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2 Two cases: OSHA and EACEA

2.2.4 Social control

Y Giovanni di Francia volvió a Siena, siguió con su comercio de banca y lanas y se mantuvo quieto durante dos años. Simplemente, se miraba con frecuencia al espejo. No se dormía sin pensar que era el hijo de la reina Clemencia de Hungría, pariente de los soberanos de Nápoles, bisnieto de San Luis. Pero le faltaba audacia; no sale uno así de pronto de Siena, a los cuarenta años, para gritar al mundo: «Soy el rey de Francia», sin exponerse a que se le tome por loco. El asesinato de Cola de Rienzi, su protector de tres días, lo hizo meditar seriamente. Y en primer lugar, ¿a quien iría a ver?

Con todo, no mantuvo el secreto al extremo de no contarle algo a su esposa Francesca, curiosa como todas las mujeres; a su amigo Guidarelli, curioso como todos los notarios, y sobre todo a Fra Bartolomeo, de la Orden de Predicadores, curioso como todos los confesores.

Fra Bartolomeo era un fraile italiano, entusiasta y dicharachero, que ya se veía convertido en confesor del rey. Giannino le había enseñado los documentos entregados por Rienzi, y comenzó a hablar por la ciudad; y los sieneses, en seguida, a cuchichear sobre este milagro: ¡el legítimo rey de Francia estaba entre ellos! Se agrupaban ante el palazzo Tolomei; cuando iban a encargar lanas a Giannino, se inclinaban exageradamente; se sentían muy honrados de firmarle una letra; lo señalaban cuando transitaba por las estrechas calles. Los viajantes de comercio que habían estado en Francia aseguraban que tenía el mismo semblante de los príncipes de alli: rubio, de abultadas mejillas y con las cejas algo separadas.

Y ya tenemos a los comerciantes sieneses pregonando la noticia a sus corresponsales de todas las oficinas de Europa. Y he aquí que se descubre que fray Jordan de España y fray Antonio, los agustinos que en sus relatos se habían descrito como tan viejos y enfermizos que todo el mundo los creía muertos, seguían vivos y en perfecta salud, e incluso se aprestaban a partir en peregrinación a Tierra Santa. Y he aquí que ambos frailes escriben al Consejo de la República de Siena para confirmar sus anteriores declaraciones, y fray Jordan hasta se dirige a Giannino con referencia a las desdichas de Francia y exhortándolo a que tenga valor.

Efectivamente, las desdichas habían sido grandes. El rey Juan II -«el falso rey», decían ahora los sieneses-, había mostrado la medida de su genio en una gran batalla que se libró al oeste de su reino, cerca de Poitiers. Porque su padre Felipe VI se había dejado derrotar en Crecy por los infantes, Juan II, el día de Poitiers, decidió hacer desmontar a sus caballeros, pero sin dejarles quitarse las armaduras, y lanzarlos a pie al asalto del enemigo que los esperaba en lo alto de una colina. Los caballeros fueron troceados dentro de sus corazas como langostas crudas.

El primogénito del rey, el delfín Carlos, que mandaba un cuerpo de combate, se alejó de la batalla por orden de su padre, según decían, pero con demasiada diligencia en el cumplimiento de dicha orden. También contaban que al delfín se le hinchaban las manos, por lo que no podía sostener mucho tiempo la espada. En todo caso, su prudencia salvó algunos caballeros para Francia, mientras que Juan II, aislado con su último hijo Felipe que le gritaba: «¡Padre, esquivad a la derecha; padre, esquivad a la izquierda!», en un momento en que tenía que esquivar a todo un ejército, acabó rindiéndose a un caballero picardo que se había pasado a los ingleses.

Ahora el rey Valois era prisionero del rey Eduardo III. ¿No se susurraba como precio de su rescate la fabulosa cifra de un millon de libras? ¡Ah, pero que no contaran con los banqueros sieneses para contribuir!

Se comentaba muy animadamente todas estas noticias una mañana de octubre de 1356, ante el municipio de Siena, en la hermosa plaza en anfiteatro bordeada de palacios de color ocre y rosa; se discutía con grandes gestos que espantaban a las palomas, cuando de pronto fra Bartolomeo se

dirigió con su hábito blanco hacia el grupo más numeroso y, justificando su fama de fraile predicador, comenzó a hablar como si estuviera en el púlpito:

-¡Vamos a ver por fín quién es ese rey prisionero y cuáles son sus títulos a la corona de San Luis! Ha llegado la hora de la justicia; las calamidades que aplastan a Francia desde hace veinticinco años no son más que el castigo de una infamia, y Juan de Valois no es más que un usurpador... Usurpatore, usurpatore! -gritaba fra Bartolomeo ante la muchedumbre que iba engrosándose-. No tiene derecho alguno al trono que ocupa. El verdadero, el legítimo rey de Francia, se encuentra en Siena, y todo el mundo lo conoce: se llama Giannino Baglioni...

