestros adversarios políticos, cuando nosotros dimos esa orden, se reían, pero después del escrutinio ya no se rieron tanto. Era lógico. Eran sistemas mediante los cuales asegurábamos una unidad de acción de la masa peronista que ellos no pudieron asegurar. Esa sorpresa, mediante el mantenimiento del secreto hasta el último momento, fue la que nos permitió, de un solo golpe, decidir la acción a nuestro favor” (1).
A la vez que atraía a los dirigentes de los trabajadores, el ambicioso coronel de aquella época intentó la captación de los políticos a quienes tanto vituperó posteriormente. Su posición oficial facilitaba la empresa. En entrevistas privadas les habló según conviniera al caso. Se mostró enemigo del “régimen” a los radicales, y adversario de éstos a los
conservadores; agitó el peligro comunista a los católicos y el imperialista a los promotores del nacionalismo. A los industriales y comerciantes les quiso convencer de que su acción los favorecería porque implicaba la defensa del capital frente a las tendencias extremistas, fortalecidas en casi todos los países de Europa después del triunfo soviético en la segunda guerra mundial.
De todos los partidos y grupos consiguió separar elementos. Presentían algunos de estos que el coronel movedizo y parlanchín montaría el “caballo del comisario” y, por lo tanto, ganaría la carrera. Seducía a otros la posibilidad de salir del anonimato en que hasta entonces andaban hundidos dentro de sus agrupaciones, y no faltaban quienes sólo se conformaban con hacer convenientemente negociados.
El coronel aceptaba a todos. Necesitaba sumar de cualquier manera para luego ganar en cualquier forma. No consiguió, cierto es, mucha gente de positiva valía, pero en realidad no le interesaba. Hacía una “guerra de montonera”, como él mismo dijo, y para ella no le eran menester sino modestos ejecutores en la mayor cantidad posible.
Muy pocas coincidencias había entre los dos sectores principales de ese conglomerado. En el de los trabajadores, reunidos o no en sindicatos, había de todo: socialistas, comunistas, sindicalistas, anarquistas. En el otro había nacionalistas, católicos, liberales. Unirlos no era fácil, y menos aún, con rapidez a fin de que sirvieran en la próxima contienda comicial.
Zurció el coronel unos cuantos principios generales que tanto sirvieran para un roto como para un descosido, los estructuró luego en lo que llamó su “doctrina”, peroró copiosamente para hacerla entender a la gente sorprendida de su inigualada verborrea, y así improvisó un conglomerado suficiente para afrontar la elección del 24 de febrero de 1946.
Triunfó. Obtuvo 1.479.511 votos y se adjudicó 304 electores. La fórmula de la oposición, Tamborini - Mosca, logró 1.210.822 votos y solo 72 electores de Córdoba, Corrientes, San Juan y San Luis. (2)
Este triunfo hubiera satisfecho a cualquier otro partido, sobre todo a uno de reciente formación. Pero no satisfizo al coronel que lo había creado. Necesitaba una mayoría más neta, como las que en Alemania y países comunistas alcanzaban los regímenes gobernantes. Solamente así podría jactarse de que su partido era la nación misma y no el grupo más numeroso de ella.
Por lo demás, aquella mayoría precaria, conseguida a fuerza de astucia e intimidación, podría desvanecerse en cualquier elección venidera. Para evitar esa contingencia, no había que dormirse. Nada de esperar nuevos comicios para hacer propaganda. Hablar al pueblo en seguida, hablarle directamente, obsesionarlo, distraerlo, halagarlo, indignarlo contra los enemigos verdaderos o supuestos, estar siempre presente ante él, de modo
que casi nada pudiera hacerse o decirse sin que de un modo u otro no se nombrara a su conductor.
En un principio su partido se llamó “Laborista”, luego “Partido Único de la Revolución”. Pero –ha dicho el dictador- sus amigos “continuamente insistían en utilizar la designación del Partido Peronista”, y a principios de 1947 le pidieron autorización para darla a todas las fuerzas que lo seguían. Consintió.
Nadie, en el pasado, hubiérase animado a tanto. Ni los rivadavianos ni losurquicistas, mitristas, alsinistas, roquistas, juaristas, pellegrinistas o yrigoyenistas, seguidores de figuras de gran predicamento político en diversas épocas de nuestra historia, pensaron jamás en dar “oficialmente” tales denominaciones a los partidos en que estaban enrolados. Si a algunos obsecuentes se les hubiera ocurrido tamaño despropósito, los jefes los hubieran censurado, porque, por más decisiva que fuera su influencia y difundida su popularidad, la calificación personalista de sus partidos no sólo contrariaba sus convicciones democráticas, sino también su discreción y buen gusto. Ni siquiera los dictadores europeos que el coronel tuvo por maestros, llegaron a dar sus nombres a los partidos que habían formado.
