odos los seres vienen al mundo pendiendo de un hilo solamente. El hilo se corta y ¡zas! Allí quedarán las almas justas al borde de los astros, aguardando por los siempres de los jamases. Nadie sabe qué, ni por qué, ni para qué; pero ellas esperarán sin término porque no tienen prisa alguna. Esperarán como el humilde desempleado, sentado aguardando en la antesala de un ministro, con su amargo corazón angustiado lleno de excrecencias adquiridas en la brega y los sinsabores cotidianos. Pobres corazones reluctantes, con el ojo puesto en las casualidades venturosas y esquivas de esta
SEGUNDA VOZ EN LA VENTANA Esperando con humildad, Delia quedó protegida en casa de Elvira, quien haciendo de tripas corazón, con lejanos celos retrospectivos subyacentes, dijo: "mi hermana es mi hermana y no puedo dejarla abandonada, así haya hecho cualquier cosa". "No tengo que perdonar nada, mi obligación es darle la mano ".
Ayudaba a preparar el ajuar del futuro visitante, cuando le quedaba tiempo, con una dedicación conmovedora, mientras Delia, sufrida y resignada, ya en los últimos días, se abandonaba sin poder descansar realmente debido a sus hinchadas piernas. Durmiendo casi sentada por las noches para evitar la asfixia desesperante que le causaba el peso
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abultado del nuevo ser, al que trataba de acariciar suavemente sobre su vientre cuando se removía y le daba pataditas dolorosamente agradables, toda su desgracia quedaba olvidada entonces y ocupaba ese lugar una placidez inundada de una desconocida ternura. Con los párpados caídos contemplaba con frecuencia a su bondadosa hermana, sumida en tanto quehacer doméstico como si quisiera abstraerse de algo molesto y sucio que la rondara, refugiándose en una manía por la limpieza de muebles y enseres, que rayaba en la exageración.
Mauro esperaba con inquietud y malhumorado el advenimiento de la criatura que ya tardaba demasiado, pero esta preocupación era atenuada por su obsedido pensamiento en Claribel, con renovados deseos veía sus partes secretas como si hubieran sido una realidad inasible... ¡Si pudiera tenerla siempre a su lado...! Aquello no presentábase posible, por ahora. Sus citas eran siempre furtivas, peligrosas y debilitantes por la tensión nerviosa que aca- rrean el temor y las barreras. En el fondo deseaba que no naciera aquel chico, siempre que no peligrara la vida de tía Delia, a la que seguía queriendo como cuando era niño.
Con el ojo más grande la vio cómo disfrutaba también de su preñez pecaminosa, al sobajearse el vientre feroz, y sintió que le pasaron la mano—memoria por el lomo...
—Al fin, ¿Cuándo es que vas a dar a luz? —dijo Elvira, preocupada—, creo que estás con las cuentas equivocadas.
—Parece que el niño no quiere ver este mundo —agregó Kurt. —Para las cosas que tendrá que ver en él —dijo Mauro, irónicamente— más le valiera quedarse en el limbo.
—¿Crees que existe el limbo, hijo?, preguntó la madre esperanzada.
—Lo digo por hacer una frase, nada más.
Para él mismo hubiera sido preferible el limbo, de ser aquello una realidad: "¿Qué objeto tiene venir a la vida? ¿Qué sentido? ¿Por qué y para qué el hombre es colocado boca arriba en este insignificante planeta, mirando el infinito? Agonizando desde el nacer, condenado sin reme-
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dio a sufrir más que a gozar, torturado por una incertidumbre perturbadora. Pretencioso y ridículo, queriendo descubrir los secretos del Cosmos y de la vida, tratando de modificar la naturaleza y recibiendo golpes devastadores de parte de ella, cuando él cree que ya ha logrado re-modelarla. Tratando de mejorar su condición constantemente sin llegar a mayores logros, en definitiva. Lavando la mugre en la superficie solamente, y aquella sucia impronta imborrable del animal, resurgiendo, a veces, con más fuerza.
¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo? Si en ocasiones hasta provoca volver a creer en Dios, se dijo. Si no vale la pena vivir, tampoco quizá vale ya la pena auto-destruirse. Después de todo, queda Claribel como un gancho en un pozo... Un asidero.
—Pareces enfermo, hijito. —La voz de su madre le sonó muy lejana. Después de un rato respondió volviendo de su viaje por el limbo.
—No. Me siento muy bien, mamá. "Si ella supiera de qué proviene mi p alid ez" .
—Tenía mucha albúmina la pobre.
—Parece que fue un ataque de eclampsia lo que la mató. —Y hasta se fue llevando también a la inocente criaturita. —Dios lo habrá querido así. El sabe lo que hace. Era un niño nacido del pecado.
—Dicen que la finada, que en paz descanse, vivía con el mismo cuñado que mataron misteriosamente.
—Esas son habladurías, no más. —Cuando río suena, piedras trae.
—Qué desgracia, comadrita, la acompaño en su pesar —dijo alguien, cerca de Mauro, en el momento que entraba a la sala atestada de gentes vestidas de negro que cuchicheaban en un ámbito pesado y dulzón de flores mustias y velas del modesto catafalco.
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Mauro se encaminó a mirar nuevamente los cadáveres. Delia dormía con extraña rigidez j u n t o al pequeño semej a n t e a ella, como si fuera una réplica en miniatura.