Y su índice señalaba por encima de los tejados en dirección al palacio Tolomei.

-...se le cree hijo de Guccio, hijo de Nino; ¡pero en realidad nació en Francia, del rey Luis y de la reina Clemencia de Hungría!

Fue tal la conmoción que este discurso produjo en la ciudad, que el Consejo de la República se reunió inmediatamente en el Municipio, pidió a fra Bartolomeo que trajera los documentos, los examinó y, tras largas deliberaciones, decidió reconocer a Giannino como rey de Francia. Le ayudarían a recuperar su reino; se nombraría un consejo formado por seis de los ciudadanos más prudentes y ricos para que velaran por sus intereses e informaran al Papa, al emperador, a los soberanos y al Parlamento de París de que existía un hijo de Luis X, desposeído pero legítimo. Y, para empezar, se le votó una guardia de honor y una pensión.

Giannino, asustado por tanta agitación, comenzó rehusándolo todo. Pero el Consejo insistía, el Consejo exhibía ante él sus propios documentos y exigía que se decidiera. Giannino acabó por relatar sus entrevistas con Cola de Rienzi, cuya muerte seguía obsesionándolo, y entonces el entusiasmo no tuvo límites; los más nobles jóvenes sieneses se disputaban el honor de pertenecer a su guardia; parecían a punto de disputárselo por barrios como el Palio.

Tal agitación duró casi un mes, durante el cual Giannino recorrió la ciudad con séquito principesco. Su esposa no sabía qué actitud tomar y se preguntaba si, como simple burguesa, podría ser ungida en Reims. En cuanto a los niños, iban vestidos toda la semana con sus trajes de domingo. ¿Debía considerarse a Gabriele, primogénito del primer matrimonio, como heredero del trono? Gabriele Primo, rey de Francia..., sonaba algo raro. ¿ó acaso (y la pobre Francesca Agazzano temblaba solo de pensarlo) el Papa no se vería forzado a anular un matrimonio tan poco en consonancia con la augusta persona del esposo, para permitir que este contrajera nuevas nupcias con una princesa real?

Comerciantes y banqueros fueron apaciguados rapidamente por sus corresponsales. ¿No iban bastante mal los negocios en Francia para que hicieran aparecer un rey más? ¡Bien se burlaban los Bardi de Florencia de que el soberano legitimo fuera un sienés! Francia tenía ya un rey Valois prisionero en Londres donde sobrellevaba su dorado cautiverio en la mansión de Saboya, sobre el Tamesis, y se consolaba en companía de jóvenes escuderos del asesinato de su querido La Cerda. Francia tenía también un rey inglés que dominaba la mayor parte del país. Y ahora el nuevo rey de Navarra, nieto de Margarita de Borgoña, al que llamaban Carlos el Malo, reivindicaba también el trono. Y todos estaban endeudados con los bancos italianos... ¡Ah, los sieneses iban a ser bien felicitados por apoyar las pretensiones de su Giannino!

El Consejo de la República no envió carta alguna a los soberanos, ni embajadores al Papa, ni representantes al Parlamento de París; y pronto dejó a Giannino sin pensión y sin guardia de honor.

Pero era él ahora, empujado a esta aventura contra su voluntad, quien la quería continuar. Estaba en juego su honor, y aunque tarde, lo devoraba la ambición. Ya no admitía que no se tuviera en cuenta que había sido recibido en el Capitolio, que había dormido en el Castillo Sant'Angelo y que había marchado sobre Roma en compañía de un cardenal. Se había estado paseando un mes con una escolta principesca, y no podía soportar que el domingo, cuando entraba en el Duomo, cuya

que pretendía ser heredero de Francia!» Puesto que se había decidido que era rey, seguiría siéndolo. Y por sí sólo escribió al Papa Inocencio VI que había sucedido en 1352 a Pedro Roger; escribió al rey de Inglaterra, al rey de Navarra y al rey de Hungría enviándoles copias de sus documentos y pidiéndoles ser restablecido en sus derechos. Quizá todo hubiera acabado aquí, si Luis de Hungría, el único entre toda su parentela, no le hubiera respondido. Era sobrino directo de la reina Clemencia; ¡en su carta daba a Giannino el título de rey y lo felicitaba por su realeza!

