LINKAGES AND INTEGRATION WITH URBAN ECONOMY.
5.33 Spatial configuration and multifarious links.
La novela se desarrolla en el espacio cerrado del pueblo, en la quietud pasiva y absorta de su propia frustrante contemplación. Ni la muerte de Mendieta, ni la llegada del Arzobispo, a pesar de la opresiva y fatigosa espera, reiterada desde distintos ángulos de la narración, ni la ansiedad de diferentes personajes, logran alterar la inmovilidad del pueblo, así como tampoco trastocar su lento ritmo. La parálisis del tiempo podemos connotarla en la interrogación que hace Auristela en las primeras páginas de la novela y que sólo se contesta al final.
La pregunta de Auristela. Tiempo cíclico
La linealidad de la temporalidad narrativa se recobra en este momento, al darse respuesta a la ingenua pregunta que Auristela formula: “Primita, ¿puedes hacerme un favor?”, “¿qué favor?”, contesta Adelina con otra pregunta que retorna al punto de partida. La interrogación ha quedado abierta durante toda la novela, dejando en suspenso la respuesta que al retomarse ahora nuevamente da cuenta de la estrechez del tiempo transcurrido en la inmediatez del tiempo de la palabra que está enunciando y que reemplaza al tiempo histórico de la enunciación narrativa, estructurándose así
* Este texto inicialmente era un capítulo de mi trabajo de grado en la licenciatura en Literatura
de la Universidad del Valle. El título de la monografía es “La Represión en la Novela de Rojas Her- azo”, y se trata de un análisis crítico de En noviembre llega el Arzobispo. Germán Vargas sugirió la publicación del texto, en forma de artículo, en Futuro Año 2, No. 3, enero-marzo de 1985, U.J.T.L., Seccional del Caribe.
el doble juego de la temporalidad en la novela. Aprisionado el relato en el espacio cerrado del discurso, el suceder queda reducido al corto intervalo de una respuesta, a la contestación de una pregunta sin trascendencia. Connotación trágica que acentúa la futilidad de los acontecimientos, en la inercia del tiempo detenido y en el perenne suceder que nada transforma. Todo permanece estático, no hay dialéctica, ni ninguna posibilidad de cambio.
Paradójicamente, en el proceso de lectura la pregunta interrumpida dispersa en fragmentos posibilita la apertura, propicia el cuestionamiento. El sentido irradia en varias direcciones, impulsado, como el deseo, en una carencia. Su fuerza semántica se
articula en la negatividad del lenguaje
—
intermitencia del discurso, espacio suspen-dido, sentido vacío
—
.Ahora bien, esta percepción del tiempo detenido llega a convertirse en un sentimiento interiorizado manifestado por todos los personajes de la novela y reiterada continua-
mente por el narrador: “Aquí nunca pasa nada”1, dice el padre Escardó, queriendo
sacudir sus largos días de modorra. “Aquí nunca pasa nada”,2 asegura pomposamente
al Alcalde Emilio Morante.
Vitelia “oía pasar el tiempo confundiendo los años, los días y las horas como si
anidara en el estuche de una ostra”.3 “Conformaba así el apacible, cotidiano ritmo de
un quehacer inalterable, casi amado”.4
El tiempo quieto
El tiempo quieto confunde todo en la misma elementalidad: los seres y las cosas:
En cambio de aquello, la lentitud, las hojas brillando en el tiempo polvoriento, las tozudas beatas masticando trisagios, credos y avemarías en la penumbra de la madrugada o del crepúsculo, la tos, el abandono sufriente con la piernas extendidas en el taburete y, de ser posible, en las tardes, durante las treguas concedidas por el zarandeo de los bronquios, las lecturas en el corredor con- testando: “Igualmente, saludes a toda la familia”, o las partidas de ajedrez con el general Limógenes o con Fabricio Lúa. Lluvias, veranos, lluvias, veranos, polvo sobre las recuas, calor moroso, espeso, reptante, aplastándolos a todos contra la tierra, comiéndose la carne, las ropas, la madera, las intenciones, las bisagras”.5