Tampoco se hubiera animado nadie, en otro tiempo, a crear un escudo para su partido, con ánimo de equipararlo con el nacional y con la intención, si posible fuera, de reemplazarlo.
En cientos de miles de ejemplares se lo mostró en todas las oficinas y actos públicos, como un símbolo más de la Nación. La provincia del Chaco –que entonces se llamó Presidente Perón- lo adoptó como propio. “Este escudo –decía su ley Nº 4, artículo 1º.- será exactamente igual al escudo del Partico Peronista, es decir, de fondo azul en la parte superior y de fondo blanco en la parte media inferior; una pica dorada sosteniendo un gran gorro frigio en color rojo y dos manos entrelazadas sosteniendo ese símbolo; además, tendrá un marco dorado circundando al escudo, y tres hojas de laureles en fondo dorado, y en el casquete de éste, un medio sol dorado”. A todo esto, que distingue el escudo originario del partido, el de aquella provincia agregaba “en la parte superior, mirando hacia el exterior, la cabeza del creador del justicialismo”.
Jefe único e indiscutido del “movimiento” era el dictador. El secretario general de la CGT y los presidentes de las dos ramas del partido, y por lo tanto todos sus organismos y dirigentes, no eran más que dóciles ejecutores de su voluntad.
Eduardo Vuletich, secretario de la central obrera, ha declarado lo siguiente: “El ex presidente no daba órdenes sino que, habitualmente, hacía insinuaciones o sugestiones que en la práctica importaban verdaderas órdenes, ya que si no eran cumplidas se hacían pasibles quienes las habían recibido de las sanciones del gremio u organización a que pertenecían; además, si satisfecha la orden recibida, su resultado era contraproducente, no se podía imputar al ex presidente el error, ya que él no la había dado simplemente, insinuado, asumiendo el ejecutor la responsabilidad del error” (3).
“A mí me creían presidente del partido –ha dicho Alberto Teisaire- pero no lo fui. Presidente del partido era Perón. La dirección maestra era un poco decorativa; no podíamos hacer nada sin una orden que estuviera escrita y planificada”.
Lo mismo aconteció en la rama femenina de la agrupación, con la sola diferencia que, mientras pudo, la dirigió “la Señora”, y luego el dictador.
Cómo se desarrolló
El éxito atrae al éxito, sobre todo cuando quien lo busca carece de escrúpulos. En 1946 el gobierno de Corrientes había sido ganado por la Unión Democrática. De inmediato se interino esa provincia y el Senado rechazó a quienes debieron representarla en su seno. Era una advertencia. En adelante no se admitiría que el partido oficialista fuera derrotado. Desde entonces triunfó no sólo en Corrientes sino en todas partes.
Con tal seguridad y con la presunción de que por mucho tiempo no habría posibilidad de cambio, quienes buscaban las ventajas y prebendas del oficialismo se volcarán al partido gobernante. Siempre había sucedido así y no podía esperarse otra cosa.
Pero eso no bastaba, puesto que a pesar de ello los gobiernos solían perder elecciones. Entonces comenzó a practicarse la coacción.
Las primeras víctimas fueron los empleados y funcionarios públicos. El dictador les exigía “la lealtad”, “entendiendo como tal la compenetración con los principios políticos, sociales y económicos inspiradores de la obra que desarrollaba el gobierno. Sin esa compenetración –decía en una de las circulares confidenciales pasadas a sus ministros en octubre de 1948- “el trabajo resulta consciente o inconscientemente, obstaculizador… Nuestro gobierno arranca de una revolución de sentido popular, preconizadora y prácticamente de la implantación de una política social que no puede ser sentida ni siquiera comprendida por una burocracia formada por la oligarquía capitalista y puesta al servicio de sus intereses de clase y no al de la colectividad. Por todo ello, recuerdo a los señores ministros la obligación en que se encuentran de sanear las oficinas a su cargo eliminando de las mismas a los empleados ineptos y a los que voluntaria o involuntariamente realicen una obra contraria a las normas de la revolución.
Para llegar a ese saneamiento y a aquella doble selección, firmaré cuantos decretos de cesantía y de exoneración considere justos y me sean sometidos por los señores ministros” (4).
