1.3 Relevant Theoretical Issues
1.3.5 Spatial Turn and Global Context
Introducción
La medicina tradicional es parte de ese saber que le ha permitido a la humanidad sobrevivir, enfrentar lo que desde siempre ha amenazado la integridad física, emocional y espiritual del ser humano: el infortu- nio, la enfermedad y la muerte. Todos los pueblos que han habitado la tierra poseen una peculiar visión de estos sucesos, la cual se expresa en un discurso que explica su origen, devela sus causas y, sobre todo, revela cómo puede el individuo hacerles frente.
La desgracia, la enfermedad y la muerte son interpretadas a par- tir de una representación del mundo y de todo lo que contiene, que explica su existencia y la vida misma, ordenando todo acto y práctica humanos. Los conocimientos médicos ancestrales se han difundido mediante el aprendizaje teórico y práctico, por medio de la obser- vación y la experimentación, a partir de la repetición exacta de sus principios e, igualmente, de las innovaciones que algunos individuos introducen gracias a su propia experiencia. Dichos conocimientos se expresan en un conjunto de representaciones, ideas, conceptos y pre- ceptos, estructurados en un sistema simbólico que no solamente ofrece una etiología y nosología particulares, sino que presenta una compleja e intrincada metodología que permite el diagnóstico y el pronóstico de enfermedades y padecimientos, así como la puesta en práctica de terapias específicas de curación.
* Profesora-investigadora, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Be- nemérita Universidad Autónoma de Puebla.
En México, los conocimientos médicos se han plasmado en una gran diversidad de sistemas terapéuticos que comparten una misma concepción del bienestar, de la enfermedad y de los métodos por im- plantar para devolver la salud al enfermo, al contar con especialistas en cuyas manos se confía esta ardua tarea. “Pertenecen a una larga tradición que se ha ido conformando a través de los siglos a partir de la labor de interpretación y resignificación que —después de la Conquis- ta— cada pueblo ha llevado a cabo basándose en los conocimientos y las prácticas tanto de la medicina mesoamericana como de la medicina española, heredera a su vez de los conocimientos médicos grecolatinos y árabes” (Fagetti, 2003: 6).1 En este sentido, me refiero a la medicina
tradicional mexicana como la expresión del conjunto de los sistemas terapéuticos, tomando en cuenta que cada pueblo posee el suyo, que comparte muchos elementos con el resto, pero que también presenta características propias. En este sentido, podemos destacar varios ele- mentos comunes a los diferentes sistemas médicos tradicionales, que constituyen sus principios básicos.
Los padecimientos más comunes atendidos por los terapeutas tradicionales remiten a una etiología diversa. Por un lado, se registran aquellos que se consideran “naturales” porque son causados por un ac- cidente, una caída, el exceso de frío o calor, por emociones como el enojo, la ira, la tristeza, la envidia; por contacto con alguien cargado de una energía dañina; todo ello implica el desacomodo o el mal fun- cionamiento de un órgano, la circulación de fluidos nocivos y dolor en alguna parte del cuerpo. Son tratados por medio de masajes, “sobadas”, baños de hierbas, la aplicación de ventosas, supositorios, purgas, o con el suministro de infusiones de plantas medicinales o algunos prepara- dos de origen mineral y animal. Sus especialistas son sobadores, yer- beros, hueseros, pero, también las parteras y los curanderos en general conocen y tratan este tipo de malestares que se conocen como bilis o latido, caída de mollera, cuajo, empacho, entre otros.
Por otra parte, hay padecimientos considerados más graves y di- fíciles de curar porque afectan el principio vital del ser humano, el alma
1 Para una versión más amplia, remito a la “Introducción” y las “Conclusiones” de Síndromes de Filiación Cultural (Fagetti, 2004).
o espíritu, fuente de vida. Son expresión de un vínculo profundo con el mundo y con los seres que lo habitan y producto de las relaciones que los seres humanos establecen entre sí con las divinidades, con los seres de la naturaleza y con los muertos. Lo que caracteriza al susto, por ejemplo, es la pérdida de la entidad anímica provocada por una fuerte impresión, mientras que el aire y el mal de ojo son causados por la intromisión al cuerpo de la víctima de una energía dañina. En el caso del mal de ojo, se trata de la energía nefasta de un hombre o una mujer dotados de “vista pesada o fuerte” que perjudica sobre todo a los más débiles: los niños, a quienes les provoca vómito y diarrea. El aire es consecuencia del encuentro con algún difunto y de la energía maléfica que se concentra en lugares aislados donde moran los seres de la natu- raleza: los dueños del monte y del agua, chaneques y duendes, mismos que suelen quedarse con la entidad anímica de la persona, que al mo- mento del susto se desprende y abandona el cuerpo. Cuando alguien está espantado, se dice que “está quedado”, refiriéndose a que su espíri- tu “se quedó” y se encuentra en el lugar donde se asustó, lo cual produce falta de apetito, fiebre y calosfríos, exceso de sueño o insomnio.