Entonces, el 2 de octubre de 1357, tres años día por día desde su primera entrevista con Cola de Rienzi, Giannino, llevando consigo toda su documentación, doscientos cincuenta escudos de oro y dos mil seiscientos ducados cosidos en los vestidos, partió para Buda a pedir protección a aquel primo lejano que lo reconocía. Iba acompañado por cuatro escuderos que tenían fe en su fortuna.

Pero, al llegar a Buda, dos meses después, Luis de Hungría estaba ausente. Todo el invierno esperó Giannino, gastando sus ducados.

Allí descubrió a un sienés, Francesco del Contado, que había sido nombrado obispo.

Por fín volvió el primo de Hungría a su capital, pero no recibió a Giovanni di Francia. Hizo que lo interrogaran varios de sus señores, quienes primero se declararon convencidos de su legitimidad, pero ocho días después daban media vuelta y afirmaban que su historia no era más que una patraña. Giannino protestó; se negaba a salir de Hungría. él se constituyó un Consejo, presidido por el obispo sienés; llegó incluso a reclutar, entre la fantasiosa nobleza húngara siempre dispuesta a las aventuras, cincuenta y seis gentiles-hombres que se comprometieron a seguirlo con mil caballeros y cuatro mil arqueros, y que llevaron su ciega generosidad hasta ofrecerse a servirlo a su propia costa en tanto no estuviera en condiciones de recompensarlos.

Pero les faltaba, para equiparse y partir, la autorización del rey de Hungría. Éste, que se hacía llamar «el Grande» pero que no parecía brillar precisamente por la claridad de juicio, quiso examinar por sí mismo los documentos de Giannino, los juzgó auténticos, y proclamó que lo ayudaría en la empresa;

luego, a la semana siguiente, anunció que había reflexionado y que abandonaba el proyecto. Y sin embargo, el 15 de mayo de 1359, el obispo Francesco del Contado entregaba al pretendiente una carta fechada el mismo día y sellada con el sello de Hungría, por la cual Luis el Grande, «iluminado al fin por el sol de la verdad», certificaba que el señor Giannino di Guccio, criado en la ciudad de Siena, procedia de la familia real de sus antepasados y era hijo del rey Luis de Francia y de la reina Clemencia de Hungría, de honroso recuerdo. La carta confirmaba asimismo que la divina Providencia, valiéndose de la nodriza real, había querido que por un cambio se sustituyera al joven príncipe por otro niño a cuya muerte debía Giannino la vida: «tal como en otro tiempo la Virgen María, huyendo a Egipto, salvaba a su hijo dejando creer que ya no vivía...».

De todos modos, el obispo Francesco aconsejaba al pretendiente que marchara en seguida, antes que el rey de Hungría se echase atrás, amén de que no era absolutamente seguro que la carta hubiera sido dictada por él, ni que el sello hubiera sido puesto por orden suya...

Al día siguiente, Giannino salía de Buda, sin haber tenido tiempo de reunir todas las tropas que se habían ofrecido a servirlo, pero con bastante hermoso séquito para un príncipe que tenía tan pocas tierras.

Giovanni di Francia fue entonces a Venecia, donde se hizo confeccionar vestidos reales; luego a Treviso, Padua, Ferrara, Bolonia, y finalmente volvió a Siena, después de una ausencia de dieciseis meses, para presentarse a las elecciones del Consejo de la República.

Pues bien, aunque su nombre salió el tercero, el Consejo invalidó su elección, precisamente porque era hijo de Luis X, porque el rey de Hungría lo reconocía como tal y porque no era de la ciudad. Y le quitaron la ciudadanía sienesa.

Sucedió que el gran senescal del reino de Nápoles pasó por Toscana, en viaje para Aviñón. Giannino se apresuró a visitarlo. ¿No era acaso Nápoles la cuna de su familia materna? El senescal, prudentemente, le aconsejó que fuera a ver al Papa.

Sin escolta esta vez -los nobles húngaros ya se habían cansado- llegó a la ciudad papal la primavera de 1360, vestido de simple peregrino. Inocencio VI se negó obstinadamente a recibirlo. Francia causaba ya al Santo Padre bastantes molestias para preocuparse de aquel extraño rey póstumo.