Cuatro años después en la Tercera Conferencia de Gobernadores, expresó poco más o menos lo mismo. “una de las observaciones más fundamentales que hemos hecho
nosotros es que todavía en la administración pública hay muchas personas que están fuera de su orientación diríamos así; ideológica en consecuencia, son saboteadores o inconscientes de la función pública. Esto se da en el orden de los funcionarios como los empleados de la administración pública, ya sea federal o provincial”. Luego de señalar el derecho del gobierno a poner en ejecución sus ideas, agregó que no debía quedar ni un solo empleado que no compartiera “total y absolutamente” su manera de pensar y sentir en lo que se refiere al orden institucional, administrativo y de gobierno dentro de todo el territorio de la República. “En esto hay que extremar: se lo deja o se lo exonera, según corresponda, por la simple causa de ser un hombre que no comparte las ideas del gobierno; eso es suficiente” (5)
Consecuencia de esa directiva fue la afiliación en masa. Los tímidos, los pusilánimes, los necesitados, los tibios, los indiferentes, los miedosos, se apresuraron a inscribirse en el partido. Se sabían observados y temían las delaciones.
En vísperas de la renovación presidencial de 1952, la acción proselitista fue aún más decisiva. Había que adherirse a la reelección del dictador, firmar los pedidos que sobre ella se hacían circular, contribuir a los gastos de la campaña, concurrir a las manifestaciones de público homenaje y a cuanto acto revelara la lealtad incondicional. El miedo aumentó, y de él se benefició la dictadura y el partido que la sostenía. Cuando cayó en 1955 casi no había empleado o funcionario público que no estuviera afiliado. La fuerza del “movimiento” era aparentemente incontrolable. En los comicios de abril de 1954, para la elección de vicepresidente y legisladores, obtuvo 4.994.106 votos contra 2.493.422 de la UCR. Era casi el 70% que el dictador había ansiado siempre. Podía confiar en el porvenir.
Un año y medio después lo construido sobre mentira, el miedo y la coacción, se vino abajo.
Cómo se sostuvo
Nunca ha sido fácil el sostenimiento económico de los partidos políticos. Apenas pueden contar con el aporte regular y periódico de sus afiliados, sobre todo si son de modestos recursos y sólo por excepción con donaciones de discreta importancia (6). La precariedad de medios los obliga, entre una y otra campaña electoral, a clausurar muchos de sus locales y a reducir al máximo la acción proselitista. En vísperas de comicios requieren contribuciones extraordinarias de afiliados, simpatizantes y amigos, insuficientes en la mayoría de los casos para costear los crecidos gastos de la campaña. Ni siquiera cuando un partido ejerce el gobierno debe contar con otros medios que los privados. Si esto no fuera así, el gobierno y el partido carecerían de decoro. El gobierno administra bienes del Estado, es decir de la Nación políticamente organizada. De ningún
modo y por ningún motivo esos bienes pueden servir a un partido, aunque haya conquistado el poder, porque por más importante que sea sólo representa a una parte de la opinión pública.
Los gobiernos corrompidos y los regímenes totalitarios confunden al Estado con el partido gobernante. Para ellos, el partido es la Nación, y por consiguiente el Estado. El resto, como decía Perón “son los barbaros, que no cuentan sino como enemigos a quienes es preciso destruir” (7).
Todos los medios de que disponía el Estado estuvieron, durante la dictadura, al servicio del partido oficial, y es probable que muy pocos de sus dirigentes hayan dudado de que así debía ser. Uno de ellos, Héctor J. Cámpora, ex presidenta de la Cámara de Diputados de la Nación e interventor del partido en la Capital Federal, consideraba muy natural la contribución de los organismos estatales, porque, a su juicio, “debían coadyuvar en la medida de sus posibilidades a la consecución de los objetivos perseguidos por el movimiento” (8). Para otro, Vicente Carlos Aloé, gobernador de la provincia de Buenos Aires, era perfectamente correcto que la Municipalidad de la Ciudad de La Plata pagara permanentemente el alquiler de un edificio a la sociedad La Gauloise, ocupado por la CGT, dado que ésta “desarrollaba una actividad gremial que lo justificaba” (9). Era el criterio general, revelador, sin duda, de supina ignorancia y de ilimitada desaprensión.
Cuando el Partido Peronista Femenino necesitó instalar la sede de su consejo superior, el Ministros de Transporte le cedió dos pisos del inmueble avenida Roque Sáenz Peña 570; la Cámara de Diputados le proveyó de muebles; el Ministerio de Salud Pública de un consultorio ontológico completo, camillas para inyecciones y exámenes y una mesa e instrumental ginecológico de cirugía de emergencia y general; la Subsecretaría de Prensa y Difusión le proporcionó dos cámaras cinematográficas y la Municipalidad de Buenos Aires no sólo amueblo y decoró la sala de espectáculos e instaló los camarines de los artistas, sino dispuso la entrega de casas prefabricadas y locales varios con destino a las unidades básicas (10).
En el resto del país se hizo lo equivalente en locales y dependencias de la Nación y de las provincias. En la de Buenos Aires “el gobernador Mercante proporcionaba a la sede del partido, en La Plata, los elementos necesarios para su gestión, como ser papel,