Por último, el daño por brujería puede tener un sinnúmero de manifestaciones y ser el origen de afecciones, infortunios, enfermeda- des, trastornos y malestares de toda índole. Como sabemos, se adjudica a la voluntad explícita de alguien el perjudicar a otro sirviéndose de sus propios poderes como brujo y hechicero; o solicitando los servicios de hombres y mujeres que se dice “nacieron con el don”, que obtuvieron los poderes mediante un pacto con el Demonio o que aprendieron de otros. Decía que el daño presenta múltiples formas y es el que menos podría considerarse una “enfermedad”, debido a que, en efecto, todo lo que pudiera ocurrirle a una persona, desde un accidente mortal hasta la presencia de algo extraño en el cuerpo, pasando por la imposibilidad de ganar dinero, podría imputarse a la malevolencia de alguien, a su deseo de perjudicarlo, movido —según se señala con más frecuencia— por envidia, rencor, ira y enojo.
Por voluntad divina o humana, el susto, el mal de ojo, el aire y el daño por brujería influyen negativamente en la energía anímica de la persona, por medio de afecciones y aflicciones que tienen manifes- taciones a nivel físico, mental y emocional, a través de síntomas como
inapetencia, insomnio o exceso de sueño, cansancio, desgano, y en los niños sobre todo diarrea y vómito, pero también trastornos psíquicos que poco a poco minan la vitalidad del enfermo.
Mientras que los padecimientos considerados “naturales” son tratados con medios empíricos, “las afecciones del espíritu” alteran las funciones vitales del organismo, por lo cual el equilibrio emocional, psíquico y la integridad de la persona están en peligro. Debe por tanto intervenir el especialista porque el aire, el mal de ojo, el susto y el daño por brujería requieren la ejecución de un ritual de expurgación, es decir limpiar y purificar el cuerpo de las energías negativas que se adueña- ron de él, como de un ritual de integración de la entidad anímica que lo ha abandonado temporalmente, lo cual no excluye el uso de medios empíricos que coadyuvan a la plena recuperación del enfermo.
Los especialistas dedicados a esta labor se conocen con el nombre genérico de curanderos, pero también como limpiadores, chupadores, pulsadores; mientras que en las lenguas indígenas son ixtlamatki, te-
pahtiani, j’ilol, badí, mara’akame, h’men, términos que a menudo aluden
a su capacidad de curar, saber y ver. La gran mayoría se dedica a la labor de sanar a la gente por tener “el don” de curar. El especialista dirige oraciones a quienes lo auxilian en su labor, a las divinidades, ofrecién- doles en el altar de la casa lo que éstas más aprecian: copal, veladoras y flores. Al mismo tiempo, para saber la causa de lo que aflige a su paciente, inicia el ritual de limpia. Con huevos u otros medios, como una botella de vidrio, el maíz, una escudilla con agua o la baraja, de- tecta el origen del mal y establece el procedimiento para la curación. La misma naturaleza le proporciona todo lo necesario: plantas olorosas como la ruda, el estafiate, la albahaca; huevos de gallina de rancho, pero especialmente, de guajolota y de pato; la piedra alumbre y chiles, ade- más de canela, nuez moscada, azúcar. Todo tiene la propiedad de reti- rar el mal, sacar el aire, neutralizar la maldad o, especialmente algunas plantas, ir en busca del espíritu extraviado de la persona y regresarlo al lugar donde pertenece.
