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Action Plan

Outcome 05: Social Care Needs Theme: Effective Services

En ese 18 de Enero del 2004 eran miles los que sin esperanzas hacían caminos por entre el desierto. Caminos que se perdían, de los que no quedaban huella, porque el viento inclemente desplazaba la arena; como a ellos mismos les estaba pasando, quedando sin raíces, sin rumbo, sin pasado y sin presente.

Fantasmas vestidos de hermosas túnicas de colores, en medio de un universo ocre, abandonaban sus casas aún humeantes dejando atrás sus muertos: quemados unos, cortados en pedazos otros. Emprendían el camino del destierro con él único propósito de salvar lo que les quedaba de sus vidas después de la barbarie de los paramilitares.

Siempre estuvieron en medio del desierto. Una tierra hostil que sólo ellos, en un eterno diálogo con el mundo sagrado, han aprendido a trabajar. Ese mismo desierto, que los había unido y tenido alejados de las violencias más crueles de sus enemigos, les estaba siendo arrebatado. Los arijunas invitaban la muerte a sus lugares sagrados, por tratarse de parajes libres de la vigilancia de las autoridades estatales.

“Chema Bala” era conocedor del desierto y las costumbres ancestrales del pueblo. Sabía cómo causarles el mayor de los daños, sabía cómo matarlos desde adentro, sabía cómo imponer el terror y hacerlos sentir abandonados. “Chema Bala” sabía todo eso pues había sido uno de ellos. Pero ese no siempre había sido su nombre. A José María Epinayuu, se le metieron los malos espíritus cuando mataron a dos de sus primos, perdió su esencia Wayuu, y hasta el nombre se había cambiado para sentirse y comportarse como arijuna. Se llamaba ahora José María Ipuana o José María Barros, en identidades que se inventaba como parte de su nueva identidad, y en el mundo de asesinos en el que comenzó a andar, lo llamaban ‘Chema Bala’.

Su madre, lo había designado como administrador de un muelle en Bahía Portete. Ya podía presagiarse lo peor cuando estableció alianza con el Bloque Norte de las Autodefensas, con ‘Jorge 40’. Desde los días en que se sabía de esa oscura alianza con la muerte, siguieron muertes selectivas, miedo, zozobra y un inusitado control sobre la región de los wayuu.

Como si estuviese parado en el lugar del todopoderoso, “Chema Bala” dictaminó la muerte para todo aquel que no acatara la orden de irse o de unirse a su causa, la causa paramilitar. Ésta impuso el uso del territorio en función del tráfico de drogas y el contrabando, so pretextos de proteger a la población del accionar de las guerrillas. Impulsó la amenaza con la certeza del abandono en que por siglos ha estado todo el pueblo Wayuu asentado en Bahía Portete por parte del Estado colombiano. Éste solo los ha visto como un obstáculo para lograr su propia consolidación, para su crecimiento o para el de la inversión extranjera. Por eso “Chema Bala” sabía que podía encontrar en el Ejército un aliado.

Con las lágrimas del pavor y el desconsuelo, las mujeres recuerdan cómo ese medio día, en las camionetas blancas de vidrios polarizados y vestidos con camuflados del Ejército llegaron los paramilitares para arrasar con todo sin consideración alguna. Estos hombres invadieron Bahía Portete y empezaron a buscar rancho a rancho a quienes querían sentenciar a muerte.

Conocedor de los significados de los lugares sagrados y los ritos, Chema ordenó terminar con la comunidad, arrasar con la ranchería, destrozar los cuerpos con hachas, separarlos, quemarlos, profanar los cementerios y hacer parte de la guerra a mujeres y niños. No había lugar hacia donde huir, sólo estaba en frente el desierto, y en éste, el camino que conduce hacia Venezuela. Marchar por el desierto sin mirar atrás para salvar la vida. La tierra ya no les pertenecía. Sus tumbas habían sido profanadas.

