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The Multi-Level Perspective

4.3.2.2. Space intermediaries and learning in MLP

Este homenaje dedico a los cantores y a aquellos trovadores de la canción norteña

que conquistaron miles de corazones con sus alegres sones por toda nuestra tierra.

De norte a sur y de mar a cordillera por sobre las fronteras volaban las canciones

y en las tertulias cantadas a capella al son de la vihuela y alegres acordeones.

Canción Herencia Norteña, de Roberto Bravo. “Los Halcones Negros”

[…] “¡Ya chiquillos!...a ver… ¿Dónde están los chilenos? [...] ¿Quién se va a bailar una

güena cuequita ah?”, pregonaba a viva voz “El cachirupi”, locuaz locutor de la radio Punto

7 de Concepción, en la “Fiesta del Chancho 2016” -celebrada en la localidad de Rafael- quién invitaba a la concurrencia de la fiesta costumbrista24 a bailar al escenario.

[…] “¡Buuu!… ¡Que son fomes! ¡Parece que no hay chilenos acá! […] a ver… ¡Vamos con una ranchera ver si así se animan!”. Acto seguido: comienzan a brotar fuerte por los parlantes la batería eléctrica y el acordeón: ¡Y listo!, las parejas saltan a la cancha.

¿Qué es lo que tiene la música ranchera que inmediatamente logra activar los ánimos y desinhibir a las personas motivándolas al canto y al baile sin tapujos? ¿Por qué la música ranchera es tan escuchada, especialmente en los campos y sectores rurales de la zona centro y sur de Chile? Ésta ¿Ha contribuido a formar una identidad campesina en el país? Desentrañando éstas interrogantes, revisaré un panorama de cómo en la construcción de una nación chilena, durante la primera parte del siglo XX, va interviniendo la industria y las nociones identitarias de lo mexicano, dislocando al menos lo que se conoce como “música chilena”.

24 Encuentros cada vez más recurrentes, donde se busca mostrar costumbres típicas de los campesinos tales como gastronomía, artesanía, faenas agrícolas, juegos, etc. Estas fiestas costumbristas comenzaron a tener un fuerte apoyo mediático a partir del cambio de siglo, siendo patrocinadas por las Municipalidades.

45 La música mexicana en Chile, ha pasado por

diversos periodos de exaltación y controversias. Ha sido utilizada como herramienta política, de- mostrando su fuerza popular y arraigo en las masas; durante la dictadura militar, fue una música perseguida y censurada, pero a la vez exaltada por sus temáticas “no peligrosas” para el régimen; pero al parecer su principal utilización, radica en lo que

aporta como una “música de entretención”, que IMAGEN N°5: Eliseo Guevara, uno de los chilenos superventas con su éxito: El de las botas negras.

anima al canto y motiva al baile, como a la cristalización sentimental de las personas. La MRCH hace tiempo que ha ganado un espacio en la musicalidad de las chilenas y chilenos, al punto de constituir un repertorio con rasgos, que si bien poseen una matriz mexicana, se han reelaborado en el país, generando una mixtura de elementos musicales y estéticos, que hoy nos permiten identificar plenamente sus canciones e intérpretes. La música mexicana -señala Soledad Campovono- “es, a estas alturas, parte fundamental de la identidad chilena: la tocan en las fondas, las canciones El rey y Cielito lindo están en nuestra memoria colectiva y muchos habrían querido nacionalizar a Jorge Negrete” (2015). La presencia de bienes mexicanos en Chile no es ninguna novedad. A las ya mencionadas películas de charros cantores a caballo y la no menos nutrida variedad de cantantes en diversos géneros, han contribuido a cimentar en este país, una predilección por lo mexicano. Por ejemplo en lo musical, aparte de los repertorios asociados a nuestro tema de estudio –corrido, canción ranchera y cumbia-ranchera- existe una interesante cantidad de artistas ligados a la canción romántica principalmente. Si la música mexicana proveniente del repertorio mariachi abrió una senda para la canción amorosa en el continente, la que se

46 reforzó con el bolero a partir de los años cuarenta, en las siguientes décadas las temáticas del corazón serán ampliamente abordadas por la balada norteamericana y europea, produciéndose entrecruces con otros géneros como el pop25.

