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Este texto también tiene su pequeña historia. El autor nos indica que fue publicado en el diario Jaén y en varias revistas, una de ellas la onubense Celacanto. El texto del que disponemos está recogido en Teatro (1993) y lleva la siguiente dedicatoria: «A Begoña y Santos Sanz» [135]. Se trata sin lugar a dudas del crítico e historiador de la literatura Santos Sanz Villanueva, quien se ha ocupado repetidas veces y con fortuna de la obra narrativa de Andújar y ha prologado algunos volúmenes recopilatorios y antológicos y además ambos colaboraron en el –hoy por hoy- estudio más panorámico del exilio español dirigido por José Luis Abellán.

Es un tipo de pieza breve que ha tenido un cultivo apreciable dentro de la literatura dramática del siglo XX. El argumento en este caso es simple, superficialmente simple. Nicasio, un burócrata fosilizado en su puesto, consigue un momento de soledad en su oficina tras conceder una hora de asueto a sus dos secretarias, Caleta y Bahía como las ha bautizado; y lo aprovecha para realizar un recorrido por lo que ha sido y es su trabajo. Es el jefe de la Oficina de Objetos Hallados, dependencia municipal que se ocupa de la custodia y devolución de los objetos que los ciudadanos han encontrado en espacios públicos y que depositan en la misma, o sea, lo que siempre se había llamado

Objetos Perdidos. Desde que están en la nueva oficina, tan moderna, cada vez hay menos trabajo y se hace patente la casi inutilidad del servicio. La oficina está en riesgo de desaparición. Además ha perdido pie en la tertulia habitual de la que era una de las cabezas visibles hasta que se trasladaron de lugar sin avisarle y, cuando los localizó e intentó participar de nuevo, lo relegaron y lo hicieron callar. Y la familia también se avergüenza de él. En conclusión, no encaja en el trabajo, ni en la relación social ni en la familia. Y si renuncia a su puesto y se dedica a otra cosa, la familia no le perdonará poner en riesgo su posición desahogada. El resultado de estas inquietudes es un insomnio crónico y la consiguiente somnolencia en el trabajo. Hasta que en uno de esos insomnios le sorprendió una ensoñación maravillosa: él mismo se convertía en un “Objeto Hallado” que atraía la atención, incluso la oficial, lo que daba lugar a la propuesta de un «Registro de Aspirantes a Objetos Hallados» o a una «trascendente discusión ontológico-existencial, axiológico-social, emotivo-descriptiva, con sus derivados de psicología jonda y de categorizaciones antropológicas» [142]. El sujeto, convertido en objeto, o sea, entre las bromas y veras del discurrir de un apolillado burócrata, se nos da cuenta de un problema de la sociedad contemporánea: el desinterés por el hombre hasta que no se lo cosifica. Naturalmente, el monólogo concluye contando su despertar del sueño al tiempo que el taconeo de las secretarias, Caleta y Bahía, anuncia su regreso a la oficina.

Como en muchos monólogos teatrales, la trama escénica en cuanto tal es inexistente, como mucho será referida a través de las palabras del actor si no se trata solamente de un desahogo de la conciencia del personaje. Aquí Nicasio resume en la primera parte su trayectoria y situación en tres planos, además de la referencia puramente oficinesca a secretarias y ordenanza. En esos tres planos se hace patente su extrañamiento: la oficina ha perdido actividad, en la tertulia lo expulsan de facto y la

familia lo considera una polilla (en otros casos podría ser una cucaracha) que carece de libertad para intentar cualquier otra cosa. Su sueño le lleva a verse como un Objeto Hallado que replantea la necesidad de la oficina, en la que él tiene su lugar. El recurso al sueño, que ya hemos visto en anteriores obras de Andújar, es en este caso más fácil: no debe plantearse su proyección escénica, sino basarse en el actor. Nos hallamos ante un recurso que nuestro autor utiliza con cierta frecuencia en sus relatos breves: el sueño, el monólogo o la combinación de ambos. Esto nos sitúa en la frontera entre el texto narrativo y el texto representado. Sin embargo, la sutil –o no tan sutil- diferencia que implica pensar en un actor –algo habitual en los monólogos teatrales, creados con frecuencia para un intérprete concreto- capaz de dar vida escénica con su trabajo al personaje y su circunstancia y su problema, separa la concepción escénica del puro relato en primera persona independientemente de que se presente como sueño, monólogo, corriente de conciencia e incluso el relato en segunda persona. Lo cual no niega la proximidad de ambas formas y la posibilidad de su trasvase: baste recordar como ejemplo de monólogo mucho más extenso y de alta calidad la versión dramática de Cinco horas con Mario, de la que el propio Delibes se sentía satisfecho, o la que realizó el Teatre Nacional de Catalunya con La chute, de Albert Camus. La razón es bastante obvia pero la explicitaré de forma rápida. En cada caso no hay más que una voz. El resto de sucesos dependen de esa voz y esta puede actuar con elementos escénicos mínimos. Ciertamente, no basta la simple lectura en voz alta de un texto monológico: eso es lectura. La dramatización es otra cosa: nos lo debe poner en escena y requiere de una labor actoral muy cuidada y profunda.

El espacio escénico en este caso es lógicamente único y viene a subrayar cómo se remoza externamente una burocracia que ya no se cree útil. El motivo, como subtema del monólogo, está claro: la gente ya no halla objetos y, complementariamente, la gente

se deshace de los objetos. Ya no hay apego a lo que era nuestro ni cabe pensar en el otro por parte de quien lo halla. La duración escénica es de una hora, el tiempo de asueto que les ha dado Nicasio a sus secretarias para ir a la cafetería a merendar.

La apariencia es en principio bufonesca. El mismo lenguaje redicho de Nicasio invita al menos a la sonrisa y llega a la parodia en el relato del sueño, y antes de concluir el sueño, el autor coloca una frase que casi pasa desapercibida: «El sujeto, convertido en objeto, susceptible de que los humanos calores logren individualizarlo...» [142]. Se trata de una técnica casi manierista en la que una pequeña frase casi al fondo (o al final) cuaja el tema convirtiendo el monólogo esperpéntico en una especie de grito breve contra la cosificación del ser humano.