La curación se lleva a cabo en el aquí y ahora, directamente so- bre la persona, o indirectamente, por medio del nombre y por medio de una veladora, la fotografía, o una prenda, objetos que han estado en contacto con el paciente o que lo representan. Sin embargo, su acción
terapéutica también se desarrolla en otro plano, en la dimensión de los sueños, donde se mueve y actúa el alter ego del curandero, donde el espíritu o el animal compañero del paciente son visibles. Es en la di- mensión de los sueños donde también se le revela el origen del padeci- miento, se enfrenta a los autores del daño, a los brujos, y donde realiza proezas que hacen posible la recuperación y el rescate del componente espiritual del paciente, que permite su completo restablecimiento, por- que mientras el principio vital no está con él, él no está completo. Algunos principios generales de la medicina tradicional Tanto hacer el mal, provocando enfermedades y desgracias, como hacer el bien curando, se ciñen a principios básicos de la medicina tradicional: por un lado, a la posibilidad de influir en la persona nega- tiva o positivamente, estando ella presente, o a distancia, a partir del lazo que la une con lo que está en el centro del acto mágico: una fo- tografía, una veladora, una prenda o el nombre, por ejemplo. Por otro, a la capacidad de los especialistas del mal y del bien de actuar sobre la víctima o el paciente a través de poderes especiales, conferidos por una divinidad o por su contrapartida, el Diablo, capaces de trastocar o restablecer su equilibrio físico, psíquico, emocional y espiritual. Estos poderes se manifiestan como fuerzas maléficas o benéficas capaces de actuar a distancia, mientras que efluvios y energías negativas, a través de la palabra, asaltan a la persona para dañarla; igualmente, en un sen- tido inverso y con connotaciones positivas, la despojan, la protegen y la curan. Esta misma fuerza se transmite y se adhiere a los objetos, que también se convierten en portadores de malas o buenas energías, se vuelven fuente de contagio, como la palabra, el pensamiento o algo concreto: el escupitajo, o son protectores, como los amuletos prepara- dos por el especialista con piedras, monedas o hierbas.
Lo anterior evidencia otro principio de la medicina tradicional: el cuerpo humano es visto como un “cuerpo energético” que produce energía para vivir, la cual circula en cada una de sus partes para mante- nerlo con vida. El cuerpo es permeable y receptor de fuerzas externas a él, está en continua comunicación con su entorno con el cual inter-
cambia y recibe energías buenas y malas, que también influyen en su salud y bienestar. Pulsos y coyunturas son puntos de contacto con el exterior, aperturas a través de las cuales penetran las fuerzas nocivas, se escapa la energía vital, se desechan humores y efluvios perniciosos, pero también se absorben los influjos benéficos de las sustancias cura- tivas. Asimismo, la esencia vital de la persona, además de concentrarse en el cuerpo físico, también puede desprenderse, ubicarse en un objeto que ha estado en contacto con él y estar contenida en cada una de sus partes: uñas y cabellos, por ejemplo, y en todo tipo de excreciones: saliva, lágrimas, sangre, sangre menstrual, orina y heces, que se vuelven a menudo instrumento de brujería (Fagetti, 2008).
La idea según la cual la persona está conformada por un cuerpo físico, material y visible, y una parte etérea e invisible, el cuerpo sutil,2
es otro de los principios básicos de la medicina tradicional, y no sólo de la mexicana, obviamente. El cuerpo sutil puede abandonar el cuer- po físico en virtud de que goza de una relativa autonomía, lo cual se traduce, como veíamos, por un lado, en la posibilidad de que éste se separe de su receptáculo natural sobre todo durante el sueño, por otro, que se desprenda literalmente de él como consecuencia de una fuerte impresión, como la que sufre el espantado, y “se quede” en el lugar donde la persona se asustó. Estas características vuelven al cuerpo sutil sumamente vulnerable y frágil, presa fácil de los especialistas del mal, quienes atentan contra la integridad de sus víctimas dirigiendo sus ataques directamente contra su alter ego.
Algunos individuos, hombres y mujeres, por predestinación, li- gada a la fecha o a las condiciones de su nacimiento, están dotados de una fuerza anímica extraordinaria que emplean para perpetrar el mal o para auxiliar a la gente. Se dice de ellos que son de “corazón fuerte”, los curanderos, o de “corazón amargo”, los brujos, y se diferencian de quie- nes son por naturaleza débiles, o “pencos de espíritu”, y de “corazón dulce”. Esta fuerza anímica se vincula con la sangre y con el principio vital que anima y hace del cuerpo físico un cuerpo vivo, pensante, do-
2 Utilizo cuerpo sutil, espíritu (palabra que usan frecuentemente los curan- deros entrevistados) y alter ego para designar a la entidad anímica que —según los principios de la medicina tradicional— le confiere vitalidad a la persona.
tado de raciocinio y voluntad, de sentimientos y emociones, de deseos y pulsiones: todos atributos de la persona. Esta energía vital, etérea, incorpórea e impalpable es el origen mismo de la vida, constituye el cuerpo sutil, huésped temporal de un cuerpo físico que lo contiene.
Debo recalcar que muchos especialistas rituales recibieron el don de las divinidades como sanadores y adivinos; el don muchas veces se manifiesta por medio de señales inconfundibles durante el embarazo, cuando el niño en gestación habla o llora en el vientre materno, o en el parto con la presencia de la “telita” o “ropita”, el amnios que recubre el cuerpo o la cabeza del recién nacido. El don les confiere la facul- tad de comunicarse con sus auxiliares, las divinidades, para saber qué enfermedad o infortunio aqueja al paciente, para conocer el paradero de personas, de objetos robados, y actuar en consecuencia por medio de limpias o a través de los sueños y el trance, instrumentos mediante los cuales ejercen su labor tanto en el mundo de la vigilia como en el otro mundo; la otra dimensión de la realidad donde se enfrenta a sus ene- migos: los brujos, e interactúa con las deidades católicas, los seres de la naturaleza y los muertos, responsables de todo lo bueno y lo malo que les sucede a los humanos.