La influencia de una “sonoridad mexicana” en conjuntos chilenos vinculados a la canción romántica resulta evidente. Un caso emblemático en este sentido, lo constituye el trabajo del grupo “Los Vásquez”, los que en su disco debut Contigo pop y cebolla (2010), reivindican la canción amorosa, vinculándola con otros estilos ligados al pop a través de la mezcla de trompetas, acordeón, pulsos ternarios y canto desgarrado, que recuerdan a la canción ranchera, enlazada también con temáticas de crítica social en muchos casos. Han sido muy difundidos sus títulos Miénteme una vez y No me quería.

3.1- sobre la conformación de una “música chilena”.

La historia musical de Chile, ha estado marcada por la permanente influencia de géneros que a la larga contribuirán en la conformación de la musicalidad del país, tan heterogénea como las mezclas raciales que han dado pase a la actual población. A pesar de su reputación de país conservador en este respecto (González, 2013, p. 197), durante un largo proceso de recepción de influencias, intervendrán diferentes oleadas de géneros europeos, sumado a la llegada de compositores e intérpretes del primer mundo, generando la coexistencia de música híbridas, mestizas y a la larga mediatizadas, las que en mayor o

25 Prueba de esto, son las muchas temporadas que diversos canales de la televisión chilena han exhibido las películas de “Cantinflas” y los capítulos de “El Chavo del ocho” (actualmente con presencia en Chilevisión y

Mega respectivamente), sumado a la importante cantidad de teleseries mexicanas en horario de la tarde. Por otra parte, durante la primera mitad del siglo pasado, géneros como el bolero, fueron muy populares en Chile -hasta la irrupción del rock and roll que acá se denominó Nueva ola- pero independiente de ser o no un ritmo de moda, la presencia de “músicas románticas” mexicanas, siempre ha existido. Intérpretes mexicanos como Luis Miguel y Marco Antonio Solís, son claros ejemplos de la combinación de la música del mariachi, la balada y el pop, y que han obtenido gran aceptación e importantes niveles de venta en Chile.

47 menor grado contarán con apoyos gubernamentales y validaciones de círculos académicos, bajo confusos rótulos como el de “música chilena”.

Pero en la práctica: ¿Cuál es la música chilena? ¿La cueca? ¿Las melodías y ritmos de los pueblos prehispánicos que habitaron y habitan el territorio? ¿La estilización del folklore campesino llamada música típica? (Advis & González, 1999; Godoy & González, 1995). ¿Toda música creada e interpretada por chilenos sin distinguir géneros? “La música chilena estaba en los campos, antes que en la ciudad” nos adelanta José Miguel Varas tras una estadía en Ñuble, en el prólogo del libro En busca de la música chilena (2005).

La Ley N°19.928, Sobre el fomento de la música chilena define la música nacional como “toda expresión del género musical, clásica o selecta, popular, de raíz folclórica y de tradición oral, con o sin texto, ya sea creada, interpretada o ejecutada por chilenos” (2004). O sea la MRCH adquiere ampliamente una validación legal como música nacional. Sin embargo, esta Ley además señala que el “Consejo de Fomento de la Música Nacional” debe ser responsable de promover y fomentar la interpretación y ejecución del repertorio de música nacional y “en el cumplimiento de las funciones y atribuciones precedentes, propiciará el fomento y la difusión de las obras musicales nacionales de raíz folclórica y de la tradición oral que contribuyan al incremento del patrimonio cultural” (Ley N°19.928,

Título I, art. 3).

Con esta cita podemos darnos cuenta entonces, que nuestro tema de estudio no tendría cabida para su fomento y difusión, pues no clasificaría como “patrimonio” por no pertenecer a las categorías “de raíz” ni de “tradición oral”, a pesar de haberse instalado hace ya cerca de ochenta años en los campos nacionales, los mismos lugares que figuran como cuna y/o depositarios de éstas músicas.