— ¿A qué horas será el entierro? —le preguntó alguien. En esos momentos una especie de odio o resentimiento renacía, a pesar de yacer allí sin vida, contra esa pequeña cosita inofensiva, digna de lástima. Su pobre tía parecía haber recibido un castigo por su pecado. Seguramente eso era lo que cuchicheaban las viejas. ¿ P e c a d o ? Hay tanta gente que peca y delinque en el mundo y jamás purga ni paga. Ella era buena y parecía tan valiente y tan contenta cuando la llevaron al hospital con los dolores, antes de los espasmos clónicos, que ahora su muerte parecía una mentira. Los reflejos de los cirios jugueteaban lúgubremente sobre el tenso rostro de su desdichada tía Delia, hasta el punto de parecerle distinguir leves movimientos alrededor de los ojos y la boca. (Es una ilusión mía, los deseos quieren convertirse en realidades, aunque sea dentro de uno mismo).
Alguien comentó en voz alta.
—Cuando se muere un miembro de una familia, se van otros también. Eso es lo que está pasando aquí, con esta gente.
—Parece que la sepultarán hoy mismo.
—Los duelos, como todas las malas cosas, nunca vienen solos -respondió una voz c o n o c i d a de hombre. (Suena como la voz de un amigo de Joaquín).
Mauro no se molestó en mirar a los que así hablaban. Había tanta gente, la mayor parte desconocida para él: algunos vecinos comedidos, amistades ya olvidadas, que se hacían presentes para recibir su retribución en su momento postrero, porque temían estar solos- a la hora de la mayor soledad, o porque se avergonzaban de pensar que pudieran tener un entierro pobre; otros, sinceramente condolidos, por el dolor ajeno; y unos pocos, porque les divertía el asistir a los velorios, ya que en ellos hasta la gente más modesta se empeña en brindar algo a los asistentes.
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Vagar arduamente dentro de una densa nube de algo dón empapada en un aceite tan pesado como el plomo que no deja respirar y oprime el pecho con ansias de dar un gri to que se oiga hasta el fin del mundo y ningún ser corre a auxiliarla a una en esta hora de tiniebla porque nadie oye ni quiere oir ni está cerca en esta hora de la verd ad ... Sola mente—este—bultito—a—mi—costado—inmóvil dormidito tan—dormido—que—parece-un—muertito y yo en esta
obscuridad increíble, indecente, indescriptible, sin poder respirar ni levantarme porque algo topa contra mi frente y retrocedo sobre esta cama estrecha y húmeda que a lo me jor no es cama sino... ¡No! ¡No puede ser! ¡Pero estas pa redes me vend an...! ¡Si Ovidio viniera y me sacara de aquí! pero no puede tampoco porque ya está muerto. ¿ ¡Muer ta!? ¡Muerta estuviera si no pensara! ¡Los muertos no piensan; Se—ahogan—dulcemente... ¡Me ahogo, sí, me ahogo yo también no dulcemente sino plomamente... ¡ E s t o . . . es plomizamente, —penamente, plomamente, pías! ¡Un ataúd! ¡Un vidrio frente a mi cara! ¡La ventanita de los muerto s... ! ¡Ay...! Me corté las manos pero entra un poquito de aire en este camarote donde viajo ni sé quien me e mb a r có . .. S ue ñ o .. . ¡Qué alivio...! Es sólo un b a r c o . . . Una pesadilla, p esada... Una canoa... Fúnebre canoa en el mar de los suplicios... Mi hijo no llora, todavía tengo que salir con fuerza de este barco. ¿Y si me ahogo otra vez? Hay luces aquí adentro, estrellas, candelabros, rosas. Mi- cabeza—encharcada—en—agua, en miel, en petróleo, en san gre dulce, pesada sangre... recóndita sangre amarga... recón dita sangre amarga... amargura... sangre evasiva... Sangre oscura, coagulada, pérdida amarga, dura, sufrida, castigada, perdida pura, sucia sangre p erd id a... Maldita sangre perdu laria. Maldita carne, púrpura, pura, espúrea... carne san grante, pecaminosa, pecadora, picada, picadura, picapica... Perdularia carne roñosa culpab le... Palpootra evadura, pér fida, perdiguera, la gran p. p ., v e z mi c ar ce l.. . Sangre evasi va... delgada d elgad ita... delgadísima... delgadura... delgade- ra.... Evasiva... que se va para no volver... Perdida, pérdi da... perdidosa... perdi.... perdidelgadita... per...
— ¡Mamá! —gritó con desesperación Mauro— ¡venga a ver el periódico! Leyeron: "Parece que una señora fue
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enterrada viva".
"El panteonero declara que durante su ronda nocturna oyó ruidos y gritos dentro de una bóveda..." "Esta mañana se pudo comprobar que el hombre decía la verdad, al observarse la lápida ligeramente movida de su sitio, y encontrar el cadáver de la señora Delia Calderón, que tal era el nombre de la difunta, con la cabeza destrozada por el esfuerzo hecho para salirse del ataúd".
"Según afirma el médico forense, un ataque de eclampsia produjo en la desgraciada señora una muerte aparente, lo que dio lugar a la lamentable equivocación de ser sepultada viva en compañía del recién nacido que..."
No pudo seguir leyendo más, y tuvo que ir con urgencia el excusado. Desde allí pudo oír angustiosamente a su madre que lanzaba un alarido terrible y doloroso, cayendo luego al suelo, desmayada. Entretanto, su hija, uniformada ya para ir a la escuela, lloraba también, sin comprender momentáneamente qué era lo que había sucedido, qué es lo que sucede realmente entre los grandes... ¿Qué cosa es...? Digan...
XVII. DIJO EL JEFE