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Solamente en el contexto más amplio de la dimensión eclesial de los sacramentos de iniciación cabe preguntar de manera razonable por su unidad interna. El vínculo intrínseco del bautismo y la confirmación es evidente. El nuevo ordo de la confirmación lo expresa claramente en la fórmula de administración del sacramento: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo». La imagen de la señal (o el sello) retoma la teología bautismal del Nuevo Testamento, tal como aparece sobre todo en Pablo, y ofrece la clave para una comprensión razonable y creíble de la confirmación, capaz también de hacer máxima justicia a los datos históricos. Puesto que la confirmación se desarrolló a partir de la imposición de manos del obispo y de la unción como último acto de la liturgia bautismal de la Iglesia antigua, y puesto que tal acto se realizaba a modo de revalidación del acontecimiento bautismal, la confirmación puede entenderse como «selladura, ratificación, consumación del bautismo»64. Sin embargo, esta relación no debe interpretarse como si en la confirmación se produjera un incremento cuantitativo de la gracia bautismal. Se trata más bien de la consumación de la participación en Jesucristo fundamentada en el bautismo. En este sentido cabe perfectamente afirmar que, sin la confirmación, el ser cristiano permanece incompleto.

Esta unidad interna del bautismo y la confirmación se pone en peligro cuando la confirmación es entendida con estrechez de miras como «sacramento de la mayoría de edad»65, como sacramento de la madurez cristiana o como lugar de la opción de fe. La confirmación se presenta entonces no solo como una suerte de «”consagración juvenil” [Jugendweihe, ceremonia de iniciación no religiosa, introducida en 1852, que tiene lugar a los 14 años] cristiana»66, sino que además se olvida que la «madurez» conferida en el bautismo y la confirmación no es tanto una realidad psicológica cuanto una realidad obrada por la gracia: la configuración con Cristo. La «mayoría de edad espiritual» que confiere la confirmación no debe equipararse con la madurez psicológica. Detrás de esta distorsionada concepción del sacramento de la confirmación (Firmung) se oculta la idea de la Konfirmation de las Iglesias evangélico-reformadas, surgida no por casualidad en la época de la Ilustración y según la cual el cristiano mayor de edad ratifica el bautismo que le fue administrado de niño. Bajo esta óptica, la confirmación se perfila, por así decir, como un medio salvífico a posteriori que compensa las deficiencias del bautismo de niños. Pero con ello la confirmación no solo pierde su específica impronta sacramental, sino que así se pone igualmente en peligro el vínculo de la confirmación con el bautismo como realidad sacramental básica de la Iglesia.

Por todas estas razones, la llamada «confirmación tardía» (Spätfirmung) no puede sino parecer, como mínimo, problemática, algo sobre lo que con razón ha llamado la atención Michael Kunzler, liturgista de Paderborn: «De este modo, la confirmación, que es don de la vida divina, se convierte fácilmente en un “sacramento” que refuerza las tendencias “sectarias”, pues no se tiene reparos en distinguir como “comprometidos” y cristianos auténticos a quienes solicitan la confirmación frente a aquellos otros que –quizá por sentirse sobrepasados– se “niegan” a recibir esa confirmación. Esta teología y esta praxis de la confirmación excluyen y refuerzan la proclividad al “pequeño rebaño” de los “verdaderos cristianos”, provisto de un funesto rasgo de vano autoconsuelo». Kunzler manifiesta plena comprensión ante el hecho de que «es conveniente que para la fase de transición de la juventud a la temprana edad adulta exista algún rito». Pero cuestiona que la confirmación deba ser esa celebración, porque la confirmación es y debe seguir siendo «parte inseparable de la iniciación cristiana»67.

Esto resulta del todo claro si se considera la unidad interna del bautismo y la confirmación, por una parte, y la eucaristía, por otra. El bautismo como puerta de entrada en la Iglesia y la confirmación como fortalecimiento y consumación de aquel confieren una comunión básica, si bien no completa, con la Iglesia. El bautismo es por entero vínculo de la unidad y fundamento de la comunión eclesial, pero siempre está orientado a la confesión de fe y la eucaristía. Mientras que el bautismo es principio y punto de partida de la vida cristiana y eclesial, la celebración de la eucaristía es plenitud y cima de esta. Solo la comunión eucarística constituye el fundamento más profundo de la unidad de la Iglesia y el punto álgido de la comunión eclesial. Habida cuenta de que en la celebración de la eucaristía adviene a nuestro presente la entrega que Jesucristo hace de su vida y de la que nosotros vivimos en cuanto bautizados, la celebración de la eucaristía

debe entenderse, por así decir, como realización siempre nueva del bautismo, en el que ya hemos sido vinculados con la muerte y resurrección de Jesucristo e incorporados a la comunión de la Iglesia.

De ahí que resulte fácil de entender la necesidad de prestar especial atención al vínculo entre el bautismo y la confirmación, por una parte, y la eucaristía, por otra. Pues la conformidad con Cristo posibilitada y mediada por el bautismo y la confirmación se orienta a la salvación del ser humano y a la glorificación de Dios. Esta doble orientación finalista se realiza de manera especial en la participación en la entrega eucarística que de su vida hace Jesucristo. Así como esta participación está vinculada ya con el bautismo, así también el bautismo constituye, por otra parte, la condición previa para la participación en la celebración de la eucaristía: «Mientras que el bautismo fundamenta la pertenencia del individuo a la Iglesia en tanto en cuanto lo convierte en miembro del cuerpo de Cristo, la comunión eucarística expresa en la celebración de la Cena el carácter comunitario de esta participación en Jesucristo en la esperanza del futuro reinado de Dios»68. Si se considera la indisoluble relación entre bautismo, confirmación y eucaristía, la piedad del bautismo y la confirmación, desacoplada de la eucaristía, se extraviaría con facilidad por el camino de un individualismo religioso. Por otra parte, la unión de rememoración eucarística y memoria bautismal hace patente que solo «en Cristo», esto es, como miembros de su cuerpo, podemos celebrar realmente su eucaristía.

A la vista de estas reflexiones sobre la unidad interna de los sacramentos de iniciación no puede caber duda alguna de que el cristiano ya confirmado está mejor preparado, al menos por lo que respecta al fundamento sacramental de la confirmación, para participar en la celebración de la eucaristía y extraer de ella fruto abundante. Por eso, la unidad interna de los sacramentos de iniciación sugiere que la confirmación precede, por regla general, a la primera comunión. En este sentido, sobre todo Hans Küng ha abogado por la administración de la confirmación antes de la primera comunión. Puesto que la confirmación no es «un sacramento autárquico y autónomo, o sea, independiente del bautismo», sino «un sacramento secundario que participa del bautismo (el cual, junto con la eucaristía, es el sacramento principal)» y puesto que, en consecuencia, la confirmación únicamente puede tener sentido como «fase conclusiva del único rito de la iniciación», según Küng debe ser administrada antes de la admisión a la eucaristía, a ser posible incluso en la misma celebración69. De modo análogo, el benedictino estadounidense Aidan Kavanagh reclama que la administración de la confirmación preceda a la primera comunión, aduciendo, más en concreto, que la confirmación «no tiene absolutamente nada que ver con la “mayoría de edad” biológica, social, emocional, intelectual o incluso espiritual de los confirmados»70.

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