Juan el Bueno seguía prisionero; París continuaba agitada por la revuelta en la que el preboste de los comerciantes, Esteban Marcel, acabó asesinado tras su intento de establecer un poder popular. También había motines en el campo, donde la miseria hacía sublevarse a los que llamaron «les Jacques» (Los cualesquiera, los don nadie). Asesinatos por doquier; ya no se distinguía al amigo del enemigo. El delfín de las manos hinchadas, sin tropas ni hacienda, luchaba contra los ingleses, contra los navarros, contra los parisienses incluso, ayudado por Breton du Guesclin, al que había entregado la espada que él no podía empuñar. Se dedicaba además a reunir el rescate de su padre.

Reinaba completo desorden en las facciones, todas igualmente agotadas; en los caminos, compañías que se llamaban de soldados, pero que no eran sino de bandidos a las órdenes de aventureros, saqueaban a los viajeros y mataban por simple vocación criminal.

La residencia en Aviñón empezaba a ser, para el jefe de la Iglesia, tan poco segura como la de Roma, incluso con los Colonna. Había que negociar, negociar cuanto antes; imponer la paz a aquellos combatientes extenuados y conseguir que el rey de Inglaterra renunciara a la corona de Francia aunque tuviera que quedarse con medio país por derecho de conquista; y que el rey de Francia fuera restablecido en la otra mitad para imponer una apariencia de orden. ¿Qué hacer pues con aquel exaltado peregrino que reclamaba el reino blandiendo increíbles relatos de monjes desconocidos y una carta del rey de Hungría que éste mismo refutaba?

Entonces Giannino empezó a vagar errante, buscando apoyo, pidiendo subsidios, tratando de interesar en su historia a compañeros de posada que tuvieran una hora que perder entre dos picheles de vino, suponiendo influencia a gentes que no tenían ninguna, entrevistándose con intrigantes, malandrines, forajidos, jefes de banda ingleses que habían llegado hasta allí y pirateaban por Provenza. Se decía que estaba loco; y realmente, iba en camino.

Un día de enero de 1361 los notables de Aix lo detuvieron en su ciudad, donde sembraba la agitación. No sabiendo que hacer con él lo entregaron al veguer de Marsella, que lo encarceló. Al cabo de ocho meses se escapó para ser apresado de nuevo al poco tiempo; y ya que decía pertenecer a tan alta familia de Nápoles, ya que con tanta vehemencia afirmaba ser hijo de doña Clemencia de Hungría, el veguer lo mandó a Nápoles.

Precisamente entonces se estaba negociando el matrimonio de la reina Juana, heredera de Roberto el Astrólogo, con el hijo menor de Juan II el Bueno. Éste, recién llegado de su alegre cautiverio, y recién concluida la paz de Bretigny por el delfín, corría a Aviñón, donde Inocencio VI acababa de morir. Y el rey Juan II proponía al nuevo pontífice Urbano V un magnífico proyecto: ¡la famosa cruzada que ni su padre ni su abuelo habían logrado poner en marcha!

En Nápoles, Juan el Póstumo, Juan el Desconocido, fue encerrado en el castillo del Huevo; por el tragaluz de su calabozo podía ver el Castillo Nuevo, el Maschio Angevino, de donde había partido su madre, tan gozosa, cuarenta y seis años antes, para ser reina de Francia.

Allí murió, el mismo año, después de compartir, por las más extrañas vicisitudes del destino, los infortunios de los Reyes Malditos.

Cuando, desde lo alto de su pira, Jacobo de Molay había lanzado su anatema, ¿conocía ya, gracias a las ciencias adivinatorias familiares a los Templarios, el futuro que les esperaba a Felipe el Hermoso y su raza? ¿o bien, fue la humareda en medio de la cual moría, lo que ofreció a su

Los pueblos sufren el peso de las maldiciones durante más tiempo que los príncipes que las atrajeron.

De los descendientes varones del Rey de Hierro, ninguno había escapado del trágico destino; nadie sobrevivía, sino el rey Eduardo III de Inglaterra, que jamás reinaría en Francia. Pero el pueblo no había llegado al final de su penar. Aún habría de conocer un rey prudente, un rey loco, un rey débil y setenta años de calamidades antes de que la maldición del Gran Maestre se disipara en las aguas del Sena, al resplandor de otra hoguera encendida para el sacrificio de una hija de Francia.

París, 1954-1960. Essendieras, 1965-1966

NOTAS HISTORICAS Y REPERTORIO