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The role of soil pH on soil carbonic anhydrase activity

4.2 With which soil water pool does the CO 2 equilibrate?

El hombre sabio dice: “Aleja la tristeza de ti, porque ha matado a muchos y no es buena para nadie”. Apenas hay cosa tan idónea para poner nuestro corazón en un estado agudo de irritabilidad y disgusto como la tris- teza. Los que la han estudiado psicológicamente dicen que uno de sus principales efectos consiste en turbar nuestros juicios, haciéndonos mirar la vida de un modo más sombrío que el justificado por los hechos. Así, la tristeza conduce al pesimismo, y viceversa. Todos los pesimistas son necesariamente tristes, y el desastre, a su entender, les acecha a la vuelta de la esquina. Un segundo efecto de la tristeza es hacernos rudos y severos con los demás, tornándonos suspicaces e inclinándonos a dar la peor interpretación a los actos de todos los que nos rodean.

Hay diferentes modos de procurar vencer el sentimiento de tristeza. Algunos hombres recurren al alcohol para olvidar. Otros se entregan a los placeres carnales, esperando que la intensidad de un estremecimiento momentáneo compensará su falta de finalidad en la vida. Todas las personas tristes se parecen en que a veces dicen —acaso casi sin conciencia de sus palabras— que no se aman a sí mismos. Éste no es un sentimiento de inferioridad. Se trata más bien de que la parte más elevada de la personalidad examina a la inferior y la reprende por su lamentable condición. Los animales no reflexionan en sí mismos como lo hace el hombre, de lo que se desprende que no pueden sentir el mismo género de disgusto.

Hay un remedio para la tristeza, y lo sugieren las Escrituras. Ciertas mentes pueden creer que se da a ese método demasiado alcance cuando se dice: “Si estáis tristes, orad”. Tales palabras tocan una profunda verdad psicológica, porque implican que hemos de reconciliarnos con nosotros mismos para ser felices. Mientras seamos meramente el campo de batalla

de una guerra entre lo más alto y lo más bajo de nuestro ser, no tendremos alegría ni descanso. Para resolver el conflicto y terminar la batalla, hemos de vemos tal y como somos realmente. Es inútil maldecir el bastón de golf porque cometemos una falta en el juego, o al cántaro porque derramamos la leche. La falta debe ser mirada como nuestra en los menudos yerros de esta clase y en nuestros estados de ánimo también. El descubrimiento de que somos censurables por ser como somos, supera a cualquier descubrimiento efectuado por cualquier explorador. Localizar así nuestros propios defectos es imposible a menos que haya fuera de nosotros algo más claro, en cuyo amor sepamos comprender que hemos decaído.

Una vez que nos enfrentamos con la responsabilidad que nos incumbe por nuestra tristeza, oremos y llegaremos a la esperanza, porque se nos mostrará el fundamento real de nuestro descontento: el conocimiento de que debemos ser completamente distintos de como somos. Un escritor comenta: “Se me dijo que yo era el retoño de un padre y una madre. Yo había pensado ser más”. Y un hombre es más. El Salvador nos dijo que cada uno de nosotros vale más que todo el universo visible.

Principiamos a actuar diferentemente cuando reconocemos la inmensidad de nuestras posibilidades. Entonces cambia toda nuestra vida, como la de un campesino cuando encuentra petróleo en la que antes creía una mera tierra de pan llevar. La plegaria se sobrepone a la tristeza al relacionarnos con el Eterno y entonces se produce el cambio. Antes pensábamos que no nos amaba nadie; después sabemos que nos ama Dios.

Si el hombre no sitúa a Dios entre sí mismo y su vida previa, no podrá sostenerse. Pero Dios no se da a ningún hombre hasta que el hombre comienza a sentir su propia vacuidad. Admitiendo la pobreza de nuestra personalidad, abrimos las compuertas de las riquezas divinas. Se ha dicho que no hay hombre grande para su ayuda de cámara. Más cierto sería afirmar que no hay hombre grande para sí mismo. Plutarco podrá decirnos que Catón era muy grande; mas para Catón, Catón era débil.

Una cosa es descubrir la inanidad de uno mismo y otra quedarse ahí, porque de eso se deriva la tristeza. No resulta lo mismo descubrir que uno es nada, que hacer uso de las divinas energías que Dios nos ofreció, en lo que hay regocijo. La mediocridad es un pecado contra nosotros mismos, una especie de sacrilegio. El tedio que sienten algunos corazones no es más que la reacción instintiva de sus grandes y no desarrolladas posibilidades enfrentadas con la vulgaridad de sus vidas. A nuestro alrededor vuelan los pájaros y cantan músicas anhelantes de penetrar en nuestras almas. Pero hasta que nos reconciliemos con el objetivo de la

vida, las aves se contentan con posarse un momento en nuestro tejado para volar en seguida.

Pasar de la tristeza a la alegría requiere, como un parto, un momento de trabajo y esfuerzo, porque nadie escala un nivel más alto de vida sin matar el más bajo. Antes de tal consecución la conciencia tiene por un ins- tante una rígida y ruda tarea que cumplir. Las perlas vienen del fondo del agua, el oro de las entrañas de la tierra y las grandes alegrías de la vida se encuentran en lo más recóndito de un corazón contrito y quebrantado.

La alegría es la felicidad del amor, amor que conoce bien su propia felicidad interna. El placer procede de fuera, pero la alegría de dentro, y, por lo tanto, está al alcance de todos en el mundo. Porque si hay tristeza en nuestros corazones, se debe a que no hay bastante amor. Para ser amados hay que ser amables; para ser amables, hay que ser buenos; para ser buenos, hemos de conocer la bondad; y conocer la bondad es amar a Dios, al prójimo y a todos en este mundo.

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