6 Analysis of shocks
A.1 Solving and Bootstrapping the MCNK model 1 Solution
sado
En algún momento del proceso , el subordinado se enfr enta a su agresor y le opone r esistencia. Al no poder mantener con él una relación en igualdad de condiciones, se da cuenta del falso encan- tamiento y percibe claramente que su voluntad está siendo coac- cionada y que se le impide que se rebele. El hechizo se rompe y se descubre el engaño (López Cabarcos y Vázquez Rodríguez, 2003: 99).
2.2.1.3.1. Desenlace súbito
Este último acto se inicia de f orma brusca y trágica. La toma de conciencia de la agr esión y la manipulación de las que ha sido objeto hace que la víctima se desmorone emocionalmente: siente dolor y angustia por su dignidad y amor propio heridos. «La im- portancia del choque se debe al efecto sorpresa y a su f alta de preparación, que es una consecuencia del dominio al que estaba sometida» (Hirigoyen, 1999: 139).
El descubrimiento va más allá de una mer a decepción. El desen- gaño sufrido supone una desilusión brutal; significa un tr auma violento, que será mayor cuanto más estuviera involucrado el afec- tado en la empr esa y en su tr abajo. La pér dida de lo que había valorado en ex ceso le pr ovocará una sensación de inutil idad e impotencia.
Se lamentará éste entonces de cómo ha respondido a las provoca- ciones del acosador, y se acusará de no haber reaccionado antes. El saber cómo ha sido utilizado violentamente y cosificado genera- rá en él vergüenza, ira y resentimiento. La humillación y el engaño pueden dar paso a la depresión, e incluso, al suicidio.
Aparición del odio
La conciencia de la agresión y la estafa hace que la víctima pueda decir lo que siente y hacer frente de alguna manera al agresor, es decir, que recupere parte de su identidad y deje de ser cosa. A la larga, esto lo hará renunciando incluso a su derecho a rebelarse, y mostrando su indiferencia o hasta su perdón. Entre tanto, sin em- bargo, el odio que sur ge en ella consti tuirá, mientras dure, «un veneno que bebe para que le haga daño a su acosador» (Piñuel, 2003: 210-211), «una sutil forma de dependencia» (ibíd.:, 2001: 232) que habrá de superar lo antes posible.
Pero, en proporciones más que considerables, ese sentimiento se manifiesta sobre todo en el hostigador. Una emoción que desde el inicio del proceso habría disimulado muy bien bajo la máscara de la seducción, ahora se despliega con toda virulencia.
La paralización de la víctima había alimentado durante la fase de dominio al agresor. Ahora, aquélla habla, se mueve, se le escapa –ha pasado de objeto dóci l y útil a objeto r ebelde y odiado–, y éste se siente perdido y rabioso. No puede soportar la separación de su presa, y le resulta intolerable que ésta se convierta en una especie de «r eproche viviente» personi ficado (Hirigoy en, 1999: 129).
La furia del acosador lo delata. La rebelión del acosado da paso a un periodo de hostilidad declarada, en el que se revela el deseo de destruir y anular a éste, y en el que l lega a per der de vista el interés mismo de la empresa. Abundan entonces «los golpes ba- jos y las ofensas, así como las palabras que rebajan, que humillan y que convierten en burla todo lo que pueda ser pr opio de la víctima. Esta armadura de sarcasmo protege al perverso de lo que más teme: la comunicación» (ibíd.: 102).
En su intento de que se imponga su versión de los hechos, es posible que el hostigador demande apoy os externos. F orward (2000: 105) recuerda que «(...) muchos chantajistas emocionales buscan refuerzos. Incorporan a otr as personas –f amiliares, ami- gos o religiosos– para que los ayuden a defender su causa y de- muestren que están en lo cierto».
Lo cierto es que entonces el agresor adopta el papel de víctima (él es quien se siente amenazado por el abandono de la auténtica), y halla un nuevo pretexto para su violencia. A la genuina «(...) la ve como un monstruo destructor, violento y nefasto (...), le atribuye una intencionalidad malvada y se anticipa agrediendo él en primer lugar» (Hirigoyen, 1999: 103). En estas circunstancias, es muy posible que caiga en su propia trampa, cometa muchos errores y llegue a ser descubierto por otros.
Es típico de estos individuos, en todo caso , que una v ez que el subordinado ha salido v oluntaria o forzosamente de la organiza- ción, continúen con el bossing a través de informes negativos so- bre su carácter y profesionalidad a futuras empresas y a las perso- nas de su entorno laboral (Piñuel, 2001: 53 y 54).
2.2.1.3.2. Consecuencias para la víctima
A medida que avanza el proceso, y si la empresa no toma medidas a favor de la persona acosada, la capacidad de resistencia de ésta se ve erosionada y su libertad de acción disminuida. El agotamien-
to psíquico termina en desequilibrio , un estado que desestabil iza al agredido y le hace enfermar continuamente.
Los daños que sufren las víctimas de bossing «afectan a la triple vertiente de la salud: física, mental y social» 125. Por una parte,
podemos hablar de daños biológicos o psicofisiológicos, y por otra, de daños morales o socioemotivos, identificados con un sufrimiento espiritual o intelectual126.
En la esf era personal, los síntomas que conf orman el estado de desequilibrio se manifiestan en los planos físico y psíquico , comportamental y de los resultados; y, en el aspecto social, en lo que concierne a la relación labor al, familiar y con el círculo de amigos y conocidos.
En el Anexo 1 se desarrolla con cierto detalle este punto.