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3. Reiteration with Difference

3.2. Reiterating the "Policy of Misrepresentation": Sutton E Griggs's Novel The

3.2.4. The Revocation of Knowledge

3.2.4.2. The Spectacle of Black Suffering

Casi todos los padres trabajan para "ganarse la vida", como dicen ellos. De hecho, se trata sobre todo de ganar dinero, ya que la vida —si les creemos— parece más bien comprometida que ganada por el trabajo. Intentemos, pues, profundizar un poco más en lo que en realidad ocurre.

Los padres ganan dinero dedicándose durante la mayor parte de su tiempo a una actividad llamada trabajo, profesión, empleo, faena, etc., a veces a expensas de sus tareas parentales. Afirman con tal seguridad el carácter necesario e ineluctable del trabajo que en general el niño se ve tentado de aceptarlo sin poner dificultades, incluso de respetarlo.

Sin embargo, esta posición tan firmemente establecida es puesta en duda por algunos espíritus no conformistas. Éstos perciben una ambivalencia fundamental en los padres cuando evocan los problemas del trabajo y de dinero, y piensan que tampoco en esto —como pasa tan a menudo— hay que tomar las declaraciones de los padres al pie de la letra.

Tomemos, por ejemplo, el problema del dinero que el padre gana —así dice— para su familia. Sucede que le da, en efecto, y a veces manifiestamente sin deseo, dinero a su cónyuge. Le da eventualmente —muy poco— dinero a su niño. Pero también se lo

da en forma abundante a toda una serie de personas que a primera vista no hubiéramos incluido en la familia: el panadero, el carnicero, el lechero, el garajista... y éstos dan algo a cambio, para mostrar que son de la familia y que tienen derecho a llevarse una parte del dinero ganado por el padre. Pero se lo da también a gente como el médico o el dentista, que no dan absolutamente nada a cambio, al contrario: adoptan a menudo un comportamiento francamente agresivo, que llega hasta quitarle a uno los propios dientes. Y el padre no sólo distribuye entre ellos su dinero sin discutir, sino que encima les agradece. Hay que pensar que son miembros particularmente importantes de la familia.

Pero la parte del león del dinero que ganan los padres es reivindicada por miembros lejanos de la familia que no se molestan ni siquiera en venir a buscarlo. Envían papeles llamados facturas, cuentas, avisos, impuestos, letras, etc., ¡y los padres pagan! Esos patanes no expresan ningún reconocimiento por lo que se les da, y llevan la impudicia hasta reclamar aún más dinero cuando se les pide que esperen un poco. Todo lleva a creer que esos desconocidos son los miembros más importantes de la familia.

Los niños no-conformistas que han encarado el estudio de los problemas del trabajo parental han concluido que esta situación era intolerable. Les parecía exorbitante que los padres se alejaran durante ocho o diez horas por día, o aún más, de sus tareas de

padres, con el único objetivo de saciar el apetito de dinero de personajes que nunca se han visto y que no dan nada a cambio, salvo, en el mejor de los casos, unos papelillos apenas suficientes para hacer una pajarita de modestas dimensiones. Finalmente, estos niños han llegado a la conclusión de que valía más tener el padre a tiempo completo y no enviarlo a trabajar, sino emplearlo en el hogar para jugar con él. En consecuencia, hacen todo lo posible para desviar a sus padres de las ocupaciones estériles. A veces lo consiguen, en cierta medida, en particular aquellos que tienen varios padres. Sin duda esto les permite beneficiarse con un servicio más concienzudo, mejor distribuido en la jornada, que los niños que dejan trabajar a todos sus padres. Pero hay que reconocer que sus padres no están necesariamente más contentos por ello.

Se tiene la impresión de que pese a la proclamada aversión al trabajo, los padres sacan de él algo esencial que vacilan en confesar, a menos que tampoco ellos lo sepan. Toda esta historia del dinero que hay que ganar no es más que un pretexto, lo que explicaría por qué lo distribuyen de forma tan desconsiderada una vez que lo han ganado, dándole una parte a cualquiera que lo reclame con suficiente fuerza.

Parece, pues, evidente que los objetivos secretos o ignorados superan con mucho en importancia a los declarados por los padres. La continuación de nuestra investigación nos aportó una prueba.

Así un padre, para "ganarse la vida", organizaba espectáculos. Buscaba obras, contrataba actores, encargaba decorados y trajes. Andaba preocupado, nervioso, volvía a su casa a cualquier hora, y a veces resultaba completamente inabordable. No por eso exigía menos en el plano del rendimiento escolar, reclamando a su niño una conciencia y una seriedad que él mismo no manifestaba. Su hijo se mostró paciente durante cierto tiempo; luego, hacia los 16 o 17 años, resolvió darle una lección. Se trataba de un muchacho particularmente despierto e inteligente. Quiso mostrar a su padre que se podía ganar bien su dinero sin tanta agitación y sin comprometer el placer de vivir de quienes lo rodeaban.