48 El concepto de “música folklórica”, siempre nos lleva a interpretaciones, contradicciones y malos entendidos. Como no es el propósito de este trabajo discutir en torno a las variadas y nutridas teorías sobre el tema, sólo agregaré que pareciera que el término “folklórico”, canonizara ciertos repertorios, dándoles carácter de legitimación sobre otras expresiones, por el simple hecho de haber surgido en un lugar distante. Al respecto el estudioso del folklore chileno Manuel Dannemann (1974), expone que:

[…] cualquier grupo puede adoptar una conducta folklórica musical, en la medida en que pone en práctica un usufructo tradicional de bienes musicales que han adquirido para él el carácter funcional autónomo de comunes, propios, aglutinantes y representativos. De esta manera, un fenómeno musical, no importa cuál sea su origen, pasa a pertenecer a un acervo comunitario espiritual, como producto de etapas de selección, simplificación y re-creación, y a ser objeto de la posesión tradicional de los integrantes del grupo, los cuales resultan así cohesionados y consiguen depurar y consolidar aquellos factores que provocan rasgos genuinos en las expresiones folklóricas musicales (p. 269).

Encuentro tras la cita del profesor Dannemann, que el repertorio de la MRCH cumple cabalmente con lo “autónomo, representativo e independiente de su origen”, además de ya estar posesionado por ciertos grupos como una música tradicional en determinadas instancias, sean festivo-recreativas o cotidianas.

Si pudiéramos reunir toda la música compuesta por músicos chilenos dentro y fuera del país –indica optimista Juan Pablo González- “y seleccionar aquella difundida masivamente por la industria cultural y que ha sido escuchada, bailada y sentida como propia por los habitantes de este país, tendríamos el repertorio completo de la Música Popular Chilena” (2005, p. 12). A través de la expresión “sentir como propia”, ¿Se le estará entregando carta de ciudadanía o visa de permanencia definitiva a la música ranchera en Chile? Entre las dos citas textuales presentadas, existe una diferencia de alrededor de treinta años, tiempo quizás necesario para que la academia musical chilena opere sus postulados. Lo cierto, es que la MRCH todavía puede prescindir de ellos y encontrarse ahora, en pleno 2017, con una

49 vigencia popular sin precedentes, venga de donde venga, o ¿Acaso la historia musical de Chile no se ha construido con músicas extranjeras? Hay quienes cuestionan que la música ranchera, pueda ser considerada “música chilena”, indica Alejandro Guarello:

[…] pero en la zona sur del país, sobre todo en zonas más rurales, la ranchera es un género altamente representativo y popular, y los exponentes locales de ese ritmo gozan de gran popularidad. Hoy las expresiones musicales son reflejo de un mundo abierto y altamente influenciado; lo que las identifica es la forma de llevarlas a nuestro lenguaje, a nuestros temas comunes, a nuestra realidad. Y eso, definitivamente, es música chilena (Citado en Rodríguez, C, 2014, p. 53).

Sin embargo nuestro tema de estudio parece seguir transitando entre lo folklórico, por ser heredero de una antigua tradición, y la llamada música popular, por haber sido difundida por una industria, aún sin una clara definición.

¿Es posible enmarcar la música ranchera como música folklórica en Chile? Para el etnomusicólogo norteamericano Bruno Nettl, una canción folklórica “es indispensable que una generación [la] cante, recuerde y transmita a la generación siguiente”, además que sea “representativa del gusto musical y del juicio estético de todos los que la conocen y utilizan” (1985, p. 13). Muchas de las canciones mexicanas son del gusto –al menos del conocimiento- de las generaciones actuales, porque les traen recuerdos de padres y abuelos, así lo he comprobado en múltiples diálogos con personas de diferentes edades.

Otra de las características que menciona Nettl para una canción folklórica, es que en la mayoría de los casos no exista un registro escrito –tipo partitura- que pueda ser consultada en las diferentes interpretaciones que tenga la canción a través del tiempo, indicando que “los cambios que se hayan introducido a lo largo de los años tienden a convertirse en parte integrante de la canción” (1985, p. 13).