1 Rojas Herazo, Héctor, En noviembre llega el Arzobispo, op. cit., p. 210. 2 Ibíd., p. 226.
3 Ibíd., p. 225. 4 Ibíd., p. 227. 5 Ibíd., p. 137.
Tiempo suspendido
El tiempo suspendido revierte en un transcurrir inmensurable e indiferente donde todo es igual, el ahora o el mañana, sin proyección:
“Ahora (¿cuántos segundos o cuántos años después?)”.6
Los hermanos la miraban: dos años o dos días o dos horas, después en el comedor. “Y llegaba octubre inmediatamente después de un enero y cruzaba su sueño sin entenderse”.7
Se sentó con su calma de siempre, la misma de martes y de lunes: “Sí, se murió esta mañanita (pero podía muy bien haber sido en la tarde)”.8
“(Hoy es 22 de junio ó 16 de septiembre)”.9
El devenir nunca transformado se convierte en angustiosa destrucción:
De aquel áspero y fugitivo acontecer (tal vez las voces o la contumacia del tiempo sobre los muros blancos por unos días o unos meses, y luego al unísono con la voz o el tejido, o el simple o único gesto de aire en un patio a la luz del sol o la luna, es el cambio que después del exclusivo segundo impuesto a su duración, se torna en vetustez, en testimonio de que ya todo ha transcurrido)
quedaba únicamente esa techumbre destruida, tenaz, al final de un horcón, como estandarte de un navío que flamea desesperadamente sobre el abismo
de un naufragio”.10
Desorden cronológico
Los acontecimientos no aparecen ordenados cronológicamente ni se articulan en una realidad inmediata. Incidentes posteriores se presentan en los fragmentos que re- gistran otros sucesos, como lo observamos en el caso de Juan Pichurria, y de Esteban, o como cuando Demetrio pregunta: “¿Tú no fuiste el que mató a Cirineo Olascuaga en la alcaldía?”.11
El acontecimiento del asesinato se narra posteriormente en la página 226. Este mismo suceso se había registrado antes en el recuerdo de Alberto Enrique (p. 208). El
6 Ibíd., p. 156. 7 Ibíd., p. 297. 8 Ibíd., p. 331. 9 Ibíd., p. 137. 10 Ibíd.,p. 218. 11 Ibíd., p. 222.
niño, único testigo del asesinato (p. 231) revela en su recuerdo la fijación traumática que la violencia del hecho le ha dejado.
Igualmente, las palabras se retienen y sólo después de muchos años logran expre- sarse. Afloran años después, inusitadamente, en un momento de semi-vigilia o a través de un diálogo insólito, descargando la afectividad reprimida en un detalle mínimo que se convierte en necesidad angustiosa. Así lo podemos denotar en el pequeño incidente
del pajarito en la escena del retrato12 entre Leocandio Mendieta y la señora Etelvina.
La candorosa pregunta: “¿Viste el pajarito?” sólo tendrá respuesta veintidós años des- pués cuando Leocadio Mendieta se está muriendo. En el delirio de su agonía recupera el incidente, dándole una importancia desmedida al animal, y se percibe en un nivel inconsciente un intento de comunicación en la ternura de ella: “La que había atesorado en el suplicio, en el desprecio y en el silencio,”13 o en la confesión de él, justificada
inmediatamente para acallar el sentimiento de culpa.
He sido malo.14
Ningún hombre es responsable de lo que le ocurre.15
Este intento de comunicación, eludiendo el nivel consciente, se detecta en muchos otros momentos de la novela.
Todo este proceso que hemos señalado en la estructura remite a un proceso primario, similar a la elaboración onírica (condensación, desplazamiento, temporalidad suspendi- da). Es interesante observar la relación de estos procesos con la conformación semántica de la novela. Ésta se estructura en varios planos, constituidos por relatos yuxtapuestos, cuyas secuencias narrativas se articulan diacrónicamente con otras secuencias a través de largos intervalos, en un continuo distanciamiento que trae como consecuencia la opacidad del relato. Contribuye además la temporalidad, donde se quiebra toda ilación y se pierde una conexión inmediata con “la realidad” anecdótica, operando en cambio un proceso de significación a través de la cadena de significantes, posibilitado por los enlaces metonímicos. Es una estructura de evasión en “forma de fuga”; el signo frac- turado distiende o suspende su significado en varios significantes, distantes unos de otros, reteniéndose el sentido en un juego casi lúcido de escamoteo que permite que aflore y se obscurezca la significación, estimulando los resortes del lenguaje.
Similitud del mecanismo de la represión y el proceso significante en la
12 Ibíd., p. 232. 13 Ibíd., p.239. 14 Ibíd., p. 241. 15 Ibíd., p. 242.
novela
Proceso similar al mecanismo psíquico de la represión: un deseo inconsciente no satisfecho que permanece “oculto”, tratando siempre de vencer la resistencia por medio de representaciones sustitutivas que hacen las veces de significantes inscritos en la cadena del discurso.
Ahora bien, es en el interior del mismo texto como se va conformando este personaje colectivo, y es a través de su discurso, que, como una sola voz pluraliza sus afectos, centrados en las relaciones conflictivas con un mismo objeto.
Es significativo observar que a pesar de la discontinuidad narrativa en la que no se tiene en cuenta el avance temporal, el proceso semántico en el interior de la novela sí conserva su marcha progresiva, desde ese momento, en relación con el análisis psi- coanalítico del reclamo de la deuda. Cada fragmento no está dedicado ya a la historia de un personaje (con excepción del de Iriarte que ya lo hemos analizado como figura condensatoria y el de rosa Angelina que incide también sobre el pueblo); son fragmentos totalizantes en los que está inserta la problemática general del pueblo.