1. El castigo del pecado leve no es, como el del mortal, eterno, sino temporal, expiable por sufrimientos y pruebas diversas en la vida presente.
Aquello que no se ha satisfecho en la tierra acompaña al alma a través de las puertas de la muerte para ser expiado en el más allá: en el purgatorio.
¡Cuán infinitamente sabio y justo es Dios! Ciertamente ama al alma que abandonó esta vida terrenal en estado de gracia. La ve redimida por la sangre de Jesús. La ve infinitamente amada por su Hijo, desposada con Él; por ella se entregó Él, por mediación del santo bautismo se la ha íntimamente vinculado. La ve Dios amada por el Espíritu Santo, que a ella se ha entregado y dentro de ella ha hecho su morada y por ella «aboga con gemidos inefables» (Rom 8, 26). Ya tiene dispuesta para el alma la her- mosa morada celestial y se alegra esperando el momento de poder recibirla, introducirla y asentar sobre sus sienes la corona de la gloria. Desea entonces invitar al cielo entero a alegrarse con Él por el alma bienaventurada que ahora se ha hecho partícipe de la eterna felicidad.
Mas, a pesar de tanto como la ama, como hacia ella se inclina, debe, sin embargo, rechazarla hasta que haya pagado hasta el último maravedí (Mt 5, 26), es decir, hasta que haya expiado todo el castigo que por sus pecados ha merecido. Tan en serio toma Dios el pecado, incluso el pecado venial.
2. ¡Qué castigo y qué expiación! ¡El castigo del fuego! Es un fuego que tiene la virtud de apoderarse del espíritu, del alma, de penetrar en ella y traspasarla por completo llevando a todos sus rincones los más tremendos sufrimientos. Un fuego que distingue entre quien ha pecado una y quien muchas veces, entre quienes han pecado por debilidad y precipitación y quienes lo han hecho con intencionada ligereza y completo conocimiento.
A esto se añade el «castigo de la pérdida». Éste es el gran martirio espiritual de las almas en el lugar de la purificación. Ahora están libres de las ataduras del cuerpo y de los sentidos, apartadas de este mundo de aquí abajo con sus engañosas apariencias, con sus atractivos y tentaciones, con sus esparcimientos y diversiones. Ahora se sienten irresistiblemente atraídas hacia Dios. El alma ya nada conoce ni tiene sino a Dios. Ahora es cuando ve claro que Dios es su único bien, su única felicidad. Con todo el ardor de que es capaz quisiera arrojarse al corazón de Dios, abrazarle, encontrar en Él la paz. Pero le está vedado. Quisiera volver atrás, mas las puertas están cerradas. Llama, suplica, ruega..., pero todo en vano: una aterradora inutilidad. «Hasta haber pagado el último maravedí.» Esto es el pecado leve ante la santidad y justicia de Dios.
¡Qué atracción siente el alma hacia Jesús, su salvador! ¿No es éste acaso su único pensamiento, su único anhelo? Poder estar con Él, poder participar en su bienaventuranza. «Venid a Mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Mas ella no ha respondido como debía a la gracia; se ha hecho culpable de muchas omisiones e imperfecciones, no lo ha sacrificado todo por entero al amor de su salvador. Ahora, a la luz de la eternidad, reconoce su ingratitud, su infidelidad a Jesús: reconoce que sus firmes promesas de amarle, de amar sólo a Él, no han sido a menudo verdaderas y que los hechos mostraron su mentira.
Amargamente le remuerden ahora su superficialidad, indecisión, pereza, cobardía y egoísmo, su frialdad, su ingratitud hacia Jesús. ¡Cuánto le duele ahora la visión de la Cruz, del Tabernáculo, de los altares! ¡De qué medios tan poderosos ha dispuesto en la vida para escapar a los tormentos del purgatorio! No se ha servido fielmente de ellos. Hubiera podido hacerlo si lo hubiese querido seriamente. Ahora es demasiado tarde. Éste es el castigo del pecado leve. ¡Si pudieran las lágrimas del arrepentimiento lavar las manchas como sucede en la vida terrenal! Mas, por desgracia, ya pasó la hora de los merecimientos. No es posible ganar nueva remisión de las penas y tormentos del purgatorio. «... venida la noche, ya nadie puede trabajar» (Ioh 9, 4). Ya no queda sino una sola cosa: sufrir, únicamente sufrir, hasta que, y sólo por medio de sufrimientos, se haya pagado «hasta el último maravedí». El alma reza, mas ya no le sirve de nada: el alma ama a su Dios y Señor, pero no le reporta ya esto suavización ni acortamiento de sus penas; soporta éstas con paciencia, mas con toda su conformidad y toda su paciencia ya no puede alcanzar ningún consuelo, ningún perdón. Está a merced de sus sufrimientos, irremisiblemente, «hasta que esté pagado el último maravedí».