Para sembrar el terror, no sólo se profanaron los muertos ancestrales, también se despojó de dignidad los recién muertos. Una joven asesinada a tiros, fue sentada en una silla de mimbre y se le decapitó de un tajo. A otra, agonizante, la colgaron en un cactus desde donde caía la sangre en la arena. A los vivos se les prendió candela y a varias niñas que no alcanzaron el camino de la huída, las alcanzó la afrenta de la violación.

En las columnas de marcha de los que quedaron vivos, dirigiéndose hacia Uribia, Manaure, Maicao y Venezuela, se encontraban madres en medio de lágrimas y de desespero, preguntando angustiosamente por los más de 20 niños desaparecidos. Otros tantos partícipes de este éxodo indígena por el desierto, pedían razón de 10 miembros de la comunidad que no eran hallados. Entre abrazos eran consumidos por la incertidumbre que consume a aquellos que no pueden enterrar a sus semejantes.

Durante una semana los restos del horror quedaron a la intemperie sin que autoridad estatal alguna llegara al lugar. Y esto a pesar de que tres días antes la comunidad había informado al Ejército la inminencia de un ataque por parte de los paramilitares. Esta advertencia fue trasladada al sistema de alertas tempranas del Estado, a la Defensoría del Pueblo, y a la Vicepresidencia, pero ninguno acudió con celeridad.

La masacre fue avisada por los espíritus, que aparecieron días antes en los sueños de los líderes espirituales de la comunidad. Desde esos días la tragedia sigue acompañando sus noches en una escena que se repite eternamente: un pueblo fantasma caminando sobre restos innombrables en la arena ensangrentada, buscando algo más escurridizo que la arena misma, eso que los arijunas llaman “justicia”.

4.2Las múltiples versiones de los agentes sociales

La masacre de Bahía Portete, fue el punto más alto de violencia que se alcanzó por parte de los agentes involucrados en los hechos de violencia que allí venían ocurriendo, el estallido de una serie de intereses contrapuestos que hizo uso de la violencia para imponerse de forma definitiva en un crimen atroz.

Los agentes involucrados, con intereses contrapuestos y discursos que daban sustento a sus actuaciones, libraron una lucha por el significante del territorio, por tener territorio, conservarlo y darle uso. Una lucha que se libró también en el terreno de las narraciones, donde la verdad histórica que logró primar, y que se construyó sólo por el agente que contaba con mayor poder por, el Estado, aún hoy se contraría, sin intención de ser modificada, por la verdad judicial que está construyéndose en el marco del Proceso de

Justicia y Paz, a través de versiones libres de postulados66, reconstrucciones de hechos realizadas por la Fiscalía General de la Nación en el marco del mismo proceso, narraciones de académicos, medios de comunicación, y recuentos orales de las víctimas, que transmiten principalmente a través de sus líderes.

a. Control territorial:

La península de la Guajira, se encuentra estratégicamente ubicada en la geografía de América. No sólo por las implicaciones que tiene geográficamente su forma de saliente de tierra que entra en el mar y es bañada enteramente por la mayor parte de sus orillas por un Mar Caribe que comunica en poco tiempo con toda Centroamérica e inclusive con Norteamérica, permaneciendo en todo momento conectada con el país continental, de forma que naturalmente tiene la potencialidad de conformar cientos, o tal vez, miles de puertos; sino además porque las condiciones mayoritariamente planas de su territorio, facilitan el desplazamiento hacia las costas.

      

66 Desmovilizados de los grupos de autodefensas que fueron reconocidos por el Gobierno Nacional como

excombatientes a los que se les llevará un proceso especial de justicia transicional juzgando sus actos en el marco del conflicto, aplicándoles la Ley 975 de 2005.

Las condiciones geográficas descritas, como las más destacadas de La Guajira, departamento donde se ubica Bahía Portete, fueron uno de los motivos más importantes para los agentes que se vieron involucrados en los crímenes atroces.