La llamada “música folklórica” tiene entre sus más persistentes definiciones las características de ser antigua y anónima. Nettl indica que “sea cual fuere la lejanía de sus

50 raíces, habrá sufrido probablemente muchos cambios, ya sea porque la gente haya querido mejorarla, ya porque partes de ella hayan caído en el olvido, o quizás porque se haya sentido la necesidad de que sonara como otra música que se estuviera escuchando”. Ésta sería antigua y contemporánea a la vez pues “es representativa de las viejas tradiciones de un pueblo y también indicador de los gustos actuales, siendo, además, simultáneamente, producto de compositores individuales y de la creatividad de las masas populares” (p. 14). La música mexicana escuchada y folklorizada en Chile cumple con las descripciones de Nettl, pues a varias canciones antiguas mexicanas se les han cambiado palabras, agregado estrofas e incorporado nuevas sonoridades. También abarca lo antiguo y actual, a través de intérpretes jóvenes de canciones como Cielito lindo o La calandria, y reelaboraciones actuales como lo es la cumbia ranchera-tropical, ejemplos que desarrollaré en el transcurso de este capítulo y el próximo.

Sin ignorar los periodos de La Conquista, La Colonia y el romanticismo decimonónico, en definitiva, el gran impulso que tendrán las prácticas musicales en Chile, será a partir de la conformación de la industria musical en América Latina a comienzos del siglo XX, y por ende el contacto con músicas de Estados Unidos, Cuba, México y Argentina, entre otros países. Pero este cosmopolitismo no es bien visto por todos. Al igual como ocurriera en México, en el Chile de los años cuarenta, diferentes organismos académicos intentaron seleccionar un repertorio que aglutinara características nacionales, símbolo de una identidad musical y cultural chilena, ante la hecatombe de música extranjera. Un primer atisbo es la creación entre 1943 y 1944 del Instituto de Investigaciones folklóricas –anexo de la Universidad de Chile- y luego el surgimiento de la Revista Musical Chilena en 1945. Tania Da Costa (2009), agrega que estas iniciativas:

51 […] abordaban el folclore y la música docta. También involucraron a los gobiernos

radicales que actuaban […] fiscalizando e incentivando la producción y difusión de la música popular, a la industria fonográfica y a las emisoras comerciales de radio, es decir, al universo ligado al entretenimiento que, envuelto en esta atmósfera nacionalista, comenzó a invertir en estos géneros y a integrar las polémicas en torno de esta representación (p. 12).

Así la academia, el gobierno y la industria, trabajaron en la búsqueda y conformación de una “autentica” historia sobre los orígenes de la música popular chilena. En este sentido, continua Da Costa, “tal autenticidad constituyó y alimentó tradiciones inventadas que expresaban el carácter ideológico de estos criterios, bien o mal formulados, que en cada época fueron responsables por la selección, producción y/o consumo” (2009, p. 12). Se buscaba así determinar un repertorio que fuera capaz de representar la identidad chilena, lo que García-Canclini llama “la invención melancólica de las tradiciones” (1989, p. 193), mediante “los medios de comunicación de masa, respondiendo a las transformaciones tecnológicas, políticas y sociales del período” (Da Costa, 2009, p. 12). Este impulso y posterior difusión de la música de tradición oral, “permitió institucionalizar y normar la práctica del folclore en la escena, el disco y la radio, en una época en que reinaba en Chile el gusto por la música popular internacional” (Gazmuri, et.al. 2006, p. 247), como es el caso de la música mexicana26.