¿Cuánto durará esto? «Hasta que esté pagado el último maravedí.» ¡Terribles palabras, plazo aterrador, pavorosamente lleno de misterio! ¡Éste es el fruto de las infidelidades y faltas que aquí en la tierra tan fácilmente tenemos por nada! ¡Cómo se nos abrirán los ojos en el purgatorio! ¡Ojalá que ahora obrásemos con toda previsión!
3. Precisamente la confesión frecuente tiene por objeto librarnos de la culpa y castigo del pecado leve y evitarnos así los castigos del purgatorio. Sí, librarnos del purgatorio. Cierto que nunca podremos acabar por completo con los pecados de flaqueza en nuestra vida terrenal. Pero precisamente porque estos pecados no son en el fondo consentidos, porque
no son pecados deliberados que revelen deficiencia en el amor a Dios, se extinguen ya en esta vida terrenal junto con sus castigos correspondientes, mediante los muchos actos de amor y las demás virtudes que rellenan nuestro día, por el uso de los santos sacramentos y por las indulgencias de la santa Iglesia. La confesión frecuente, bien hecha, nos impulsa a aplicar todas nuestras fuerzas para apartarnos del mal y alcanzar la perfecta caridad. Si en verdad hemos llegado a amar a Dios sobre todas las coas, a que nada de lo creado nos importe, de maneras que estemos dispuestos, por amor a Dios, a sacrificarlo y dejarlo; si con la gracia de Dios hemos alcanzado aceptarlo todo de Dios con santa conformidad, tal como nos lo quita y nos lo da: riqueza o pobreza, honores o desprecios, salud o enfermedad; a que por amor a Dios estemos dispuestos a dar la vida, si Dios lo quisiera, entonces ya no habría de ser ninguna imposibilidad el que alcanzásemos la dichosa posesión de Dios sin haber tenido que probar el purgatorio. Mas este nivel espiritual tan elevado y tanta madurez sólo podremos esperarlos de la confesión frecuente y bien hecha, junto con la frecuentación de la sagrada comunión, y un serio y continuo luchar por el acrecentamiento de la santa caridad. Esto tanto más si nos servimos con sumo respeto y alto aprecio de las indulgencias que nos ofrece la santa Iglesia para, mediante ellas, extinguir las penas temporales (el purgatorio entre ellas). Y si Dios a todo esto aún nos concede la gracia de recibir el sacramento de la extremaunción, que borra los restos del pecado y nos abre las puertas del cielo, entonces podemos abrigar fundadas esperanzas de escapar al fuego del purgatorio. En realidad, las cosas son de esta manera. Así como la vida de la gracia está esencialmente orientada hacia la vida de la gloria, así ha de ser la culminación normal, aunque poco frecuente, de este proceso: una disposición completa para recibir la luz de la gloria, inmediatamente después de la muerte, sin necesidad del purgatorio; pues sólo por nuestra propia culpa somos retenidos en el lugar de la expiación, donde ya no hay merecimiento posible (es decir, en el purgatorio). Esta disposición completa y perfecta para la gloria inmediata sólo puede consistir en un profundísimo amor ligado al ardiente deseo de la visión beatífica. Resulta especialmente reconocible después de las pruebas dolorosas, las llamadas pasivas (ver cap. Vida perfecta), que limpian al alma de sus lacras. Como nada impuro puede entrar en el Cielo, ha de experimentar toda alma estas purificaciones pasivas antes de la muerte corporal, por lo menos hasta cierto grado, y luego, ya mediante méritos y crecimiento de la gracia o, sin éstos, experimentándolas después de la muerte (en el purgatorio) (GARRIGOU-LAGRANGE, Perfección. 84).
¡Cuánto puede contribuir la confesión frecuente a que alcancemos esta profunda caridad, para así, junto con los demás medios, sacramentos e indulgencias no solamente escapar al purgatorio, sino también alcanzar una vida que honra y glorifica a Dios mucho, mucho más, a lo largo de toda la eternidad, que no alcanzar esta cima de la caridad! ¡De cuánto puede servirnos la confesión frecuente si sabemos entenderla y hacerla bien!
Oración
Danos. Señor, la gracia de amar aquello que nos mandas y de desear aquello que nos prometes, para que en todas las mudanzas terrenas nuestros corazones se mantengan firmes en el camino de la verdadera felicidad. Amén.