El dominio de los sueños y el trance —como medios de adi- vinación y curación— equipara a los especialistas rituales quienes en muchas culturas del mundo son los cuidadores de su pueblo, siendo intermediarios entre éste y las divinidades para garantizar la salud, el bienestar y el equilibrio social y cósmico, conocidos como chamanes.
Si nos preguntamos: ¿por qué la medicina tradicional cura? y ¿cuáles son los elementos que explican su eficacia? tendremos que bus- car las respuestas no únicamente en el terreno de las creencias y las concepciones, como han hecho por lo general los antropólogos. Si el proceso de curación se pretende explicar en función de las creencias, en realidad se podría pensar que la gente se cura solamente porque cree, porque comparte con el curandero un sistema simbólico que reconoce determinados padecimientos, que explica sus causas y que aplica de- terminados métodos curativos. Se estaría depositando sólo la fe, y por ende en la eficacia simbólica —que sin duda constituye uno de los elementos centrales— la explicación del proceso de sanación
de cada individuo, soslayando, sin embargo, las bases y los principios terapéuticos de la medicina tradicional.
Se parte del hecho de que la medicina tradicional cura; si no lo hiciera, ya hubiera desaparecido ante “la efectividad” de la medici- na alópata. Cabe señalar que la medicina tradicional reúne un saber botánico, zoológico, ecológico y tecnológico que debemos conside- rar una “verdadera ciencia” (Morin, 1994: 167-168). En la medicina tradicional se conjugan lo que Edgar Morin denomina pensamiento empírico/racional/lógico y pensamiento simbólico/mitológico/mági- co que distinguen al ser humano como ser cultural y social. Si además de suministrar a un enfermo la infusión de una planta medicinal en virtud de sus propiedades curativas intrínsecas, el especialista recurre a los poderes curativos que le confirieron las divinidades, reza oraciones, enciende velas y pronuncia el nombre del enfermo, es porque en la me- dicina tradicional coexisten estos dos pensamientos sin contradicción, pues ambos cumplen una función complementaria cuya finalidad es la recuperación del enfermo. Gracias al conocimiento empírico, el mé- dico tradicional atiende el malestar, la dolencia del cuerpo localizada en una parte, o una disfunción orgánica, mientras que el pensamien- to simbólico lo dota de otro tipo de instrumentos, que intervienen cuando existe un trastorno espiritual, psíquico y emocional, cuando el individuo ha sido afectado en todo su ser, la medicina tradicional concibe como una unidad conformada por materia pesada (el cuerpo físico) y materia ligera (la o las entidades anímicas) —como sostie- ne López Austin (1984)— a diferencia del pensamiento occidental que trazó una clara separación entre espíritu y materia, entre cuerpo y alma. Todo acto terapéutico encierra una parte meramente empí- rica que está siempre acompañada de una intencionalidad mágico- religiosa; por ello cada uno se sustenta en creencias, mitos y ritos que le confieren su verdadera efectividad.
La recuperación de la salud requiere de la celebración de rituales cuya función es restablecer la comunicación y restaurar las relacio- nes del paciente —cuando éstas han sido afectadas— con su entorno social, con su familia, sus vecinos, la comunidad, y con los seres que habitan el otro mundo: los “dueños” de la naturaleza, las divinidades y los muertos. Hablamos de rituales de curación porque los gestos, las
palabras, los rezos y los objetos que los acompañan siguen una secuen- cia preestablecida, que ha demostrado ser eficaz, y es precisamente su repetición la que garantiza también su efectividad. El enfermo ocupa el lugar central en el rito, donde se persigue la plena recuperación. Para él significan las plegarias, las velas, las flores, las hierbas. El es- pecialista tiene el poder de develar lo que muchas veces no se sabe, gracias al don que la divinidad le otorgó, y que le permite ver en el huevo, en la botella, en el agua, en los sueños, lo que otros no ven. La facultad de leer el huevo permite encontrar no sólo el padecimiento que aqueja al enfermo, sino también individuar su origen: aconteci- mientos, personas, deidades y seres de la naturaleza involucrados con él. Este tipo de diagnóstico no es solamente una “radiografía”, según lo definen los propios curanderos, sino una suerte de “historial” que remite, a sucesos acaecidos en el pasado e incluso ya olvidados. He presenciado conversaciones entre el especialista y el paciente en las que