Retomando los copiosos estudios de música folklórica realizados por Manuel Dannemann, encuentro en su artículo Situación actual de la música folklórica (1975) más dudas que aclaraciones, sobre la postura de la academia musical chilena a mediados de la década del setenta. El reconocido autor, adopta una postura casi miliciana, defendiendo la música

26 El musicólogo chileno Rodrigo Torres comenta que entre 1930 y 1940 “el llamado folclore nacional tuvo un encuentro estratégico con los nuevos medios de comunicación masiva. En el espacio de la tríada mediática radio-disco-cine sonoro se pusieron en escena expresiones estereotipadas de las culturas orales- populares de diversas regiones latinoamericanas, proyectándolas desde los centros urbanos a todo el territorio con una eficacia mayor que la alcanzada por el folclore académicamente institucionalizado” (2004, p. 54). Así estos nacientes medios de comunicación cumplieron con eficacia el acercamiento masivo del pueblo con el Estado en la construcción de lo nacional, consolidándose y transformando "la idea de nación en sentimiento y cotidianeidad" (García-Canclini, citado en Torres, 2004, p. 54).

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tradicional chilena de los invasores ritmos extranjeros. Entre tantas advertencias y posteriores lamentos ante la pérdida de las tradiciones locales, cita al novelista Alberto Blest Gana, para poner sobre el tapete el retroceso de la cueca sobre el corrido mexicano:

[…] se lanzó la pareja en los giros del aire, que tienen gran semejanza con los de la zamacueca, único baile de chicoteo que ha sobrevivido y sobrevivirá a la transformación gradual que ha venido operándose en nuestras costumbres. Las palabras proféticas -continúa Dannemann- de este gran conocedor del alma chilena […] se han hecho verdad […] y resultan aún más contundentes si pensamos que todas las otras danzas, y hasta la misma cueca en algunos lugares del país, han sido doblegadas por la vertiginosa y pujante folklorización del corrido danzado de procedencia mexicana (p. 48).

Esta suerte de cruzada nacional -en claro afán patriótico que prima en su artículo publicado en Revista Musical Chilena-, quizás se explique o esté motivado por el fervor nacionalista impulsado e impuesto por la dictadura militar que gobernó este país durante ese periodo. De todas formas, el tono de Dannemann confunde, pues en el transcurso de su ensayo dice:

Hay que reconocer, además, la progresiva aparición de expresiones folklóricas musicales, provocadas por las tendencias síquicas, culturales y sociales dominantes […] la cual en un breve plazo, les agrade o no a los investigadores de la música en nuestro país, le ha otorgado carta de nacionalidad folklórica a canciones y danzas de la naturaleza del corrido mexicano Juan Charrasqueado (1975, p. 52).

Y así fue. Les agrade o no a los puristas del folklore, la música mexicana se encuentra instalada en el acervo popular, pero claro, carga con estigmas y para muchos es un estilo despreciado27 sobre expresiones canonizadas como ocurre con la cueca y la tonada. Margot

Loyola, otra de las incansables investigadoras y difusoras de la música tradicional chilena, al ser consultada por el poder de convocatoria que tiene la cumbia en Chile declara:

Quizás al comienzo sufría un poquito porque la gente debería preferir la cueca, pero me di cuenta que los ritmos no se deben imponer, no puede haber leyes que ordenen. Sólo se debe guiar por un camino y si en este momento la gente disfruta más con ese ritmo es porque les gusta más (citada en Rodríguez, 1998).

Así de claro y conciso. Concuerdo plenamente con la profesora Loyola, pues independiente del tipo de música que se trate, lo importante es que a los auditores les diga o deje algo para

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sus vidas, venga de donde venga. Pese a todo, a partir de la segunda mitad del siglo, será posible acceder en Chile a ritmos ya folklorizados o en vías de, como es el caso de la guaracha, muy difundida en repertorios campesinos por cantores como “El Clavel” o René Inostroza; la cumbia colombiana-panameña, “chilenizada” a partir de los años sesenta por “La Sonora Palacios” hasta orquestas actuales como “Chico Truijillo”; el corrido mexicano, reelaborado en sectores campestres como correteao, también difundido por exitosas agrupaciones de “Proyección folklórica” como “Los Chacareros de Paine”; y la ranchera, presente con diferentes variantes en las zonas de Chiloé, Aysén y Magallanes (Galindo, 2004; Ortiz, 2006).

3.2- “Canta y no llores”.

“Me gusta lo mexicano, tiene alegría y tristeza, tiene de todo, es tan compleja que a una la llena por todas partes. Es lo mismo que pasa con el folklore que