Decidió abandonar sus estudios y consagrar todo su tiempo a participar en los diversos concursos y juegos lanzados en los periódicos y las radios. Era un muchacho inventivo, metódico, bien documentado, de modo que poco a poco consiguió ganar casi tanto dinero como su padre. Lejos de enorgullecerse de él, el padre perdió la cabeza. Su hijo lo acompaño gustoso al médico, al psicólogo y al psicoanalista para discutir su problema. El padre tomó conciencia de que se aferraba ante todo a ese placer indefinible que le daba su "trabajo" y que era para él más estimulante que el dinero. Únicamente la culpa por experimentar tanto placer sin hacer partícipe a su familia explicaba su mal humor y su nerviosismo. Era el placer que había querido transmitirle a su hijo cuando lo empujaba a estudiar. Después de

esta explicación, las cosas se clarificaron poco a poco en el espíritu de cada uno. El padre siguió con su actividad profesional, que ora le aportaba dinero, ora le producía gastos, sin que nadie se lo reprochara. El muchacho retornó a los estudios, superó brillantemente los exámenes de ingreso a una facultad de ciencias, obtuvo un diploma e hizo una magnífica carrera... ¡de actor!

Era la prueba de que había asimilado perfectamente lo esencial del mensaje paterno. En cuanto al padre, éste pudo formular ese mensaje de manera inteligible una vez que su hijo le hubo enseñado que es indispensable tomar en serio y asumir lo que sentimos de verdad, en el fondo de nosotros mismos.

Otros padres obtienen su beneficio no del trabajo, sino del hecho mismo de trabajar. Es el hecho de "trabajar" o de "estar en el trabajo" lo que les procura placer. Así un padre se sumergía en su trabajo relativamente fastidioso, para protegerse de una esposa particularmente molesta. Otro recurría a la misma estratagema para escapar de todo servicio que pudiera pedírsele.

Citemos también el caso de un padre inquieto y poco seguro de sí mismo, que no se sentía respetado más que como trabajador y sostén de familia; de este modo, su trabajo terminó poco a poco por invadir todos los dominios de la vida familiar.

Otros padres utilizan el trabajo como pretexto para asegurarse algunos momentos de soledad, o para poder salir sin tener que dar explicaciones, o para cultivar encuentros que sus niños podrían

desaprobar. A menudo se encuentra en la base una necesidad interna de escapar de las presiones y la disciplina familiar. Pensamos que se trata de un deseo legítimo y comprensible que los padres podrían reconocer sin inhibiciones. Hemos visto cómo una mentira les parece siempre más veraz que la simple verdad.

Citemos también a esos padres que se sirven de su trabajo como un bastión contra la angustia que despierta en ellos todo momento de libertad en el que algo podría sucederles, algo que proviniera del exterior o, y sobre todo, del interior. El niño puede ayudar mucho a los padres en esta situación. Puede ir a buscarlos a su fortaleza y abrirles nuevos horizontes, quedándose cerca de ellos para evitar que la angustia los ahogue. Puede también enseñarles a atreverse a aburrirse hasta que surja una idea verdaderamente válida.

Claro está, al niño le hace falta coraje para ir a molestar deliberadamente a su padre en el trabajo, arriesgándose al reproche de ser un inconsciente, un ingrato, un irresponsable, un irrespetuoso, etc. Pero si la intervención triunfa, será recompensado por sus esfuerzos con el desarrollo y los progresos de sus padres. Y ¿qué hay de más regocijante para el alma de un niño cariñoso que la sonrisa feliz de un padre que "tiene tiempo"?

Está también el caso de los padres verdaderamente ávidos de dinero que no pueden de ningún modo soportar que su tiempo no les de réditos a cada instante. Cada uno de esos instantes debe

corresponder a una entrada de dinero o a un ahorro. La posesión del dinero ha ocupado para esos padres el lugar de todo lo que es bueno en la vida, y es terriblemente difícil poner en cuestión una escala de valores tan simplista y primitiva. Los mejores de entre ellos se convierten en esos padres ricos que tratan de compensar su defección con dones diversos o pagando a otra persona para que ocupe su lugar de padres.

Estas situaciones son a menudo muy rígidas v están ya sólidamente estructuradas al llegar el niño. Según nuestra experiencia, sólo los niños que se atreven a intervenir con resolución y cierta brutalidad pueden obtener resultados. Un verdadero drama, o una situación hábilmente dramatizada pueden eventualmente conmover esta estructura. Conocemos el caso de un niño que intentó arruinar al padre con la finalidad de obligarlo a descubrir nuevos placeres para consolarse. Hay seguramente algo a extraer de esta idea; sin embargo, en el caso citado el padre arruinado reemplazó el consumo inmoderado de dinero por el consumo tanto o más inmoderado del alcohol... Así pues, prevenimos a nuestros lectores contra esos métodos violentos, cuyo control puede escapárseles.

Pero no por ello hay que creer que la vida profesional sea un aspecto enteramente negativo de los padres. Obliga al niño a consentir ciertos sacrificios, pero por otro lado se ve recompensado. La profesión, el trabajo, es la vida privada de los

padres. Es lo que les permite no ser totalmente dependientes de su niño; es lo que les permitirá reciclarse más tarde, cuando su niño no pueda ya sostenerlos de manera permanente. Por otra parte, los padres comprueban experimentalmente la necesidad de una vida privada, y están en mejores condiciones de respetar la de su niño.

Podemos entonces concluir que el trabajo de los padres, si lo entienden bien y lo practican con mesura, es un factor de desarrollo de la personalidad, y un medio para asegurar la , independencia de los padres e impedir que se enmohezcan cuando el niño haya dejado de servirse de ellos todos los días.