Por un lado, se encontraba el pueblo Wayuu, que desde la conquista española halló en las tierras áridas de la Guajira un refugio natural ideal para conservar su pueblo, y desarrollar su vida en comunidad. El desconocimiento de los españoles de las condiciones del terreno, aunado a las difíciles condiciones de supervivencia que ofrece el desierto, permitieron mantenerlos a salvo de la barbarie española, que en cierto grado, permitieron que hasta el día de hoy, mantengan como pueblo cierto nivel de autonomía extralegal, conservando sus normas tradicionales y siendo, al menos formalmente, reconocidas en la República de Colombia desde la Constitución Nacional.

Por otro lado, los agentes estatales, reflejados en las diferentes autoridades que el Estado instituye en la Guajira para el cumplimiento de sus funciones constitucionales, como las Fuerzas Militares, el Gobiernos Nacional y local, encuentran en la geografía de la península de la Guajira un punto estratégico de posicionamiento territorial, no sólo porque es desde éste punto en el que el país inicia su territorio continental, y por lo tanto, es uno de sus extremos geográficos, sino además, porque garantiza la seguridad del país y de la soberanía del Estado.

A agentes como los grandes empresarios y multinacionales, la ubicación de la Guajira parece resultar fundamental desde el punto de vista de su condición de puerto natural, para el embarque de productos y por las posibilidades de explotación de diferentes productos, en especial, las explotaciones de carbón, salinas y petroleras.

b. Inclusión de la población civil en el conflicto:

Los agentes involucrados en el conflicto, han tenido la marcada y persistente tendencia a incluir a la población civil en el mismo, a través de la estrategia de hacerlo parte de los aliados del enemigo en uno y otro bando.

Los paramilitares, en el marco del proceso de Justicia y Paz, en las diferentes versiones que desmovilizados y postulados han rendido, así como en diferentes entrevistas rendidas ante medios de comunicación, han mantenido la posición de señalar al pueblo Wayuu, y en concreto, a los habitantes de Bahía Portete para el año 2004 como ‘auxiliadores’ o ‘colaboradores de la guerrilla’, además de una población con una situación interna difícil, compuesta por enfrentamientos armados entre clanes y disputas por el poder de tráfico de contrabando.

Contrasta con la versión que los paramilitares sostienen del pueblo Wayuu el que en su mayoría, éste haya sido renuente a colaborar con el proyecto paramilitar de expansión y tráfico de estupefacientes y contrabando. Los paramilitares, que operaron en la zona a través del Bloque Norte, no fueron ajenos al desconocimiento del desierto que caracterizaba a todo el que era ajeno al pueblo Wayuu, incluyendo al mismo Estado colombiano, por lo que fue necesario para desarrollar el proyecto de consolidación de puertos para la salida de narcóticos por los puertos naturales de ésta zona contar con el soporte de los pobladores que conocían perfectamente la zona y el desierto, que inhóspito y desolador podía resultar mortal para el desplazamiento y mantenimiento de los hombres.

c. Fuente inagotable de recursos naturales:

El departamento de la Guajira, con el desierto que la caracteriza, aparentemente improductivas y que inicialmente, fueron despreciadas desde una perspectiva económica por los conquistadores españoles, con una visión netamente agraria del desarrollo económico. Sin embargo, recientemente las multinacionales que han inyectado sus grandes capitales en Colombia, haciendo uso de sus equipos de explotación y con el desarrollo de macro-proyectos de desarrollo económico y turístico, como los proyectos de construcción del Puerto de Bolívar aprobado por el Gobierno del presidente Uribe Vélez, la explotación de carbón en El Cerrejón, las explotaciones de recursos minerales (como la plataforma gasífera y petrolera que se extiende por entre el mar y cubre desde Punta Estrella hasta El

Pájaro) y la explotación turística a través de programas como ‘Vive Colombia, viaja por ella’.

Los proyectos económicos del pueblo Wayuu, se desarrollan principalmente en el plano de la economía de subsistencia –en los renglones agrícola y de pastoreo-, así como en el contrabando –que vale la pena señalar se trata de una práctica ancestral- y el desarrollo de una incipiente actividad eco turística, que desarrollan sin afectar el entorno ecológico, ni el desarrollo normal de la comunidad ante la escasa infraestructura hotelera disponible.

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